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Las víctimas se hacen invisibles tras un semáforo para el citadino normal y ajetreado. Por eso es necesario mostrarlas crudamente, su vida, su verdad, su dignidad. Antes de que vuelva la lluvia y borre todo. Nuestra memoria es tan frágil y es tan selectiva…
Ver a los invisibles
La película Impunity, dirigida por Hollman Morris y Juan José Lozano, es mucho más que una galardonada obra cinematográfica. Ante todo es una obra de las víctimas, una conmovedora y contundente obra de vida, verdad y dignidad.
Una obra que revela y desvela la ignominia de la ley 975 de 2005, cuyo nombre oficial de “Ley de Justicia y Paz”, condensa el cinismo criminal de sus gestores: el gobierno presidido por Álvaro Uribe Vélez y sus mayorías en el Congreso.
Mediante esta ley pretendieron desmovilizar, procesar y condenar como sediciosos (delincuentes políticos) a criminales de lesa humanidad con penas entre 5 y máximo 8 años de prisión.
Pero esa estratagema de legitimación del crimen fue conjurada por la Corte Constitucional al declarar inexequible, por vicios de procedimiento, su artículo 71, que transmutaba en delincuentes políticos a criminales de lesa humanidad, siempre y cuando no se hubiesen dedicado en forma exclusiva al narcotráfico. En otras palabras, que sus organizaciones hubiesen lavado con sangre de campesinos inermes su blanca y cristalina actividad de exportadores de cocaína.
De vida y de verdad
Impunity es una obra de vida, porque no obstante documentar los miles de crímenes de lesa humanidad perpetrados por los grupos paramilitares, en escenas que superan la imaginación más dantesca y que denuncian la forma grotesca como transcurrieron las llamadas audiencias de versión libre de los comandantes paramilitares -al parecer diseñadas para burlar la verdad de las víctimas y afianzar las coartadas de los criminales
Al final de la película, en las retinas del espectador quedan grabados la dignidad y el dolor de los familiares de las víctimas, como una expresión superior de vida que se impone sobre las mentiras y el cinismo de los verdugos.
Es también una obra de verdad, porque revela que tras la maquinaria criminal del paramilitarismo y sus despiadados operarios hay algo mucho más cotidiano y estructural, que sobrevive impunemente a tan temibles como despreciables ejecutores.
Y ese algo es nuestra realidad política y económica, que se recubre y encubre con toda la parafernalia de una falsa institucionalidad democrática y el insaciable afán de lucro y depredación de sus conspicuos patrocinadores, que van desde el narcotraficante pura sangre, pasando por una extensa y mimetizada red de políticos regionales, hasta el idolatrado líder político, hacendado y empresario cuya noción de Patria se agota en la defensa del patrimonio privado, el estímulo a la inversión extranjera y una ubérrima “seguridad democrática”, sembrada sobre fosas comunes, miles de desaparecidos y cerca de dos mil “falsos positivos”.
Impunity nos revela esa verdad terrible y ordinaria de todos los días, que está frente a nuestros ojos, pero que la normalidad cotidiana de nuestras vidas nos impide ver: la de millones de desarraigados por la violencia degradada de un conflicto que no asumimos como propio y preferimos seguir viéndolo como una lucha entre “gobernantes y ciudadanos de bien” contra “terroristas desalmados”, que pronto terminará, porque hace ya varios años que estamos en “el comienzo del fin”.
En el comienzo del fin de un conflicto que empieza todos los días, porque millones de “ciudadanos de bien” tienen la buena e ingenua conciencia de creer que basta elegir a otros para que pongan fin a esta pesadilla, sin importar los métodos que utilicen, ni cómo lo hagan, pues lo urgente es vivir en paz, con seguridad y sin miedo, para así recibir más inversión extranjera y afianzar la “prosperidad democrática”.
