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Explicación muy breve pero muy clara de las razones (y las sinrazones) que se dan de lado y lado en este tema crucial para Colombia, de las alternativas que están sobre la mesa y de lo que haría falta para que haya cambios.
El argumento parece inobjetable: la guerra contra las drogas es un fracaso y ha traído más daños que beneficios.
-La causa del fracaso es bastante obvia: la prohibición hace que se produzca menos droga…lo cual eleva su precio…lo cual la hace más rentable… lo cual induce a nuevos capos o carteles o países a dedicarse al negocio. Paradójicamente, entre más éxitos se logren en combatir la droga, peor es el fracaso.
-Los daños del prohibicionismo también son graves y obvios. El mercado clandestino crea “ollas” de pequeña delincuencia. Convierte a los adictos en personas marginadas. Las jeringas reutilizadas multiplican el SIDA. La guerra cuesta mucha plata al erario. Los traficantes se matan entre sí por las ganancias. Los funcionarios pequeños – y los grandes- se corrompen. Los carteles capturan el Estado, o le declaran guerras muy violentas.
Por eso hay tantas voces sensatas en el mundo que proponen “legalizar” la droga. No sólo hippies e intelectuales de izquierda (y de derecha), sino también médicos, sacerdotes, ex presidentes que forman sonadas “comisiones·, y ahora el propio presidente Santos.
Pero las alternativas son más bien confusas -y ahí comienza el problema-:
- Unos hablan de legalizar el consumo (“dosis personal”, expendio de estas drogas en bares o farmacias) y de no marginar a los adictos (cambio gratis de jeringas, por ejemplo, o tratamientos de rehabilitación más sofisticados).
- Otros – muy pocos - van al fondo del asunto y proponen legalizar también la producción: igual a como se hace con el alcohol o el tabaco (en casi todo el mundo) el Estado asumiría el monopolio o en todo caso regularía y vigilaría el mercado.
Y aquí por fin topamos con el punto central de este debate: alcohol, tabaco…y ¿cuáles otras sustancias serían permitidas?
La respuesta inequívoca tendría que ser dada por los médicos. Pero resulta que todas las “drogas” son dañinas, que hacen daños distintos – pero daños – y que pueden inducir a la adicción.
Esos daños son la razón misma del prohibicionismo que practican todos los Estados y cuya defensa es también inobjetable: ninguna sociedad puede permitir que sus jóvenes se autodestruyan en el vicio. Y además, la guerra sí ha servido, porque disminuye la cantidad de drogas disponibles, de modo que en vez de desmontar la represión en realidad habría que intensificarla.
¿Cuál de los dos bandos tiene la razón? Ninguno. Y ambos. Todas las sociedades humanas han permitido ciertas drogas (hoy tabaco o alcohol) y han prohibido otras porque son dañinas.
Lo que está en juego no es entonces el prohibicionismo, sino el cambio en la clasificación de sustancias específicas: ¿marihuana, cocaína, heroína, anfetaminas…?.
Así que la cuestión no es médica ni metafísica, sino de percepciones y convenciones sociales que pueden diferir en el espacio o en el tiempo.
¿Será posible que los partidarios de legalizar sustancias diferentes del alcohol o el tabaco logren que el mundo adopte nuevas convenciones? Difícil, porque se trata de convenciones apasionadas y casi siempre envueltas en argumentos morales o religiosos.
Y además, porque en el mundo de la real-politik, cada cambio en la clasificación de una sustancia modifica el reparto de cargas entre países y entre sectores sociales. Por ejemplo: legalizar la cocaína podría servirle a los cultivadores del Putumayo y reduciría la violencia en México o en Colombia, pero aumentaría el consumo en Estados Unidos o en Europa.
Así que al fin de cuentas la cuestión de las drogas es un asunto de convenciones sociales y de poderes reales. Y que para jugar en este escenario, lo mínimo que el presidente Santos y Colombia tienen que hacer es sencillo: dejar la timidez.
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