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Los ejércitos Imprimir E-mail
ARTES Y LIBROS
Domingo, 24 de Abril de 2011 18:13
Autor: Evelio Rosero

Barcelona, Tusquets Editores, 2007




La novela Los ejércitos, de Evelio José Rosero, está construida sobre una serie de semejanzas y contrastes entre erotismo y violencia. En la segunda página ya aparece la primera alusión a una masacre ocurrida en el pueblo: una toma que nadie sabe si se debe a guerrilleros o paramilitares. Un cilindro de dinamita estalla en mitad de la iglesia el jueves santo y deja sesenta y cuatro heridos y catorce muertos. Es sólo una mención de paso, evocación involuntaria en medio de una escena que se repite a lo largo de la novela: el personaje principal, Ismael, un viejo profesor ya jubilado, se dedica a mirar a una mujer, en este caso la criada adolescente de la casa vecina, y mientras observa los senos, "dos frutos breves y duros", y el trasero que se zarandea al ritmo de su tarea, recuerda que los padres de la muchacha murieron en aquella última toma armada del pueblo. Ahora ella vive y trabaja en casa de los vecinos, a donde se dirige obsesivamente la mirada del viejo en busca, ante todo, de Geraldina, la joven señora que se pasea desnuda por la terraza y el patio. Ese cruce de las imágenes eróticas con las imágenes de guerra es constante en Los ejércitos. Unas pocas páginas más adelante encontramos a Ismael encaramado en un muro, con el pretexto de coger naranjas, pero en realidad mirando a Geraldina. La mujer desnuda se acerca y le pide una naranja. Siguen dos páginas de descripción minuciosa, desde el acto de pelar la naranja hasta la manera provocadora como ella la desgaja, se lleva un gajo a la boca, lo lame, lo muerde, lo engulle y las gotas resbalan por su labio. Él la observa, sus ojos atisban fugazmente hacia abajo, "al centro entreabierto, a su otra boca" que parece gritarle: "Pues mírame".

Un poco después cuenta Ismael cómo conoció a su esposa Otilia. La ve en el terminal de buses de San Vicente, sentada en una banca, y lo deslumbran sus ojos negros, su cintura delgada y "la grupa grande detrás de la falda rosada". Se sienta a su lado, pero ella se levanta y se aleja. En la banca vecina hay un hombre viejo, vestido de blanco. Otro hombre, joven y delgado, va directo hacia aquél, le pone un revólver en la frente y dispara. Segundos después mira a Ismael, arroja el arma y se marcha tranquilamente. Ismael se da cuenta súbitamente de algo que lo horroriza: el asesino es un niño de once o doce años. Entonces se dirige al baño del terminal y allí se encuentra a Otilia en el momento justo en que ésta se levanta el vestido hasta la cintura y se sienta. La mira mientras cierra la puerta y ve en sus ojos no sólo el miedo y la sorpresa sino el gozo de saberse admirada. De nuevo, la conjunción de la escena de muerte y la escena erótica.

De las páginas iniciales de esta novela podría decirse que tienen un aire idílico si no fuera porque el idilio está por completo arraigado en la atmósfera de la violencia. La primera frase dice: "Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo". Luego se habla de las naranjas, de los tres gatos, de los peces en el estanque. La mujer del brasilero también parece naturaleza inocente, siempre envuelta en la risa de las guacamayas, como un leit-motiv musical. En la primera imagen que aparece de ella en el libro la vemos desnuda, a la sombra de una ceiba, sin más preocupación que su propio cuerpo. San José era un pueblo de paz, dice el narrador, "si ella nos daba la gracia de salir a pasear". Los niños, el hijo de Geraldina y la cocinerita de la casa, juegan entre los árboles y ruedan abrazados sobre la hierba. El niño es también un mirón, como el viejo Ismael, y acecha a la niña como en un juego de escondidas, debajo de la mesa. El erotismo sería el lado idílico de la historia, un erotismo casi edénico, anterior al pecado, si no fuera por su ambigüedad. "¿No te da vergüenza?", le dice Otilia a su marido. "No. ¿De qué?", responde él. "De ti mismo, a estas alturas de la vida". El mismo Ismael siente alguna vez como "un torbellino de agua turbia" en su interior. Pero en las primeras páginas del libro se respira una sensualidad que casi siempre se asimila a la naturaleza. Lo vegetal es la materia de que están compuestas las imágenes que se refieren al cuerpo de la mujer y lo animal es el punto de referencia para describir la sexualidad. Hasta Geraldina verá caer ese mundo inocente cuando tenga que enfrentar el secuestro de su esposo y la muerte de su hijo. Ismael, por su parte, en un momento de la terrible historia que tiene que presenciar y sufrir, deseará no ser más un hombre sino uno de los gatos o de los peces de su esposa.

La descripción de la toma guerrillera del pueblo, hacia la mitad de la novela, no omite, en la profusión y precisión de sus detalles, mostrar cómo son arrasados todos los símbolos de ese mundo idílico del comienzo. Como si la guerra ocurriera en su propia casa, Ismael encuentra la pecera destruida y los peces todavía temblorosos en el piso. Los recoge uno por uno y los arroja lejos, no sea que su esposa desaparecida regrese y los encuentre muertos. Al pie de un árbol incendiado, el cadáver de uno de los gatos. El tronco de los naranjos resquebrajado y las naranjas en el suelo, reventadas. Y las guacamayas de Geraldina, las de la eterna risa, flotando, rígidas, en la piscina. La misma Geraldina, abrumada por la ausencia de su marido y de su hijo, ahora viste de negro y permanece silenciosa, hundida en un sillón. Al final de la novela, en una escena que parece más bien un delirio del personaje que una descripción realista, Ismael entra a la casa del brasileño y por la ventana de la sala presencia lo que ocurre allí dentro. Un grupo de hombres contempla algo con atención religiosa, "como feligreses en la iglesia a la hora de la Elevación". En una silla mecedora está Geraldina desnuda y encima de ella un hombre. Ismael tarda en darse cuenta de que es el cadáver de la mujer. Los otros hombres observan y esperan su turno. El último sentimiento del eterno mirón es la culpa que surge cuando ve que la belleza viva, su obsesión, ha sido transformada en lo contrario: "Y me vi acechando el desnudo cadáver de Geraldina, la desnudez del cadáver que todavía fulgía. Ismael ¿esperas tú también el turno? Eso me acabo de preguntar".

