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ARTES Y LIBROS
Domingo, 09 de Octubre de 2011 01:28

Por: Francisco Cuervo

2010
Dirección: Xavier Beauvois
Guión: Xavier Beauvois y Etienne Comar
Fotografía : Caroline Champetier
Actores: Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin

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De dioses y hombres no sólo obtuvo el premio del jurado en el festival de Cannes en 2010 y ganó el César a la mejor película de año; también se convirtió en un suceso cultural en Francia: estuvo en el primer lugar de la cartelera durante varias semanas entre septiembre y octubre, y los ingresos por taquilla alcanzaron sumas que, por lo general, están reservadas para ciertos productos de la industria de Hollywood, como Avatar, y algunas comedias de sabor local cuyo valor es más sociológico que artístico, como Bienvenidos al norte (Bienvenue chez les Ch’tis). Una de las causas de este éxito está en que la historia en la que Xavier Beauvois y Ettienne Comar se basaron para hacer la película constituye un capítulo fundamental de la memoria nacional francesa. En la noche del 26 de marzo de 1996, siete monjes trapenses de origen francés fueron secuestrados por el GIA (Grupo Islámico Armado) en la región de Tibhirine, en el norte de Argelia, y dos meses después fueron asesinados. Este hecho ha sido objeto de muchas investigaciones, reportajes y especulaciones acerca del secuestro y las circunstancias de su muerte —incluso se habla de un rescate fallido por parte del gobierno—, y los medios han servido para alimentar la imagen de estos cistercienses como los mártires franceses de la guerra civil argelina.

Sin embargo, la película apenas se ocupa del secuestro mismo y no se interesa por el misterio de la muerte de los monjes. En cambio, se detiene en la descripción de su vida cotidiana en el monasterio algunos meses antes del secuestro. Las primeras escenas presentan los rezos, los cantos religiosos, la lectura, las ceremonias, las comidas y las oraciones, junto al trabajo con la comunidad: la atención médica de los campesinos, el cuidado de la huerta, el trabajo en el campo, el cultivo de la miel de abejas y su venta en el mercado local. De hecho, en el filme esta comunidad católica y francesa parece haber logrado vivir en armonía con el entorno islámico y argelino: los monjes no sólo son un apoyo físico y espiritual para los más pobres, sino que también participan en algunas ceremonias locales y escuchan con respeto y hasta con fervor los cantos de los imanes. Durante sus horas de estudio, Christian, el prior del monasterio (interpretado por Lambert Wilson), consulta no sólo los libros religiosos tradicionales —San Benito, La regla de San Jerónimo, las Florecillas de San Francisco—, sino también el Corán, en el que basa muchas de sus meditaciones. Como afirma el crítico de Die Zeit, Thomas Assheuer, Christian “no busca aquello que separa el islam y el cristianismo, sino aquello que los une, no la guerra, sino la paz”.

“Me gustaría que mi comunidad, mi iglesia, mi familia sepan que he ofrecido mi vida a Dios y a este país”, dice en algún momento Christian. “Conozco el menosprecio al que ha sido sometido este país de modo global. También conozco las caricaturas del islam a las que induce cierto islamismo. Argelia y el islam, para mí, son otra cosa. Son un cuerpo y un alma”. Pero afuera del convento hay un sangriento conflicto político y religioso que se acerca lenta y amenazadoramente, un conflicto que, como ocurre con frecuencia, transforma a todos los individuos en miembros involuntarios de uno de los bandos. En cierto momento, un grupo de trabajadores croatas es asesinado por las guerrillas islamistas, pues el GIA ha declarado objetivo militar a los extranjeros. La pequeña comunidad religiosa tiene entonces que tomar una decisión: aceptar la oferta del gobierno de proteger el convento con una escolta militar, lo que los convertiría en aliados de un gobierno que ellos consideran corrupto y justificaría aún más la persecución de la guerrilla islamista; o huir y dejar abandonado al pueblo que ha crecido a los pies del convento; o quedarse, renunciando a la protección estatal —lo que los hace sospechosos de ser aliados de los “terroristas” ante los ojos del gobierno—, y afrontar lo que venga con su fe, la única arma que tienen a la mano.

