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La heterogénea coalición de Santos

Con el tránsito del bipartidismo al multipartidismo en Colombia se produjo un sistema fragmentado, sin un partido dominante o que cuente con mayorías electorales.

Javier Duque Daza*

El gabinete de Santos II: entre pujas, asedios y presiones

Una tesis incisiva: el problema son los jueces. Aunque se parta del principio de imparcialidad, en la justicia colombiana pesan mucho las personas y sus pasiones políticas. ¿De dónde viene esta tradición y cómo puede combatirse?

Jaime Lopera Gutiérrez*

La crisis de la justicia: leyes, personalismos e ideologías políticas

Aunque parece “demencial” en esta coyuntura, hay razones que explican la ola de atentados guerrilleros, los métodos que hoy usan, el peligro que implican y el confuso mensaje de Santos al hablar duro pero no levantarse de la mesa.

Hernando Gómez Buendía*




Mal momento

Los atentados de las FARC se siguen registrando cada día. Esta semana en Tumaco (Nariño) destruyeron tres viviendas y dejaron ocho heridos en un ataque contra la Cuarta Brigada de Infantería de Marina, trataron de volar una torre de energía en Chaparral  (Tolima), usaron explosivos para herir a ocho militares en Fortul (Arauca), y plantaron cilindros-bomba en la vía entre Florencia y San Vicente del Caguán (Caquetá).  

Esa es parte de la ofensiva guerrillera que ha marcado el comienzo del gobierno Santos II,  y que consiste en el uso de explosivos contra instalaciones o patrullas militares,  la voladura de oleoductos, el incendio de camiones petroleros y los atentados contra la infraestructura eléctrica, con graves daños para la población civil (como el apagón de Buenaventura) y contra el medio ambiente (como los diez mil barriles de crudo en el rio Putumayo.

Semejantes acciones han acentuado por supuesto las dudas y arreciado las críticas contra el proceso de La Habana. El senador Álvaro Uribe dejó constancia airada en la Plenaria sobre “el deterioro de la seguridad en todo el país”, Angelino Garzón declaró a pocos días de dejar el gobierno que “los diálogos están que se rompen”, y el propio Santos advirtió que las FARC “están jugando con candela o, en ocasión más solemne,  que “la paciencia de los colombianos y la comunidad internacional no es infinita”.

Esta nueva ofensiva guerrillera era perfectamente predecible y hasta resulta ser un indicio positivo – y, paradójicamente peligroso.

Si a lo anterior se suman las que Semana considera “soberbias” respuestas de los jefes guerrilleros, esta nueva ofensiva de las FARC es todavía más inoportuna.  Cuando las víctimas llegan por fin a la mesa de las negociaciones, y cuando entramos en la fase deacordar el “cese  al fuego definitivo”, estas acciones que causan nuevas víctimas y agudizan el choque militar en efecto parecen “acciones demenciales” - como las llama el presidente Santos-.

Por la razón que expongo más adelante, no creo yo que los continuos atentados guerrilleros ni la retórica encendida del gobierno y los medios darían al traste con las conversaciones de La Habana y los contactos con el ELN. Pero aún si el proceso se mantiene, estos hechos violentos y estas declaraciones aguerridas dificultan (aún más) la salida negociada del conflicto, porque confirman o agravan el repudio general a las guerrillas y la polarización alrededor de un Acuerdo que –para colmo de males (o de bienes)- tendrá que ser ratificado por el voto popular, por compromiso  inequívoco del  candidato-presidente Santos II (“el pueblo tendrá la última palabra”).

Y sin embargo esta nueva ofensiva guerrillera era perfectamente predecible y hasta resulta ser un indicio positivo – y, paradójicamente, peligroso para la paz -o la guerra-  en Colombia. 


La delegación de paz de las Farc en La Habana, Cuba.
Foto: Delegación de paz de las Farc 

Se sabía

La seguidilla de atentados guerrilleros no es nada sorprendente:

-Para empezar por una referencia histórica (o atávica), durante medio siglo las FARC han “saludado” a los gobiernos que comienzan  (como también han “despedido”  a los que acaban) con una demostración o una prueba de fuerza que pretende, según la coyuntura, redefinir el balance político-militar o acercar las negociaciones. Verdad que Santos ya era presidente, pero el gobierno que comienza es “nuevo” porque los votos de ahora fueron suyos (no de Uribe, como en 2010), porque la paz fue sin duda su bandera  electoral,  y porque las conversaciones de La Habana están entrando en la recta final.

-La accidentada campaña electoral obligó a Santos a “jugarse del todo” por la paz y tuvo el costo de amarrarlo a las mesa de La Habana: no firmar el Acuerdo final sería un fracaso irreparable para el gobierno y para la figura histórica de Santos. Por eso cada vez que censura “las acciones demenciales” de las FARC o amenaza con poner fin al diálogo, el presidente se explaya en las razones, virtudes y avances de su negociación con ese mismo grupo guerrillero.

Esta ambivalencia – por lo demás tan típica de Santos- desconcierta, confunde a la opinión y añade agua al molino de Uribe. Más de fondo: el estar amarrado (o peor: el declarase amarrado) a una negociación significa una ventaja de bulto para la contraparte. Las FARC lo saben y por supuesto aprovechan esta debilidad para endurecerse, o para dilatar las negociaciones, o para hacer un uso más intenso de sus otros “argumentos”.

Las FARC (y el ELN) existen porque ejercen la violencia.

