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El despertar de los jóvenes fue el acontecimiento más importante de 2011. No se sabe bien cómo evolucionará el movimiento estudiantil este año. Pero ha avanzado mucho y hay que cuidarlo, aunque sus miras todavía no están enfocadas en la nueva civilización global que ya se asoma por el horizonte.
Que no desaparezcan
Empezando el año he hecho una visita al blog de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) para ver en qué andan, habida cuenta de que este movimiento juvenil había quedado en punta en los últimos días del pasado diciembre. Se reconocía entonces el riesgo de que las fiestas de fin de año apagaran el entusiasmo y frustraran la continuidad de las acciones emprendidas.
Supimos por aquellos días, por medio de algunos de sus líderes, que tenían convocada una reunión en Pereira, donde definirían las nuevas estrategias del movimiento, tras el anuncio del presidente de retirar el proyecto de reforma de la educación. Pero el blog no dice nada al respecto. La última entrada fue el 14 de diciembre, invitando a un concierto de la “Real Academia del Sonido” para los estudiantes colombianos.
El interés que muchos ciudadanos mantenemos sobre las acciones de la MANE se basa en una hipótesis de sentido común: si no anda bien la educación pública superior en Colombia, y el movimiento estudiantil había estado dormido durante muchos años, es una buena noticia que haya despertado durante 2011.
Ahora bien, este nuevo despertar tiene grandes desafíos. Los principales son consolidar una propuesta educativa de largo alcance, mantener la cohesión del movimiento, y preservar su independencia de las fracciones partidistas.
De manera que acompañarlo y sostenerlo, pero sobre todo cuidarlo, ha sido un propósito de algunos sectores democráticos de la sociedad colombiana, que han considerado su deber apoyar a los más jóvenes en un desafío que tiene dimensiones históricas. Y en eso estamos.
Pero la MANE, ¿En qué está hoy? ¿Dónde está? ¿Cuáles son sus planes de continuidad, fortalecimiento y debate? Vamos a ver. Lo que afirma el documento del 12 de noviembre, una vez conocida la posición del gobierno, es que los integrantes de la MANE se asumen como “continuadores de la lucha histórica de los estudiantes colombianos, la comunidad académica y los sectores sociales por una nueva educación”.
Se supone que mi pregunta sobre la actividad actual de la MANE encuentra su respuesta en la misma declaración de noviembre 12: “manifestamos toda la intención de profundizar nuestras apuestas en materia de construcción organizativa, de movilización y, principalmente, avanzar hacia la construcción de la propuesta alternativa de educación superior, cuya base es el Programa Mínimo de los Estudiantes”. Hay que suponer que en eso están (y no me refiero a la intención sino a la acción), y que muy pronto actualizarán el blog y los colombianos conoceremos sus avances.
La lucha de los estudiantes colombianos tuvo quizás su hito más significativo en el movimiento de los años setenta. Por ello vale la pena recordar lo que pasó entonces, y comparar, en la medida de lo posible, sus metas, métodos y logros con lo que hoy se propone la MANE y con lo que está ocurriendo en Chile.
Hace 40 años
Resulta refrescante mirar por el espejo retrovisor el Programa Mínimo de 1971, no sin antes reiterar que aquella movilización fue quizás la más importante de la historia de Colombia.
Había empezado en la Universidad del Cauca, pero el principal detonante de la protesta fue el movimiento de estudiantes de la Universidad del Valle. Se recuerda la gran marcha del 26 de febrero de 1971, que dejó un saldo de 20 muertos. Luego se sumó la Universidad Nacional y se llevó a cabo el II Encuentro Nacional Universitario, en Bogotá el 14 de marzo, donde se acordó el denominado Programa Mínimo del Movimiento Nacional Estudiantil, que sería ratificado en el III Encuentro Nacional Universitario, celebrado en Palmira el 14 el abril de ese mismo año.
