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Sobrevivir la guerra: Una lectura especial del libro "¡Basta Ya! Colombia, Memorias de guerra y dignidad”

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Mara_Victoria_Uribe_fotoLa obra del grupo Memoria Histórica ha producido diversas reacciones y generado múltiples lecturas. Mirada especial de una de sus integrantes centrada en relatos de sobrevivientes que dan cuenta de actores, alianzas, complicidades y culpas.

María Victoria Uribe*

Mosaico de memorias

Hay experiencias que lo marcan a uno y una de ellas fue hacer parte del grupo de Memoria Histórica y compartir con mis colegas tanto dolor y tanta valentía por parte de las incontables víctimas de este conflicto que aún no termina.

No hice parte del equipo que escribió el informe final “¡Basta Ya! Colombia, Memorias de guerra y dignidad”, sin embargo quiero referirme al capítulo quinto titulado “Memorias: la voz de los sobrevivientes”. Lo primero que salta a la vista al leerlo es que dichas memorias no contienen una memoria colectiva a la manera en que lo hacen las memorias de los sobrevivientes del Holocausto.

No, en Colombia tenemos un mosaico de memorias, algunas individuales, otras locales y otras regionales. 

mariav uribe sobrevivir guerra victimarios uniforme
Según las víctimas, los autores de las
masacres actuaban con complicidad de
las fuerzas armadas del estado.
Foto: Edmundo Magaña

La maldad tiene cara humana 

El capítulo quinto del libro le da la palabra a los sobrevivientes y estos hablan de sus percepciones de la guerra. Es la guerra contada por sus protagonistas, desde adentro.

Uno de los testimonios recogidos en Vigía del Fuerte dice lo siguiente: “Vemos que viene un viejito con un muchacho, un jovencito por ahí de 15 años en una chalupita [bote pequeño]... el viejito lloraba así agachado y el muchacho lloraba y decía: “Los mataron a todos”. La escena es desgarradora, de una extrema soledad y, de alguna manera, recuerda esa otra escena que hace unos días circuló por las redes sociales en la que un funcionario público en México humilla y maltrata a un niño indígena que vende dulces en la calle. El acto produjo una oleada de indignación en las redes que llevó a la protección del menor y al encarcelamiento del mencionado funcionario. 

En Colombia escenas como la descrita por el sobreviviente de Vigia del Fuerte ocurren a diario y muy pocas personas se sienten aludidas porque hemos caído bajo el sopor de la insolidaridad. 

Otro habitante de El Salado relata: “le pegaban por la barriga, patadas, puños, por la cara, toda la cara se la partieron primero, y nos decían “miren para que aprendan, para que vean lo que les va a pasar a ustedes, así que empiecen a hablar”, decían ellos. Entonces nosotros le decíamos “qué vamos a hablar si nosotros no sabemos nada”. Un diálogo como este suele ser frecuente en recintos herméticos de interrogatorio y tortura solo que en este caso ocurrió en un pueblito en los Montes de María, a plena luz del día, en la cancha del pueblo, delante de todos sus habitantes y a solo tres horas de Cartagena. 

Si hemos de juzgar a los actores armados no por su ideología sino por sus prácticas, lamentablemente no hay manera de establecer distinciones relevantes entre los modos de proceder de paramilitares, guerrilleros y militares y así lo dejan ver los testimonios. Sin embargo, un ejercicio de sentido está implícito en los relatos de los sobrevivientes quienes no pretenden deshumanizar a los actores armados, sino por el contrario, observar su naturaleza humana para dar cuenta del ejercicio de la maldad y, de esta manera, hacer un juicio moral sobre sus comportamientos.  

Una compleja red de colaboraciones y complicidades

 

En los conflictos internos como el colombiano, los que fueron enemigos durante la guerra se ven obligados a convivir una vez terminado el conflicto. Dicha convivencia no es fácil debido a las colaboraciones y complicidades que se dieron durante el conflicto por cuestiones de supervivencia, conveniencia o deslealtad. 

El tejido de complicidades, alianzas, lealtades y deslealtades cambia continuamente, así como los modos de colaboración voluntaria o forzada. Es por ello que los indígenas de la sierra peruana creen que la guerra fractura las identidades dándole dos caras a la gente, una vez terminada la confrontación no se puede confiar en nadie pues uno no sabe con quién está tratando. 

Las memorias sobre estas colaboraciones atribuyen responsabilidades en la desestructuración de la confianza y en los silencios impuestos entre familiares y amigos. Algo que los relatos de los sobrevivientes dejan claro es la existencia de una compleja red de complicidades de una amplia gama: 

· Alianzas de carácter político o militar

· Participación directa y material en los hechos

· Apoyo económico o político a los grupos armados

· Instigación, encubrimientos estratégicos, consentimientos pasivos, ayudas bajo coerción o miedo e indiferencia. 

Algunas de estas complicidades ya han sido tipificadas y sancionadas por sentencias judiciales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. La memoria emblemática de la complicidad tiene dos grandes matices para los sobrevivientes: 

1. Por una parte, la memoria que reconstruye las acciones de agentes estatales y asigna responsabilidades a instituciones del Estado como el Ejército y la Policía en los hechos de victimización contra comunidades, organizaciones y líderes. Esta memoria narra con detalle quiénes hacen la guerra y cuáles fueron sus roles, señalando las responsabilidades de agentes estatales, políticos, funcionarios o financiadores. 

