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Los efectos de la Unidad Nacional: ¿quién se responsabiliza?
POLITICA Y GOBIERNO
Domingo, 20 de Noviembre de 2011 20:04
Entre unanimismo y coalición de gobierno, todos los partidos salieron desdibujados de las pasadas elecciones, pero ninguno de sus directorios lo ha reconocido. Este es un costo de la Unidad Nacional para la democracia, y parte de ese costo está siendo pagado por el propio gobierno al querer complacer a todo mundo.
 

La democracia salió mal librada

Las elecciones del pasado 30 de octubre arrojaron resultados reveladores sobre la realidad política actual y sobre los efectos menos deseables de la “Mesa de Unidad Nacional”, así exista un consenso en que el gobierno de coalición ha sido eficiente y ha sido útil para sacar adelante una ambiciosa agenda legislativa y para servir como descompresor, tras un periodo de intensa polarización política.
 
La significativa presencia del voto en blanco, las candidaturas avaladas por firmas, o “apoyadas” simultáneamente por varios partidos de la coalición de gobierno, estuvieron en el orden del día. ¿Cómo explicar estos fenómenos?

Cada uno revela una impactante fotografía de nuestra realidad política: se mezclan el oportunismo, el inconformismo por parte de un grupo del electorado, el desconocimiento o apatía frente a la democracia en una de sus más puras manifestaciones —el sufragio— pero sobre todo prende las alarmas en relación con el franco debilitamiento o aún la inexistencia de partidos políticos en sentido estricto, exacerbado por las lógicas de la Unidad Nacional.

La pasada contienda electoral hizo evidente que una cosa es la discusión que se da en el marco de la Mesa de Unidad en Bogotá en lo relativo a política nacional, y otra muy distinta es la lógica regional donde el interés primordial es obtener una tajada de la torta del poder local, sin importar a quien se representa. En consecuencia, queda claro también que alguien tiene que hacerse responsable.  

Irresponsabilidad generalizada

Si bien la Unidad Nacional ha garantizado la gobernabilidad -puesto que controla más del 80 por ciento del Congreso- el efecto sobre identidad, valores y principios de cada uno de los partidos que hacen parte de la Mesa ha sido nefasto.

Y esto se manifestó de manera muy clara en las elecciones de octubre pasado. Fue patético ver a cada uno de los voceros de los partidos diciendo que había triunfado electoralmente. Ninguno quiso reconocer su derrota y asumir su responsabilidad. Incluso, el único partido de oposición, el Polo Democrático, cayó en el mismo ridículo.

  • ¿Qué pasa con un partido como el Conservador que, siendo la segunda fuerza en el Congreso, no fue capaz de encontrar un candidato de peso para la alcaldía de Bogotá o para cualquiera de las principales ciudades del país? ¿Cómo es posible que ante este panorama aún se consideren ganadores? ¿Por qué no se hacen responsables de su crisis institucional?
  • ¿Qué pasa cuando dentro de la coalición de gobierno convive un partido como el Liberal con otro como el Conservador cuando el catalizador -Rafael Pardo- ya no está presente? En otras palabras, ¿los conservadores convivirán tranquilamente con un partido cuyo cuerpo rector está formado por políticos claramente opuestos a las posturas conservadoras, pero que hoy se sienten más poderosos tras los resultados electorales y su destacada participación en el gabinete, con el Ministerio de Trabajo?
  • ¿Qué tan sostenible puede ser un partido como el de La U, donde “la pugnacidad” entre uribistas y santistas es cada vez más aguda? ¿Donde la pelea por el manejo del partido está entre Juan Lozano, uribista connotado, y Armando Benedetti, quien sin duda se siente más a gusto bajo las toldas santistas? No perdamos de vista que cuando La U reclamaba su triunfo electoral de octubre, se refería constantemente a que varios de sus candidatos, si no la mayoría, venían acompañados de una larga lista de apoyos de otros partidos de la coalición de gobierno. ¿Cómo puede entenderse este tan peculiar tipo de “triunfo”?
  • Por su parte Cambio Radical y los Verdes, pasan de agache. Pero aún así, también se sienten ganadores, todo por cuenta de las alianzas inter-partidistas de la coalición de gobierno. Aquí prevalecen las mismas inquietudes. 

