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Semana del 21 de Mayo de 2012 al 27 de Mayo de 2012
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Seguridad en Colombia: problemas viejos, nuevas estrategias
POLITICA Y GOBIERNO
Domingo, 16 de Octubre de 2011 21:07
Una reflexión profunda y provocadora sobre los errores que han prolongado este inútil conflicto interno de baja intensidad y sobre la estrategia que podría ponerle fin definitivamente. Un mensaje pragmático desde el origen mismo de la guerra y de la modernidad. 
 
La asimetría entre Estado e insurgencia

Aconseja Maquiavelo que los príncipes se pongan a tono con los tiempos y actúen más con audacia que con cautela. En la guerra, este consejo adquiere una relevancia especial, que se acentúa en los tiempos que corren por la dinámica de las guerras irregulares, siempre cambiantes, como una carrera donde se rotan los punteros para imponer los ritmos.

Cuando una de las partes cambia para sorprender al enemigo, gana temporalmente una ventaja. Cuando el enemigo se adapta y muta a su vez para salir adelante, el juego se invierte. ¡A que te cojo ratón¡ ¡a que no, gato ladrón¡ parece ser la lógica del baile siniestro en el que se juega el poder sobre una sociedad.

Pero los ritmos no son siempre iguales. Al Estado le resulta más difícil cambiar, pues es más pesado, dada su compleja organización burocrática. El insurgente, para entrar ya en el caso colombiano, no tiene los mismos lastres.

El Estado juega en un mundo donde el derecho campea por sus fueros y debe justificarse continuamente ante su pueblo y ante la comunidad internacional. El rebelde, en cambio, hace una guerra sin limitaciones, un guerrillerismo sin acotamientos, un uso del terror sin contenciones morales.

El rebelde sabe qué quiere alcanzar y el Estado sabe qué quiere preservar. Y eso establece una diferencia muy grande. Alcanzar un objetivo estimula más las audacias, que simplemente luchar para que todo siga igual. El conflicto colombiano ha estado atrapado por esa dinámica.

Presos de un falso dilema

Por mucho tiempo el Estado no supo formular una política coherente para la guerra y la correspondiente estrategia para concretarla. Gobierno a gobierno se alternaba la acción estatal entre la represión meramente reactiva o el voluntarismo sentimental de unos presidentes -que llevó a procesos de paz sin derroteros- o el realismo frío de otros para lograr algunos éxitos en el camino de la pacificación.

Pero no hubo una estrategia de base donde se articularan los intentos de paz o los intentos de solución por la fuerza, como caras de una misma moneda. El Estado pasó más de treinta años tratando de preservar y contener, sin decidirse por una estrategia ganadora.

No fue por falta de elementos para planteárselo. Se trató de falta de unidad, de sentido de Estado, para entender que la guerra y la paz no son entidades separadas, que no se puede plantear la paz y alcanzarla si no se tiene una adecuada comprensión de la guerra.

En ese sentido, a la larga fue desastrosa la diferenciación entre el oficio y el papel de políticos y militares, propuesta por Alberto Lleras en los albores del Frente Nacional. No se puede despolitizar un fenómeno esencialmente político como la guerra, sin perder la perspectiva del por qué, del para qué y del por lo tanto, cuando se la hace.

No se puede hacer la guerra en medio de un divorcio conceptual entre políticos y militares: la contrainsurgencia nacional se ahogó en el pozo que separó el oficio de fijar objetivos, de la capacidad de ejecutar la tarea para conseguirlos.

Más y menos de la Seguridad Democrática

Han cambiado las cosas en los últimos tiempos: cuando la amenaza se creció, la dirigencia tuvo que plantearse, finalmente, la fijación de una política más o menos coherente en términos de objetivos y de medios para alcanzarlos.

La política de seguridad democrática tuvo el mérito, justo es decirlo, de entender las características de un conflicto irregular. Se superó el debate estéril sobre si se requería esta o aquella fuerza, si pequeña y móvil o sedentaria y grande.

En la guerra irregular se libran dos clases de enfrentamiento: uno el de la guerra militar y otro el de la protección de población e instituciones, para que la una no sea condicionada por el terror y las otras no sean reducidas a la impotencia. Movilidad, fuego y saber hacer, por una parte, y por otra impedir la erosión del Estado y el control del territorio y de la población.

