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CONFLICTO, DROGAS Y PAZ
Domingo, 06 de Noviembre de 2011 21:47

Creer que la muerte de Cano es la muerte de las FARC, es creer que el conflicto colombiano se reduce a una película de vaqueros. Darle “vivas” a la muerte de Cano es volver a gritar “viva la muerte”. Tras este golpe, oportuno y necesario, hay que ir a las raíces del conflicto, y hay que tener grandeza moral más allá de la venganza.                                                                                


“Las víctimas de la historia no piden venganza, sino narración”
Paul Ricoeur


Golpe oportuno

La Operación Odiseo llegó a tiempo, en el final de una semana en que arreciaban contra el gobierno Santos las reprimendas desde el uribismo recalcitrante, por cuenta de la supuesta desmoralización de las tropas del ejército, la escasez de resultados contra las FARC en los últimos meses, y la discusión sobre la vigencia y el futuro del fuero militar en Colombia. Por supuesto, la reacción inmediata del gobierno ha sido reivindicar su gestión militar, y esforzarse por demostrar que la dote de la seguridad democrática, y la canasta de huevos legada por Álvaro Uribe, se encuentran a salvo bajo el tejado de los galpones santistas.

Sin embargo, en medio del solaz del país por la muerte de Alfonso Cano, la discusión sobre el futuro del conflicto armado merece algunas lecturas más amplias.


Ya estaban descentralizadas

Desde hace varios años venimos escuchando la manida frase “es el principio del fin”, tras los sucesivos golpes militares propinados a las FARC. Se invocó tal “principio del fin” tras las muertes de Raúl Reyes, Iván Ríos, Manuel Marulanda, Mono Jojoy, y se invoca ahora tras la muerte de Alfonso Cano. Si bien es innegable el resquebrajamiento militar de esa guerrilla, cabe bien preguntarse dónde acaba el principio y donde empieza el fin.

Desde hace varios años, la presión de las fuerzas militares ha minado la capacidad de comunicación y por ende de mando del Secretariado de las FARC sobre las distintas columnas móviles y los frentes activos, pero no parece haber minado, de forma terminal, su capacidad de lucha y de llevar a cabo acciones terroristas. ¿Qué clase de cohesión podía prodigar Alfonso Cano a más de 47 frentes activos distribuidos en la espesa geografía del país a través de correos humanos?

Desde el ataque a Casa Verde, las FARC han logrado superar la dependencia irrestricta de un Comando Central Conjunto. Hoy por hoy, esta guerrilla es una compleja red de nodos inconexos y autónomos, reunidos alrededor de una guerra atizada por factores extra-militares que contaminan el paisaje del conflicto.  


Película de vaqueros

El odio incrustado contra el establecimiento, estimulado progresivamente desde el bombardeo a Marquetalia, la Operación contra Casa Verde, el Plan Colombia, el exterminio sistemático de la Unión Patriótica y los recientes golpes a su Secretariado, sumado al combustible del narcotráfico, a los problemas no resueltos del campo y a la precaria presencia del Estado en amplias regiones del país, son ingredientes medulares para entender el conflicto colombiano. Pretender reducir estos factores a elementos marginales tras la muerte de Cano, equivale a proponer la vieja historieta de alguaciles contra forajidos, donde exponer el cadáver del bandido salteador de bancos y diligencias, es un trofeo suficiente para confirmar el reinado del imperio de la legitimidad contra aquellos que la resisten.

Exhibir el cuerpo muerto del forajido, y vanagloriarse sobres sus restos, cumple sin lugar a dudas un papel importante en el discurso de la venganza: pretende disuadir a los enemigos, con la sentencia de que todo aquel que lo intente de nuevo, seguirá el mismo destino doloroso. Además, acalla la voz de los contradictores (no necesariamente los enemigos), al demostrar que la propia gestión exhibe resultados incontrovertibles. Anima el espíritu de las tropas y levanta los brazos de los fatigados, al señalar una paga por el sacrificio. Pero cumple un papel superior en la imaginación: focaliza la raíz de todos los males, y desplaza de la memoria las otras formas de maleza.

