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Autor: Edward Said Barcelona, Random House Mondadori, 2007
Definir lo que es un intelectual y precisar la función que le corresponde como tal en la sociedad actual es un asunto de controversia más que de unanimidad. Said fue un intelectual polémico, con raíces profundas en la idea de escritor "comprometido" al estilo de los años sesenta, pero contemporáneo por los temas que abordó y por intereses que fueron centrales en su forma de pensar y debatir, como la defensa y legitimación de un mundo multicultural, su toma de partido por la causa palestina, la rectificación de una imagen tradicionalmente distorsionada del Oriente exótico, creación de la fantasía europea, y el empeño por mantenerse en la línea del intelectual laico en permanente confrontación con los fundamentalismos y las tentaciones teocráticas, tanto del lado oriental como del occidental.
El libro Representaciones del intelectual recoge sus intervenciones de 1993 en el marco de las "Conferencias Reith", iniciativa de la BBC de Londres, cuyo ciclo inaugural en 1948 estuvo a cargo de Bertrand Russell. Son seis conferencias en torno a la cuestión del intelectual y sus distintas representaciones a lo largo del siglo XX. Las preguntas de Said son tremendamente pertinentes para el momento actual, incluso en Colombia: ¿En qué medida debería comprometerse el intelectual? ¿Debe vincularse a un partido, militar por una causa, hasta convertirse en un verdadero creyente? ¿O hay alguna manera más discreta, aunque no menos comprometida, de intervenir, sin tener que sufrir la pena de las desilusiones posteriores? ¿Hasta dónde la lealtad a una causa obliga a un intelectual a permanecer coherentemente fiel a ella? Said responde a estos interrogantes, y a otros más, con una gran claridad no exenta de sutileza, sin dogmatismos, pero con posiciones firmes y actitud crítica indeclinable, tomando a menudo como punto de referencia sus propias experiencias políticas y académicas.
Todo el libro es una larga conversación con autores del pasado y del presente que se han ocupado del tema. En las primeras páginas aparecen dos nombres ineludibles a este respecto: Julien Benda y Antonio Gramsci. La clásica obra de Benda, La traición de los intelectuales, fue escrita en 1927 y dirigida en contra de los intelectuales nacionalistas de la derecha francesa, Barrès y Maurras, ante todo, acusándolos de haber traicionado su misión esencial: "defender los valores eternos y desinteresados, como la justicia y la razón, en provecho de intereses prácticos". Con una visión que ha sido calificada de "platónica", pero que de ninguna manera podría descalificarse como inactual, Benda sostiene que el intelectual debe estar al servicio de valores universales, no de intereses particulares. La palabra "clérigos", que este autor utiliza para referirse a los intelectuales, parece implicar que lo universal es un equivalente secularizado de lo sacro. El primer ejemplo de traición que cita Benda es muy ilustrativo: los clérigos de la derecha traicionan su función en nombre del ‘orden', concepto que ellos entienden como antítesis de la democracia. De ahí sus aplausos a los fascismos mussoliniano y hitleriano y al franquismo español en cuanto encarnaciones históricas de la antidemocracia y enemigos de la razón. "La idea del orden está ligada a la idea de guerra", escribe Benda. "El orden es un valor esencialmente práctico. El clérigo que lo venera traiciona estrictamente su función". El intelectual no es el guardián del orden sino el defensor de la libertad contra los excesos del orden.
En el prefacio a la edición de 1946, Benda se refiere a una segunda traición: la de los intelectuales comunistas. Según él, el comunismo es un sistema que no honra el pensamiento sino cuando le es útil, cuando sirve a su causa, y que ve en el idealismo especulativo el más peligroso enemigo. La norma ideal del intelectual es, para Benda, la contraria: el rango supremo pertenece al pensamiento desinteresado, exento de toda consideración por los resultados prácticos que pueda producir. Son los años de la segunda postguerra, la época por excelencia del compromiso del escritor, punto sensible para Benda, pues significa la sumisión del valor intelectual a la utilidad política. La versión sartreana del compromiso es la que le despierta mayor antipatía, pues, lejos de tener en mira lo eterno y universal, es el compromiso con el presente lo que cuenta, una toma de posición en la situación presente y con respecto a los "problemas de la actualidad", con "un soberano desprecio por todo lo que pretenda colocarse más allá de su tiempo": la perfecta antítesis de la tesis de Benda.
