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Poesía completa
José Manuel Arango
Edición y prólogo de Francisco José Cruz
Sevilla: Sibila 2009, 344 p.
Reseña escrita por David Jiménez
La Universidad de Antioquia ya había editado, en 2003, un año después de la muerte de José Manuel Arango, un volumen con su poesía completa, en el que se recogen los cuatro libros publicados en vida del poeta: Este lugar de la noche (1973), Signos (1978), Cantiga (1987) y Montañas (1995), con una sección adicional titulada "Otros poemas". La nueva edición, hecha en España por el profesor y poeta Francisco José Cruz, tiene un significado particular para quienes esperamos, desde hace años, que la poesía de José Manuel Arango encuentre lectores en otros países de lengua española, sea traducida a otros idiomas y obtenga, por fin, el reconocimiento que merece como una de las obras más sólidas y perdurables de estos últimos tiempos.
Ya se había publicado antes en España una antología de poemas de Arango, en la colección Palimpsesto. Un libro de formato pequeño y delgado, ochenta páginas precedidas por una nota autobiográfica del autor. El primer párrafo de la nota es un brevísimo autorretrato del poeta como niño campesino: "Nací en El Carmen de Viboral, un pueblo del departamento de Antioquia, en el noroccidente colombiano. Tuve una niñez campesina. Mi abuelo materno era agricultor y me llevaba a acompañarlo en las labores del campo: la siembra, la cosecha, el harneado y trojeado del maíz, que vendíamos los domingos (yo jugaba a ayudarle) en la plaza del pueblo". Se podría concluir fácilmente que de estos inicios, anteriores a la lectura y las inquietudes literarias, proviene el poeta eglógico que fue siempre José Manuel Arango.
Uno de sus últimos poemas, publicado en 2002 en la revista Deshora, se titula, precisamente, "Égloga", y allí se describe esa escena predilecta, tantas veces repetida a lo largo de su obra, sobre todo al final, del poeta que pasea la mirada por el campo y observa, callado y pensativo, las montañas y los pájaros. Las montañas: cuántas preguntas y cuántas perplejidades le suscitaron al poeta ("Estas montañas de apariencia / tranquila / sabe Dios qué de formas / se habrán engullido / Cuántas veces frente a ellas / hemos bailado / hemos pirueteado frente a ellas / las que no bailan / y si les diera por bailar / bailar / sería el acabose"). En esta misma "Égloga" se refiere a ellas como las "siempre ante los ojos", y agrega que son "irónicas, astutas". El lector se preguntará cómo pueden ser irónicas. Pero no es sólo el hombre el que observa: ellas devuelven la mirada en silencio. En esa mirada silenciosa está la ironía. El poema lo aclara un poco más adelante: "Hablamos en exceso / como si estuviéramos seguros / Es tan sobria / la callada ironía de las montañas". En cuanto a la ornitología poética, Arango parece un pariente próximo de Messiaen: "el carpintero nuquirrojo / con su vestido abigarrado / parece un arlequín". La exactitud del símil podría atestiguarla cualquier lector que haya visto un carpintero. Arango se atreve a decir que el ritmo del picoteo de este pájaro "es un troqueo" y, de nuevo, el lector que lo haya escuchado y sepa lo que es un troqueo (en la métrica grecolatina, una unidad rítmica compuesta por dos sílabas, la primera acentuada y la segunda átona) quedará pasmado de la precisión del poeta contemplativo.
En el segundo párrafo de la nota autobiográfica mencionada se refiere José Manuel Arango a su relación con Boyacá, donde vivió varios años, estudió, se casó y tuvo sus dos primeros hijos. El altiplano, tierra de lagunas y asiento de la cultura prehispánica muisca, fue para él la comarca en la que se podía presentir el mito, a pesar de la extinción de la antigua lengua de los indígenas. La fascinación del poeta por el mito es una constante de su obra y especialmente notoria en los dos libros iniciales. En la primera edición de Este lugar de la noche aparecía, en la página inicial, un epígrafe de Diógenes Laercio: "Tales dijo que la sustancia de las cosas es el agua y que todo está lleno de dioses". Pero en las ediciones siguientes desaparece. Lo curioso es que Arango vuelve a mencionarlo al final de la nota autobiográfica y esta vez lo adopta explícitamente como una especie de principio poético, previo un cambio muy significativo: ya no dice "lleno de dioses" sino "de diosecitos... o de demonios". Y concluye: "Yo quisiera, si fuera posible, ser su discípulo en esa especie de politeísmo, o polidemonismo, o pandemonismo". Esos diosecitos o demonios, según él, son "esas fuerzas que uno encuentra por todas partes: en un árbol, en un pájaro, en un niño. Hasta en los pícaros y tahúres y matones que ahora nos acorralan". Un pandemonismo, efectivamente. Pero sin él no hay poesía. Porque la virtud del poeta, para José Manuel Arango, consiste en "presentir": detrás de las cosas y los hombres de todos los días, detrás del sinsentido, hay algo más. El primer poema del primer libro lo dice así: "Y en la algarabía / de los vendedores de futa / olvidados dioses hablan".