No es difícil encontrar una línea ideológica a través de toda la novela, no expresada en términos abstractos sino con medios narrativos, que opone la sensualidad, como goce de la vida, a las fuerzas destructivas de la violencia como deseo de muerte. Por eso las páginas iniciales, en las cuales se acentúa una cierta forma de idilio amenazado, representado en la inocencia de la naturaleza, las frutas, las flores, los animales, la belleza del cuerpo femenino exhibido desnudo en una especie de jardín de las delicias, están ahí para contrastar agudamente con las páginas finales donde se muestra el desenfreno de la guerra no sólo como exterminio sino también como profanación de los símbolos que encarnan el amor a la vida identificada con el placer sensual.

La novela está narrada en primera persona por Ismael. Todo lo que sucede en el relato pasa por la mirada de este personaje y se presenta, por lo tanto, impregnado por sus sentimientos y convertido en su propia vivencia. Todo lo que oye y ve el lector de la novela, lo que sabe y siente, viene envuelto en la voz del viejo profesor, en su tono a veces sombrío, eufórico si hay un cuerpo de mujer al alcance de su vista, irónico, sobre todo autoirónico, angustioso, un tono menor, reflexivo, propio del hombre que está sufriendo una experiencia extrema y última. El gran logro de esta novela consiste en que esa voz nunca suena falsa ni impostada. El lector la oye salir directamente del interior del personaje, de sus reacciones al contacto con la vida inmediata, y cree en ella, en su verdad. Ismael no es sólo un mirón obsesivo: es un observador, un testigo que no pierde detalle de lo que sucede en su pueblo. Y no lo cuenta retrospectivamente sino en el instante mismo en que lo está viviendo. Hay momentos retrospectivos, pero lo fundamental de la historia está narrado en tiempo presente, sobre todo la segunda mitad de la obra, a partir del momento en que Otilia desaparece y la vida de Ismael se convierte en una búsqueda cada vez más desesperanzada al tiempo que su memoria se va oscureciendo y los síntomas de demencia se multiplican.

Las páginas finales en las que se muestra el deterioro físico y mental del viejo profesor son admirables por la precisión descriptiva y por la duración, un tiempo vertiginoso en el exterior, el de la guerra, y muy lento, gradual, en el proceso interior de desmoronamiento. El vértigo del tiempo en el que ocurren los acontecimientos externos pasa por los ojos del personaje en imágenes rápidas, fugaces, pero cada vez más ajenas a su comprensión. Uno de los primeros momentos en que el anuncio del desmedro es claro pero todavía puede ser objeto de reflexión es éste: "A la luz de la vela me miro los zapatos, me quito los zapatos, me miro los pies: mis uñas se enroscan como garfios, también las uñas de mis manos son como de ave de rapiña, es la guerra, me digo, algo se le pega a uno, no, no es la guerra, simplemente no me corto las uñas desde que Otilia no está; ella me las cortaba a mí y yo a ella, para no tener que encorvarnos, recuérdalo: que no nos dolieran los cuerpos, y tampoco me rasuro la barba, ni me corto este pelo que a pesar de lo viejo se empeña en no desaparecer, una mañana me di cuenta, sólo una mañana me miré sin pretenderlo al espejo y no me reconocí". Aquí todavía hay un intento de distinguir entre el tiempo de la guerra y el tiempo propio de su cuerpo, el crecimiento de las uñas, de la barba, aunque estén íntimamente ligados. La última experiencia, la violación del cadáver de Geraldina, ya parece una alucinación. No es seguro si ocurre en el tiempo objetivo de los eventos o en el subjetivo del personaje. Cuando los violadores salen, el viejo los mira y se pregunta si no es él mismo mirándose al espejo.

Esta es una novela profundamente política, pero la política casi nunca está en el primer plano, de manera explícita. Hay poca discusión ideológica, pocos pronunciamientos sobre el significado histórico de la guerra, sobre la legitimidad de los propósitos de la guerrilla o de los paramilitares. En esto, la novela no establece distinciones conceptuales ni dedica un solo renglón a justificar a unos o a otros. El hecho mismo de que esté narrada desde la perspectiva de las víctimas deja en la sombra a los ejércitos. Aquí hay hombres y mujeres que sufren o gozan, más lo primero que lo segundo, sin afanarse por descifrar las razones políticas que validan, o pretenden validar, las acciones armadas. Ni siquiera el profesor está interesado en ese tipo de reflexiones. Quizá la posición del novelista al respecto, no expuesta como argumento racionalizado sino a través de breves y simples expresiones de los personajes, se resume en la palabra vida, cuyos sinónimos tal vez sean placer, sensualidad, libre expansión. Pero la fuerza de esas palabras está en relación con la fuerza aun mayor de sus contrarias, que son las que ocupan casi todas las páginas de esta obra.

Video: Entrevista con Evelio Rosero
Preguntas: Juan David Correa
Producción: Post-office Cowboys
Dirección: Pablo Burgos Bogotá, 2009




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David Jiménez

 

 

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