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Semana del 21 de Mayo de 2012 al 27 de Mayo de 2012
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Chile 2011: del malestar difuso a la protesta social Imprimir E-mail
INTERNACIONAL
Domingo, 22 de Enero de 2012 22:01
Un análisis original y profundo del malestar que finalmente condujo al movimiento estudiantil y las protestas que sacuden a Chile. Miedo al conflicto, lógica de mercado y clases medias son referentes que obligan a pensar en los demás países de América Latina.

Más allá de las noticias

El 2011 fue en Chile el año del malestar expresado en las calles. Es cierto que la indignación también llenó muchas otras ciudades del mundo. Aun así, en cada caso las causas y consecuencias deben leerse en el contexto local.

La sorpresa que representó para Chile la irrupción de grupos sociales del más diverso tipo, desde estudiantes hasta trabajadores de la minería, pasando por empleadas domésticas, tiene su razón de ser en la larga historia política de este país suramericano, aunque algunos de sus detonantes se encuentren en la coyuntura inmediata y en las influencias globales.

De manera muy esquemática, este artículo propone algunas claves de “larga duración” para comprender la sostenida y sorprendente movilización social del año pasado.
 
Dos fuentes de descontento

En Chile el malestar no es nuevo. Desde mediados de los años noventa los estudios dieron cuenta de un descontento extendido entre la población:

-Por una parte el descontento respondía a la frustración de los sectores más movilizados políticamente con el rumbo que había tomado la transición a la democracia luego de la dictadura de Pinochet. La falta de participación y de debate creada por los mecanismos de la “gobernabilidad” era una de las causas del malestar de entonces.

-Pero por otra parte, el malestar tenía también bases más extendidas y, a la vez, más difusas que aquella frustración política. Los años noventa mostraron que el desmantelamiento, llevado a cabo por la dictadura, de la sociedad comunitario-populista gestada desde los años 20, era más que un mero paréntesis.

La nueva democracia, a pesar de los enormes y significativos cambios que representó respecto del período autoritario y de atropello a los derechos, mantuvo el núcleo del modo neoliberal de organización de las relaciones sociales. Esto es, la coordinación y representación de los intereses sociales los hace el mercado y no el Estado; este sólo se encarga de la cohesión de las elites, de la gestión de los recursos públicos y del castigo de los delitos.

El abrupto retiro del Estado de las vidas cotidianas, tanto en su dimensión simbólica como material y relacional, provocó en los años noventa una sensación extendida de inseguridad entre los chilenos.
 
Tres razones de un silencio

Pero el malestar que recorrió Chile desde la segunda mitad de los noventa fue implosivo. No se manifestó en las calles, no dio origen a movimientos sociales ni a revoluciones, ni siquiera dio origen a discursos colectivos. Se pueden sugerir tres razones para ello.

- La primera es la larga tradición de disciplina social promovida por el miedo al conflicto y al castigo. Hay que señalar que esta no tiene su origen en la dictadura, sino en el “peso de la noche” de la cultura política y social autoritaria de Chile. En esta cultura el pueblo aparece como portador de una tendencia innata al desorden y a la violencia, y de ella deriva un juicio moral disciplinante, que inhibe y castiga la expresión del descontento.

-La segunda razón es el efecto de los mecanismos de la “gobernabilidad” que se adoptaron durante la transición hacia la democracia. Si bien es cierto que esta transición tuvo lugar sobre el terreno inestable de la amenaza militar -lo cual exigía contener las eventuales protestas sociales- también se admite hoy que aquella contención fue más lejos de lo que realmente exigía la coyuntura.

Esta segunda razón tiene que ver con un elemento nuevo que por entonces se agregó a nuestra vieja tradición del “temor chilensis”. Esta vez no sólo el pueblo era fuente de temor: también las elites tuvieron miedo de sí mismas por su capacidad de empujar la sociedad a la violencia. Esta creencia surgió de la experiencia de las elites políticas y sociales que crearon las condiciones del golpe de Estado de 1973, las mismas que condujeron la transición dos décadas después. Esto llevó a mirar con recelo las iniciativas de activación y movilización política que podían encauzar las expresiones difusas del malestar social, dejándolas en el estado larvado en que se encontraban.

