Raúl Gómez Jattin y la desmesura poética

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Poesía.

Lina AlonsoVeinte años después de su muerte, la poesía de Jattin sigue sintiéndose como algo cercano porque fue construida con la materia de la vida cotidiana. Más allá del estereotipo que se ha hecho del autor, siempre vale la pena volver a leerlo.

Lina Alonso*  

Poeta estigmatizado

Recordamos hoy al poeta cartagenero, a 20 años de su muerte, como un caso de esos autores que ha contado con la fortuna de tener una prolífica divulgación en la historia literaria colombiana al tiempo que un mezquino reconocimiento por parte de sus coetáneos.

Aparece con la guayabera, el cigarro escondido en el bigote, la mirada negra y espesa bajo la turbia maraña de unas cejas que no hacen más que acentuar la frente enorme que parece curvarse por el hachazo de luz que atraviesa el rostro: esa fue la primera imagen que tuve de Raúl Gómez Jattin (1945-1997) después de haber ojeado una postal de la Casa de Poesía Silva.

Es curioso que muchos poetas colombianos no quieren reconocer a Jattin en el panorama poético local por ver en él lo cliché de la bohemia, el rótulo insigne del poeta ebrio en el que se dibuja el sello de maldito. Otros igual de audaces se acercan a él y a su poesía bajo la consigna del autor “homosexual, loco y drogadicto”, como si esta fuera la esencia de encontrarse con su palabra, aun con pleno conocimiento de la labor de Jattin, una labor que trasciende cualquier etiqueta.

Jattin no le habló al destino con las manos rotas (Toma mi mano/acaríciala con cuidado/ está recién cortada) solo por crear una memorabilia insignificante de sobrenombres y actitudes (Porque a la riqueza miro de perfil/ mas no con odio). Dejemos los rótulos y hablemos de frente como él le habló a la carne del mundo mientras ofrendaba la suya.

Miremos la poesía de Jattin en lugar de la persona –o tal vez sea hablar de lo mismo, tal vez no exista distancia alguna- por permitirnos habitar en el ancho Sinú que carga cada ser humano entre historias, sombras y nombres.

Literatura rebosante

Raúl Gómez Jattin, poeta colombiano.
Raúl Gómez Jattin, poeta colombiano. 
Foto: Señal Memoria

Podrían rastrearse más de una serie de registros, por más intimista que parezca, en su escritura. Por ejemplo, el erotismo en Jattin es tan fuerte, colérico e intempestivo, guardando distancias, como el de Jorge Gaitán Durán. Aunque en el poeta cartagenero el cuerpo padece una fecundidad casi infantil, el cuerpo es extensión del universo en tanto que en él vibra y resuena el deseo como el origen de todo el sufrimiento del hombre. Todo en él se desnuda como la primera mañana de la historia, a veces son desmesuradas esas ansias de aferrarse a su sexo para penetrar en todos los misterios del mundo. Y este afán se me hace estoico a la vez que pueril, como toda terquedad, pero irremediablemente libre de moral alguna, libre en su totalidad.

El tiempo y su orgánica derrota en el cuerpo y en la memoria colinda con sus límites y sus diferencias con la poesía de Héctor Rojas Erazo, pero en Jattin hay algo singular y eso lo podemos presenciar en un libro como Retratos o Tríptico cereteano donde los nombres cobran, como en una escena de ese teatro que tanto amó en sus años de estudiante en el Externado, una vida progresiva.

Todo en él se desnuda como la primera mañana de la historia.

Los amigos y sus rostros febriles e intoxicados de juventud, los primeros amores, Cereté y su tacto canicular, Isabel ojos de pavo real, Carlos el parricida, la cocinera de sexo animal y casi que inhumano se dibujan en cada uno de sus poemas que van construyendo palabra a palabra un álbum, una biografía policromática de su pasado.

Puede ser tan rebosante de una misma literatura, en el sentido referencial, como la de cualquier poeta que alce su pluma para recordar a esos fantasmas que pueblan los libros, la historia y las noches. Está por ejemplo Sherezada y su secreta herejía, ese callado hostigamiento que la eleva sobre las palabras más allá de la muerte, están los personajes que componen su libro Hijos del tiempo, entre ellos Penélope y Odiseo, Li Po, o Kafka.

