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En medio de las turbulencias financieras y monetarias, se esconde un peligro potencialmente mayor. Una pugna sorda por autoabastecerse está llevando a la carrera más insólita entre países: el control de tierra y de agua a gran escala. Colombia no está exenta de peligros en este frente.
Carrera por autoabastecerse
Con esta sentencia, Paul Krugman, premio Nobel de economía, resume su posición sobre las consecuencias de la crisis alimentaria en marcha. El profesor sostiene que la crisis va más allá de lo económico, partiendo de que el precio de la comida está por las nubes y de que se puede desencadenar la cólera popular.
Efectivamente, los precios mundiales de los alimentos batieron un récord en los primeros meses del año, impulsados por los fuertes aumentos en las cotizaciones del trigo, el maíz, el azúcar y los aceites.
Estos precios desorbitados sólo han tenido un efecto limitado en la inflación estadounidense, pues en términos históricos sigue siendo baja, pero están teniendo un impacto brutal sobre los pobres del mundo, que gastan en alimentos una gran proporción e inclusive la mayoría de sus ingresos.
So pretexto de esta delicada situación -y aprovechando que muchos gobiernos de países dependientes de las importaciones de alimentos se convencieron de la necesidad de reducir su vulnerabilidad- se ha iniciado una carrera descontrolada para autoabastecerse, comprando o alquilando tierras en otros países.
Es el caso, por ejemplo, de lo acontecido en 2011, cuando después de dos años de relativa tranquilidad, los precios han estado persistentemente por encima del pico de 2008, según el índice elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés). De hecho esto deja muy a las claras que la fiebre de los cultivos está ardiendo y, de acuerdo con los expertos, no hay señales de que vaya a bajar en el corto o en el mediano plazo.
Hambre de tierra cultivable
Como se ha repetido varias veces, África es el principal escenario de la carrera. Sin embargo, la falta de transparencia de muchos acuerdos y la ausencia de registros públicos confiables en un número creciente de países impide elaborar estadísticas confiables y de escala global acerca del fenómeno.
Empero, la información disponible indica que éste es realmente de amplísimas proporciones, con contratos que cubren extensiones de miles de kilómetros cuadrados. Sólo en Etiopía, Mozambique, Sudán y Liberia, unos 43.000 kilómetros cuadrados fueron vendidos o arrendados a inversionistas extranjeros entre 2004 y 2009, según datos del Banco Mundial. Se trata de una superficie equivalente al territorio de Suiza.
Entonces, si se tiene en cuenta que son muchos los países que en África –pero también en otros continentes– viven experiencias similares, la magnitud del problema se torna más evidente.
Parece no haber duda acerca de las causas del fenómeno: el aumento de la población mundial, la dieta más rica de millones de seres humanos en países emergentes y la creciente cantidad de cultivos destinados a la producción de biocombustibles, explican en buena medida la subida del precio de los alimentos y, en gran parte, la búsqueda de tierras.
El control del agua
No obstante, las cosas no paran ahí: más allá de la dimensión económico-social, el impulso a los precios tiene implicaciones geopolíticas. Una de ellas es el control del agua.
Michael Taylor sostiene que “estas grandes inversiones se sitúan en zonas con acceso estratégico al agua. Por ejemplo, varios países de las cuencas del Nilo y del Níger son grandes receptores de este flujo de inversiones. Con todo, muchos de los contratos firmados en ellos no regulan claramente la cuestión del uso del agua. Para no ir tan lejos, la utilización del caudal del Nilo ya es motivo de tensión entre Egipto y otras naciones de la cuenca. Cuando todos los proyectos estén en pleno funcionamiento, son de esperar crecientes extracciones de agua. Hay un alto potencial para que se produzcan conflictos” [1]. Unos 200 millones de personas vivían en la cuenca del Nilo en 2005 y la ONU estima que serán 330 millones en el 2030.
Otros casos que se mencionan son los de Mali, uno de los países por donde pasa el río Níger, vendió o alquiló unos 2.400 kilómetros cuadrados de tierras a extranjeros sólo en 2010. Más de 100 millones de personas viven en la cuenca del Níger.
De igual manera, aparecen países que sufren escasez de agua –Arabia Saudí, Catar o los Emiratos Árabes Unidos– que figuran entre los mayores protagonistas de la carrera por la tierra.
Pero también hay otras clases de inversionistas: · China o India, que tienen agua para cultivar, pero temen que su sector agrícola sea incapaz de abastecer a sus grandes poblaciones; · Empresas de países occidentales, que quieren tierra para cultivar materias primas para biocombustibles o, simplemente, vender más en el mercado internacional” (Taylor). · Inversionistas que sencillamente buscan refugio de las turbulencias del mercado financiero. Como el problema no es exclusivo de África, aprovechando que tenemos tierras fértiles para cultivar y todavía el recurso agua no escasea en Colombia, creo que es urgente anticiparnos a los acontecimientos, tomando decisiones preventivas, pues las lamentaciones de nada servirán si nos descuidamos.
* Cofundador del Nuevo Liberalismo, ex ministro de Agricultura, profesor universitario, columnista y autor de numerosos libros y artículos académicos.
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