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Los Sermones del Domingo de Efraín Ríos Montt: ¿Un discurso evangélico? Imprimir E-mail
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Domingo, 29 de Enero de 2012 20:28

El 26 de enero de 2012 tuvo lugar un acto histórico para Guatemala y para América Latina: se inició el primer proceso judicial por genocidio en contra de un ex Jefe de Estado. Un texto estremecedor que invita a penetrar en un imaginario colectivo muy cercano al nuestro. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia…**


Mi tema hoy es la retórica política y moral del General Efraín Ríos Montt tal como ésta se manifestaba al público en los Discursos del Domingo transmitidos en la televisión durante 1982. Ríos Montt sirvió como Jefe de Estado de Guatemala por dieciséis tumultuosos meses en 1982-1983, y ha continuado removiendo la olla de la política presidencial de esa nación en el curso de la última década.

Para los observadores de fuera de Guatemala, Ríos Montt era el caudillo post-moderno a ultranza: como es por todos conocido, él es un cristiano evangélico. Fue también un despiadado comandante militar que declaró, en sus propias palabras, una “guerra santa” sin cuartel contra el comunismo, el crimen común y la violencia política que no era de su propia factura.

Finalmente, él fue y continúa siendo, un político sin par cuya retórica, medidas políticas y todo lo demás emanan de su altamente idiosincrática y personal percepción de la ‘Ciudad sobre la Colina,’ un lugar que identificó en términos visionarios y a veces apocalípticos como "La Nueva Guatemala." Por esto se le recuerda con gran afecto y respecto por algunas personas en su tierra de origen. Él es también vívidamente recordado por su campaña de “tierra arrasada,” que dejó cientos de miles de ciudadanos guatemaltecos muertos, exilados y emocionalmente mutilados.

Aún así la polaridad de estos dos extremos encubre la complejidad de la visión de Ríos Montt de la "Nueva Guatemala," en la cual la agresividad militar se relacionaba inquietantemente con la reforma evangélica. Como lo explicaba su compañero Pentecostal Jorge Serrano Elías, cabeza del Consejo de Estado bajo Ríos Montt, y él mismo presidente de 1991-1992: "Ríos Montt tiene (paralelamente) dos teorías en mente. Primero, él es un hombre militar. Segundo, él es un guerrero moral. . .

Es sólo en estas dos perspectivas separadas que uno puede comprender su gobierno." En la manera de pensar del general, sin embargo, estos dos motivos se combinaban claramente: La Nueva Guatemala requería un retorno a la seguridad y a la derrota de las guerrillas, pero al mismo tiempo, el gobierno, que había sido asociado por mucho tiempo con la represión y la corrupción, tenía que re- establecer su propia legitimidad. En un nivel superficial, Ríos Montt esperaba mejorar la imagen pública del gobierno. Pero también buscaba básicamente redefinir la naturaleza del estado guatemalteco, fundándose en una trinidad de principios esenciales: moralidad, orden y disciplina, y unidad nacional.

A pocos días de jurar en el cargo en Mayo 23, 1982, Ríos Montt estableció los parámetros de La Nueva Guatemala en una serie de charlas televisivas difundidas semanalmente los Domingos en la noche. Estos "discursos del domingo" eran popularmente conocidos como los "sermones," y por una buena razón: el general, frecuentemente vestido en ropa de civil, con una Biblia en la mano, y a menudo parado al lado de un elaborado candelabro, se dirigía a su audiencia sobre una variedad de temas políticos, económicos y sociales, pero siempre con un subtexto religioso o moral sólidamente establecido en un marco narrativo evangélico. Ríos Montt se dirigió a la Nación por lo menos una vez por semana entre el 23 de Marzo de 1982, y el 26 de diciembre de 1982. Las transcripciones literales de estos sermones fueron publicadas integralmente, y fueron los que sirvieron de base para este estudio. Ríos Montt continuó ofreciendo sus Discursos del Domingo un tanto menos frecuentemente desde Enero de 1983 hasta su caída en un golpe de Estado el 9 de agosto de 1983. Los discursos eran ampliamente difundidos y escuchados, discutidos y publicados en forma completa en los periódicos de Guatemala durante los 9 primeros meses de gobierno de Ríos Montt. Sin embargo, para enero de 1983, las transcripciones ya no se imprimían, tal vez como resultado de la creciente insatisfacción del Alto Mando del Ejército con el General.

Los discursos en los cuales este estudio se basa también corresponden a los periodos más sangrientos del régimen de Ríos Montt. Los informes del CEH y del REHMI estiman que durante los 17 meses en el puesto de Ríos Montt, las fuerzas de seguridad del gobierno fueron responsables del 43% de los asesinatos del estado que ocurrieron durante el período completo de 36 años de conflicto armado en Guatemala. Los datos de base del CIIDH sobre violaciones de derechos humanos documentan por encima de 800 matanzas y desapariciones por mes durante el período en poder de Ríos Montt, lo que es sólo un promedio. Fue, en efecto, durante los primeros 100 días del período de Ríos Montt cuando tuvieron lugar la mayor parte de las matanzas auspiciadas por el Estado. En abril de 1982, el primer mes completo de Ríos Montt en el poder, hubo 3,330 muertes y desapariciones documentadas. Durante los primeros 100 días, los organismos de derechos humanos detallaron evidencia de por lo menos 69 masacres. Las matanzas se redujeron en junio, correspondiendo a un mes completo de amnistía auspiciada por el gobierno, y luego se elevaron nuevamente en julio después que la amnistía terminara y el gobierno declarara una “situación de guerra” a través de su campaña de arrasar la tierra, conocida como “Victoria 82.” Hacia octubre de 1982, las matanzas efectuadas por las fuerzas de seguridad disminuyeron dramáticamente, reflejando el férreo control del Ejército sobre las devastadas sierras occidentales.