Si hay una idea obsesiva en la obra de Arango, una de esas que siempre regresan y piden nueva expresión porque se trata, ni más ni menos, de la idea matriz de toda la obra del autor, es la que aparece en los versos anteriormente citados. En ese mismo libro, con el lenguaje característico de sus versos de juventud, en los que resuenan todavía las influencias de los poetas admirados, da otra versión de la misma idea cuando habla de los "restos de una oscura lengua", presentidos en el rugido de una bestia en el sueño. Pero el poema perfecto sobre el tema dice así: "en el mercado, entre sus jaulas / el vendedor de pájaros / vocea el idioma de los vencedores / pero tras su habla sibilante / y las cópulas sorpresivas / de palabras / se delata la antigua lengua armoniosa / más clara, más / cercana de las tortugas y el fuego / que piensa en él / y le da otro orden al mundo / y cuando en la plaza / real por un instante en el mediodía / coge los pájaros en su dedo / y les habla / su acto encubre otros actos / de más viejo sentido / y a su mágico gesto de encantador / los pájaros mueven sus ojos dorados".
Esa "antigua lengua armoniosa" no es distinta de "la oscura lengua" del otro poema. Ya no existe, o nunca existió. Pero un poeta como Arango la encuentra sugerida en todo: en la "sílaba redonda" que el mar repite, "en los sueños del musgo en las rocas", en el vaho que la noche deja sobre la ventana, como un mensaje escrito con su respiración. Cada cosa es un signo que pertenece a esa lengua y que insinúa un sentido final indescifrable. Arango se apega a la imagen del indígena vendedor de pájaros en el mercado: quizá ya ni siquiera recuerda su antigua lengua, pero en la manera como habla la de los vencedores se oculta la otra, la del origen, la que entienden los pájaros. "Restos de antiguos naufragios", dice en algún verso. Y con resignada ironía, en la nota autobiográfica, confiesa que, en cuanto poeta, "hasta me empeño en no creer que no existan los dioses o que hayan muerto". No dice: "me empeño en creer que existan". Dice: "me empeño en no creer que no existan". Si no fuera así, si no se empeñara, el mar no diría nada con su sílaba redonda, ni el musgo con su diseño inescrutable sobre la piedra, ni el poeta tendría nada por descifrar. No se trata, como es obvio, de una concepción novedosa, original. Por el contrario. Arango lo dice con su sabiduría socarrona: "es un anacronismo, por supuesto, pero tal vez un anacronismo necesario, en esta hora, para la poesía".
No es de extrañar, por todo lo dicho, que Arango haya dedicado a la traducción de otros poetas, sobre todo de lengua inglesa, y en especial de Emily Dickinson, tanto tiempo y cuidado, si ya por definición, el poeta es un traductor. Como Benjamin, pudo haber pensado que todos los idiomas del mundo son restos del naufragio de un lenguaje original, anterior a Babel, común a los hombres, los animales y las cosas, presente y oculto en todas las lenguas. Traducir no sería tanto trasladar el significado de un idioma a otro, sino, ante todo, rescatar algo de ese lenguaje del origen, y hacerlo brillar un instante en la propia lengua. Es la idea de traducción que mejor se ajusta a su concepción de poesía y está implícita en los poemas sobre "la antigua lengua armoniosa" o sobre "la oscura lengua" agazapada en el rugido de la bestia.
Arango tradujo, aproximadamente, trescientos treinta y seis poemas de Emily Dickinson. Es imposible no percibir las diferencias de tono, de ritmo y de léxico entre los versos en español de la traducción y los versos originales de Arango. Dos poetas tan distantes: ¿qué buscaba en esos trescientos treinta y seis poemas? "Escribe cuántas notas tiene el éxtasis / del nuevo petirrojo / entre asombradas ramas, / cuántas jornadas hace la tortuga, / y cuántas copas bebe / la abeja, libertina del rocío": no son versos de Arango, es evidente. Pero es la poesía de Arango en otro registro: el de Dickinson. Ambos quieren saber cuántas notas tiene el éxtasis del petirrojo y ambos perciben el asombro de las ramas. Arango descubre que el rítmico picoteo del carpintero es un troqueo. Lo que tienen en común tal vez esté en esas imágenes: la instantánea iluminación, la revelación de una pequeña verdad de la experiencia en la que se transparenta algo más. Y quizá tengan en común también el empeño en no creer que ese algo no exista.
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José Manuel Arango
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