El catolicismo francés, tan golpeado por los escándalos de los curas pederastas como en otros países de Europa, se ha sentido sin duda reivindicado por una película que toca uno de los aspectos esenciales de su religión: la fe y el amor al prójimo, inspirados en la figura de Cristo. La conmovedora escena en la que Christian reza por el alma de uno de los terroristas caídos en combate muestra que la fe que encarnan estos monjes no es otra cosa que la interiorización de los principios cristianos del amor al enemigo y la no violencia como arma de lucha. Sin duda, Thomas Assheuer tiene razón al afirmar que la fascinación de esta cinta “proviene, aunque sea difícil de creerlo, de las reflexiones teológicas, de la manera en que los monjes convierten el Nuevo Testamento en la base interpretativa de sus miedos y sus esperanzas”. De hecho, las discusiones prácticas entre los monjes sobre cómo afrontar la amenaza parecen sacadas de un libro de sentencias alegóricas: “El buen pastor no deja su rebaño a los lobos”, dice por ejemplo el hermano Jean-Pierre (interpretado por Loïc Pichon), para explicar que los monjes no deberían abandonar Argelia. El espectador encuentra muchos ejemplos como este: durante una comida, uno de los monjes lee en voz alta un fragmento de El Dios que viene, de Carlo Caretto: “A menudo, a lo largo de mi vida, me pregunto cómo puede mi Dios actuar de manera tan extraña. ¿Por qué guarda silencio tanto tiempo? ¿Por qué es tan amarga la fe?”. Tales palabras, completamente extrañas en una película secular hoy en día, adquieren consistencia, por ejemplo, en la figura del hermano Christophe (Olivier Rabourdin), el más atribulado de los miembros del monasterio, quien en su celda pide a gritos a Dios que le ayude a elegir entre ser carne de cañón en Argelia y huir de regreso a Francia.

Como afirmaban Jean Sévillia y Jean-Christophe Buisson en una nota de mediados de octubre de 2010 en Le figaro, una de las causas del éxito de De dioses y hombres es que se trata de “un film en el que los católicos se reconocen, o al menos reconocen su iglesia y su religión”. La película se convertirá seguramente en un documento de la comunidad católica, como ya ha ocurrido en Francia, donde grupos cristianos la han adoptado como objeto de reflexión. En este sentido, la respuesta en masa de los católicos franceses a De dioses y hombres se parece a la que provocó La pasión de Cristo en la década pasada. Sin embargo, entre la película de Mel Gibson y la de Xavier Beauvois hay una diferencia fundamental. La primera cinta es el testimonio de un cristiano conservador que ha puesto al servicio de su causa inmensos recursos técnicos y económicos. Su versión del dogma cristiano encaja, de hecho, con la fe militante de la era de Bush: el hijo de Dios ha de pasar por un padecimiento físico sin par —La pasión de Cristo es quizá una de las películas más violentas de la historia del cine—, pero al final ha de levantarse triunfante de entre los muertos para imponer justicia en el mundo. De dioses y hombres no pretende ser tan afirmativa, pues pone el acento en la duda del cristiano ante el silencio de Dios y la consiguiente necesidad de interpretar el Evangelio como un llamado a la responsabilidad individual —de hecho, Beauvois no es creyente—. Por eso, este filme es, al contrario del de Gibson, una respuesta crítica a la era de Sarkozy: el mensaje de su película, decía Beauvois en el discurso de la recepción del César, es el de “la libertad, la igualdad y la fraternidad, y lo que está pasando en Francia hoy es lo contrario.”