¿Por qué hablaban de un Programa Mínimo? ¿Por qué la MANE insiste en el adjetivo? ¿Cuestión de táctica o estrategia? ¡Quién sabe! Lo cierto es que en 2011 se cumplieron 40 años de aquella propuesta de mínimos, que curiosamente se celebran con otra propuesta de mínimos.
Aquel Programa Mínimo del 71 propuso:
- abolir los Consejos Superiores de las universidades públicas, donde los gremios privados y el clero tenían representación (¡!), y sustituirlos por un organismo conformado por tres estudiantes, tres profesores, el rector (sin voto) y un representante del Ministerio de Educación.
- establecer un sistema democrático para elegir las autoridades universitarias.
- que la financiación fuera exclusivamente estatal, no solo para sostener el funcionamiento de la educación superior, sino para impulsar la investigación científica.
- legalizar el derecho a crear organizaciones gremiales en cualquier tipo de establecimiento educativo.
- reabrir la Facultad de Sociología de la Universidad Javeriana.
¿Qué se logró, especialmente en la Universidad Nacional?
- moderar el papel del ICFES, como ente rector de la educación universitaria.
- conformar un Consejo Provisional Universitario, compuesto por el ministro de educación o el rector, cuatro decanos, dos estudiantes, dos profesores y un ex alumno.
- exceptuando al gobierno, en los nuevos consejos fue suprimida la participación de todos los sectores extrauniversitarios, incluso al ICFES. Y el clero, por supuesto, volvió a ocuparse de sus conventos y asuntos eclesiales.
El Programa Mínimo del Movimiento Estudiantil Universitario Colombiano de 2011 (MANE), contempla los mismos puntos de financiación exclusiva de la educación por parte del Estado, fortalecimiento de los espacios de autonomía y democracia, reconocimiento del bienestar universitario, mejoramiento de la calidad académica y mayor apertura de la Universidad a la sociedad.
Si uno extrapola estos dos programas y los refiere al cambio de nuestra sociedad en los últimos 40 años, bien podría comprender que el sistema educativo no ha sido precisamente uno de los sectores donde ha habido mayores avances.
En estos últimos 40 años se modificó la estructura económica y este factor ha sido decisivo para replantear el sistema educativo. ¿Cómo conciliar la globalización con la necesidad de brindar educación de buena calidad a todos los colombianos? ¿Cómo incorporar al sector privado a la responsabilidad educativa que le compete sin que por ello se reduzcan los espacios democráticos de la Universidad y se debilite la responsabilidad del Estado? Son algunos de los desafíos que presenta la coyuntura actual.
El caso de Chile
El movimiento estudiantil chileno se mueve en las mismas aguas: un país más globalizado que el nuestro y con mayores niveles de ingreso, un sistema educativo en crisis y una creciente privatización de sus componentes esenciales.
El movimiento tuvo allí un desarrollo estratégico distinto del nuestro, desde sus comienzos, pues la Federación de Estudiantes de Chile ya estaba consolidada y esto le dió al movimiento una mejor base organizativa.
No obstante, los desafíos de 2012 que ellos se plantean no son ni menores ni muy distintos a los que afronta la MANE de Colombia. Estos desafíos son:
- Preservar su independencia de influencias partidistas (de izquierda y de derecha).
- Unificar las propuestas programáticas.
- Consolidar una organización que represente a todas las universidades y a todos los estudiantes, y que se articule con los demás sectores de la sociedad.
Pero el principal desafío que enfrentan los estudiantes de América Latina es el de interpretar adecuadamente su momento histórico y propulsar los cambios que el continente demanda de ellos, en un momento particularmente crítico de la historia, dominado por amenazas de diversa índoles, que presionan por igual el futuro de los jóvenes.
De cara a un mundo nuevo
Reclamar una educación de mejor calidad debería entenderse también como la exigencia de replantear las prioridades en los temas de la educación universitaria, habida cuenta de la crisis global que hoy está en evolución y que tocará enfrentar a los jóvenes de hoy.
