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¿Qué hacer con la educación? Algunas ideas para comenzar (Segunda parte) Imprimir E-mail
ECONOMIA Y SOCIEDAD
Domingo, 11 de Diciembre de 2011 20:06

Hay que crear subsistemas regionales de excelencia alrededor de las grandes universidades públicas, donde las regalías financien investigación de punta y Colombia despegue de verdad hacia la sociedad del conocimiento. Hasta Estados Unidos está pagando el costo de haber descuidado sus universidades. 


 

Un revolcón del sistema universitario

En la primera parte de este artículo, publicada la semana anterior en Razón Pública, se planteó un diagnóstico basado en los conceptos fundadores de la modernidad, como la idea de educación de calidad para todos. El papel central del Estado se hizo explícito: al no tener clara la función de la educación en la sociedad, en Colombia ese papel se ha reducido a su dimensión financiera.

Sin embargo, la educación superior deberá reorganizarse precisamente en torno a las universidades públicas de mayor desarrollo y complejidad — Nacional, Antioquia, Valle, Industrial de Santander, Atlántico — creando subsistemas regionales universitarios [1], que servirán a todo el territorio que ya cubrían, pero lo harán como centros de la nueva política educativa. Las universidades regionales de menor tamaño y complejidad estarán ligadas a las primeras, sin perder su autonomía académica y administrativa.

Los subsistemas regionales desarrollarán institutos de investigación y tecnología dedicados a la enseñanza de la ciencia, la promoción de la creatividad y la innovación en todos los niveles del sistema, y a la formación de profesores e investigadores en procesos concretos de investigación. Esa red nacional de investigación en ciencia y tecnología debería coordinar la inversión de los fondos provenientes de las regalías.

Además de la cooperación científica indispensable para una educación superior de calidad, el nuevo sistema promoverá la movilidad interna y externa de profesores e investigadores. Si bien cada uno de ellos seguirá perteneciendo a una universidad y a un departamento o instituto específicos, su actividad estará ligada a proyectos y programas de cobertura nacional.

Una política de incentivos para el regreso de la diáspora científica colombiana que hace investigación en otros lugares del mundo podría complementar la estrategia de movilidad. Países como India ya lo han estado haciendo con relativo éxito, sobre la base de tres incentivos: la posibilidad de participar y dirigir un proceso de transformación nacional, de poner en marcha sus agendas de investigación autónomas, y de tener una mejor calidad de vida en su país natal.

La cultura de la creatividad y de la innovación iniciada en preescolar deberá alcanzar sus niveles de mayor productividad en la educación superior. Si los fundamentos de la educación básica son resueltos con éxito, el nivel superior tendrá estudiantes que no seguirán planes de estudio específicos (“carreras” en la terminología de hoy), sino que elegirán trayectorias donde concurrirán distintas disciplinas, maximizando el aprendizaje y la creatividad. Serán trayectorias educativas que no terminan con un grado o un postgrado en alguna profesión, sino que cubren toda la vida de los ciudadanos.

Crecimiento económico sin saber

Hasta ahora el Estado y las élites colombianas han optado por un modelo de desarrollo basado en la explotación de los recursos naturales, con reducido valor agregado, escaso cambio tecnológico y poca participación del conocimiento en los procesos económicos.

La alusión retórica en el Plan Nacional de Desarrollo a la “sociedad del conocimiento” y al poder de la educación como la más potente de las inversiones no es sino eso: retórica cercana a la demagogia.

Pero la brecha que nos separa de las sociedades basadas en la innovación y en el conocimiento es real. Y es doble: por un lado, está la brecha respecto de las sociedades industrializadas y, por el otro la que hoy está creciendo respecto de los países emergentes como los “BRICs” (Brasil, Rusia, China e India). Durante dos siglos de vida republicana, hemos acumulado un atraso creciente con respecto a los países industrializados, y en los últimos años nos hemos quedado por fuera de la revolución tecnológica y científica que está cambiando al mundo.

