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Hace una década se quitó la vida una de las poetas más importantes de la última generación del siglo XX en Colombia. Sin embargo siguen vivos sus versos sinceros y cotidianos, así como sus preguntas sobre la utilidad de la poesía en un país violento.

anama ferreira obra mamercedes carranza casa silva

Foto: Casa de Poesía Silva

 

¿El arte para qué?

En el número 15 de la Revista Casa Silva -publicado en 2002- su editora, María Mercedes Carranza (1945-2003), se preguntaba: “¿Podemos hablar de poesía?”, dudando de si en un país como Colombia, en medio de tanta violencia, el arte tiene algún sentido. 

Al final de ese escrito, la autora no se atrevió a dar una respuesta:

“(…) muchos miles de colombianos en todo el país recordaron el Paraíso Perdido (la existencia de la justicia, de la paz, del amor, de la alegría) en un libro, una obra de teatro, una pintura o en una música. Eso tal vez ayuda para algo... tal vez”. 

Desafortunadamente para la propia María Mercedes, la poesía no fue suficiente para salvarla. Después del secuestro de su hermano y agobiada por fantasmas inenarrables, decidió que ya era suficiente. Por eso nos vuelve la pregunta: si no nos puede salvar de la muerte, ¿para qué la poesía? 

Hoy, diez años después de la muerte de Carranza, su pregunta sigue flotando en el aire: ¿se puede hablar de poesía en Colombia? ¿Para qué sirven la poesía, la literatura y el arte en medio de la violencia? Esta es una pregunta importante para nuestro país, y la mujer que la enunció, sin duda, también lo fue. 

 

Una vida marcada por la poesía

 


anama ferreira obra mamercedes eduardo carranza

Foto: Casa de Poesía Silva 
 

Carranza fue poeta, periodista, crítica, directora y jefe de redacción de varias publicaciones. También, y de modo notable, fue una de las gestoras de la Casa de Poesía Silva, lugar que dirigió desde su inauguración, en 1986, hasta el 11 de julio de 2003, el día en que se quitó la vida. 

Hasta el último día Carranza trabajó en la antigua casa de José Asunción Silva, ubicada en el barrio La Candelaria. En esta casa el propio Silva se disparó en el corazón; mezcla inevitable: la poesía y la muerte. 

Hoy, en ese mismo lugar, cientos de personas llegan a escuchar, leer e incluso a escribir poesía. La Casa, que ya hace parte de la historia de la ciudad, es como el corazón de Bogotá, donde tiempos e historias se superponen, y en ella todavía se pasea el fantasma de Silva, al igual que el de Carranza. 

María Mercedes Carranza publicó 5 libros de poemas: Vainas y otros poemas (1972), Tengo miedo (1983), Hola, Soledad (1987), Maneras de desamor (1993) y El canto de las moscas (1997). 

En cada uno de ellos hay un marcado acento en lo coloquial, lo cotidiano. Su poesía es casi prosódica, se lee como si estuvieras hablando con ella. En su obra nada es rebuscado, las palabras son maleables y sencillas, y parece que hubieran sido escritas sin ningún esfuerzo. 

Los críticos afirman que este estilo desprovisto de pompa puede tener que ver con una rebelión íntima contra su padre, el poeta Eduardo Carranza, fundador del grupo Piedra y Cielo, cuya obra alimentó a María Mercedes y al mismo tiempo le infundió la necesidad de buscar su propia voz.

 

Versos contra la adversidad

 


anama ferreira obra mamercedes carranza retrato poeta

Foto: Casa de Poesía Silva 
 

Afortunadamente, la obra de María Mercedes Carranza escapa de la enorme sombra de su padre. Es una poesía llena de preguntas y reflexiones sobre la realidad y sobre la poesía misma, es una lucha con su material de trabajo, con el lenguaje: “Si las palabras no se arrugaran/ si fuera posible ponérselas cada mañana /como una blusa o una falda/previo uso del quitamanchas, el cepillo y la plancha” (“Babel y usted”). 