Tuvo fallas, también hay que decirlo, por el enfoque que confundió los puntos de partida y no permitió una caracterización clara del enemigo que se combatía. El intento de deslegitimarlo redundó en desconocimiento del oponente, desconocimiento que no resulta propicio para diseñar una estrategia.

Ganarse a la población, combatir sobre el terreno

El momento toma a los decisores del Estado con buenas y muy variadas experiencias para lanzarse a la consecución de un conjunto de políticas y de estrategias ganadoras. Tal como se ve el panorama de los nuevos desarrollos del conflicto -que incluyen las mutaciones de la guerrilla, el narcotráfico, las BACRIM y el peligro latente pero cierto del contagio de las maras (que tercamente no se quiere ver en muchos círculos, a pesar del crecimiento de las pandillas juveniles en muchas ciudades)- una estrategia nacional debe juntar muchos cabos para ser eficaz.

Frente a las guerrillas y a las BACRIM, una estrategia militar, policial y judicial que atienda tanto el combate a los grupos armados como a la protección del Estado y de la población.

Este último punto es clave. En el lenguaje oficial ha abundado, desde los tiempos del plan Lazo, la idea de ganar “mentes y corazones” como estrategia fundamental para ganar la guerra. Pero no se debe perder de vista la tendencia de la guerra (manes de Clausewitz) de irse a los extremos. El enemigo hace una guerra extrema, nada lo detiene en el terror y no se acoge a derecho alguno.

Construir el puentecito que pide la vereda y hacerle llegar la medicina al campesino: está bien y hay que hacerlo. Pero un indígena o un colono decapitados a la vista de sus vecinos, son un mensaje muy poderoso a la hora de definir lealtades.

El instinto de supervivencia es más poderoso que las promesas de mejorar el crédito agropecuario. Si quiere prevalecer, el Estado tiene que proteger a las gentes de las presiones de guerrilleros y bandoleros. La saturación de fuerza en las zonas de riesgo es necesaria en la guerra irregular.

Pero también, y esto no es contradictorio, la táctica militar debe adaptarse a las condiciones que trata de imponer la guerrilla. La guerra de la pulga exige sus propias formas organizativas y sus propias tácticas.

Una estrategia ganadora que vaya delante de las transformaciones del enemigo, debe contemplar un alto grado de componentes tecnológicos, de desarrollo de fuerzas especiales, de adecuación organizativa que incluya cambios en los procesos de decisión, ojalá más descentralizados y menos burocráticos, para afrontar velozmente las situaciones del combate permanente que se viven hoy y mentalidad de audacia. Se cuenta hoy con adelantos y buenas experiencias militares y policiales que deben extenderse.

Una justicia especializada

El campo de la justicia no da espera en precisiones necesarias. Hay confusión entre fiscales y jueces sobre la naturaleza del derecho internacional humanitario y sobre las realidades del combate.

Se necesita una justicia especializada - cualquiera que sea el modelo que se escoja - con tal de garantizar, simultáneamente, la protección de los derechos fundamentales de los ciudadanos y la protección de los soldados y policías que deben afrontar situaciones límite en el cumplimiento de sus misiones y que requieren de estímulos morales y materiales para exponerlo todo en los extremos, ya mencionados, de la guerra. Las imprecisiones de la hora son un lastre muy pesado para el esfuerzo del Estado.

Pacifismo no ingenuo

Proponerse la guerra como opción no es, necesariamente, un enfoque guerrerista o militarista. El camino de la paz también lo transita la guerra. El pacifismo no puede ser ingenuo.

El pacifista ingenuo supone que para pelear se necesitan como mínimo dos partes. La realidad muestra que sólo se necesita uno: aquel que llama a la guerra. Los demás deben decidir si aceptan la imposición por la fuerza o si vale la pena luchar.

Para tenerlo presente, este breve artículo comenzó recordando a Maquiavelo, ese brillante realista del nacimiento de la modernidad, vapuleado por “la mala prensa”, pero formidable como revelador de los misterios de la paz y de la guerra.

Llegó la hora de liquidar el conflicto más inútil y más estéril de la historia de Colombia y es posible que más fuerza en la balanza conduzca a menos sangre y a menos dolor.

“Que los príncipes se pongan a tono con los tiempos y actúen más con audacia que con cautela.”


* El perfil del autor lo encuentra en este link. 

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Armando_Borrero

Armando Borrero Mansilla*

 

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