¿Estrategias militar y política divergentes para el fin del conflicto?

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Palacio de convenciones donde se realizan las negociaciones de paz en La Habana, Cuba.

Carlos Alfonso VelásquezNegociar en medio de la guerra hace que en la mesa de La Habana influyan tanto los sucesos políticos como los militares. Por eso es necesario que estas dos estrategias hagan parte de la misma política gubernamental en lugar de marchar desacopladas.

            Coronel (r) Carlos Alfonso Velásquez R.*

¿Crisis en el proceso?

Decía un reciente editorial de El Nuevo Siglo que “El proceso de paz no está en crisis, sino que tiene que demostrar la validez de la salida política como instrumento sostenible”.

Si es triste, ¿por qué el presidente ordena o autoriza los bombardeos, que son el medio y el que produce una mayor cantidad de muertes indiscriminadas?

Pero esto solo es posible si la estrategia militar se acopla con la estrategia política. Lo que está en crisis no es tanto la negociación en La Habana como la conducción política para ponerle fin al conflicto armado, ya que la dinámica de la guerra y la de la mesa de negociación inevitablemente se entrecruzan y retroalimentan.

Desafortunadamente, la crisis es más evidente en la conducción por parte del gobierno (incluyendo las Fuerzas Militares) que de la guerrilla, porque la estrategia militar estatal se ha venido ejecutando desacoplada del propósito de poner fin al conflicto mediante la negociación política.

Funeral de los soldados dados de baja en combate en Cauca, el pasado 15 de abril.
Funeral de los soldados dados de baja en combate en Cauca, el pasado 15 de abril.
Foto: Presidencia de la República

El problema

Varios sectores de la opinión ven más coherencia y contenido en las declaraciones de “Pablo Catatumbo” que en las del presidente Santos. Por ejemplo dijo Catatumbo que  “escalar la guerra no es el camino”, y horas más tarde el presidente Santos declaró: “lo que ha ocurrido en estos últimos días es triste. A nadie puede alegrar; ni nos alegra, la muerte de cualquier ser humano”.

Ante estas declaraciones surge la pregunta: si es triste, ¿por qué el presidente ordena o autoriza los bombardeos, que son el medio bélico más letal y el que produce una mayor cantidad de muertes indiscriminadas?

Disponer que los cadáveres de guerrilleros sean identificados y entregados a sus familiares para que “no haya más entierros de N.N” es un gesto innegable de humanidad, pero este solo atenúa la tristeza de los familiares - no el resentimiento y la desconfianza de la guerrilla, empezando por sus jefes-. Estas decisiones tampoco mejoran el ambiente político que rodea la mesa de negociación.

Si los bombardeos no están en sintonía con el momento político, son contraproducentes para poner fin a la guerra por la vía de la negociación, que es como han finalizado la  mayoría de las guerras contrainsurgentes.

Así las cosas hay que ubicar el problema en la equívoca conducción político-estratégica del proceso. El error consiste en permitir que lo político y lo militar vayan por carriles paralelos o divergentes, cuando lo que dicta la teoría estratégica es que sean convergentes. Lo político debe definir el “qué” y aprobar el “cómo” (la estrategia militar), y esto no  debe darse solo en el planeamiento, sino también en la ejecución.

Negociación y guerra

Como decía al principio, la negociación en La Habana no está en crisis. Más que en crisis,  puede decirse que está frenada, pues hay que recordar que ella anduvo a buen ritmo hasta que se acordó el tercer punto (narcotráfico), momento que coincidió con lo más álgido de la campaña por la reelección presidencial.

Si miramos de cerca la mesa de La Habana podríamos afirmar que el freno se produjo porque los tres primeros temas de la agenda apuntaban hacia un futuro que querían ambas partes – de manera que el avance no dependió únicamente de la buena voluntad de los negociadores.  En cambio ha sido – y sigue siendo- muy difícil la confluencia en el enjuiciamiento de un pasado sobre el cual las víctimas, y en general los colombianos, reclaman al menos una satisfactoria porción de la verdad que le abra espacio a la justicia transicional.

Sin embargo, la mesa no funciona en el vacío pues en ella no influyen solamente las decisiones políticas sino también los sucesos bélicos, y estos últimos se han hecho sentir con fuerza en las últimas semanas.

