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ARTES Y LIBROS
Lunes, 05 de Septiembre de 2011 01:50


Autor: J. M. Coetzee
Bogotá: Random House Mondadori, 2010. 255 páginas.


En este texto, que constituye la tercera parte de las Escenas de la vida en provincias, la obra autobiográfica del escritor sudafricano J. M. Coetzee, la mediación entre el sujeto y la representación de su experiencia vital se hace más compleja que en Infancia (1997) y Juventud (2002), las dos narraciones que lo preceden, puesto que en él no sólo se produce una transformación del material biográfico en ficción —como sucede en las novelas ya mencionadas—, sino que, además, el proceso mismo de elaboración de una biografía se convierte en objeto de la ficción.

En la novela se presentan fragmentos de los cuadernos de notas de Coetzee con apuntes de los años entre 1972 y 1975 que, presuntamente, son la base para la composición de la tercera entrega de su autobiografía, y en los que hace referencia a sí mismo en tercera persona. Sin embargo, el cuerpo central de la obra está constituido por una serie de entrevistas que Vincent, un supuesto “investigador académico” inglés, les hace a varias personas que tuvieron alguna relación con Coetzee en ese mismo período.

El investigador pretende centrarse en esos años para escribir la biografía del ya fallecido escritor porque, según él, ese es un momento determinante en el proceso de consolidación de su escritura. Pero la importancia que para Vincent tiene esa época en la vida de Coetzee, enmarcada entre su regreso de los Estados Unidos a Sudáfrica, la publicación de su primera obra y la obtención de su primer premio literario, contrasta abiertamente con los relatos de los entrevistados y con las reflexiones y anécdotas consignadas por el escritor en sus cuadernos, que dan cuenta de un personaje ridículo y lo presentan como un hombre limitado en lo económico y lo profesional, inepto en lo que respecta a las relaciones interpersonales e incapaz de sentir emociones profundas y de producirlas en los demás.

La ironía es un elemento fundamental en la configuración de Verano, y no sólo se da mediante la oposición entre una gris y mediocre vida personal y la figura del escritor mundialmente reconocido, sino que está presente en todos los niveles del texto y pone en cuestión la noción misma de la biografía, esto es, la posibilidad de llegar a conocer de manera verdadera y objetiva a otro ser humano y de narrar como un todo coherente el cúmulo de las experiencias y las circunstancias que determinaron la vida de ese individuo. Los principios en los que Vincent se basa para la realización de su trabajo, así como la manera en que él interpreta y reelabora la información que le proporcionan las personas a quienes entrevista, ponen en evidencia su poca confiabilidad como biógrafo y muy poco tienen que ver con el propósito de llegar a un conocimiento cabal y objetivo sobre Coetzee y de materializarlo en un texto de carácter académico.

Cuando una de las entrevistadas, una profesora universitaria con quien el escritor trabajó y sostuvo una relación amorosa, le pregunta al biógrafo por qué prefirió apoyarse en los testimonios de sus allegados en lugar de remitirse a sus notas, sus diarios y su correspondencia, a las fuentes primarias, en últimas, él contesta que a partir de los escritos del autor, un creador de ficciones, no es posible obtener una visión objetiva y certera de su vida, y que los diferentes relatos de las personas que lo conocieron, en cambio, pueden brindarle una variedad de perspectivas a partir de las cuales se puede llegar a una visión mucho más rica y compleja sobre él:

He examinado los diarios y las cartas, señora Denoël. No es posible confiar en lo que Coetzee escribe en ellos, no como un registro exacto de los hechos, y no porque fuese un embustero, sino porque era un creador de ficciones. En las cartas crea una ficción de sí mismo para sus corresponsales; en los diarios hace algo muy similar para sí mismo, o tal vez para la posteridad. Como documentos son valiosos, desde luego, pero si quiere usted saber la verdad tendrá que buscarla detrás de las ficciones que elaboran y oírla de quienes le conocieron personalmente.