Esto explica el que, a pesar del evidente fondo teológico, De dioses y hombres no se enmarque completamente en el dogma cristiano. En una reunión con el imán de la aldea, uno de los monjes justifica la posibilidad de partir por medio de un símil que tiene el sabor de una sentencia moral religiosa: “Somos como los pájaros en una rama”, dice un poco avergonzado. Pero una de las mujeres de la aldea comenta con firmeza: “Los pájaros somos nosotros. La rama son ustedes. Si ustedes no se van, no quedaremos expuestos”. Por medio de muchas afirmaciones como ésta, el núcleo teológico del filme se funde en el crisol de un contexto histórico muy específico, y la dimensión política del dilema ético de los monjes se pone en evidencia. Incluso hay momentos en los que, de una manera muy limpia, muy precisa y muy sincera, la película roza el ámbito de la denuncia histórica. En una escena, un alto funcionario local se lamenta ante dos de los monjes a causa de la incapacidad de Argelia para convertirse en una sociedad adulta. “Yo culpo a la colonización francesa, a pesar de lo que ustedes crean”, afirma. “Ella nos ha mantenido atrasados”. De hecho, la diferencia entre los monjes cistercienses y los argelinos está en que aquéllos pueden salir del país, pues son ciudadanos franceses, mientras que éstos, aterrorizados, están condenados a quedarse en Argelia, pues no tienen ni el dinero ni los medios para huir.

Además de estas cuestiones, que ayudan a explicar el éxito que De dioses y hombres ha tenido entre el público francés, está el hecho de que se trata de un filme supremamente eficiente en términos dramáticos y visuales. A pesar de su duración (más de dos horas) y del ritmo lento de la narración, la película logra un equilibrio ejemplar entre la tensión dramática, la riqueza de las imágenes y el contenido ideológico. Como si fuera un documental, retrata con precisión y verosimilitud la vida cotidiana en un convento de estricta observancia. La ambientación de las ceremonias privadas y los cantos de los sacerdotes introducen algo sublime en la vida simple y humilde que lleva el convento. Las imágenes, tomadas en su mayoría con una cámara estática, no sólo evocan la gran pintura religiosa del Renacimiento, sino que también consiguen penetrar en el ámbito de lo cotidiano como la pintura flamenca del siglo XVII, y captar la sinceridad del gesto con la precisión y la simplicidad de la pintura romántica francesa. La capacidad de Beauvois y Caroline Champetier —la directora de fotografía— para dirigir estos recursos hacia la producción de una atmósfera emocional muy precisa alcanza su punto máximo, sin duda alguna, en una de las escenas finales del filme, en la que la música de El lago de los cisnes sirve de comentario a las imágenes de la última cena en el claustro. Tanto la música como los primeros planos a los rostros de los monjes, que parecen personajes de Caravaggio, transforman esta comida en un acontecimiento sublime en el que la ética individual y la pasión religiosa parecen fundirse.

De dioses y hombres es, en fin, el producto de una apuesta muy arriesgada, pues busca asumir con seriedad asuntos relativos a un dogma, pero sin caer en el dogmatismo. “Al ubicarse de un modo deliberado en la juntura del mundo físico y las preocupaciones místicas, Beauvois ha recogido los votos positivos de la prensa tanto de izquierda como de derecha”, escriben Didier Arnaud y Didier Péron en Libération. También ha logrado “llegar a un amplio abanico de espectadores, laicos, ateos, creyentes, cinéfilos, adeptos a la meditación, militantes de la vida simple, apasionados por la cuestión argelina y nostálgicos de una naturaleza virgiliana”, entre muchos otros. Es extraño, en todo caso, que esta película tenga tanta acogida entre un público tan heterogéneo, y que lo haya logrado sin sacrificar las exigencias de calidad estética. “Lo agradable del éxito de De dioses y hombres”, concluyen Arnaud y Péron, “además de que obliga a plantear muchas cuestiones fácticas y filosóficas, es que atañe a lo intempestivo, aquello que no puede ser el resultado de un programa o una receta. En suma, un milagro.” Sólo cabría agregar que se trata, para ser más precisos, de un milagro profano.

 

 

 

 

 

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