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Heinrich von Kleist: el poder de lo escrito Imprimir E-mail
ARTES Y LIBROS
Domingo, 11 de Diciembre de 2011 19:58

Por Fernando Urueta

A doscientos años de su muerte y de la publicación de su novela Michael Kohlhaas.



heydel14xHeinrich von Kleist se suicidó a fines de noviembre de 1811. Había nacido en octubre de 1777 en Fráncfort del Oder, en el seno de una familia perteneciente a la aristocracia prusiana. Con solo catorce años se alistó en el ejército, al que renunció en 1799 para estudiar matemáticas y filosofía. Durante la década siguiente, hasta su muerte, escribió siete obras dramáticas completas, ocho prosas narrativas, algunos poemas y artículos políticos. Aunque sus narraciones, admiradas por Kafka y con frecuencia comparadas con la obra de éste, han llegado a ser bastante conocidas, la fama póstuma de Kleist como uno de los escritores más importantes de la lengua alemana se debe sobre todo a su literatura dramática, a piezas como El cántaro roto, Anfitrión y Pentesilea, que en su momento fueron muy poco apreciadas por Goethe. En 1808, Kleist fundó la revista Phöbus, una de las más importantes del romanticismo alemán, y en 1810, el Berliner Abendblätter, el primer diario de la tarde publicado en Berlín, empresas que lo dejaron prácticamente en la ruina.

Unos días antes de suicidarse, Kleist le había escrito a su prima Marie que los motivos por los cuales se le hacía «del todo imposible seguir viviendo» no eran sólo de orden privado. «La alianza de nuestro rey con los franceses me repugna de una manera que no puedo expresar. Hasta los rostros de las personas con quienes me cruzo en la calle me parecen siniestros; de aquí en adelante van a provocarme un rechazo físico que sería indecente nombrar. Sé muy bien que no he contado con mayor fuerza que ellos para oponerme al curso de las cosas, pero también que existe en mi corazón una voluntad que falta en quienes me hicieran esa objeción espiritual. Yo te pregunto: ¿qué queda por hacer cuando un rey acaba de celebrar una alianza semejante? No estamos muy lejos, me temo, del tiempo en que nos colgarán de la punta de una soga, condenados por lealtad, fidelidad, desinterés y coraje». A cambio de la paz, Prusia había aceptado pagarle una exagerada indemnización al primer Imperio francés, cederle sus territorios más productivos a otros estados, y perder casi la mitad de sus habitantes.

Pero los motivos que Kleist aducía para suicidarse eran, sobre todo, de orden privado. «Te juro que preferiría soportar diez veces la muerte antes que revivir aquella comida familiar con mis dos hermanas. Siempre he sentido cariño por ellas en virtud de su natural amable y del afecto que me dispensaban. Aunque no suelo hablar de ello, uno de mis deseos más íntimos y fervientes ha sido en todo momento complacerlas y honrarlas con mis acciones y mis obras. Cierto, reconozco que en los últimos tiempos nuestras relaciones no eran fáciles, pero no voy a echarles en cara que se mantuvieran prudentemente aparte, ni que mostraran tan poco interés en compartir mis pesares. Sin embargo, no admito que se considere nulo y sin efecto el mérito, aunque modesto, que reclamo con pleno derecho para mi persona. Me parece intolerable que me consideren un miembro enteramente inútil de la sociedad, indigno del menor aprecio. Dicha actitud no sólo me priva de antemano de las alegrías que eventualmente pudiera disfrutar en el porvenir, también contamina mi pasado a la vista de mis propios ojos».