Pero no hay tal registro exacto de los hechos ni, mucho menos, tal variedad y riqueza de perspectivas en la novela. Las cinco personas entrevistadas (un hombre y cuatro mujeres con las que Coetzee estuvo involucrado sentimentalmente de alguna manera), pese a formar parte de diversos ámbitos sociales del autor y a haberse relacionado con él de diferentes formas, lo describen desde un punto de vista muy similar y emiten el mismo tipo de juicios sobre él, varios de ellos bastante sesgados y reduccionistas. Lejos de mostrar a un hombre profundo, admirable, con la personalidad atrayente de un artista, ellos resaltan los mismos aspectos de la forma de ser de Coetzee, y lo presentan como una persona mediocre y pusilánime, como un ser de tal mezquindad, que no es capaz de sentir una pasión verdadera por nadie ni por nada. Todas las mujeres con las que habla Vincent coinciden en señalar únicamente el carácter ridículo y débil del escritor, su torpeza para relacionarse con los demás, así como su evidente falta de virilidad, rasgos que hacen de él un hombre desprovisto de todo atractivo sexual o emocional.

El cuestionamiento que Sophie Denoël, la profesora universitaria, hace a esa pretensión de llegar a la verdad objetiva sobre alguien resulta profundamente irónico, ya que pone en duda la solidez del principio en el que se fundamenta todo el texto: “Pero ¿y si todos somos creadores de ficciones, como llama usted a Coetzee? ¿Y si todos nos inventamos continuamente la historia de nuestra vida? ¿Por qué lo que yo le cuente de Coetzee ha de ser más digno de crédito que lo que él mismo le cuente?”. Esas son preguntas centrales en la configuración de Verano y, por supuesto, están muy lejos de ser resueltas de manera unívoca en la novela. 

Al comienzo de la obra, en la primera entrevista que se presenta en el texto, Julia, quien le cuenta a Vincent —y de forma harto detallada— sobre su relación con Coetzee, dice abiertamente que su propio relato está condicionado por la arbitrariedad del recuerdo, que la lleva a “llenar” los vacíos de la narración a través de la invención. Esto hace que su testimonio, al igual que los que le siguen, sea tanto o menos creíble que las ficciones del escritor sobre sí mismo:  

Imagino que se está usted preocupando. «¿Para qué me he metido en esto? —debe preguntarse-. ¿Cómo puede esta señora pretender que recuerda en su totalidad conversaciones triviales que tuvieron lugar hace tres o cuatro décadas? ¿Y cuándo irá al grano?». Así pues, permítame que le sea franca: por lo que respecta al diálogo, lo estoy inventando sobre la marcha (…).


Julia, terapeuta y licenciada en literatura alemana de quien el autor sudafricano fue amante entre 1972 y 1973, no presenta un relato sobre el escritor, que es lo que, en principio, se esperaría que hiciera, dado que se trata de una biografía de él, sino uno en el que ella misma es el personaje central y en el que Coetzee tiene un papel secundario, muy poco significativo. Ante la infidelidad de su esposo y la insatisfacción que le produce su vida familiar, su amante, a quien ella siente completamente distante, con quien no puede conectarse de manera real ni profunda (ni siquiera en el aspecto sexual), no representa para ella nada más que la posibilidad de vengarse de su marido. De acuerdo con su narración, la incapacidad de Coetzee de amar, de comunicarse íntimamente con otro ser humano, hace que él de ninguna manera tenga la posibilidad de despertar en ella un sentimiento fuerte o dejar una huella memorable; adicionalmente, esta mujer considera que él sólo puede generar en el sexo opuesto indiferencia, rechazo y hasta repulsión, lo que, según ella, se hace patente en sus novelas. Tal y como interpreta la obra del autor, de forma completamente simplista, viéndola como un reflejo de las experiencias de su vida, así también interpreta Julia a Coetzee, simplificando sus ideas sobre las emociones, el arte y la literatura, ridiculizando todos los aspectos de su personalidad que le resultan extraños o incomprensibles.