Said opina que la definición de Benda implica una representación de los intelectuales como un "reducido grupo de reyes filósofos" que constituyen "la conciencia de la humanidad". Los laicos son seres humanos ordinarios que reducen sus apetencias a las ventajas materiales y al beneficio personal, mientras los "clérigos" son los que ponen su gozo en un arte, una ciencia, la especulación metafísica, aquellos "cuyo reino no es de este mundo". Denuncian, sí, la injusticia y los abusos de la autoridad contra los más débiles, como lo hicieron en su momento Voltaire y Renan, pero siempre movidos por las exigencias del valor universal y abstracto, no por las pasiones colectivas o de secta.
La definición de intelectual exactamente contraria a la de Benda es la de Gramsci: lejos de conformar un grupúsculo selecto de esclarecidos, "todos los hombres son intelectuales, aunque no a todos los hombres les corresponda desempeñar en la sociedad la función de intelectuales". La extensión del concepto de intelectual en Gramsci es excesiva, pero necesaria, según él. Junto a los intelectuales tradicionales: profesores, artistas, escritores, existe un nuevo tipo de intelectual, producto del desarrollo histórico del capitalismo. Gramsci los llama "intelectuales orgánicos". Estrechamente ligados a una clase social, a una empresa o a un gobierno, su eficacia ya no se mide por la elocuencia dirigida a las pasiones sino por su implicación directa en las actividades prácticas, en calidad de técnicos, funcionarios, periodistas, consultores o burócratas. Todo aquel que se ocupa en actividades no sólo de producción del conocimiento sino de difusión es un intelectual, en sentido gramsciano.
Aunque el concepto de Gramsci corresponde mejor a la realidad de hoy -parece pensado para estos tiempos más que para los suyos-, Said fija su atención sobre las funciones del intelectual en el sentido tradicional, más cercano a Benda. Su fórmula para referirse al auténtico intelectual es "intelectual autónomo", si bien con plena conciencia de que hay un deslizamiento creciente, casi una desbandada, hacia el tipo de intelectual no autónomo: funcionario, asesor, burócrata e, incluso, mercenario. En el debate contemporáneo sobre el tema, casi siempre surgen los aspectos conflictivos y las sensibilidades heridas cuando se menciona la tensión irreconciliable entre las dos tendencias, con la consiguiente toma de partido por una u otra.
Para Said, el modelo por excelencia de intelectual autónomo es T.W.Adorno y la imagen alegórica de la autonomía es el exilio. Hay una frase de Adorno que Said citó más de una vez a lo largo de su obra: "La ilusión consoladora de que hay un progreso en el pensar cuando éste se enmarca en el contexto de la acción colectiva, siempre termina en decepción: el pensamiento, utilizado solo como herramienta de la acción, pierde su filo". La búsqueda de la seguridad se paga, agrega Adorno, con el sacrificio del pensamiento autónomo. "Paradójico, irónico, crítico implacable, Adorno fue el intelectual quintaesenciado, que rechazaba todos los sistemas, los que nos favorecían a nosotros y los que los favorecían a ellos, con idéntica aversión", escribe Said. Y añade: "Para él, la vida alcanzaba su grado máximo de falsedad en la agregación -el todo es siempre lo inauténtico, dijo en cierta ocasión- y esto realzaba más aún si cabe la subjetividad, la conciencia del individuo, lo que no podía ser reglamentado en la sociedad totalmente dirigida".
En cuanto al exilio como alegoría de la autonomía, Said afirma que el auténtico intelectual se caracteriza por su posición marginal, privada de las gratificaciones de la acomodación, de las ventajas del privilegio, de la cercanía al poder, de la autocomplacencia y del sentirse en casa entre aquellos que podrían legitimarlo con sus premios y sus distinciones honoríficas. Un intelectual autónomo es como un náufrago, un Robinson Crusoe que no aspira a colonizar su islote ni a domesticar a los nativos: un huésped provisional, no un invasor o un conquistador. En medio de tantas desventajas, su gran ventaja consistiría en saber convertir ese destino en experiencia de libertad más que de privación.