2. Por otra parte, la memoria que registra los modos de colaboración que se dieron entre vecinos, familiares e integrantes de la comunidad con los grupos armados. Si bien esta memoria señala responsabilidades y modos de participación, a la vez pone de presente los desafíos éticos y humanos que plantea la guerra. En la memoria de los sobrevivientes una señal evidente de estas colaboraciones es la ausencia del Ejército y la Policía que “se pierde completamente” de las calles del pueblo la noche en que ocurren los hechos. 

Al decir de muchos sobrevivientes, los eventos ocurren muy cerca de las instalaciones de la Policía y del cuartel, “a menos de cien metros”, y los agentes “no hicieron nada para impedir esto”, como lo reclama un testigo de la masacre de Segovia. La larga duración que tuvo el recorrido de los victimarios durante la masacre es el otro indicio que prueba a testigos y sobrevivientes que se protegía a los victimarios quienes se movilizaban “como Pedro por su casa”. 

La connivencia entre agentes estatales y grupos armados ilegales se registra en la totalidad de los casos documentados por el Grupo de Memoria Histórica. En conclusión, la memoria de la complicidad asocia las colaboraciones entre actores armados con la victimización de la población civil y pone de presente un reclamo contundente sobre el abandono en que la dejan quienes deberían protegerla, así como sobre el silencio y el miedo que se les impone. 

Durante conversaciones informales, entrevistas y talleres, diversas personas se refirieron a las colaboraciones de alcaldes, concejales, gobernadores y notarios con los actores armados: “Acá llegó Cadena con el candidato a la alcaldía Nelson Están. Lo montó en una tarima y dijo: “El que no vote por él, ya sabe; es ¡tan, tan, tan!” [emulando el sonido de la pistola]”. 

Las memorias también dan cuenta de las ambigüedades y zonas grises que existen tanto en las colaboraciones forzadas como en las voluntarias. Este tipo de relaciones ocurren en ambientes de intimidación, vigilancia y acoso continuo, y el resultado es la apertura de espacios para el grupo armado, sea guerrilla o paramilitares, por parte de los habitantes rurales, algunos de los cuales terminan señalando a sus vecinos. 

Otro de los temas que aparece en los relatos es el del estigma de ser señalado como perteneciente, auxiliador o informante del “otro bando”. Se menciona la existencia de marcas físicas, ciertas conductas y determinados lugares de residencia que se transforman en señales de pertenencia a las filas del enemigo y en formas de culpabilizar y de señalar a la población civil. 

La circulación y permanencia de un grupo armado en un determinado territorio justifica que a los pobladores se les vea como colaboradores de ese grupo armado y esta presunción desencadena masacres, asesinatos y desplazamiento forzado de la población. Por ello, el reclamo que atraviesa los relatos de los sobrevivientes es que se reconozca el peso y las consecuencias que ha tenido la estigmatización de personas y poblaciones enteras: “Acá muchos de nuestros líderes fueron asesinados o amenazados. Nosotros sabemos que los líderes tenemos la lápida colgada al cuello”. 

 

Resistir y Reinventarse

A pesar de la crueldad y la persistencia de la guerra, existe un enorme repertorio de resistencias: 

· Los actos sutiles e indirectos de protección, acomodamiento y resistencia cotidiana que hacen más llevadera la vida diaria frente al poder devastador de la violencia. 

· Los actos de solidaridad, bondad y rescate humanitario mediante los cuales se pervive, se restauran relaciones y se mantiene cierta autonomía y dignidad. 

· Los actos de oposición, desobediencia, rebelión, confrontación directa o indirecta y de resistencia civil a los controles y arbitrariedades de los poderes armados, así como a sus versiones o silencios sobre lo que pasó. 

· Las prácticas de conmemoración, peregrinación, reconstrucción de memoria y búsqueda de verdad mediante las cuales emprendedores de memoria, grupos y organizaciones sociales buscan visibilizar sus reclamos, restaurar la dignidad y resistir al olvido. 

En un conflicto armado prolongado como el colombiano, donde a pesar de diversos esfuerzos persiste la impunidad, sobrevivir y resistir ha significado un arduo esfuerzo. De ahí que las iniciativas de memoria, que significan comunicar públicamente lo que ha sucedido y sus efectos, hayan sido un medio privilegiado de expresión. 

La prolongada guerra colombiana atrapó a los campesinos en un mundo en blanco y negro impuesto por los actores armados; sin embargo los campesinos y habitantes rurales se inventaron mil formas para sobrevivir y volver a habitar la cotidianidad. 

* Antropóloga, profesora de la Universidad del Rosario. 

Comentarios   

BERNARDO CONGOTE
0 #1 BERNARDO CONGOTE 17-08-2013 00:26
Cuando leí de Uribe "hemos caído en el sopor de la insolidaridad" detuve abruptamente mi lectura. No es intelectualment e admisible que afirmaciones caseras de este tipo tengan cabida impune en el discurso de un académico de los kilates de la citada. En Colombia no hemos "caído" desde algún lugar presuntamente superior hacia otro presuntamente inferior, como se infiere del aserto. Al contrario, no habríamos conocido todavía lugar superior alguno producto de una cultura de sometimiento inspirada, entre otros, por el aparato católico manipulador de la educación en todas sus instancias. Este enfoque, por supuesto, es políticamente incorrecto en Colombia, lo que no hace sino confirmar mi hipótesis.
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