En una encrucijada cuando el país tiene la posibilidad de optar por la disminución de ambas brechas y saltar hacia una trayectoria superior de desarrollo, el gobierno eligió el camino fácil de la inversión extranjera en la extracción de recursos naturales, manteniéndonos sobre una trayectoria inferior.

Es obvio que en el modelo de desarrollo elegido, el lugar para la ciencia, la tecnología y la innovación resulta algo menos que secundario. No se requiere un gran esfuerzo educativo si la tecnología y la escasa innovación estarán en manos de firmas extranjeras en el sector primario de la economía.

Un reto doble

Mantener ese modelo de desarrollo será funesto. Sin renunciar a los excedentes que Colombia recibe de la minería y sectores afines, es posible emprender una transformación educativa que conduzca a cambios reales en su trayectoria de desarrollo. Una educación sistémica de alta excelencia no dejará de afectar, a través de múltiples interacciones, la frontera de posibilidades de producción y el poder innovador de la sociedad colombiana.

La pregunta por el qué hacer en materia educativa aparece justo en el momento cuando la tecnología, la ciencia y las relaciones entre ellas y los humanos están cambiando a una velocidad mayor que la experimentada en cualquier otro momento de la historia. Colombia está viviendo esos cambios, pero la mayoría de sus habitantes y, sobre todo, la mayoría de sus niños y jóvenes no están preparados para participar y disfrutar de ellos.

El desafío colombiano es doble: no sólo debe lograr que todos sus ciudadanos disfruten de esos cambios en una sociedad más igualitaria y más diversa, sino que debe superar el atraso de décadas con respecto a las sociedades industrializadas. Colombia, en otras palabras, debe lograr dos cosas al mismo tiempo: prepararse para vivir en un mundo donde el valor agregado viene de lo que saben e inventan sus ciudadanos, y superar la brecha que la separa de los países del primer mundo [2].

El (mal) ejemplo de Estados Unidos

La brecha entre las exigencias del capitalismo intelectual [3] y el estado real de la educación no es un problema exclusivo de Colombia, ni de los países del tercer mundo. Es un problema universal.

Estados Unidos, que tiene la mejor educación superior del mundo, lo está enfrentando hoy. Dos economistas de Harvard, Claudia Goldin y Lawrence Katz, encontraron que la desigualdad creciente durante los últimos 25 años no es producto de la discriminación racial, la inmigración o la tecnología, sino de la brecha entre las demandas de personal científico y creativo de las industrias de punta y la capacidad del sistema educativo para formarlos. De aquí la divergencia creciente entre los salarios de los más educados y los de los menos educados: entre 1980 y 2005, el ingreso de las familias más pobres creció el 10 por ciento, el de las situadas en la mitad de la distribución el 22 por ciento, y el de las que están en el 5 por ciento más alto creció en un 50 por ciento [4].

La explicación está en la forma como evolucionó la oferta de graduados: mientras que la oferta relativa de trabajadores con grado universitario creció un 3,8 por ciento entre 1960 y 1980, sólo lo hizo en un 2 por ciento entre 1980 y 2005.

La divergencia entre educación y tecnología se inició cuando Estados Unidos dejó de ser el líder mundial en la universalización de la educación como herramienta de desarrollo. Mientras que entre 1910 y 1940 Estados Unidos lideró al mundo en la universalidad de la educación secundaria, y después de la Segunda Guerra Mundial lo hizo en la masificación de la educación superior, la caída de ese impulso después de 1970 produjo la creciente desigualdad de ingresos, y su descenso en materia de logros educativos casi hasta el último lugar entre los países industrializados.

Colombia tiene hoy la oportunidad de construir un sistema educativo integral de excelencia, basado sobre la universalidad, la igualdad y la autonomía para todos los que sean capaces de participar en él. Dejarla pasar sería repetir, como farsa esta vez, una tragedia cuyas consecuencias estamos viviendo hoy.


* Escritor, profesor del departamento de Economía de la Universidad del Valle. Su último libro, escrito con María del Pilar Castillo, es ¿A dónde ir? Un análisis del desplazamiento forzado.

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Boris_Salazar

Boris Salazar*













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