Prueba de ello es que el ritmo que venía perdiendo la negociación a finales del año pasado se recuperó con el desenlace del secuestro del general Alzate, un hecho de la guerra por fuera de la mesa. El ritmo se recuperó gracias a la pronta entrega del oficial, que se dio sin exigencias de las FARC (más allá de la necesaria suspensión de operaciones militares), lo cual sirvió también como detonante para tomar en serio la necesidad de desescalar el conflicto bélico.

Las FARC tomaron la iniciativa al llevar a cabo la mejor jugada política en su historia: declarar la tregua unilateral e indefinida y cumplirla casi completamente hasta el reciente anuncio de su final. Esta acción hizo que el gobierno no tuviera más alternativa que jugar la carta de suspender los bombardeos aéreos y así, casi simultáneamente, vinieron los acuerdos de desminado y el compromiso de las FARC de no seguir reclutando niños.

Pero lo que las FARC hicieron con la mano lo borraron con el codo tras el asalto a la tropa en el Cauca donde murieron 11 militares. Sin embargo, hay que decir que esto no se trató ni de la violación de un acuerdo (la tregua era unilateral) ni de una “masacre”, como la calificaron los principales medios de comunicación que presentaron a los soldados como si fueran civiles indefensos.

Este incidente mostró que aunque no había cedido la tendencia de rechazo a las FARC por parte de la opinión pública, sí se estaba alimentando la esperanza de que el conflicto estuviera llegando a su final.  Por esta razón, y ante el “baldado de agua fría” que recibió la opinión, no hubo mayor rechazo a la retaliación militar subsiguiente al ataque guerrillero en el Cauca. Aunque tampoco hubo excesivos aplausos en medios de comunicación como RCN Televisión.

En la medida en que “arreció” la ofensiva de las Fuerzas Militares con continuos bombardeos que dejaron un saldo de 41 guerrilleros muertos (incluyendo algunos jefes simbólicos), también fueron disminuyendo los aplausos de la opinión pública y la mesa siguió funcionando, aunque ahora a paso de tortuga.

Se puede decir que tras los bombardeos retomados por el Estado y la correspondiente declaración del final de la tregua por parte de las FARC, el rechazo a la guerrilla ha menguado entre varios periodistas y formadores de opinión, quienes optaron ahora por una especie de “silencio elocuente”.

El Presidente Santos reunido con la Cúpula Militar.
El Presidente Santos reunido con la Cúpula Militar.
Foto: Presidencia de la República

Consecuencias estratégicas

Uno de los elementos clave  en este escenario es el divorcio (atenuado por la equivocación de las FARC en el Cauca) entre lo político y lo militar en la conducción del proceso por parte del gobierno.

Los bombardeos militares son una estrategia militar contundente y desmoralizante para la contraparte, pero solo si se ejecutan en sintonía con una estrategia general que tenga en cuenta tanto el propósito como el momento políticos, para que estos nos sean percibidos como un uso excesivo de la fuerza por la contraparte ni por la opinión.

La mejor jugada política en su historia: declarar la tregua unilateral e indefinida y cumplirla casi completamente 

Si no se hacen bien, estos bombardeos pueden convertirse en un búmeran, porque al fin y al cabo lo decisivo está en la negociación política, que se percibirá como coherente y creíble en la medida en que lo militar actúe en sintonía con lo político. Si no es así, si la estrategia militar se aplica como una especie de rueda suelta, puede incluso llegarse a destruir todo o casi todo el enemigo pero no a ganar la guerra, la cual no terminará sino hasta que “todo esté acordado”.

La historia de las guerras contrainsurgentes está llena de casos donde las aparentes victorias militares se convirtieron en derrotas políticas. Por no tener esto en mente, Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam pese a que el balance militar decía que por cada soldado norteamericano muerto hubo diez muertos de la contraparte.

Por la misma razón, la operación militar sobre el estado mayor de las FARC en Casa Verde el mismo día en que se iban a elegir  los delegados a la Asamblea Nacional Constituyente no produjo la deseada desmoralización y deterioro de la guerrilla.  La historia hubiera sido muy distinta si esta operación se hubiera ejecutado al día siguiente de la ceremonia donde fue proclamada la nueva Constitución. En ese caso la estrategia militar no hubiese actuado en disonancia con el propósito y el momento político particular.

 

* Coronel del Ejército Nacional en uso de buen retiro, magister en Estudios Políticos, profesor de la Universidad de la Sabana, autor de La esquiva terminación del Conflicto Armado en Colombia (editorial La Carreta E.U., septiembre de 2011) y columnista de El Nuevo Siglo.

 

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