La poesía de Jattin es violenta, es violenta porque se niega, es obstinada por esa constante reflexión del poeta que ironiza su infancia, sus locuras, sus desmanes mientras se excusa y se justifica en la escritura solo para afirmar “no hagas caso de los poetas, amor mío”, que es como afirmar su proceder en pos de su lógica privada mientras un país agonizante en la violencia e interminables guerras incontables se debate por instaurar morales de turno, por erigir modelos de control y restringir toda libertad espiritual en el marco de purificar toda la sangre derramada

La orfandad de la historia es en su poesía una suerte de designio: “Más allá de este instante que pasó y que no vuelve/ estoy oculto yo en el fluir de un tiempo /que me lleva muy lejos y que ahora presiento. Más allá de este verso que me mata en secreto”. Jattin es hijo de esas grandes ceibas, es hijo de su sombra tupida de aves y de canciones que recuerdan todas las andanzas magistrales o no de su vida, porque lo natural en él también resuena, el cielo es otra cabeza del poeta, los ríos son las venas fatigadas de él. En eso recuerda mucho a Antonio Machado, lo recuerda por posicionar al poeta como continuidad de mundo y del paisaje.

Fruto de su desmesurada violencia, la locura no es escándalo, estilo o elogio, es el orden singular, es su razón privada, su eje de rotación, no un rótulo, mucho menos una consecuencia. Sería fácil decir que fue la muerte de su padre, que fueron sus pulsiones zoofilicas, que fue el abandono de su madre o las drogas lo que lo llevaron a la locura, pero no. Esa vesania no fue adrede ni resultado de nada, era el punto final de su poesía.

Vida y muerte en la calle

Raúl Gómez Jattin por las calles recitando sus poemas.
Raúl Gómez Jattin por las calles recitando sus poemas. 
Foto: Señal Memoria 

Ya sea por su muerte incierta y emblemática, por su vida descoyuntada, errática y etílica, ya sea por su sola poesía y su legado literario, el nombre de Jattin ha contado con la fortuna de no perecer bajo el manto lotófago con el que se arropa el país.

La poesía de Jattin es de esas que uno se encuentra todos días en la calle, es de esas a la que uno le estrecha la mano o que fácilmente se siente cercana en cualquier momento por estar escrita sobre el crisol imperecedero de la miseria, del abandono, de la soledad con la que todos los días las horas nos enfrentan en la cíclica batalla del tiempo.

La locura no es escándalo, estilo o elogio, es el orden singular, es su razón privada.

Encontrarse con las palabras de Jattin es entender el desamparo al que se pueden ver un montón de condenados día a día en los andenes, en las clínicas, en el desamor o cualquier desencuentro con el designio de la fortuna y es que la voz del poeta, en su vastísima autoreferencialidad elimina las fronteras de una sola interpretación. Entre muchas cosas más, Jattin es un poeta al que siempre se vale volver.

“Cuando llegó tu carta rumorosa como el viento/había lanzado todos los libros a la calle/ y como no estaba el mío me tiré yo mismo a la intemperie”. Así se lanzó Raúl Gómez Jattin a la vida, a las palabras y a la misma poesía: completamente desnudo y desprendido como una bestia que ha recibido con encono todo el rechazo del mundo, creando a su vez una región abierta y transparente hasta sus últimas consecuencias. “Intento ser sincero con lo enfermo que estoy/ y entrar en el maleficio de tu cuerpo /como un río que teme al mar pero siempre muere en él”.

 

* Estudiante de Literatura con énfasis en investigación, crítica y teoría literaria de la Pontificia Universidad Javeriana. Diplomada en Latín del Instituto Caro y Cuervo y egresada de Teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

 

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Comentarios  

william r. fadul
0 # poeta clandestinowilliam r. fadul 24-06-2017 13:23
Buen esfuerzo. Tiene contenido y mensaje.Ojo a la sintaxis.
De paso, Raul no era cartagenero. Era cereteano, nacido en Cereté, Córdoba.
Su cara de profeta mahometano la debe a su origen árabe. Libanés o eventualmente sirio.
Ánimo niña. Escribe más porque nadando se hacen los nadadores y escribiendo los escritores.
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