-Pero no todo es político en la tendencia implosiva de la sociedad chilena. También la imposición de la lógica del mercado ha jugado un rol central. El modelo adoptado desde la dictadura trasladaba al mercado la canalización y coordinación de las demandas sociales. Esto ha tenido muchas consecuencias de largo plazo.

Una de ellas es la individualización y fragmentación de las demandas. En el mercado solo se puede actuar como individuo. Pero la individualización no se limita a las demandas, sino también a la atribución de responsabilidades. Frente a un sistema de integración social que se define y representa como neutral y movido exclusivamente por los flujos de los individuos, los éxitos y los fracasos que se obtienen en el mercado – sea del trabajo, de la educación, de la vivienda o del consumo – sólo pueden atribuirse al individuo mismo. El mercado promueve la auto-responsabilización.

Otra consecuencia de la mercantilización de la sociedad es el papel disciplinante del endeudamiento. Las deudas de consumo no sólo permiten integrar a los individuos al mercado, sino que lo amarran a él.
 
La clase media se afirma

El conjunto anterior de mecanismos limitó severamente la expresión del malestar en las dos décadas pasadas. Aunque no eliminaron la sensación de insatisfacción, si contribuyeron a crear nuevas fuentes de malestar. A las fuentes clásicas de descontento, como la desigualdad, el maltrato, la desconfianza, la inseguridad y la indignificación moral de los adversarios, se suman hoy otras nuevas.

Para entender las movilizaciones del año pasado, tal vez la más importante sea el malestar que resulta del cambio en la autopercepción de las clases medias. Estas ya no se conciben a sí mismas como en riesgo permanente de empobrecimiento, ni como aspirantes al reconocimiento moral por parte de las elites. Es decir, se sienten menos dependientes del Estado y de las clases superiores.

Las clases medias chilenas están forjando aceleradamente un “orgullo de sí” forjado en la experiencia de que no han recibido nada regalado, sino que sus logros - que estadísticamente son muchos - se los deben sólo a sí mismas. La vivienda, la educación, el trabajo, los electrodomésticos, el auto y las vacaciones son el fruto de sus esfuerzos y de su disciplina en los pagos. Ello ha creado una nueva autoestima de clase media, la que se basa en una cierta percepción de autosuficiencia.

Esa creación de capacidades y autonomía es en buena parte consecuencia de la promesa social que organizó el relato de la transición. En pocas palabras, ella puede resumirse del siguiente modo: “si tú te disciplinas y te sacrificas por aumentar tu valor en el mercado, básicamente mediante la educación, el autocuidado y el trabajo, la sociedad te asegura que creará un entorno donde tus capacidades sean reconocidas sólo por sus méritos, y no por tu origen de clase o por tus redes clientelares”.

La clase media creyó en esa promesa y realizó cabalmente su parte. Pero la parte de la sociedad no ha estado a la altura. El trabajo sigue estando dominado por consideraciones de clase, la contratación de los jóvenes se realiza por debajo de sus capacidades adquiridas, la desigualdad – más de dignidades que de ingresos – sigue siendo insultante, el reconocimiento a los esfuerzos es escaso.

Por esta razón, la clase media experimenta una falta de simetría entre la representación de sí misma y el reconocimiento práctico que le otorga la sociedad mediante sus instituciones y discursos. Esto de por sí ya es irritante. Pero lo es más aun si se toma en cuenta que esa asimetría es el efecto del no cumplimiento de una promesa en la cual las clases medias invirtieron todo lo que tenían. Basta mencionar que las familias chilenas, ponderadas por ingreso, son las que más han invertido en educación a nivel mundial en la última década. Cómo es sabido, nada provoca más malestar que el “sacrificio inútil”, esto es, cuando uno da su parte y el otro niega la suya.

