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¿Recuerdas Juana? Imprimir E-mail
ARTES Y LIBROS
Lunes, 24 de Mayo de 2010 14:02
Lunes, 24 de mayo de 2010

Autor: Helena Iriarte
Bogotá, Babel Libros, 2007 

Un columnista de Arcadia se preguntaba hace unos años cuánto más vendería Helena Iriarte si se sentara todas las mañanas junto al gran novelista Juan Gossaín. La respuesta no importa. La pregunta es un poco frívola, pero recalca algo muy cierto: hoy en día, la fama de un escritor depende de su figuración en los medios más que de la calidad literaria de su obra. Las novelas de Iriarte han tenido siempre un perfil bajo en el mercado editorial: no han contado con grandes maquinarias de marketing, no han ocupado buenas posiciones en los listados de ventas, no han obtenido premios prestigiosos y tampoco el favor de la gran prensa. Helena Iriarte no es una periodista bien conectada. Nació en Bogotá en 1937, estudió filosofía y letras en la Universidad de los Andes, se especializó en literatura hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo y ahora es profesora universitaria. Es autora de ensayos literarios, cuentos y de cuatro novelas: ¿Recuerdas Juana? (1989), Frente al mar que no te alcanza (1998), La huella de una espera (2004) y Llegar hasta tu olvido (2006).

La primera, ¿Recuerdas Juana?, fue publicada por Carlos Valencia Editores y reeditada por Babel Libros en 2007. No es la obra de toda una vida, como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Es un pequeño volumen de no más de cien páginas. Pero el libro de Iriarte asimila lo mejor de la obra proustiana, la singular unión de poesía, narración y memoria. En ambas novelas, el relato es el tejido del recuerdo, y el recuerdo se anuda con una gran cantidad de imágenes poéticas. En ambas, las imágenes no están ahí para embellecer el relato, sino para cumplir funciones narrativas. Por ejemplo, enfocar las diversas facetas de cada detalle, o dar la medida del mundo infantil, en el que todo lo real se percibe como semejante a otra cosa. Sin embargo, hay diferencias muy importantes entre las dos novelas, y en esas diferencias radica parte de la originalidad de ¿Recuerdas Juana?. La de Proust es la historia de cómo se recupera el tiempo perdido, y lo que leemos es la evocación del pasado en la voz del protagonista. La de Iriarte, en cambio, es la historia de cómo se perdió para siempre el tiempo en el laberinto de la memoria de Juana. Y quien cuenta la historia no es Juana, sino una voz que le habla a ella.

El libro de Iriarte está dividido en dos partes: "La mañana" y "La tarde". La mañana y la tarde de un día domingo enmarcan el presente de la narración y de Juana: lleva años en un convento, al cuidado de las monjas; su cuerpo ha crecido como una caña y su piel morena se ha tostado bajo el sol; en su boca despuntan sonrisas, pero ya no las palabras. "Está amaneciendo Juana, amaneciendo el día alto y azul. ¿No sientes que el calor alza la mano para que salgamos? Anda, apresúrate, que este caserón es frío y el coro mañanero de las monjas dice un lamento solitario y viejo que hace siglos busca en vano una respuesta de Dios y me entristece". Así empieza la novela, con los primeros resplandores del día. Y termina con los últimos.

Entre el amanecer y el atardecer, la voz que se dirige a Juana le cuenta la historia de su infancia: desde "antes de que encontraras el cabo del hilo de tu memoria", hasta el día en que las monjas salieron a recibirla. La voz que narra quiere que Juana recuerde. De ahí el título del libro, ¿Recuerdas Juana?, que es un estribillo repetido a lo largo de toda la novela. "No importa que no hables", dice la narradora, "quizá si yo lo hago, ocurra hoy el milagro". Tal vez Juana se reconozca a sí misma en el relato de su infancia, como se reconocía de niña ante el espejo del armario, disfrazada con retazos de tela sacados de un baúl. Sin embargo, el esfuerzo de la narradora resulta inútil. Al final del día Juana sólo recuerda el acontecimiento que desencadenó el olvido, la enajenación de su conciencia y su silencio: la muerte de su padre.