Estos hechos grotescos proveen el telón de fondo para comprender el régimen de Ríos Montt entre 1982-83. Aunque la historia forense y las evaluaciones de derechos humanos claramente demuestran que él era el responsable de algunas de las más horrendas violaciones de derechos humanos y más amplios desplazamientos de población en Guatemala (y particularmente del pueblo Maya) que caracterizan la sangrienta historia de esta nación, Ríos Montt permanece hasta el presente como un actor sumamente poderoso y un popular político. Como lo han sugerido algunos investigadores, esta popularidad se deriva en parte de la percepción dentro de Guatemala, y aún en las mismas zonas previas de conflicto, de que Ríos Montt significó el fin de la clase de terror indiscriminado que caracterizó el régimen de su predecesor, Romeo Lucas García. (7/87-3/82). Aunque las matanzas y el terror aumentaron dramáticamente bajo Ríos Montt, la percepción pública y la hagiografía moderna paradójicamente lo acreditan a él con la provisión de cierta lógica y predictibilidad a la represión del Estado.

Este trabajo, sin embargo, propone que la duradera resonancia de Ríos Montt tiene menos que ver con la guerra en el campo que lo que tiene que ver con su particular e idiosincrática visión, su imaginario de la Nueva Guatemala. En verdad, su singular visión fue profundamente afectada por sus bastante publicitadas creencias y retórica evangélica. Ciertamente, el saludo característico de tres dedos “no robo, no miento, no abuso,” las palabras claves de su campaña anti-corrupción, son hoy el emblema de su partido político, el FRGviii, y su imagen es fuertemente asociada dentro de Guatemala con lo que se percibe como distintiva e inconfundiblemente motivos “ evangélicos.” En los tempranos años de la década de 1980, tanto las percepciones internas como externas de Ríos Montt elevaron su imagen a la de un caudillo evangélico— yendo desde la visión evangélica conservadora que la presidencia de Ríos Montt’s señalaba un momento profético en la historia de Guatemala (“la hora de Dios para Guatemala”), hasta la eventual denuncia de él por el ejército como un “fanático religioso.”

Yo sugeriría, sin embargo, que estos aspectos de su agenda y desempeño tienen mucho menos consistencia que sus ideas peculiares de una Guatemala reformada y redimida, sobre la base de moralidad personal y pública (definida en estrechos y Levíticos términos), disciplina, y unidad nacional. El molde de Ríos Montt para la reforma era original, no tibia o a medías tintas, y no contaminada por la forma usual de hacer política. Es quizás por esta razón que su agenda política goza todavía de una atracción popular de otra manera inexplicable.

Una evaluación del discurso público mismo de Ríos Montt a principios de 1982 revela que su objetivo era nada menos que traer la salvación a un país plagado por la guerra, la corrupción y la pobreza y elevarlo hacia su destino como la Ciudad en la Colina, bendecida por dios. Ríos Montt se creía él mismo un líder profético traído al poder por la providencia en un particular momento de la historia en que él habría de conducir al pueblo de Guatemala contra las fuerzas del mal que lo asediaban por todo lado. Pero, de manera singular, la solución estaba no en el gobierno sino en los corazones y mentes de cada guatemalteco; así como la marea en ascenso eleva todos los barcos, así la redención de los muchos individuos redimiría a la nación.

Era en sus sermones del Domingo que Ríos Montt explicaba las raíces morales de los muchos problemas de Guatemala y esbozaba el perfil de su imaginario político y moral. Aunque ridiculizado tanto en casa como en el extranjero por su tono un tanto ingenuo de sermón —(la revista Newsweek, de hecho, dio a Ríos Montt la chapa de “ el Ayatola de Guatemala”), aún así sus discursos contenían un mensaje internamente coherente que establecía con claridad el diagnóstico de Ríos Montt sobre la crisis y su peculiar visión de redención nacional. En la visión del general, Guatemala sufría de tres fundamentales problemas: una falta nacional de responsabilidad y de respeto por la autoridad, una falta absoluta de moralidad, y un sentido de identidad nacional en pañales. Todos los demás temas, desde la crisis económica hasta lo que Ríos Montt llamó la “subversión,” eran meramente síntomas de estos tres males fundamentales.

La Familia Guatemalteca es Paz y Desarrollo

El tema más común e influyente de los Discursos del Domingo es el tema de la responsabilidad, un término que aparece en todas y cada una sus alocuciones entre marzo y septiembre de 1982. Por responsabilidad Ríos Montt exigía que cada Guatemalteco examine su propia alma y haga un voto de responsabilidad moral en cada nivel del compromiso social: las esposas y los esposos deberían ser responsables el uno con el otro, y con sus hijos; todos debían asumir responsabilidad hacia sus pueblos y comunidades, y eventualmente exigir una relación de responsabilidad mutua entre el gobierno y los gobernados. “ . . . Su tranquilidad y su paz, la paz de Guatemala, no dependen del quehacer de las armas,” decía Ríos Montt. “La paz de Guatemala depende de usted, señor, de usted señora, de usted niño, de usted niña, si, la paz de Guatemala está en su corazón, una vez que haya paz en su corazón, habrá paz en su casa y habrá paz en la sociedad. . .” Su recurrente llamado al altar para la transformación personal y para establecer lazos verticales y horizontales de responsabilidad, reflejan claramente un subyacente discurso protestante de salvación personal y centralidad del individuo. En la anticipación de Ríos Montt “usted necesita orden en la casa. . . si hay orden en su casa habrá orden en la sociedad, habrá orden en el Estado. . .”