Esta me parece ser la base subjetiva de largo plazo que explica el malestar social chileno y buena parte de las movilizaciones recientes. Se trata de un malestar de clase media y cuyos actores se entienden como individuos y tienen un sentido de autoestima y de derechos bastante desarrollados. No se trata de un malestar, como en los ochenta y noventa, provocado por la sensación de inseguridad que surge del debilitamiento de los vínculos comunitarios.
 
El reventón

Aún así queda la pregunta clave para caracterizar lo que pasó el año 2011: ¿por qué el malestar que se había expresado siempre de manera implosiva ahora se vuelca, masiva y persistentemente a las calles? ¿Qué cambió para que eso ocurriera? Creo que pueden mencionarse tres factores.

-El primero es la pérdida del miedo. La clase media chilena, especialmente los jóvenes, han dejado atrás en gran medida el “temor chilensis” al desorden. Han vivido y sorteado crisis de todo tipo, creen que dependen más de su propio esfuerzo que de los favores de otros, valoran la autenticidad y por lo mismo la expresión de diferencias, aun cuando sean conflictivas, así es que tienen menos temor que sus antepasados al desorden. Ello ha permitido que la protesta callejera se vea, como muestran las encuestas, más legitimada que antes.

-El segundo factor es el descubrimiento de un “villano”. Una seguidilla de casos de trampas y abusos por parte de los empresarios ha mostrado que el mercado no es un mecanismo neutral, sino que expresa y esconde intereses y maniobras ilegitimas de minorías con poder. La consecuencia subjetiva de esto -y es un factor de máxima importancia- es que los éxitos y fracasos individuales ya no pueden auto atribuirse a cada uno, sino que son efecto de una estructura social. El descubrimiento del “villano” ha conducido a la externalización y socialización del malestar.

- El tercer factor es la crisis de representación. La externalización del malestar pudo haber conducido a una canalización de las demandas a través de los espacios institucionales de la política y del Estado. Pero eso se ha visto obstaculizado por la abrupta caída de su legitimidad. Pocos creen que negociar sus demandas en el Estado conduzca a resultados positivos, pues han aprendido que este funciona con la misma lógica “villana” del mercado o con la lógica desmovilizadora de la “gobernabilidad”.

Chile está ante una transformación de gran envergadura en el modo de definir la relación entre sociedad, estado y mercado. Por ahora nos movemos en el espacio negativo de la reacción contra el tipo de relaciones que marcaron las décadas pasadas. No se vislumbra aún, tanto por la forma y discurso de los movimientos sociales como por el carácter defensivo del sistema político, cuándo ni cómo se construirá un nuevo modelo de relaciones. Esto augura que el 2012 seguirá siendo un año de la expresión pública del malestar social.
 

* Doctor en Sociología de la Universidad Erlangen-Nürnberg, profesor titular de la Universidad Alberto Hurtado, investigador del Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo y autor de numerosas publicaciones.

  Pedro-Guell

Pedro Güell*









































El abrupto retiro del Estado de las vidas cotidianas, tanto en su dimensión simbólica como material y relacional, provocó  en los años noventa una sensación extendida de inseguridad entre los chilenos.


















































Pero no todo es político en la tendencia implosiva de la sociedad chilena. También la imposición de la lógica del mercado ha jugado un rol central.
El modelo adoptado desde la dictadura trasladaba al mercado la canalización y coordinación de las demandas sociales. Esto ha tenido muchas consecuencias de largo plazo.






















































La clase media creyó en esa promesa y realizó cabalmente su parte. Pero la parte de la sociedad no ha estado a la altura.
El trabajo sigue estando dominado por consideraciones de clase, la contratación de los jóvenes se realiza por debajo de sus capacidades adquiridas, la desigualdad– más de dignidades que de ingresos – sigue siendo insultante, el reconocimiento a los esfuerzos es escaso.
 

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