Comenzando por su capacidad de ejercitar la violencia que es, de lejos, su principal “argumento”: las FARC (y el ELN) existen porque ejercen la violencia, es decir que si dejan de atacar pierden toda su importancia, desaparecen del panorama político. ¿O a quién le importaría un montón de campesinos uniformados pero inofensivos en las selvas y regiones más remotas de Colombia?

- No menos, en el plano militar, también es cierto que Santos-candidato  prometió mantener la presión, y que de hecho se han intensificado las operaciones contra mandos de las FARC en Arauca, Meta, Nariño, Putumayo y, en especial, Cauca.  Por eso Timochenko escribió hace unos días que “el establecimiento espera hacernos picadillo”, y Marco L. Calarcá le contestó enThe Guardian al presidente Santos: “No seremos nosotros los que rompamos las conversaciones; pero están jugando con fuego cuando tratan de eliminar a nuestros líderes con bombardeos”. La cadena de atentados a lo largo y lo ancho del país es un método obvio para dispersar la presencia militar y aliviar la presión sobre aquellos guerrilleros perseguidos.   


​Incautación de armamento al Frente Séptimo de las
Farc.
Foto:  Policía Nacional de los Colombianos

El peligro de ser débil

La protesta de las víctimas, la indignación ciudadana y el repudio más intenso (si cabe) a las FARC y el ELN son por supuesto legítimos y explicables. También lo son las condenas  del gobierno y las constancias de la oposición. Pero esto no justifica que los medios y los columnistas pasen por alto el rasgo más sobresaliente de esta nueva ofensiva guerrillera: para decirlo en una frase, las FARC están copiando al ELN.

Es una muestra de debilidad militar, y es la confirmación definitiva del éxito acumulado durante cuatro gobiernos (Pastrana, Uribe I y II, Santos I) en perseguir y combatir a la guerrilla. Lejos estamos de los ataques en regla contra cuarteles del Ejército y capturas masivas de soldados o policías (Puerres, Tres Esquinas, Pastascoy,El Billar…), de los secuestros colectivos en mitad de las ciudades (el edificio Miraflores en Florencia, los  diputados del Valle…), de carreteras centrales por donde no se podía transitar, de regiones enteras sin policía ni alcaldes, de las tomas de pueblos o de los“330 municipios sitiados por las FARC” - e incluso de la guerra de guerrillas prototípica, que consiste en emboscar las patrullas enemigas o en hacer “plantadas” de reclutamiento en las veredas.

Ahora se trata del uso de explosivos para diezmar caravanas militares o para destruir la infraestructura física (cuarteles, torres, redes, oleoductos). Es la forma de ataque menos peligrosa para el atacante, que puede ausentarse o actuar a distancia, el método que singulariza o define al “terrorismo” como estrategia bélica, el último recurso de los grupos armados pero arrinconados.

Claro está que las FARC han usado explosivos desde (casi) siempre, pero las nuevas FARC los están utilizando como su arma preponderante o (casi) única -también estamos viendo francotiradores o disparos aislados, que de hecho confirman la debilidad militar de esta guerrilla-.

Y las “nuevas FARC” no apelan a este método propiamente “terrorista” por un simple  capricho: lo hacen porque no tienen las opciones militares que sin duda usarían para atacar al Estado y al establecimiento que “quiere hacerlos picadillo”.

El rasgo más sobresaliente de esta nueva ofensiva guerrillera: para decirlo en una frase, las FARC están copiando al ELN.

La debilidad militar de las guerrillas – que además se traduce en acciones conjuntas entre FARC y ELN- es una gran noticia para Colombia – y es además la razón por la cual están decididas a firmar los acuerdos: tanto como el presidente Santos o, en efecto, más que el presidente Santos, las FARC están amarradas a la mesa de diálogo. Y esto lo sabe perfectamente el gobierno.

Pero esa debilidad tiene un peligro. Como anuncia y admite el ministro de Defensa, las FARC “están en su mínimo histórico, con 7.200 efectivos en armas” (más otros, muchos  más, militantes clandestinos). Tal vez pequeña como ejército, esta fuerza de  miles de insurgentes bastaría para causar daños no imaginados en las ciudades y campos del país si se deciden o se ven empujados a escalar una guerra de bombas y atentados. Un escenario, aclaro, que no suena probable, pero tampoco es clara la alternativa que tendrían las FARC si no prospera esta última oportunidad para la paz negociada en Colombia.

Negociar en medio del conflicto

La confusión nacional y este nuevo tropiezo en el camino hacia la paz son consecuencias del mismo error de Santos que casi le hace perder las elecciones: no ha querido o no ha podido explicar con claridad y contundencia por qué debemos negociar en medio del conflicto.

Para no auto-plagiarme (¡Dios nos libre de eso -y del juicio fariseo de Semana-!), recordaré lo que dije hace algún tiempo en esta misma revista: tenemos que negociar en medio del conflicto porque no hay árbitro imparcial que vigile la tregua y porque los procesos de paz anteriores fracasaron por estar condicionados a una tregua.

Lo cual en buen romance significa que el conflicto armado tendrá que proseguir hasta el momento en que se firme el Acuerdo final (o mejor – o peor- hasta que el pueblo “diga la última palabra”).  Con un detalle que los señores sentados en La Habana no pueden admitir porque es la esencia de nuestro “conflicto armado”: no es una guerra entre los combatientes sino ante todo una guerra contra los civiles, la misma guerra que estamos padeciendo en estos días.

 

Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.  

La ofensiva militar de las FARC y las negociaciones de La Habana

Análisis

 

Caleidoscopio

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