Pero la casa no sólo estaba desordenada; también necesitaba completa limpieza —la misma imagen que Ríos Montt usó en su primer sermón de Domingo, titulado, “tenemos que limpiar la casa” en el cual arremetió contra la corrupción y la inmoralidad como la fuente de la crisis naciónal. En este discurso, Ríos Montt propuso primero que los muchos males de Guatemala eran debidos a las fallas morales tanto de su gente como de sus pasados gobiernos. La pobreza económica de la nación, argüía, estaba enraizada en la pobreza nacional de valores, especialmente el prevalente materialismo y egoísmo. A pesar que admitía que el pasado gobierno había sido corrupto y malévolo, él también indicó que los Guatemaltecos necesitaban cambiar sus propias actitudes y asumieran alguna responsabilidad por las fallas del país.

Dentro de la lógica interna del diagnóstico de Ríos Montt, los problemas más urgentes de Guatemala y sus soluciones vienen de las mismas fuentes: la moralidad personal y la familia.

La miseria y la ignorancia son fruto del desorden moral, económico y de la injusticia, de la anarquía y de la opresión. La miseria y la ignorancia son fruto de ese desequilibrio familiar, por eso es que es importante que la lucha contra la subversión, contra la ignorancia y la miseria es un deber, pero no monopolio de Estado, es también responsabilidad y derecho suyo, el Estado no tiene dominio sobre su consciencia, no puede prohibir ni imponer convicciones religiosas; Guatemala será exaltada a medida que usted se dignifique, a medida que usted se espiritualice y trascienda el materialismo suyo. . .

En la visión de Ríos Montt, los medios por los cuales La Nueva Guatemala recuperaría de vuelta rápidamente su alto estrado moral en manos de los rebeldes eran dos, cual puños mellizos de seda, la amnistía y la responsabilidad moral. Él era, sin embargo, menos entusiasta sobre el potencial de transformación moral de los combatientes mismos, esos que habían “vendido a su Patria”; aquellos a quienes tenía por éstos, Ríos Montt tenía poca esperanza que aceptaran la amnistía debido a que, como él explicaba, “en el comunismo y el fascismo no tiene ningún significado la palabra paz y el concepto de amor.”

La exigencia de Ríos Montt’s por una evaluación moral nacional se extendía a todo aspecto de conducta en la vida diaria, desde el nivel más elemental: los esposos deberían ser fieles a sus esposas, los niños obedecer a sus padres; los padres deberían mantener a sus familias del tamaño adecuado para poder hacerse cargo de ellas; los hombres deberían controlar el uso excesivo del alcohol o “beber nada más fuerte que te de rosa de Jamaica.” Indicaba así mismo que La Nueva Guatemala no sólo significaba "cambiar o mejorar las instituciones, sino cambiar y redimir los corazones de los seres humanos." La disposición era tanto de responsabilidad moral horizontal como vertical, desde la madre al niño, hasta lo gobernado y el gobierno. La consistencia moral fluía bilateralmente desde el individuo hasta el Estado y de vuelta de allí. En su visión, una sociedad reformada resultaría en un gobierno transformado que verdaderamente sirviera la buena voluntad de su población, un análogo al padre arrepentido y reformado de una familia redimida.

En los discursos, Ríos Montt usaba el arquetipo del buen patriarca en el Nuevo Testamento para construir una narrativa y un marco parabólico alrededor de las tres décadas de guerra civil de la nación. La resistencia armada, en su parecer, era resultado directo de la falla de los padres de enseñar a sus hijos a rebatir el comunismo y enseñarles responsabilidad moral – “…la subversión tiene raíces en la propia casa,” indicaba, “la subversión se inicia en la propia familia.” Las guerrillas, “violentas y corruptas” como él creía que eran, eran sin embargo idealistas porderecho propio, y ofrecían un concepto de familia y un concepto de hermandad” que les había concedido una alternativa viable—aunque, en su parecer, básicamente engañosa—a la forma de vida posible bajo los gobiernos previos violentos y corruptos.

Dadas tanto la arremetida total sobre el campo, como la crisis en Centro América en los tempranos años 8O, Ríos Montt se mantuvo sorprendentemente alejado del discurso de la Guerra Fría, por los menos en el contexto de sus discursos públicos del Domingo. Escogiendo cuidadosamente un vocabulario nacionalista, Ríos Montt criticaba repetidamente a los poderes dominantes de “ Washington y Moscú,” para él ambos plagados de inmoralidad y falta de Dios. A través de sus charlas, colocaba retóricamente al comunismo y al fascismo en el mismo paquete, como homólogos adversarios del Estado, diferenciándolos sólo para catalogar aquellos pecados que él creía eran exclusivamente privativos de los “comunistas.”