Esto, que Kleist vivió en carne propia como un conflicto familiar, lo experimentaron muchos escritores a partir de su generación, y muchos lo convirtieron en tema literario. El sentimiento de que el poeta es un paria ha sido recurrente desde el romanticismo. También lo ha sido la reacción obstinada de los poetas contra ese sentimiento. Kleist quería honrar y complacer a sus hermanas con sus obras. Ellas lo veían como un miembro inútil de la sociedad, porque consideraban nulo el efecto práctico de sus obras. Tenían razón, a su manera. Kleist había renunciado a su puesto de oficial en el ejército prusiano, había desestimado los consejos familiares de estudiar derecho o administración pública, y había elegido una carrera con la que ganaba menos dinero del que necesitaba para vivir. Su fortuna se acabó pronto. Se estaba convirtiendo en una carga económica para sus hermanas. Pero a él le parecía intolerable que ellas lo pensaran así.

Pocos meses antes de suicidarse, Kleist había completado y publicado Michael Kohlhaas, la historia de un conflicto local entre un vendedor de caballos brandemburgués y un joven aristócrata sajón que adquiere paulatinamente las proporciones de un asunto imperial. El origen del problema es un engaño, un papel imaginario. Un día cualquiera, de camino a Leipzig, Kohlhaas se ve impedido de cruzar libremente la frontera entre Brandemburgo y Sajonia a través de las tierras del junker de Tronka, como lo había hecho siempre, porque los sirvientes de éste le piden un supuesto permiso que él no posee. Necesitado de seguir su viaje, acepta dejar en prenda sus dos mejores caballos, mientras lo tramita. En la ciudad le informan que el tal pasaporte es «pura fantasía», y le extienden un documento real que certifica el desafuero. Sin embargo, el documento real, a diferencia del imaginario, resulta enteramente inútil, porque cuando vuelve por sus caballos se encuentra con un problema distinto: los potros lustrosos y robustos que había dejado se han reducido a una pareja de jamelgos huesudos y sucios. El junker se niega a reponerlos en su estado original. Una tras otra, dirigidas a instancias cada vez más poderosas, Kohlhaas redacta peticiones, cartas, declaraciones, querellas, todas nulas y sin efecto. Finalmente, «invocando los poderes que de innato le correspondían», Kohlhaas condena al joven aristócrata, también en vano, a repararlo en un lapso determinado. Al cabo, decide tomar la justicia en sus manos, alzarse en armas y, sin perdonar vidas ni haciendas, perseguir por toda Sajonia al junker, que se ha dado a la fuga.

La narración está basada en la crónica de unos hechos ocurridos a mediados del siglo XVI. El conflicto y la situación anímica del personaje son, sin embargo, típicamente novelescos y románticos. El hombre marginado del sistema de normas y valores de su sociedad reacciona con obstinación ante ese desamparo intolerable. «Esta guerra que libro con la comunidad de los hombres será, en efecto, un crimen si, como tú me lo aseguras, es verdad que no me han repudiado de ella», le dice Kohlhaas a Martín Lutero, el hombre «más amado y venerable de los que conociera», que interviene para apaciguar los ánimos y evitar la destrucción del país. «¿Repudiado?», contesta Lutero. «Pero ¿qué vano miraje te ha hecho perder el juicio? ¿Quién ha de haberte repudiado de la comunidad, del Estado en que vives? ¿Cuándo, desde que hay Estados, se vio que nadie, fuere quien fuere, se viera repudiado de su seno?». «¡Repudiado! ―repuso Kohlhaas con el puño apretado―. Repudiado es a mi ver aquél a quien se le rehúsa la asistencia de las leyes. Pues, para que mi trabajo marche bien, necesito yo que las leyes me asistan; tal es la razón por la que (...) busco amparo en el seno de esa comunidad; y quien me rehúse esa asistencia está enviándome con los salvajes del desierto; me coloca en la mano, no lo niegues, el garrote con que he de asistirme a mí mismo». «¿Pero es que no ves tú que, al tomar la justicia en tu mano, has contraído deudas con tirios y troyanos? (...) ¿No habrías obrado con mayor tino si lo justiprecias todo y, por la sangre de Cristo, perdonas al junker y tomas tus caballos y te los llevas a engordar a tus cuadras?». «¡Puede ser, puede ser! ¡Pero también podría no ser!».