Igualmente simplificadora es la visión que Margot, una prima del escritor, tiene sobre él. En su relato, Coetzee es representado como un hombre abstraído de la realidad, con ideas y comportamientos extravagantes, poco prácticos y, en todo caso, risibles, tales como reflexionar sobre la melancolía que se percibe en la mirada de los monos cuando contemplan la puesta de sol en la explanada sudafricana. Ella, al igual que Julia, resalta la falta de atractivo sexual de su primo y no concibe que una mujer cuerda esté dispuesta a compartir su vida con él.

Pero, pese a que la descripción de Coetzee que ella hace tiene varios puntos en común con la que hacen Julia y los demás entrevistados, el apartado del texto que corresponde a su testimonio resulta de especial interés, ya que lo que se le presenta al lector no es su entrevista —como sí sucede con todas las otras personas que sirven de fuentes al investigador—, sino una narración elaborada por Vincent a partir de lo que ella le cuenta. Aquí se hace patente, una vez más, la incompetencia de este personaje como biógrafo, y se resalta lo paradójico del hecho de que él se considere un “investigador académico”, porque cambia sustancialmente la información que ella le da, incluyendo detalles completamente banales, inventando y añadiendo elementos a la historia que nada tienen que ver con Coetzee. Cuando Margot le reclama por manipular la información de esa manera, él le responde con lo que es, quizá, una de las afirmaciones con más acentuada ironía de toda la novela: “No la he reescrito [la entrevista], tan sólo la he fundido en forma de relato. El cambio de la forma no tiene que afectar al contenido”.

Con la falta de “presencia sexual” de Coetzee, a la que se aludía arriba, se relaciona otro aspecto de la personalidad del escritor que todos los entrevistados resaltan: su concepción idealista y meramente racional, carente de pasión verdadera, de la realidad, desde las difíciles relaciones con su padre enfermo, pasando por la sexualidad, hasta el amor y el conflicto político de su país. Sophie, en su entrevista, cuenta que el desdén de Coetzee por la política —y especialmente por el movimiento de liberación de la Sudáfrica negra— lo sumía en la completa pasividad, dada su concepción utópica de los asuntos políticos, actitud que ella juzga completamente inútil y absurda:

¿Qué habría sido lo bastante utópico para él?

El cierre de las minas. El arrasamiento de los viñedos. La disolución de las fuerzas armadas. La abolición del automóvil. El vegetarianismo universal. La poesía en las calles. Esa clase de cosas.

En otras palabras, ¿vale la pena luchar por la poesía y el carro tirado por caballos, pero no por la liberación del apartheid?

Nada merece que se luche por ello.


En la entrevista de Adriana Teixeira, una bailarina brasileña a quien Coetzee escribe cartas de amor, ella cuenta que, para estar cerca de ella y conquistarla, a pesar de saber perfectamente que no es correspondido, él se matricula como su alumno en un curso de danzas latinas. Su completa falta de habilidad para ejecutar los movimientos —que ella atribuye a que su mente está escindida de su dimensión corporal— es para la instructora la muestra más contundente de que él está absolutamente incapacitado para sentir y expresar emociones profundas, y que para él el amor no es otra cosa que una idea lejana, yerta, sin vida.

La “esterilidad” del escritor en cuanto a los sentimientos lleva a Julia y Adriana a dudar de la importancia y el verdadero valor de su obra literaria. La primera de ellas señala la paradoja de que él, que fracasa rotundamente en el amor, la más íntima de las experiencias humanas, dedique su vida a escribir novelas, es decir, “a escribir informes de experto sobre la experiencia humana íntima”. “El amor: ¿cómo puedes ser un gran escritor cuando no sabes nada del amor?”, se pregunta la segunda.

A través de esta contraposición entre la visión crítica de Coetzee como ser humano que tienen los entrevistados y la importancia de sus novelas y el reconocimiento del que gozan, la obra pone en duda el valor y el significado de la figura del “gran escritor”. Asimismo, Verano cuestiona el sentido que puede tener un texto biográfico como representación unívoca de “la verdad” sobre un ser humano, como un intento por desentrañar las complejas relaciones que existen entre la experiencia vital de un individuo y la elaboración literaria, en última instancia, que representa el ejercicio de contar la historia de una vida.

 

 

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Reseña escrita por Lorena Panche

 

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