Y “pecados” en verdad eran, de acuerdo al diagnóstico de Ríos Montt. Él acusaba a los “subversivos” de ser los que “los que tratan de quebrar los valores y negar la cultura Cristiana de Guatemala. Equiparaba la resistencia armada con el libertinaje, la criminalidad, la anarquía, el egoísmo, el engaño, y, tal vez lo más serio de todo, la ingratitud, y la falta de respeto por la autoridad. Así, al definir el movimiento popular en términos de pecado y culpa individual, Ríos Montt simultáneamente buscaba 1) redefinir el discurso moral de la lucha en el campo y 2) aislar y desnaturalizar el movimiento popular de Guatemala al inscribirlo totalmente dentro del marco de un paradigma evangélico genérico de pecado y de su contraparte teológica, de redención personal.

En el otro lado de la ecuación, Ríos Montt también imputaba al Estado de irresponsabilidad y venalidad, convocando a los Guatemaltecos a exigir responsabilidad de su propio gobierno, el que en años recientes había, en sus palabras, “ sembrado muerte, corrupción, secuestro, odio, extorsión, todo un quehacer ingrato que ha destruido la misma familia [guatemalteca]. En términos generales, él orientaba a sus oyentes a que recordaran que como contribuyentes de impuestos y ciudadanos, el gobierno estaba a su servicio y no al contrario. En particular, colocaba la culpabilidad de la falla moral en manos de una policía corrupta y de empleados gubernamentales que habían utilizado su ventaja en el poder para mentir, robar, y abusar -actos pecaminosos que habían mermado la autoridad natural del gobierno en la percepción del pueblo y minado las bases morales del Estado. Por extensión, el problema de corrupción e inmoralidad penetraba la sociedad de Guatemala desde arriba hasta abajo; la ilegitimidad del gobierno era en sí mismo un espejo Platónico que reflejaba el pecado individual, la venalidad y la falta de dios.

De esta manera, la solución del grave problema de ilegitimidad del gobierno y de la corrupción oficial residía en la redención individual que se traducía eventualmente en una promesa que todos los funcionarios públicos eran requeridos de hacer: “ No robo, no miento, no abuso.” Pero en su sermón del 2 de mayo de 1982, Ríos Montt estableció esta ecuación en términos distintivamente convenientes: “ …dios es hacer las cosas como dios manda, y dios lo manda en una relación directa, [y] el trabajo es una relación directa….Patrono, no explote, trabajador, no extorsione… cambie, cambie, usted, Guatemala necesita de un cambio, haga las cosas como dios manda.” Aquí, describía, el evangélico es explícito, ya que promete un contrato entre dios y el ser humano: aquellos que viven en la ley de dios anticipan la llegada del Reino.

La Hora de Dios Para Guatemala

La naturaleza providencial de la agenda de Ríos Montt es un tema que aparece claramente a lo largo de los discursos tempranos, difundidos entre el golpe del 23 de marzo y el final de la Amnistía a fines de mayo, 1982. Ríos Montt durante sus tres primeros meses en el poder se describía repetidamente a sí mismo como un líder a quien “dios lo puso aquí.” Apenas asumió el poder, Ríos Montt anunció en su primer discurso público que “…estoy confiando en dios, mi señor y mi rey, de que me ilumine, porque solamente él pone y solamente él quita autoridad,” y la frase “dios y Guatemala” se volvió un axioma definitorio durante sus primeros meses en el cargo. Como el profeta visionario de su testamento, Ríos Montt expresaba regularmente la creencia que dios le había confiado con una responsabilidad única de “convertir el poder en justicia.” “ Yo no estoy aquí para ejercer venganza, ” pronunció el 29 de marzo de 1982, “yo estoy aquí para enseñar justicia y tenemos que enseñar justicia, y realmente el quehacer de justicia, implica un cambio de actitud, de moralidad, un cambio de valores, que tienden y pretenden sobre todo darle a usted garantía de su quehacer humano.” xxii

Pero aún con este mandato, Ríos Montt predicaba que la responsabilidad última del cambio residía en del individuo: “Si no hay paz en la familia, no hay paz en el mundo. Si queremos paz, tenemos en primera instancia que tener paz en nuestros corazones.” Este modelo de reforma familiar, sin embargo, en la visión de Ríos Montt, era mucho más que un paradigma moralista de conducta; era más bien la base transformadora de un convenio específico y único con dios. Dentro del marco de este convenio o pacto, el gobierno se reformaría a sí mismo en la meta-imagen de un individuo reformado, responsable, y la bendición de dios se derramaría sobre una nación cuyo pueblo viviera vidas justas y ejemplares, de acuerdo a Su voluntad.

Al aplicar este molde de rectitud y responsabilidad moral a los abrumadores problemas nacionales, Ríos Montt atribuía aún la crisis económica de Guatemala — derivada de la fuga de capitales y una moneda débil— a la “crisis de valores” que tenía sus raíces en la familia, donde las familias de clase media y alta advocaban un consumismo desenfrenado y amoral y las familias pobres aspiraban, aunque sea con poco éxito, hacer lo mismo. Como él definía el problema, la falla moral fundamental era la avaricia y sus secuelas, el materialismo desmesurado y una “ decadencia de valores.” Los que propiciaban estos pecados eran padres irresponsables que fallaban en enseñar a sus hijos y nietos la responsabilidad y el auto sacrificio. Su advertencia sobre sacrificio resultó apropiado, ya que la ocasión de esta charla particular marcó el inicio de la amnistía del gobierno que sirvió como preludio al asalto masivo del ejército guatemalteco sobre las sierras o tierras altas del país.