La idea fija del personaje no es solamente su deseo legítimo de hacer justicia y vengarse del junker. Su obsesión consiste también en creer ciegamente en que puede lograrlo sola scriptura, por la sola escritura, invocando los poderes que le corresponden por naturaleza. Por eso insiste, una y otra vez, en redactar documentos, aun después de alzarse en armas porque sus escritos no surtían efecto. Su guerra por obtener justicia es, ante todo, una guerra de documentos. Y lo único que le pide a Lutero es que le ayude a presentar más documentos: «Procúrame tan sólo un salvoconducto para ir a Dresde; ordenaré entonces disolverse a la tropa que he reunido en Lützen y volveré a presentar ante la audiencia la querella que me fue desestimada». Pero en la novela no hay un solo escrito investido, por naturaleza, de poderes; ni un solo papel que sea útil en sí mismo. Ni el salvoconducto, pronto anulado, que Lutero le extiende. Ni los salmos que éste escribe, como piensa Kohlhaas, al dictado de los ángeles que lo protegen. Ni siquiera las sagradas escrituras, que según la doctrina luterana podían por sí solas relacionar al individuo con Dios, sin intervención de clerecía alguna. «Perdona a tus enemigos; haz el bien a quienes te aborrecen». Dos personas le recuerdan a Kohlhaas este versículo. Su esposa, que se lo lee desde el lecho de muerte, y el mismo Lutero. «Pues que Dios no me perdone nunca si el día llegare en que yo perdone al junker», responde Kohlhaas. «Tampoco el señor perdonó a todos sus enemigos».

Al final, sólo un escrito imaginario puede resolver lo que un escrito imaginario, y la idea fija de Kohlhaas, han desatado. En las últimas páginas el personaje recibe, de manos de una gitana, un papel que promete, infructuosamente, salvarle la vida. Su contenido es una profecía. El destinatario de la predicción es el elector de Sajonia. Desesperado por obtenerlo, le ofrece a Kohlhaas, ya preso y en vísperas de ser condenado, «la libertad y la vida» a cambio del escrito. Pero el dilema del personaje es otro. Entregar el papel para preservar la vida implica seguir atado a la creencia de que lo escrito es útil por sí solo como remedio contra la falta de justicia. Abstenerse, le hace del todo imposible seguir viviendo. Kohlhaas elige lo segundo. Quiere satisfacer los agravios de la corte, el aprecio insuficiente a sus demandas, rehusándole al elector un papel que le es «más precioso que su vida misma». Quiere honrar y complacer a sus hijos con sus obras, y «el mejor ejemplo que podía ofrecer a ellos y a sus nietos sería precisamente conservar el papel». Pero sobre todo, a la luz de la propia experiencia, sabe que «nadie podía garantizarle que no volverían a engañarlo; entregarle el papel al elector podía ser, a la postre, tan inútil como su gesto de disolver a la tropa congregada en Lützen». Y en efecto lo hubiera sido, como teme el personaje, pues su vida y su libertad, en cuanto ciudadano del estado de Brandemburgo alzado en armas contra el estado de Sajonia, pasan a manos de una instancia superior al estado, el sacro Imperio romano germánico, que debe condenarlo.

Preservar la vida aferrado a la idea del poder y la utilidad de lo escrito. O renunciar a la vida. Ese era también el dilema de Kleist, quien en últimas tampoco tenía elección. Por experiencia propia sabía que ni la utilidad ni el poder son inherentes a lo escrito. ¿Cómo rechazar entonces la indecencia de un estado como el prusiano que, en vez de defender a sus ciudadanos y sus tierras, se los había entregado al imperio? ¿Y la debilidad de un pueblo que no se oponía al curso de las cosas? ¿Y el sentimiento de exclusión de la ciudadanía, infundido en él por sus hermanas? Con el poder de las armas. Pero no sublevándose, como Kohlhaas. Descerrajándose un tiro en la boca.

 

 

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