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En una nota escrita en 1910 para la primera interpretación en público de su ciclo de canciones El libro de los jardines colgantes, Op. 15, Schoenberg escribió: “Con las canciones de George he logrado acercarme, por primera vez, a un ideal de expresión y forma que ha estado en mi mente por muchos años. Hasta ahora había carecido de la fuerza y la confianza para hacerlo realidad. Pero ahora que emprendo este camino de manera definitiva, soy consciente de haber roto con todas las restricciones de una estética del pasado. Me estoy viendo forzado a seguir en esa dirección, no porque mi invención o mi técnica sean inadecuadas, sino porque obedezco a un impulso interno, que es más fuerte que cualquier educación. Obedezco al proceso formativo que, siendo natural en mí, es más fuerte que mi educación artística”. Estas palabras suenan como un manifiesto del expresionismo, con su adhesión al ímpetu interior y a la necesidad de romper con las formas convencionales para dar paso a la libre expresión de un mundo espiritual más oscuro y complejo. El ciclo había sido compuesto entre 1908 y 1909, años en que se iniciaba una transformación en los principios formales y en las ideas estéticas de Schoenberg, conocida como “período atonal”. Los así llamados “George Lieder”, al tiempo con la “Sinfonía de cámara” Op. 9 y las “Tres piezas para piano” Op. 11, significaron un rompimiento con la armonía tradicional y un avance decisivo hacia la “emancipación de la disonancia”, según la expresión acuñada por el mismo compositor.
El volumen titulado Libros de églogas y elogios, de leyendas y canciones y de los jardines colgantes, del poeta alemán Stefan George, apareció en 1895. Cada una de las tres partes, o de los tres libros, en que está dividido se refiere a un período histórico diferente: la primera, a la cultura griega antigua; la segunda, a la época medieval de las leyendas heroicas; la tercera, al esplendor de Babilonia. En los tres casos, se trata de recreaciones de la imaginación, no de la erudición histórica, y están mediadas por la visión de Oriente propia de los simbolistas franceses o por el medievalismo de los prerrafaelistas. El mismo George lo advierte en el prefacio: “son reflexiones de un alma que voló a otros tiempos y buscó en ellos refugio”. Su valor está en la forma poética que adquieren las experiencias interiores y la posibilidad de hacerlas revivir en la intimidad de cada lector. La tercera parte, el Libro de los jardines colgantes, es un conjunto de treinta y un poemas, de los cuales Schoenberg escogió quince, relacionados entre sí por el tema: la historia de dos jóvenes amantes cuyos encuentros tienen lugar en un jardín, “bajo la protección de un espeso follaje”. Los dos poemas iniciales describen el jardín. En el tercero habla el amante: “Como neófito he entrado a tu santuario / Ningún deseo en mí antes de verte”. En el sexto: “Para toda obra estoy muerto desde ahora. / Evocar tu presencia con todos mis sentidos / Tejer contigo nuevas palabras / De todas las cosas solo esto es necesario / Y lamento la fuga incesante de las imágenes / que en la bella oscuridad florecen, / cuando amenaza el frío y claro amanecer”. El octavo: “Si hoy no toco tu cuerpo / se romperán las fibras de mi alma / como la cuerda de un arco en tensión”. En el décimo se habla del “hermoso lecho de flores” que el amante contempla en la espera. El undécimo sugiere que la unión carnal se ha consumado: “Cuando, más allá del portal florecido, / sólo escuchábamos nuestra respiración / ¿encontramos los deleites imaginados? / Recuerdo el temblor de ambos en silencio / cuando apenas ligeramente nos rozábamos / y de nuestros ojos fluían las lágrimas. / Así permaneciste largo tiempo a mi lado”. El último es el poema de la separación: “Ahora es cierto que ella se aleja para siempre”. El jardín se marchita con su partida: “las hojas palidecen o se quiebran / palidece y se quiebra el espejo de las aguas”, “afuera, alrededor de los frágiles muros del Edén / la noche está nublada y sofocante”. El jardín es, sin duda, un símbolo: el recinto idílico, aislado, para el amor. Es un Edén: su promesa es la felicidad y su final es la separación, un idilio roto. Carl Schorske, en su libro Fin-de-siècle Vienna, interpreta el significado simbólico del jardín como el orden estable de la naturaleza, paralelo al viejo orden jerárquico tonal. Contra ese orden, ni más ni menos, se levanta, según él, la subversión musical de Schoenberg en su ciclo de canciones El libro de los jardines colgantes.
El libro de los jardines colgantes. Música de Arnold Schoenberg. Poemas de Stefan George, I-V
El libro de los jardines colgantes. Música de Arnold Schoenberg. Poemas de Stefan George, VI-X
El libro de los jardines colgantes. Música de Arnold Schoenberg. Poemas de Stefan George, XI-XV
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