Esta vieja usanza de poner los despojos del forajido a la vista de todos, y solazarse sobre ellos, sigue el mismo patrón de las historias de pistoleros del viejo Oeste, de los restos desmembrados de José Antonio Galán en el patíbulo de la vieja Santa Fe, de los abusos de las tropas rusas en la toma de Berlín, de la satisfacción partisana contra Mussolini en Milán, del linchamiento de Muamar el Gadafi por los rebeldes libios, hasta de los decapitados por el Cartel de Sinaloa para amedrentar a sus enemigos.

Tal parece que la disuasión a partir del miedo (según la teoría Hobbesiana del siglo XVII), funciona hasta ciertos límites, pero genera por otras vías nuevos reductos para la violencia. No parece claro que la disuasión, por medio de la violencia, haya sido, históricamente, una estrategia exitosa para aliviar las contradicciones.

Que no se lea a contrapelo: los derechos ciudadanos – incluyendo la seguridad– demandan una gestión efectiva por parte del Estado, y pueden ser exigibles, a todos, incluso a través de la fuerza. Si un ejército irregular atenta contra la población civil, vulnera derechos, siembra minas antipersona, secuestra ciudadanos, el Estado debe responder por medio de la fuerza. Es evidente que la guerrilla colombiana, como lo ha afirmado Rafael Pardo, pasó de ser “la vanguardia de la revolución, a ser la retaguardia de los narcotraficantes”. Pero la gestión efectiva de los derechos en un Estado, no se reduce a la represión militar, y el odio, no es un cimiento seguro para la construcción de futuro.


Un conflicto con raíces

El país parece saltar de alegría tras la muerte de los viejos cabecillas del Secretariado de las FARC, como si este fuera el último escollo -o el primero de los últimos escollos-, hacia el camino empinado de la paz.

Mientras el combustible de la guerrilla sigan siendo el narcotráfico, con su infinito poder de corrupción, la desigualdad (ratificada para el país por el más reciente informe de Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano) que alimenta los odios de clase y facilita el reclutamiento de jóvenes por parte de las guerrillas, el no resuelto conflicto sobre la tierra, de donde emergieron las guerrillas agrarias en Marquetalia, y la costumbre del odio como factor de disuasión, seguiremos desplazando la mirada del foco del conflicto.

El trofeo que hoy exhiben las Fuerzas Armadas se convertirá en mito entre los combatientes de las selvas profundas. Como es un mito Manuel Marulanda, como lo es el Che Guevara, como lo es Robin Hood, como lo es Espartaco, y como lo es Buenaventura Durruti entre los nostálgicos del breve verano de la anarquía española. Y los mitos no se pueden fusilar, porque siguen representando el arquetipo de los anhelos de muchos, entre los pobres y los excluidos. Por ello, es necesario concentrar esfuerzos en combatir las otras formas de maleza. No deberíamos subestimar el poder romántico del mito, azuzado por los leños de la pobreza y el narcotráfico.


Viva la muerte

No es convincente la premisa de que muerto el enemigo, muerta la contradicción. Semejante complacencia hace eco de la famosa arenga del militar franquista Millán Astray en el legendario debate del paraninfo de la Universidad de Salamanca, que entonces presidía como rector el poeta Miguel de Unamuno: ¡Viva la muerte! Como si la muerte de los comunistas, anarquistas, vascos y catalanes enemigos del franquismo significara la sanidad de España.

En el mismo sentido, no es justificable ninguna forma de complacencia con la intolerancia de los enemigos políticos en los regímenes comunistas: ni los Gulag soviéticos, ni los fusilamientos castristas, ni la utilización de presos políticos en las cárceles de China como donantes cadavéricos de órganos con destino de trasplante.

Más allá del trofeo de monteros, nos hace falta, como país, en medio de nuestras diferencias, una grandeza moral que es superior a la memoria dolorida de la venganza. La venganza es mutilante, porque su noción de justicia nunca logra superar el “ojo por ojo” de la obtusa ley del talión.

Necesitamos, como país, una grandeza moral que rehabilite nuestra minusvalía histórica, aquella minusvalía que se solaza, que se alegra, con la mutilación del otro. Y para eso, para mirar hacia el futuro, necesitamos ver con ambos ojos. Como le respondió Unamuno a Millán Astray: “El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor."

* Médico, magister en Bioética, profesor universitario de Bioética, miembro del Comité de Ética Institucional de la Investigación Universidad el Bosque. Colaborador de la Revista Alarife Universidad Piloto de Colombia, Revista de la Universidad el Rosario, Revista Agricultura de las Américas.

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Boris-Pinto

Boris Pinto*

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