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Una parte creciente de la población europea se refugia en la irracionalidad y la reacción de corte xenófobo. En Alemania y otros países europeos aparecen expresiones similares. ¿Consecuencias de la crisis o un profundo mal de las sociedades posfordistas?
La desarticulación de la célula de extrema derecha Nationalistischer Untergrund – Resistencia Nacionalsocialista- hace unas semanas en Alemania viene a confirmar la existencia de un fenómeno preocupante e innegable. Simplemente, tomando las cifras facilitadas por la policía alemana para el año pasado, se registraron más de 16.000 delitos originados en grupos de extrema derecha, de los cuales 750 fueron catalogados de máxima violencia.
Ante tal tesitura, la Unión Demócrata-Cristiana (CDU), el partido de la canciller Ángela Merkel, propuso recientemente la ilegalización del Partido Nacionaldemocrático (NPD), tal y como ya sucedió hace tres años, cuando el Tribunal Constitucional rechazó la misma propuesta al haber dentro de la cúpula del partido un número más que considerable de infiltrados de la policía, lo que podía suponer un escollo a las investigaciones y seguimiento para con los grupos de derecha extrema en Alemania.
Hoy en día, este NPD está presente en dos parlamentos regionales - Sajonia y Mecklemburgo-Antepommerania- e incorpora a gran parte del movimiento neonazi alemán, después de que en 2001 se ilegalizara la mayor agrupación radical del país, esta es, la Organización para Presos Políticos Nacionales y sus Allegados.
Son muchas las voces escépticas que han manifestado que optar por la ilegalización supondría, además de un proceso arduo de varios años y una reincorporación de su electorado hacia otras plataformas y posibilidades políticas, un elemento distorsionador para la inteligencia alemana, en la medida en que conllevaría una pérdida en la referencia respecto del control y seguimiento que actualmente se desarrolla sobre el colectivo neonazi en Alemania.
Sin embargo, y aunque está claro que los ámbitos de actuación deben ser tanto sociales como económicos y de seguridad, conviene plantearse si, desde el plano político, resulta aceptable que ideas enemigas de la democracia tengan la posibilidad de servirse de aquélla para atentar contra su valores y principios nucleares.
Optar por ilegalizar el NPD y todo ideario que se le asemeje, está claro que no termina con el problema de la efervescencia de la extrema derecha, pero desde luego, y bajo el abrigo del artículo 21.2 de la Ley Fundamental de Bonn, impide que aquellos partidos y coaliciones que no respetan los mínimos de tolerancia que la democracia exige, puedan servirse de ella como plataforma de divulgación. No actuar respecto a esta cuestión, salvaguardando unos mínimos frente a discursos de índole racista, machista o terrorista, no es más que un insulto para la democracia en sí.
Otra cosa es, no obstante, que sea la propia democracia y más concretamente la incapacidad del sistema de partidos que ésta alberga, los responsables, más por sus errores que por sus aciertos, de que a mucha parte de la población no le quede más que el reaccionarismo y la irracionalidad como único motor de su (in)cultura política. Es ahí donde, verdaderamente, deviene prioritario actuar.
Aunque las investigaciones están en curso, respecto de si células radicales como la mencionada “Resistencia Nacionalsocialista” encuentran alojo en determinados partidos políticos, para el caso alemán lo cierto es que únicamente cabe pensar en partidos ultranacionalistas como el referido NPD o, incluso, el DVU.
Este NPD, constituido en 1964, incorpora en su ideario la rehabilitación del pasado nazi, la restitución de la Gran Alemania, la defensa de principios jerárquicos, autoritarios y militarizantes, la defensa de los valores tradicionales puestos en riesgo por la inmigración, para lo cual, además, rechaza la globalización, los procesos de integración regional, la Unión Europea, y ensalza la noción de Estado-nacional-racial.
Basta con leer el diario del partido, Voz Alemana, para dar cuenta de su fuerte componente hitleriano, antisemita e irracional. No obstante, se trata por completo de un partido aislado en el espectro ideológico conservador alemán a excepción del otro pequeño partido ultranacionalista, el Deustche Volksunion –DVU-, que con representación en Brademburgo y Bremen, le vincula al primero una política de colaboración –Volksfront- por la cual evitan incurrir en las mismas circunscripciones para evitar restarse votos recíprocamente. En términos de afiliados, el NPD actualmente tendría en torno a los 8.000 activistas así como el DVU tendría a su disposición alrededor de los 7.000 militantes.