Por momentos, lo que presenta Said en su libro es un tipo ideal de intelectual, definido por su independencia de pensamiento y su individualismo escéptico que no acepta las unanimidades y los consensos sin someterlos a crítica, un disidente de la mentalidad corporativa y de las solidaridades nacionales o partidistas, alguien que todo lo pone en tela de juicio con argumentos racionales, éticos y políticos. Esta posición ha sido duramente enjuiciada, con el reparo de que se trata de una visión romántica, solipsista y heroica del intelectual, ya condenada por el propio desarrollo histórico. Said responde que un enfoque como el suyo, por superado que parezca, no se refuta con el argumento, ya igualmente manido, según el cual los grandes relatos de emancipación e ilustración, y del intelectual como defensor de los mismos, eran pertinentes solo para una edad moderna supuestamente ya perimida: "Siempre he pensado", escribe, "que Lyotard y sus seguidores no hacen otra cosa que reconocer su propia incapacidad y pereza, e incluso, tal vez, su indiferencia". En ciertos pasajes especialmente polémicos de su libro, Said parece contraponer su tipo ideal de intelectual al espectáculo, tan común hoy, de los intelectuales del tipo contrario, que forman "un coro para hacer eco a la visión política dominante" y repetir en altavoz las fórmulas publicitarias del régimen o de la empresa a la que sirven.
Sin embargo, hay un rasgo que Said resalta en la condición del intelectual, y que parece entrar en contradicción con su tipo ideal: el carácter representativo. Lo que importa en él es lo que representa públicamente, el determinado punto de vista que defiende y que lo hace reconocible ante el público, ya sea éste el lector, el alumno, el asistente a la conferencia o el televidente. No hay intelectuales privados o anónimos. Isaiah Berlin decía que el intelectual ocupa un estrado público, en calidad de testigo. En Sartre era fundamental el riesgo, la apuesta personal por una causa, el esfuerzo por hacerse escuchar, por persuadir. Sus propias equivocaciones, con sus correspondientes implicaciones morales, formaban parte de la tensión dramática que suponía la tarea que se había impuesto. Said, por su parte, afirma que el intelectual autónomo es el que contempla la vida pública moderna no como un negocio o como la materia prima de una monografía académica sino como una novela, esto es, como el complejo entramado de la vida privada y la vida pública, del destino individual y el destino de la sociedad.
En realidad, Said es mucho más consciente de lo que podría parecer en una lectura rápida y de poca atención a los matices, con respecto a los cambios que ha sufrido la situación del intelectual en estos tiempos. Columnistas sindicados, asesores y consultores pagados por sus opiniones, profesores, expertos en informática, periodistas de medios masivos electrónicos, miembros de grupos de presión, todo un ejército de nuevos profesionales han entrado a formar parte de lo que se llama la intelectualidad y no hay forma de desconocer tanto el hecho como su legitimidad. Más fácil resultaría poner en duda las condiciones reales de supervivencia del intelectual individual como voz independiente. "Acusar a todos los intelectuales de ser venales simplemente porque se ganan la vida trabajando en una universidad o para un periódico es una acusación vulgar y, a fin de cuentas, absurda", dice Said. Por otra parte, sería ingenuo o tonto pretender que el intelectual individual se comportara como una réplica perfecta del ideal, el caballero sin tacha, tan puro que no diera lugar a la más mínima sospecha de interés material. Said es claro en esto. El intelectual autónomo no tiene por qué ser una figura incontrovertible, libre de toda sospecha, ni tampoco intentar ser "una Casandra de tiempo completo". Acusar a Said de instalarse en la disyuntiva entre conformismo total o rebelión total sería injusto, producto de una lectura descuidada o malintencionada. Lo que sí parece ineludible es que los intelectuales de todos los tipos y pelambres tengan que convivir, al menos por un tiempo, en confrontación permanente, odiándose quizá o a duras penas tolerándose.
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Reseña escrita por David Jiménez |
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