La Ley de Amnistía y el Padre del (Hijo) Pródigo

El 28 de mayo de 1982, Ríos Montt puso un alto temporario al asalto del Ejército a las tierras altas y ofreció una amnistía general de treinta días a las guerrillas y a sus simpatizantes. El motivo de la amnistía era en igual medida ideológica como lo era pragmática, ya que su propósito era redefinir al gobierno como la autoridad reconciliadora y benevolente. En la conferencia de prensa en la que él anunció el decreto, Ríos Montt urgió a los insurgentes a aceptar la amnistía y a ser parte de una "conquista de amor," en la cual ellos podrían "pelear no con la violencia, sino con la comprensión." Para Ríos Montt, la amnistía de 30 días tenía un enorme valor moral. Como un gesto simbólico, la eficacia moral de la Ley de Amnistía era doble: primero, proveía una oportunidad para que los hijos pródigos de la resistencia armada se entregaran a sí mismos de vuelta a la casa del padre. Al mismo tiempo, ésta ofrecía un racional moral para una “guerra justa” contra aquellos que no la acataran. Al explicar la Amnistía al público en su discurso del 20 de junio de 1982, Ríos Montt enmarcó su retórica en el lenguaje del perdón familiar: …[Yo] quisiera decirles que. . . la amnistía quiere decir perdón, la nación en aras de la unidad de la familia pretende perdonar, quiere perdonar, está extendiendo su mano, la patria su abrazo, su regazo para que vuelvan a ella sus hijos, los hogares esperan la presencia de sus familiares, aprovechemos la amnistía que quiere decir perdón el que perdona se ennoblece, el que acepta el perdón es una persona noble, hagamos de nuestra patria algo noble, relacionémonos, reconciliémonos, hagamos de nuestra familia la raíz de la patria.

Como acto de reconciliación social, la Ley de Amnistía fue una falla total. Las fuentes oficiales indicaban que durante todo el mes de amnistía, 2,000 personas, comprensiblemente dudosas de la buena fe del gobierno, se entregaron, aunque otros estimados colocan la figura en menos de 250, aún concediendo margen para aquellos que se rindieron bajo coerción.

Pero si Ríos Montt conceptualizaba la amnistía general como una estrategia militar y moral, ésta fue un gran éxito. Porque cuando la resistencia armada falló en tomar ventaja de la oferta de amnistía, su reticencia le dio al ejército la oportunidad—desde el punto de vista militar, o aún la obligación—de responder con “una lucha sin cuartel.” Habiendo ofrecido la amnistía con “honestidad y justicia,” Ríos Montt volvió su justa ira contra aquellos que condenaron sus medidas: Óigame bien, guatemalteco, vamos a combatir la subversión por los medios que quieran, . . . totalmente justos, a la vez con energía y rigor. . . Estamos dispuestos a cambiar Guatemala, estamos dispuestos a que reine la honestad y la justicia, paz y respeto para aquellos que son pacíficos y respetan la ley: prisión y muerte para aquellos que siembran el crimen y la violencia, delitos de traición.

Al final de junio de 1982, con la autoridad de una guerra justa en su arsenal moral, Ríos Montt inició un plan sistemático y agresivo para la pacificación de las sierras, conocido como Victoria '82. En su discurso del Día de la Independencia, él describió esta acción militar como una llevada a cabo “con severidad, con compasión, con drasticidad, con verdadera justicia, con interés en las personas que tienen el deseo de mejorar sus vidas… El primer componente de este era el Plan de Apoyo a las Aéreas de Conflicto (PAAC), más comúnmente coincidió como "fusiles y frijoles" – una operación diseñada para eliminar las guerrillas destruyendo tanto su acceso a la población general como su base de apoyo. Teóricamente los soldados que tomaban parte en el programa juraban portarse bien, prometían - entre otras cosas- respetar a las mujeres, a los niños y a los ancianos, y a refrenarse de robar o destruir las cosechas o la propiedad. A pesar de este bien publicitado y ampliamente ignorado programa de buenas intensiones, la premisa operativa detrás del programa era simple, como lo explicó con poca elegancia un oficial del Ejército: "Si tú estás con nosotros, te alimentaremos; si estas en contra nuestra, te mataremos.” En consonancia con esto estaba el programa militar, a través del cual el Ejército renovó su táctica anterior de matar a aquellos que eran sospechosos de ser guerrilleros no arrepentidos, o sus simpatizantes. Como corolario de esto, las comunidades formaron patrullas civiles (patrullas de autodefensa, PAC), conducidas por campesinos varones que hacían servicio básicamente obligatorio y rotativo y que se tornaron en un factor significativo para el re-establecimiento del control del Ejército sobre áreas remotas.

La Nueva Guatemala es País y Desarrollo

Fue durante la campaña de Victoria ‘82 que Ríos Montt anunció la tercera enfermedad fundamental de la sociedad Guatemalteca: una entidad compuesta de “22 naciones” que carecía de una identidad o unidad nacional comprensiva e incluyente, que consistía únicamente de individuos egoístas tenuemente vinculados y de clanes étnicos parroquiales. Que el general llegara a esta conclusión durante un momento en que el ejército trataba agresivamente de consolidar su control sobre una población Maya (y ladina) diversa que no compartía el lenguaje común, visión del mundo o sentimiento patriótico privativo de aquellos en el poder en la ciudad de Guatemala, parece demasiada coincidencia. La primera referencia a la ausencia de una unidad nacional aparece en el describía del 13 de Junio de 1982, cuando Ríos Montt intentaba abordar nuevamente el tema de la legitimidad del gobierno, la que él, un tanto inconvincentemente, sugirió estaba corporizado en la “institución armada, como símbolo moral de la unidad de diversidad.” Pero era con mucho más vehemencia que él dijo a sus oyentes:

Pues nosotros simplemente somos una Nación sin identidad, nuestras raíces no las conocemos, ahora yo soy, yo soy y nada más, y ese yo soy tiene que terminar, o somos o se termina ese individualismo; es un problema muy serio, usted, precisamente la identidad de una nacionalidad está precisamente en la comprensión y la interrelación entre historia, entre abuelo y nieto, y ese enlace que es papá y mamá.