Más allá de la particularidad alemana, lo cierto es que el giro hacia la derecha y la extrema derecha se trata de una tendencia común que, en los últimos años, viene aconteciendo mayoritariamente en toda Europa. Por ejemplo, en Austria la extrema derecha se encuentra representada por 55 parlamentarios dentro de los 183 que componen el parlamento austriaco, lo que representa cerca del 30% del voto, tal y como también sucede en otros países como Serbia o Suiza.
En Finlandia, “Verdaderos Finlandeses” representa la tercera fuerza política del país, con 39 parlamentarios del total de 200 que componen la cámara baja. Igualmente, en Holanda o Dinamarca, la extrema derecha viene a representar en torno al 15% de la intención del voto. En todos estos casos, como en Alemania, paralelamente al auge de la derecha extrema, acontece una puesta en entredicho de su tradición democrática en la medida en que sus partidos más conservadores han integrado elementos de índole racista, sobre la base de discursos anti-islamistas y anti-inmigración.
En el contexto actual que presenta la crisis, unido a la tendencia creciente de pérdida en la confianza y la legitimidad sobre los partidos tradicionales, nuevos partidos emergen gracias a que incorporan discursos reaccionarios sobre materia de inmigración por medio de un discurso simplista, basado en la “tetralogía de la xenofobia”, esto es, la inmigración genera desempleo, lo que supone delincuencia y, por ende, inseguridad.
Al respecto, en el caso español, lejos de la realidad de extrema derecha evidente en otros países, lo cierto es que en torno a tres de cada cuatro españoles hoy por hoy consideran que hay demasiados inmigrantes y que éstos generan inseguridad. El Partido Popular, reciente vencedor en las elecciones generales del 20 de noviembre ya ha manifestado su urgencia por (re)regular la política migratoria y su preocupación al respecto. Sin embargo, este mismo partido, no se olvide, hace once años flexibilizó la entrada masiva de inmigrantes a fin de reducir los salarios, maximizar beneficios empresariales y, por ende, incrementar la competitividad. En fin, una clara evidencia de cómo el mercado y la demagogia política instrumentalizan al inmigrante de manera constante, según la coyuntura y el interés del momento.
La tendencia actual, y creciente, conduce, igualmente, a una “nebulosa” entre lo que pudiera denominarse como “izquierda” y “derecha”, habida cuenta del presente escenario posfordista al que nos conduce el modelo capitalista actual. En éste, la inseguridad, la falta de certeza económica, la desafección política y el distanciamiento con quienes ostentan el poder político, la alienación y el desencanto con un Estado cuyos gobernantes son incapaces de resolver el contexto actual de crisis, añadido a la prioridad de un escenario donde se han salvaguardado los intereses del mercado a la vez que obviado las necesidades de la sociedad civil supone, en suma, un caldo de cultivo idóneo para la emergencia de partidos y coaliciones de extrema derecha.
Aquéllos, se erigen en torno a liderazgos carismáticos, con idearios populistas, demagógicos y simplistas donde, lo verdaderamente preocupante es su componente reaccionario, racista y nacionalista que alimentan un debate en torno a conceptos como el de “nación” y, sobre todo, el de “ciudadanía”, que segmentan ideológicamente no ya sólo a los partidos más conservadores, al integrarse también en la población en general.
Todo esto tiende a favorecer la incorporación de un cleavage en el que el “otro”, el inmigrante, supone una amenaza en términos económicos, sociales y culturales frente al que urge actuar. Además de menoscabar la tendencia natural multicultural, intercultural y transcultural, redunda en nuevas fricciones y fracturas que, en principio, debieran ser antónimas tanto del propio proceso integrador y su naturaleza, como de la propia tendencia globalizadora y los flujos de migración y división internacional del trabajo que acontecen.
Así, se genera una distorsión de la realidad que en parte del imaginario colectivo, equivocadamente, alimenta la idea vacua de que la inmigración es una amenaza, alejándola de la verdadera oportunidad multidireccional que debiera suponer. Se alimenta de esta manera una tendencia creciente en Europa de irracionalidad, sinsentido y desvalor que desvirtúan, por completo, la noción más importante de la democracia, que como se decía con anterioridad, no es sino la tolerancia.
En conclusión, acontecemos a la conformación de fracturas sociales –raciales- trasnacionales originadas por una causa global pero proyectada a una problemática local que, de paso, se encuentra favorecida por una completa inacción del poder estatal.
* Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid e Investigador Principal y Director de Relaciones Institucionales del Instituto de Altos Estudios Europeos.
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Jerónimo Ríos Sierra*
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