Dramaturgo: Felipe Vergara Lombana. Dirección: Fernando Montes. Grupo: Teatro Varasanta, Bogotá.

Siempre que se intenta hacer una obra de arte a partir de lo que ocurre en una sociedad en guerra se corre el riesgo de caer en la propaganda o en el estereotipo. Son tantos los hechos lamentables que ocurren en Colombia desde hace por lo menos cuarenta años que cada vez es más difícil para el arte superar ese riesgo. Sin embargo, Felipe Vergara Lombana y el grupo de teatro Varasanta lo logran en la obra de teatro Kilele, dirigida por Fernando Montes, que han presentado desde hace cuatro años y que estuvo en temporada el pasado mes de abril.
El dos de mayo de 2002, en Bojayá, un pueblo del departamento del Chocó, tuvo lugar un enfrentamiento por el territorio entre la guerrilla de las FARC y las autodefensas. En medio del enfrentamiento se encontraba la población que buscó refugio en el lugar supuestamente más seguro, la iglesia. Lamentablemente no fue así, y hasta allí cayó un tanque de gas que al explotar produjo la muerte de 119 personas y obligó a muchas familias a desplazarse. Este hecho concreto sirve de punto de partida para que el autor y el grupo de teatro construyan alrededor de él un mito que posibilite una nueva mirada. De esta manera, superan el riesgo de caer en una repetición de fórmulas que podría haber llevado a una melodramatización, tan cara al público latinoamericano.
Vergara y el grupo Varasanta apelan a una tradición que les da las herramientas para construir ese mito, y así emparentarlo con motivos literarios. El desplazamiento, otra de las consecuencias de la guerra, sirve como punto de cruce con el motivo del viaje, que es parte fundamental de la literatura épica. Así, Kilele vincula a su protagonista con los héroes clásicos que también han tenido que desplazarse para enfrentar su propio destino, en particular con Ulises y Eneas, quienes serán también personajes de esta obra.
Esta reelaboración mítica de la masacre de Bojayá le permite al grupo Varasanta distanciarse de la representación fiel y exacta que habría podido conducir a una simplificación folclórica de los hechos. Por eso, el héroe de Kilele, aunque es chocoano, puede ser interpretado por un actor blanco sin que eso implique una tergiversación, pues la obra desarrolla una realidad que no tiene que ser formalmente igual a la original. Esto también ocurre con la estructura, que no responde a la triple unidad aristotélica ni sigue un desarrollo lineal. La masacre de Bojayá dejó un pueblo destruido, por lo que la obra también está fragmentada y, como el pueblo, desde ser reconstruida.
La obra está dividida en dieciséis escenas que pueden ser entendidas más como capítulos sueltos. El espectador de Kilele tendrá que ir encajándolos para poder llegar así a una compresión global de los hechos. Esta particularidad es más evidente en la puesta en escena que en el texto. En efecto, el lector tiene la posibilidad de volver sobre el texto las veces que sean necesarias para comprenderlo. Además, sólo interpreta un sistema de signos, el lingüístico. En cambio, el espectador está enfrentado a múltiples sistemas y a la temporalidad del teatro, por lo que su percepción es más fragmentada.
La fragmentación es uno de los elementos importantes de la obra. Esa exigencia que se le hace al público para que recomponga la historia está relacionada con la acción del protagonista, quien debe, también, esforzarse para iniciar la reconstrucción del pueblo. Pero antes, debe reconocer que ese es su destino y que nada puede hacer para evitarlo. Viajero, cuyo nombre lo revela como un personaje-función, es el encargado de llevar a cabo la acción heroica, aunque inicialmente quiera alejarse de ella.
El inicio de la obra rompe con la estructura tradicional del teatro. Los personajes no entran a un escenario, sino que se mezclan con los espectadores sin ningún aviso y antes de pasar a la sala. De pronto dos actrices que interpretan a niñas de seis años empiezan a interactuar con el público. Ellas, entre sus travesuras, buscan distraer a un personaje oscuro, que lleva una bandeja llena de velas, para poder apagarlas y llevar una cuenta numérica. Este personaje oscuro es el Ángel de la Muerte y las velas representan las vidas de los seres humanos. Noelia y Manisalva, las dos niñas, son nuevas diosas que han instaurado un reino que parece entender la vida de la humanidad como un juego infantil, como una travesura más. A esta reunión llega Élmer, un hombre maduro que saluda a las niñas y se une a ellas en su juego de apagar las llamas. Élmer es otro de los nuevos dioses y también se mezcla con los asistentes, que han sido invitados a una especie de reunión social en la que se está definiendo el destino de una gran cantidad de personas. Con esta manera de abordar al público, el grupo Varasanta invita a su participación activa. Los espectadores no sólo asisten a la representación de ciertas acciones, sino que también se involucran en ellas. Así, los asistentes han entrado a formar parte del espacio de representación y ahora Noelia, Manisalva y Élmer pueden incluso decidir sobre sus vidas.
La historia se desarrolla en dos espacios. Uno mítico, en donde los nuevos dioses traman la vida de la humanidad, y el espacio terrestre donde se evidencian las consecuencias de esa trama. Viajero es el vínculo entre esos dos espacios. Al igual que Ulises y Eneas, debe someterse a lo que el destino le ha impuesto: regresar a su pueblo para darles sepultura a los asesinados en la iglesia y así iniciar la reconstrucción.
