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Las FARC: nacieron derrotadas y pueden descomponerse Imprimir E-mail
CONFLICTO, DROGAS Y PAZ
Domingo, 06 de Noviembre de 2011 21:48

Oportuna reflexión en medio de la fiesta de la muerte. La falta de dirección política desde sus inicios hizo que las FARC nacieran derrotadas y sin rumbo, pero la apuesta coyuntural se potenció gracias al narcotráfico y a una complicidad velada con sectores lumpenizados de las élites locales.


Una tesis arriesgada

La muerte de “Alfonso Cano” debe verse como una oportunidad. El discurso del presidente Santos a la medianoche del viernes pasado puso en primer plano la mesura. No se debe embriagar el país en la fiesta de la muerte. Sin triunfalismos se avanza mejor por el camino de la reconciliación. A un golpe contundente puede seguir el acotamiento de la enemistad.

Ha sucedido muchas veces en la historia que el contendor, ante el trance de ser derrotado, saque consecuencias de los hechos y prefiera renunciar a las armas. Desde luego, un paso así requiere de mucho valor, tanto o más que el necesario para empujar a la guerra. Pero hasta ahora las FARC parecen “inaccesibles al desistimiento”.

Comenzará este breve escrito por plantear una tesis tal vez provocadora y ciertamente arriesgada: las FARC nacieron en olor de derrota. Contradice el sentido común si se mira el desarrollo de esta guerrilla desde los años setenta hasta finales de siglo. Pero el sentido común es engañoso.


El verdadero origen

En 1964, la dirigencia de un partido comunista colombiano titubeante no se decidía del todo por las armas, pero no quería perder el movimiento campesino, tan caro a sus orígenes partidarios. Como tampoco quería perder el trabajo sindical por irse a la clandestinidad, ni el trabajo electoral por incipiente que fuera.

La combinación de todas las formas de lucha fue una apuesta coyuntural para conciliar las divergencias: quiso “todo y el cielo también” como rezaba una canción popular en Norteamérica durante los años sesenta. No deja de ser irónico que fueran los teatreros de ese mismo partido quienes montaron en los setenta la “Balada del Soldado” de Stravinsky, cuyo estribillo pegajoso advierte: “felicidad no hay sino una, quien quiere dos, tiene ninguna.”

Fue un compromiso a medias, una táctica dilatoria para no romper el partido y para dar la cara a las acusaciones de aburguesamiento y traición contra sus dirigentes desde el radicalismo de las juventudes encandiladas por la revolución cubana.

Se podía ganar tiempo mientras pasaba el turbión y no se descartaba que el bloque guerrillero del sur, como se llamó en sus inicios, pudiera resultar una carta de negociación.

La consecuencia fue una dirección política tímida y menguada. Además de la dirección política, al movimiento armado le colgaba otra piedra del cuello: representaba un sector social que moría lentamente, el de las economías campesinas. La colonización encontró un respiro gracias a la coca, pero no pudo revertir la ley de la historia.

El aparato militar predominó a la larga, por ausencia de definiciones. Pero cuando se desprendió del partido, acabó por devorar todo el movimiento. Se fue afianzando un ejército guerrillero con una dirección militar eficaz, pero con un déficit de dirección política que se hizo patente en el proceso del Caguán.

Expuestos como estuvieron durante casi cuatro años a los medios del mundo y del país, no pudieron comunicar un mensaje coherente a interlocutor alguno, ni siquiera a sus supuestas bases sociales.


El autismo de las FARC

A diferencia de la dirección política de la guerrilla salvadoreña que, en otro contexto, supo extraer las consecuencias de la situación donde quedaba por la caída del socialismo real y por la debacle de la Unión Soviética, la dirección de las FARC, siempre autodeterminada y autofinanciada, nunca se percató de las transformaciones del mundo ni del significado que tuvo para el movimiento guerrillero el hecho de tener que retroceder a las primeras etapas de su lucha, con medio siglo a cuestas.

La entidad política de las FARC se ha visto disminuida por la pérdida de referencias internacionales o modelos justificatorios, por los métodos criminales que usa y por la corrupción de los negocios ilegales.

El dinero los eximió, desde los años ochenta, de hacer política con las comunidades de su entorno. El dinero solucionó todos los problemas que el apoyo social apenas proveía a cuentagotas y los hizo crecer como fuerza armada. Pero no les dio legitimidad y una guerrilla sin calado político no puede acceder al poder. No se debe olvidar a Telleyrand: con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse encima de ellas.


¡Es el narcotráfico, estúpido!

¿Qué les depara el futuro? Esta pregunta no se puede responder en rigor, pero por aproximación y extrapolación de las tendencias de hoy, puede aventurarse una advertencia frente a un proceso en curso.

La posible descomposición de las FARC, muy probable por las dificultades que seguramente tendrá en consolidar una dirección fuerte y acatada, puede apoyar una tendencia que se hizo evidente en las últimas elecciones: la consolidación de poderes regionales mafiosos con capacidad para controlar lo electoral, y por lo tanto, las instituciones estatales en el plano regional y local.

El Estado colombiano afronta un gran peligro. En el campo de la política éste puede resultar más grave que la propia amenaza guerrillera, porque los grupos armados del narcotráfico tienen aliados con poder social, que nunca tuvo la guerrilla en su retaguardia. En términos estratégicos, se debe salir al paso de otra forma de erosión de la institucionalidad estatal. Mientras haya narcotráfico, habrá violencia.

Se podría parodiar al ciudadano de Estados Unidos que le gritó a Clinton durante su primera campaña presidencial “es la economía, estúpido”, guante que bien recogido lo llevó al triunfo. ¡Es el narcotráfico, estúpido! le puede gritar América Latina a los superpoderes.

Llegó el momento de elevar al plano del debate multilateral, con México y Perú, con UNASUR y Centroamérica, la tragedia que producen las propias políticas antidrogas. Un replanteamiento es necesario para desmontar un negocio tan grande que siempre encontrará quién se le mida.

Si la muerte de Cano sirve para algo, será para recordar que sin el tráfico maldito no hubiera durado tanto su aventura.

* El perfil del autor lo encuentra en este link.
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Armando_Borrero

Armando Borrero Mansilla*

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