Voto en blanco, candidaturas por firmas

No quedaría completo este análisis sin profundizar en dos fenómenos que se dieron en la pasada contienda electoral y que tienen una incidencia directa sobre los partidos en general, pero especialmente sobre los que conforman la Unidad Nacional: el voto en blanco y las candidaturas por firmas. Ambos fenómenos deben ser observados con detenimiento y preocupación por parte de los diferentes partidos, sobre todo si su vocación de poder es de largo plazo.
         
-El primer caso — es decir, el del voto en blanco — mostró su fuerza en el caso de Bello (Antioquia) donde en una población de más de 500 mil habitantes, entre votos no marcados, votos nulos y votos en blanco alcanzaron un 56,7 por ciento frente al 43,3 por ciento del único candidato que se presentó y en consecuencia se deben repetir las elecciones.

Más allá de ese hecho sobresaliente, la preponderancia del voto en blanco muestra cómo los niveles de inconformidad de la población votante siguen aumentando. En efecto: abstenerse de votar no es lo mismo que salir a ejercer el derecho ciudadano para decir – “¡no me gusta ninguno! Y lo pongo de manifiesto.” Dentro de este grupo de población hay gran madurez política. Así, tanto los partidos de la Unidad Nacional como la oposición — hoy solo oficialmente representada por el Polo Democrático — deben entender ese inconformismo y hacer un ejercicio de auto-reflexión. 
       
-Por otra parte es necesario aclarar qué está pasando con liderazgos unipersonales inconformes con los partidos políticos y que como tales acudieron al mecanismo de recolección de firmas para avalar sus candidaturas.

En las pasadas elecciones, la Registraduría avaló 147 candidaturas de 219 que se presentaron por firmas. Liderazgos reconocidos como el de Gina Parody o el de Gustavo Petro deben ser valorados, pues demuestran que el inconformismo no solo proviene del votante, sino de los propios políticos que aspiran a ser elegidos. Este es otro llamado de atención para los partidos. Otro llamado para que se hagan responsables.  

Complacer a todo mundo

El unanimismo puede ser muy útil en términos de gobernabilidad, pero no es sostenible a largo plazo. Los costos de mantener la Unidad Nacional pueden ser muy altos. En esencia, se pueden identificar tres:

  • Ya estamos viendo un presidente que termina debilitando a los partidos, con tal de mantener el equilibrio entre las fuerzas de su coalición. Desdibuja sus principios rectores y neutraliza su poder de control político y de ejercer una crítica constructiva, tan necesaria en toda democracia.
  • También y de manera paradójica, se debilita el liderazgo del propio presidente. Puesto que —también en aras de mantener el equilibrio— ha tenido que ceder poder a la hora de tomar decisiones de Estado. No siempre es bueno buscar el consenso para todo. Recordemos que — si bien escuchar las diferentes opiniones puede ser importante y enriquecedor — al presidente le han sido delegadas responsabilidades mediante el voto de la mayoría, para que tome decisiones en beneficio de todos.
  • Y finalmente, pero no por ello menos importante, los peligros inminentes de no tener oposición. El Polo Democrático está languideciendo y la más notable oposición está siendo ejercida por quien otrora fuera su jefe, el expresidente Álvaro Uribe.

No se puede complacer a todo el mundo. Colombia se ha dado un sistema presidencialista con doble vuelta electoral, precisamente con el fin de garantizar un triunfo presidencial no solo más representativo, sino producto de una importante diferencia frente a su contendor, tal como se dio en el caso de Juan Manuel Santos.

Si bien Colombia necesita de consensos frente a temas fundamentales, que ya no encarnen un debate ideológico, hay otros asuntos y políticas que corresponden a la línea de pensamiento y de compromiso programático enarbolados por Santos durante su campaña. Quienes votaron por él todavía esperan verlos plasmados en la realidad.

¿Hasta dónde llega el poder del presidente y hasta dónde el de una Unidad Nacional, útil en el corto plazo, pero inútil e inconveniente en el largo? Pero sobre todo, ¿quién asume la responsabilidad de sus efectos sobre el futuro de los partidos y de los liderazgos políticos en Colombia?

* Politóloga de la Universidad de los Andes con maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Oxford. Analista habitual de Portafolio. Desde 2006, directora ejecutiva del Instituto de Ciencia Política y directora de la revista Perspectiva.
@marcelaprietobo

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Marcela Prieto*
 
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