Unidad Nacional

La noción de una nación desprendida de su propia historia, y de su propia herencia, se vuelve una cantaleta fuertemente retórica que repica y se repite a través de los segundos seis meses de describía, aunque sobre este tema crítico Ríos Montt parecía más confiado en identificar el problema que en explicar una solución. Claramente el llamado para la rehabilitación de la identidad nacional y el sentido de propósito está en parte motivado por la crítica hacia su gobierno desde dentro de Guatemala como desde fuera. El desestimó las repetidas exigencias de elecciones que le llegaban tanto de casa como del extranjero con un descuidado, “Elecciones--¿para qué?” Cuando los observadores internacionales como Americas Watch y Amnistía Internacional comenzaron a responsabilizar a la administración de Ríos Montt con violaciones masivas de derechos humanos (aunque en esta fecha las organizaciones de derechos humanos no tenían idea de la dimensión de los atropellos del ejército en el campo), Ríos Montt descartó sus acusaciones con la expresión de “nuestra meta no es Estados Unidos, no es Moscú . . . nuestra meta es Guatemala…para producir país y amor, tenemos que buscar país y amor adentro y no afuera… buscamos soluciones a la Patria.”

Aún dentro de esta fórmula nacionalista, sin embargo, la solución residía en el modelo de valores familiares—pero con una diferencia. A medida que se dirigía habitualmente a su audiencia como “mi familia,” se hacía cada vez más claro que para Ríos Montt, la Guatemala a la que se refería tenía su análogo metafórico en la familia disfuncional. Dentro de la Nueva Guatemala, Ríos Montt serviría en el rol del pater potested, el padre todo poderoso necesitaba disciplinar a su desordenada prole para que obedeciera su voluntad, el paralelo terrenal a un Dios todopoderoso que pone a prueba y disciplina a aquellos a quienes él ama.

La reconciliación de la “familia” Guatemalteca tenía una urgencia debida no sólo a las exigencias de la lucha en el campo, sino también a la noción de Ríos Montt de que estaba conduciendo a su pueblo a un momento profético de la historia de la nación, lo que él llamó “un momento histórico, un momento de conciencia nacional, y “ un tiempo maravilloso!” Ríos Montt no estaba solo en este su sentido de destino. Su percepción reflejaba una zeitgeist prevalente entre los muchos miembros de la creciente población Protestante de Guatemala, de que la administración del jefe de estado evangélico representaba un momento crucial dispensacional en el plan de Cristo en pleno despliegue. Una minoría vocal de evangélicos Guatemaltecos, incluyendo el liderazgo del Verbo, la iglesia del mismo general, promovían activamente la creencia de que la presidencia de Ríos Montt, viniendo como lo hizo dentro de un aumento sin precedentes de conversiones Pentecostales, significaba el comienzo del cumplimiento de la profecía bíblica que precipitaría la Segunda Venida de Cristo. El centésimo aniversario de la llegada del primer misionero permanente Protestante a Guatemala, celebrado con gran fanfarria en Octubre de 1982, les parecía a muchos relevar el portento profético de este momento histórico.

Aunque Ríos Montt nunca se exaltó a si mismo hacia un nivel más alto que como un siervo de Dios, su sentido del propio rol profético parecía haber sido remozado con este sentimiento milenario. Por seguro, él había conceptualizado desde un comienzo su rol como jefe de estado como el de un agente activo de la voluntad de Dios. Desde tan temprano como en Abril, él había pronunciado ya la relación de convenio o testamento entre Dios y la nación: “contamos con Dios, contamos con Dios, porque El nos ha puesto en autoridad…usted y yo, usted y la Junta de Guatemala, la familia completa… Guatemala tenga una imagen diferente…tenemos un compromiso con Guatemala y Dios. Pero para mediados de 1982, los textos de los describía revelan un ligero pero importante cambio en su percepción de este momento profético en la historia, cuando Ríos Montt empieza a identificar una relación de pacto único entre un Dios amoroso pero airado, y cada Guatemalteco. Mira, explicaba, “Dios nos ama, Dios ama a Guatemala, Dios le ama a usted, le ama y le disciplina, le ama y le golpea, para que usted despierte, reaccione y empiece a buscar lo que verdaderamente vale, la vida, para que reconociendo su importancia, su humildad, usted mismo se reconcilie con Él, con su creador, con su Dios, con su Rey. Con su Señor.

Al construir este marco teológico alrededor del sufrimiento de Guatemala, aún en manos de las fuerzas de seguridad que él mismo dirigía, Ríos Montt era capaz de crear una narrativa comprensible de salvación: Dios pone a prueba a aquellos a quienes ama. Al hacer esto, él pudo sacralizar la lucha en la nación. El corolario de esta narrativa de salvación era que bajo la conducción de Ríos Montt no sólo cesarían los largos años de sufrimiento de Guatemala, sino que Dios recompensaría a su pueblo fiel transformando a Guatemala en la Ciudad sobre la Colina, fundada en una vida justa, en la fidelidad y bendiciones.