Entre 2020 y 2050 se definirán las bases de una nueva civilización, y de esto parecen no haberse dado cuenta ni los estudiantes ni los planificadores de las políticas educativas. En tal periodo hablaremos mucho de carbono, un elemento químico que aumentó su presencia en la atmósfera, hasta llegar a niveles peligrosos durante los siglos XX y XXI.
Hablaremos de la molécula del dióxido de carbono como una noticia cotidiana, y discutiremos sobre sus niveles de concentración, medidos en partes por millón, en todos los cielos del mundo, y conoceremos de una campaña tecnológica global sin precedentes orientada a reducir estas concentraciones.
Hablaremos de otras moléculas de carbono, innovadoras y cargadas de progreso como el grafeno, cuyos nanotubos y telas moleculares habrán probablemente reemplazado la química del silicio y la electrónica, tal como hoy la conocemos.
Hablaremos de energías alternativas, del decaimiento definitivo de las reservas mundiales de petróleo y gas, y de la permanencia —aún— de muchas reservas de carbón, y de regulaciones en curso dirigidas a limitar su uso para generación eléctrica.
Hablaremos, sobre todo, de nuevas energías, del mayor esfuerzo tecnológico conjunto emprendido por la especie humana, liderado especialmente desde las grandes economías del mundo, por la investigación científica y tecnológica sobre nuevas formas de energías.
Aumentará el uso de estrategias de tipo colectivo para alcanzar la eficiencia energética. Retomaremos la investigación científica sobre la energía de fusión, y nuevas plantas de fisión nuclear empezarán a construirse como antesalas de las nuevas centrales de fisión, que podrán ver la luz hacía 2040 o 2050.
Cuando las consecuencias del cambio climático global hayan cobrado ya numerosas víctimas — sobre todo entre las poblaciones más vulnerables del planeta, pero también sobre la infraestructura económica y productiva de las grandes, medianas y pequeñas economías del mundo — el Sistema de Naciones Unidas muy probablemente habrá cedido el manejo de esta problemática a un Gobierno Mundial del Clima, creado como estamento supranacional de emergencia para enfrentar la crisis, y sustentado en la voz mancomunada de los científicos, los gobiernos y la sociedad civil.
Los jóvenes del mundo deberán adoptar una nueva actitud de liderazgo ante la necesidad de cambiar los estilos de vida y los modelos del desarrollo. Algunos impulsarán grandes revoluciones ‘moleculares’, con el apoyo de las redes sociales, las instituciones educativas y los colectivos generacionales; y lograrán incidir efectivamente sobre las conductas de los mayores y los líderes del mundo.
Entre 2020 y 2050, un poco antes o un poco después, el mundo conocerá la alborada de nuevas formas de relacionamiento entre los seres humanos, y recuperará la consideración y el respeto por los sistemas naturales que caracterizaron a las sociedades originarias; la militancia ecológica o ambientalista que marcó el comienzo de las preocupaciones de muchos durante los años setenta (aquellos del primer programa mínimo) habrán acabado de transformarse en un activismo más integral, ejercido desde todas las disciplinas y orientado a interpretar el tránsito de todos hacia una nueva civilización global.
Habrá nuevas profesiones y nuevas aplicaciones de las profesiones tradicionales, volverá a enseñarse el humanismo en las universidades, pero entonces será un humanismo que incorpore la fusión de la ciencia y el arte.
De todo ello se debería hablar también en los movimientos estudiantiles de hoy día, pues este es el principal desafío de la universidad y de la sociedad: preparar a los jóvenes de hoy para afrontar la más grave amenaza de cuantas ha sufrido la civilización humana en toda su historia: la del cambio climático global.
* Profesor de cambio climático de la Universidad del Rosario y director general de Klimaforum Latinoamérica Network. www.klnred.org
@guzmanhennessey
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