La doble estructura de la narración permite que incluso ciertos acontecimientos que están documentados aparezcan bajo la luz del mito. Así, el cumplimiento del destino de Viajero obliga a que éste pierda todo aquello que pueda distraerlo, como por ejemplo a Rocío, su propia hija y único miembro de su familia que ha sobrevivido a la masacre. Las ánimas, encabezadas por Polidoro (hermano de Rocío y una de las víctimas de la explosión en la iglesia), se le aparecen a Rocío para hacerla ir con ellas. Polidoro le habla a Rocío desde el fondo de una bolsa plástica y le pide que lo busque adentro. Ella le obedece y el resultado es su muerte. Así, ahora Rocío acompaña a su hermano y a los otros. Este hecho tiene su base en un acontecimiento real, pues efectivamente una niña desplazada por la violencia murió al jugar con una bolsa plástica. Vergara toma este hecho y lo inserta en su epopeya, con lo que logra que su héroe no tenga posibilidad de escape a su destino. Este momento destaca en la obra como un momento bisagra, ya que une la historia de la vida personal de Viajero, un desplazado por la violencia, con el destino más amplio de un pueblo y con la acción heroica que está por iniciar y que el espectador ha estado viendo. Él, que es impotente ante la muerte de su hija, debe reconocer que su función no es alcanzar un objetivo individual o personal (por eso su nombre propio no interesa), sino un destino colectivo, que es el de su pueblo. La muerte de Rocío es un desencadenador de la acción épica: implica la constitución del héroe y la asunción de su destino. Por eso, esta escena termina con el grito de Kilele, que es un grito de combate africano.
El regreso del héroe sorprende a todos, incluso a los dioses antiguos, quienes finalmente lo reconocen como el encargado de cumplir con la profecía: "Está escrito que un hombre venido del río vendrá para restablecer el poder de los viejos dioses". Su tarea como héroe reconocido, la única que se realiza en la obra, es la de cumplir la promesa del velorio y entierro de los asesinados en la iglesia. Esta ceremonia simbólica comenzó un día después de la explosión, pero a causa del reinicio de los combates fue imposible llevarla a cabo. Viajero ha empezado a cumplir su tarea, pero reconoce lo inmensa que es y lo agotado que está. Sin embargo, su responsabilidad también es grande, imposible de evadir. Es, finalmente, el nombre de este héroe lo que lo marca. Su padre (el río) y las ánimas se lo recuerdan constantemente: él debe viajar, moverse y cambiar para restablecer el orden perdido.
Viajero debe hacer un recorrido cíclico, que lleve de vuelta al tiempo armónico, lo que significa que la obra construye un orden temporal particular, no lineal, ni circunstancial. Es el tiempo de las ánimas, del mito, del destino, que no se mide en minutos días o años. Las ánimas y los vivos han vagado siglos; así, este tiempo mítico cobra más importancia cuando el mismo Viajero, acompañado de Eneas y Ulises, se pregunta por la importancia del viaje, del regreso y del movimiento temporal. Son cuestionamientos que Viajero se hace porque reconoce las dificultades que implica cumplir con su destino. Desde este punto de vista, la obra recupera para sí la estructura básica de la tragedia: por un lado, el personaje se hace autoconsciente y cuestiona su acción; por el otro, el destino de Viajero está, como el de los héroes trágicos, íntimamente ligado al de la comunidad. Además de esto, las ánimas constantemente le recuerdan que también viajan y que también están cansadas de cumplir su función, de vagar eternamente a la espera del héroe, pero aun así continúan. Esto parece una llamada de atención sobre la guerra en Colombia. Aunque llevemos tantos años viviéndola y estemos cansados de ella, ahí está todavía, hay que aceptarla y reconocerla, saber que así como Viajero debe seguir cargando con su responsabilidad, nosotros también tenemos que seguir cargando con esta guerra, que también es nuestra. Darle la espalda, como intenta hacer Viajero al principio de la obra, no servirá porque inevitablemente volverá a presentársenos a la cara.
Kilele, entonces, se presenta como una epopeya que describe la situación particular de un pueblo. Se trata del inicio de una transformación, es decir, un movimiento de cambio, un viaje. Tanto el texto como la puesta en escena buscan dar cuenta de una realidad a partir de la construcción de otra. No se trata de la denuncia ni de la defensa de una posición particular: es la construcción de una perspectiva diferente utilizando la herramienta mítica, con la cual se logra abrir una ventana más grande que permita ver la realidad de una nueva manera, incluso más profunda, pues el hecho en concreto se convierte en imagen fundamental del conflicto armado en Colombia.
|
|
Mario Henao
|
En consecuencia, no se aceptarán comentarios del siguiente perfil:
1. Que constituyan descalificaciones, ataques o insultos contra los autores o contra otros participantes del foro de comentarios.
2. Que incluyan contenidos, enlaces o nombres de usuarios que razonablemente puedan considerarse insultantes, difamatorios o contrarios a las leyes colombianas.
3. Que incorporen contenido racista, sexista, homofóbico o discriminatorio por razón de nacionalidad,sexo, religión, edad o cualquier tipo de discapacidad.
4. Que hagan directa o indirectamente apología del terrorismo o de la violencia.
5. Que apoyen diferentes formas de violación de derechos humanos.
6. Que incluyan contenidos o enlaces que puedan ser considerados como publicidad disfrazada, spam o pornografía.
7. Comentarios sin sentido o repetidos, que serán eliminados sin piedad.
Los comentarios no reflejan necesariamente la opinión de Razón Pública, sino la de los usuarios, únicos responsables de sus propias opiniones.”