Tenemos que hacer una nación. . . tenemos que hacer una nación pero que tenga capital en su corazón . . . no tenemos miedo, no tenemos compromiso con nadie, creemos que Dios nos tiene que dar la fortaleza, para que podamos reconstruir a Guatemala. No robo, no miento, no engaño, esto interesado en servirle a Guatemala. Y Guatemala es usted y soy yo.

“Tenemos la obligación de hacer una Guatemala”

A medida que Ríos Montt construye el discurso de la Nueva Guatemala, se vuelve aparente que él está hablando de la formación del estado, la creación de la “comunidad imaginaria” de una población aliada (?) que había preocupado a sus predecesores desde los tiempos de la Reforma Liberal de 1870 en el pasado . Él estaba usando persistentemente la frase “hacer una Guatemala,” como si tal entidad no hubiera existido para nada, y tal vez dada la realidad política del día en efecto ésta no existió. Su Guatemala imaginada era una sólidamente basada en la “responsabilidad” y la “país y el amor” que replicaban las cualidades encontradas en la familia nuclear ideal prototípica. Él repetidamente enfatizó lo original de la experiencia de Guatemala, lo cual, explicaba, exigía soluciones extraordinarias que no podían ser dictadas por foráneos que posiblemente no podían entender la realidad guatemalteca. En particular, los extranjeros no captaban, en la visión de Ríos Montt, la medida en que los temas étnicos interferían con la unidad nacional — como él lo explicaba al presidente Ronald Reagan de los Estados Unidos en Noviembre de1982, “Guatemala es un país diferente y somos el 70% de indios, tenemos que reconocerlo, tenemos que vivirlo y tenemos que manifestarlo; si no es así, los comunistas nos van destruir.”

En el corazón de esta originalidad de Guatemala estaba un Estado embriónico (primigenio), cimentado en raíces Indias problemáticas, que todavía carecían de definición y dirección. “ que la política debe de encarnar la tierra, y la tierra nuestra es tierra india, es tierra nuestra y la nación nuestra es una nación iberoamericana, no es europea, no es norteamericana, no es rusa, somos guatemaltecos. . . ,” así lo explicaba el 18 de julio, el mundo sepa que existe Guatemala, pero Guatemala existiera si usted quiere entenderlo, y en usted y en su casa hay entendimiento de lo que es la patria; patria es amor, patria es el sentimiento de nación, nación es resultado de Estado y de país a la política tiene que ser raíz de tierra nuestra . . .

La tarea de la formación del Estado, aunque ordenado por Dios, residía en la voluntad individual de aquellos que seguían las palabras del general: “vamos a hacer Guatemala, hagamos Guatemala, hagámosla. . . va a ser grande, soberana e independiente en cuanto a la fortaleza, a la consistencia y a la dignidad suya, seamos guatemaltecos.”

Hacia agosto, mientras el campo devenía en más “pacificado” y más sólidamente bajo control gubernamental, el describía profético se volvía más abstracto y la relación de pacto más metafísica, a medida que el general urge a los Guatemaltecos a “imaginarse” a si mismos como parte de algo que era demasiado grande para ser constreñido dentro de los límites de la simple geografía. “La dimensión de Guatemala no está en sus miles de kilómetros cuadrados, sino en la fortaleza de su corazón, en el ejemplo que usted está dando en su familia,” exhortaba. En otros lados, él describía la relación del ciudadano con la nación en términos que se asemejan a lo sacramental: en sus palabras, ésta era:

una actitud mística, una actitud creadora, una legitimidad nacional cuyo fundamento se encuentra en el cumplimiento de la ley, respeto a la justicia, la veneración a lo sagrado, la admiración a nuestro paisaje, fe en la verdad, orgullo de nuestra cultura, y práctica del bien en beneficio de nuestros conciudadanos.

Aunque él todavía se describía a sí mismo como un humilde siervo de Dios, Ríos Montt también claramente enfatizaba su rol profético en este proceso.

Vea hay tres cosas importantes que debemos que ver, en primer lugar confiar en este Gobierno, este Gobierno es el cual yo soy mayordomo, y que queremos servirles porque estamos sintiendo la necesidad de decirles. . . que ustedes están contribuyendo para que nosotros les sirvamos, y yo quiero ser su mayordomo. . . Él concluía, “Confíe en este Gobierno, también quiero que estén convencidos que la fortaleza de Guatemala está exclusivamente en la unidad de Guatemala. . .

En la misma medida, la formación de una identidad nacional tenía un conjunto de necesidades simbióticas y responsabilidades recíprocas, porque “. . . [cuando] no hay unidad no hay gobierno, cuando no hay gobierno no hay un pueblo y cuando no hay pueblo no hay un país. Este contrato social Ríos Montt lo visionaba como un simple “pacto”, cuya implementación era completamente contingente en la responsabilidad, moralidad y buena conducta civil de los gobernados. Así mismo, aquellos quienes, por razón de su “irresponsabilidad” y “egoísmo” fallaban en endorsar el pacto, amenazaban con destruir el contrato social y arruinar la promesa de la Ciudad sobre la Colina y hacer burla de la promesa de Dios a Guatemala. Una de las más decisivas alocuciones de Ríos Montt tuvo lugar el 21 de agosto de 1982, en un discurso que coincidió con la fiesta patria, el Día de la Bandera. Ríos Montt escogió el Día de Bandera, una festividad marcadamente nacionalista, fuertemente asociada con el ejército, para subrayar el lugar especial y profético de Guatemala en la historia.