"Eran las dos de la tarde cuando fue a buscarte porque no oías las puertas que se abrían empujando el aire y volvían a cerrase con estrépito; no oías las voces que te llamaban por uno de tus nombres, el que giraba fuera del espejo, sólo, perdido y sin sus trajes; tu nombre: -Juana Juana, ¿dónde estás metida? Juana, sal de ahí niña tonta-. Y por primera vez en el espejo apareció tu madre, alta y extraña, más blanca que otros días. Te miró desde atrás, al frente, a tu imagen que la miraba en el espejo y al mirarte destruía tu mundo, el mar, el bosque, el castillo y tus figuras; tu noche bajo la luz de plata. -Sal de ahí, ¿no me oyes?-. Y antes de que comenzaras a obedecer te sacó zarandeándote, arrastrándote como una muñeca por entre un reguero de objetos extraños, de tirajos de telas que se iban quedando enredados al voltear de caminos pedregosos, bosques, zarzas, puertas y escaleras; al llegar a la parte más ancha te sacudió los brazos, los apretó y te clavó una mirada para gritarte, en medio de los últimos ecos de un cuento y de los andrajos de tul, para sacudirte hasta que la corona quedó colgando en tu espalda y el caucho te lastimó la garganta, para decirte en un alarido largo que tu padre acababa de morir".

Hasta entonces, la vida de Juana había girado al ritmo de la imaginación y de la presencia de su padre. Por eso, cuando su madre le espeta la noticia, la niña no entiende lo que pasa: en los juegos frente al espejo, los personajes que caían muertos se levantaban, se cambiaban de ropas y volvían a jugar. Pero Juana se estrella pronto con la verdad. La certeza de la muerte la hiere de repente tan hondo, y su deseo de felicidad es tan obsesivo, que "desde entonces dijiste siempre, Juana, y creíste que jamás se había muerto tu papá". A partir de ese momento, la mente de la niña emprende un laborioso trabajo de Penélope para enfrentarse a la realidad, tejiendo con empeño un mundo imaginario y destejiendo el tapiz de la memoria. "Era que la realidad no te servía", dice la narradora, "y, ¿qué culpa tenías de esto? ¿Acaso habías dispuesto la complicada maraña de tu existencia, la pesada sucesión de soledades y penas que te agobiaban sin que tú pudieras comprender qué era lo que te apretaba el alma y la garganta hasta convertirse en llanto? Por eso cada día ibas más lejos a buscar un mundo hecho con barro de tu propia tierra, modelado con tus manos en la materia luminosa de tu imaginación y de tus sueños". En ese mundo, Juana era feliz. En él no había diferencia entre presente y pasado, así que allí podía hablar y jugar con la sombra de su padre. Sin embargo, la protagonista de ¿Recuerdas Juana? paga un precio muy alto por esta osadía. Paulatinamente, las puntas y los nudos de la historia, el delirio y la vigilia, el presente, los recuerdos y las fantasías se enredan para Juana en un nudo incomprensible.

Éste es el nudo que la narradora quiere desenredar contándole la historia de su infancia. Pero, al igual que el coro mañanero de las monjas, su voz no encuentra respuesta, nunca da con el cabo del hilo de la memoria y de la conciencia de Juana. Este final desesperanzador es una afortunada variación del final del Quijote, que parece un poco forzado e irreal, sobre todo a los ojos de un lector moderno. En pocas páginas, las últimas de la novela de Cervantes, don Quijote renuncia a la locura y asume nuevamente la identidad de Alonso Quijano. "¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho!", dice el personaje. "Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías". A diferencia del héroe cervantino, Juana no recupera la cordura, y la narradora queda con un sartal de preguntas en la boca: ¿por qué Dios no toca la campana que despierte la memoria de Juana? ¿Por qué no roza su frente para que vuelva a sentir la alegría? ¿Acaso está tan alto que no alcanza a ver nuestras señas? ¿O es que, como Juana, ya no recuerda? "Quizá el tañer de todas las campanas", aventura ella misma, "enloqueció su cerebro, quebró sus oídos y lo dejó sordo; quién sabe si es que está dormido y debemos esperar otra eternidad para que se despierte".

La enigmática identidad de la voz que dice estas palabras es uno de los aspectos más llamativos de la novela. Muchos elementos hacen pensar que es la voz de la conciencia de Juana. Incluso Helena Iriarte lo ha sostenido. La narradora conoce los pensamientos, las sensaciones y los deseos más propios de Juana, y los describe con imágenes que provienen del imaginario de la niña. Pero los ojos de Juana no constituyen el único punto de vista de la narración. En algunos pasajes, la narradora enfoca el relato desde la perspectiva de otros personajes, y describe con la misma intimidad sus pensamientos y sus deseos. Este enigma no se resuelve en la novela, así como el coro de las monjas y la voz que narra no encuentran respuesta. Es un jeroglífico cuya clave interpretativa parece no estar en la obra. En todo caso, esta ambigüedad es el tema de ¿Recuerdas Juana?, y quizá sea uno de sus mejores logros.

  Fernando Urueta
 

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