Obra de dignidad
Creen, ingenuamente, que las víctimas dejan de existir definitivamente al ser arrojadas a los ríos o enterradas en fosas comunes, pero olvidan que tras cada crucificado hay un resucitado cuya dignidad sigue viva en la memoria inextinguible de sus deudos.
Por eso quienes hoy gobiernan pregonan a los cuatro vientos que ha llegado la hora de las víctimas. Y, en efecto, las víctimas siguen cayendo todos los días, en el campo y en las ciudades, porque nos acostumbramos a deambular entre la vida y la muerte, entre las tumbas y las urnas para proclamar orgullosos que vivimos en la democracia más estable y antigua de América Latina.
De esta forma, gracias a nuestra autocomplacencia e indolencia nos hemos convertido en cómplices inmejorables de la impunidad y en su consolidación institucional, desde la gloriosa fórmula del “Frente Nacional” que hoy parece tomar de nuevo cuerpo en la “Unidad Nacional”.
Más allá de Impunity
Por todo lo anterior, Impunity va mucho más allá de recuperar la vida, la verdad y la dignidad de todas las víctimas, pues también nos interpela sobre nuestra responsabilidad personal e indelegable por lo acontecido y lo que sigue sucediendo.
Porque mucho más grave que la impunidad judicial es la impunidad política y social, que tiene su origen en la confluencia de tres “íes” que se complementan: indiferencia, indolencia e insolidaridad:
En la indiferencia de las mayorías, expresada en esa imperceptible pérdida de sensibilidad moral, que asiente frente al crimen de los inocentes, mirando para otro lado, y no repudia a sus verdugos.
En la indolencia de nuestros éxitos personales, acompañada de la autocomplacencia.
En la insolidaridad, que nos aísla en la seguridad y comodidad de nuestros propios intereses y en el refugio hogareño, ese oasis de paz y felicidad, a salvo de tan macabra realidad.
Verdugos transformados en víctimas
Pero esa impunidad se perpetúa también porque los llamados “ciudadanos de bien” votan ingenuamente en cada elección por todos aquellos candidatos que prometen paz, seguridad y lucha contra la corrupción, degradando así la política al arte de la manipulación del miedo y el combate maniqueo del bien –que supuestamente ellos encarnan-- contra el mal que representan todos sus adversarios, a quienes tildan de apátridas y terroristas.
Y cuando a dichos gobernantes del bien, la pulcritud y la “seguridad democrática” les llega la hora de responder ante la justicia, entonces se convierten en víctimas de venganzas criminales y no saben nada de aquello que hicieron sus subalternos, quienes obviamente fueron asaltados en su buena fe y son totalmente inocentes, “porque no se robaron ni un peso”, “ni ordenaron nada ilegal” y si se cometieron “falsos positivos” fue a “sus espaldas” (sic), pues ellos gobernaron “de frente y en forma transparente”.
Así se perpetúan impunemente los perpetradores de tanto crimen, pues ellos tienen la buena conciencia de haber gobernado con el respaldo mayoritario de los “ciudadanos de bien”, quienes por lo general votan siguiendo este implacable silogismo, consignado por Albert Camus en su prólogo del “Hombre Rebelde”:
“Pero a partir del momento en que por falta de carácter corre uno a darse una doctrina, desde el instante en que se razona el crimen, éste prolifera como la misma razón, toma todas las figuras del silogismo. Era solitario como el grito; helo ahí universal como la ciencia. Ayer juzgado, hoy legisla”.
Y todo parece indicar que entre nosotros el crimen continuará gobernando impunemente por muchos años más, pues sobran razones desde la derecha, el centro y la izquierda para seguir disparando, poco importa el número de víctimas que caigan.
Al fin de cuentas, ellas mueren en nombre de la “seguridad”, la “democracia” y hasta la “justicia”, como suelen argumentar con profunda convicción sus respectivos verdugos.
* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá. Profesor Asociado en la Javeriana de Cali. Socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca y publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com.
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