Al mismo tiempo, hablan de la desilusión: “habló del esplendor de la Vida/y de la seducción fatal de la Derrota” (“Poema de los Hados”). Por esto no es gratuito que James Alstrum llamara a los poetas de su época “la generación desencantada” 

Parte de ese desencanto tiene que ver con las decepciones cotidianas, con la desilusión incluso de las palabras: “Amistad queda condenada / a la hoguera, por hereje; / la horca conviene / a Amor por ilegible” (“Sobran las palabras”).”. 

Pero también tiene que ver con la situación del país, con la muerte de sus amigos cercanos, como Luis Carlos Galán, cuyo asesinato sigue siendo el símbolo de la violencia sin sentido de Colombia. 

La Colombia de Carranza es un país sin esperanza, como se puede leer en su poema “La Patria”: 

Esta casa de espesas paredes coloniales

y un patio de azaleas muy decimonónico

hace varios siglos que se viene abajo.

Como si nada las personas van y vienen

por las habitaciones en ruina,

hacen el amor, bailan, escriben cartas.

 

A menudo silban balas o es tal vez el viento

que silba a través del techo desfondado.

En esta casa los vivos duermen con los muertos,

imitan sus costumbres, repiten sus gestos

y cuando cantan, cantan sus fracasos.

 

Todo es ruina en esta casa,

están en ruina el abrazo y la música,

el destino, cada mañana, la risa son ruina;

las lágrimas, el silencio, los sueños.

Las ventanas muestran paisajes destruidos,

carne y ceniza se confunden en las caras,

en las bocas las palabras se revuelven con miedo.

En esta casa todos estamos enterrados vivos. 

 

Una posible respuesta

¿Para qué entonces la poesía? A veces su obra parece hacer eco de las palabras de Jacques Rancière, quien hablando del arte después de la Segunda Guerra Mundial afirmó que es en momentos como ese donde tiene lugar “la aparición concreta, entre las ruinas de la guerra y en el desarraigo de los vencidos, de espacios desconectados y de personajes víctimas de situaciones frente a las cuales no tienen posibilidad de reacción”. 

Esa imposibilidad se tradujo en la poesía de Carranza en imágenes desesperanzadas, como las de su último libro de poemas, El canto de las moscas (versión de los acontecimientos), en el que cada uno de los 24 poemas que lo componen hace referencia a un lugar geográfico de Colombia marcado por la guerra: Necoclí, Segovia, Caldono, Mapiripán, entre otros. 

En su “versión de los acontecimientos”, la geografía de la violencia se transforma en espacio poético: “Un pájaro / negro husmea / las sobras de / la vida. / Puede ser Dios / o el asesino: / da lo mismo ya” (“Soacha”). 

Sin embargo, ni la poesía ni la vida de María Mercedes Carranza fueron tragedias, ya que en medio del desolado panorama de la guerra, de la muerte, estaba la poesía, palabras que también eran juegos y risas: “(…) Si / es cierto que alguien / dijo hágase / la Palabra y usted se hizo / mentirosa, puta, terca, es hora / de que se quite su maquillaje y / empiece a nombrar, no lo que es / de Dios ni lo que es / del César, sino lo que es nuestro / cada día (…)” (“Métale cabeza”). 

La respuesta que tal vez no encontró Carranza puede ser paradójicamente una ruta para sus lectores y para las personas que visitan diariamente la Casa de Poesía Silva. A la final, la poesía la salva. Diez años después de su muerte su poesía está entre nosotros y la mantiene viva. 

 

* Candidata a PhD en Literatura y Estudios Culturales en la Universidad de Georgetown. Profesora en la misma institución, ha enseñado también en la Pontificia Universidad Javeriana, universidad donde terminó el pregrado y una maestría en Literatura

 

 

 

 Ana María Ferreira

 Ana Maria Ferreira*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy, diez años después de la muerte de Carranza, su pregunta sigue flotando en el aire: ¿se puede hablar de poesía en Colombia? 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su poesía es casi prosódica, se lee como si estuvieras hablando con ella. En su obra nada es rebuscado, las palabras son maleables y sencillas, y parece que hubieran sido escritas sin ningún esfuerzo. 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

Ni la poesía ni la vida de María Mercedes Carranza fueron tragedias, ya que en medio del desolado panorama de la guerra, de la muerte, estaba la poesía, palabras que también eran juegos y risas.

 

 

 

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