Guatemala es una Nación que teme a dios, que hace honor a América y que está sirviendo de ejemplo al mundo, porque Guatemala es usted. Debemos darnos cuenta que hoy más que nunca, nos necesitamos para querernos como hermanos para participar en el bien común para una comunión espiritual, para que la justicia social sea efectiva y para que nuestra libertad se fundamente en nuestra personal identidad.

“ Me comprometo,” hizo un voto, ante Dios y ante la patria a cambiar y a lograr a través de todos mis actos, cambiar a Guatemala, me comprometo a que mis actuaciones estén dentro del marco de la ley y a exigir a todas aquellas personas, bajo mi responsabilidad que hagan lo propio para cumplirla; me declaro ante Dios y ante la patria, enemigo de la corrupción y de la injusticia y manifiesto en este momento mi determinación porque en esta nación sea firmemente establecida la verdad, y la honestad y la justicia, debiendo ser ejemplo de mis subordinados y conciudadanos, le pido a Dios me ayude a cumplir.

En el 5 de septiembre de 1982, Ríos Montt dio uno de sus más duros sermones, en el cual estableció que la culpa de la miseria de Guatemala la tenían los ciudadanos ordinarios que habían fallado en responder a sus llamados de rectitud y orden moral, lo cual estaba en el centro de Guatemala y su destino. ¿Cuál es el origen de nuestra miseria?, preguntó retóricamente.

Nosotros no tenemos principios, nuestras arcas están vacías de principios, están vacías de valores humanos. . . entre nosotros hay miseria, nuestra pobreza es de valores, de respeto, de honra a los demás, de falta de servicio, de ausencia de honestidad, de falta de amor, de una ignorancia.” [La] pobreza [de nuestra país], continuó, es de hombres, hace falta en Guatemala hombres íntegros, decentes, honestos, verdaderos, honrados, dignos de su hombría, una hombría que se fabrica en base a una cosa muy sencilla, cumplir la ley, hacerla cumplir.

Hacia el final de la estación lluviosa de 1982, sin embargo, cuando la férrea mano del ejército trajo paz al campo por la fuerza y la retirada de las guerrillas, Ríos Montt revirtió a un tono más conciliatorio y desmovilizador en sus discursos. El 3 de octubre de 1982, el triunfalmente anunció que, “El tiempo de los fusiles ya pasó, el tiempo de la conquista o de las bayonetas, ya pasó… Ahora es la conquista del amor… Nuestras reglas de juego son claras, verdad, justicia, humildad…Guatemala merece el sacrificio de todos.

El llamado para el sacrificio reforzó el concepto de Ríos Montt de la relación triangular de pacto entre Dios, el gobierno y los gobernados. Como antes, su modelo para la nación adjunta seguía, estaba basada en el modelo familiar de la Buena Familia, reforzada por la confianza mutua, el amor, el respeto y el temor a Dios “…estamos definiendo nuestra nacionalidad al definirnos nosotros mismos. . . proclamó.

Guatemala es una gran Nación y le explico por qué: Es una gran Nación por la excelencia de su alma y porque usted, como hombre o como mujer, sabe cumplir con su deber de esposo, de esposa, de hijo, de hija, por eso es grande y es fuerte, porque fuerte es usted de da la ejemplo, que teme a Dios y que da a su Patria toda su alma, todo su amor.

A medida que el ejército recuperó control del campo e instituyó los programas draconianos para traer a la población rural bajo el control gubernamental, Ríos Montt empezó a poner aún un mayor énfasis en sus discursos sobre la “reinvención” de la nación. Durante los meses de Octubre y de Noviembre de 1982, él repetidamente retornó al límite de esa “Guatemala” como lo imaginario, como un tema de alianza e identidad que, en su visión, todavía no existía. Algo así como Moisés en el páramo (wilderness), él creía que su misión no era meramente conducir a su pueblo a la Tierra Prometida, sino realmente crear ese espacio político sagrado, basado en los preceptos bíblicos que él había promovido tan regularmente en sus discursos.

Tenemos que darnos cuenta de que la identidad nacional es otro de los propósitos del Gobierno: la identidad nacional es conjugar nuestra nacionalidad, que es fruto de país y de pueblo;” indicaba “debemos conjugar esa nacionalidad y dar una proyección, dar un carácter, dar una imagen de Guatemala al mundo que somos un país diferente.

Pero el pueblo, desobediente y lento para aprender, continuó siendo seducido por las vellocinos mellizos de oro, por un lado de la subversión, y por otro, el excesivo materialismo.

Algunos [países] nos llaman república bananera, otros dicen subdesarrollados…otros nos han puesto la etiqueta de enanos en vías de desarrollo, y una cantidad así de epítetos. . . Somos pobres, hemos sido empobrecidos por nuestra propia negligencia, porque lejos de aprender de los pueblos que nos superan, de aprender que debemos sacrificarnos, que se debe trabajar disciplinadamente y que tenazmente debemos de esforzarnos,” concluía. “No hemos aprendido a ser Guatemala”.

¿Cómo es posible reconciliar la alta moralidad de los discursos del Domingo de Ríos Montt, con las atrocidades inauditas de derechos humanos cometidas contra el pueblo de Guatemala bajo su liderazgo? ¿Cómo podía la “conquista de amor” resultar en la matanza de tantos inocentes? Una respuesta puede estar en la creencia de Ríos Montt’s del momento profético de Guatemala: en su manera de pensar, en la campaña de contrainsurgencia del ejército tomado como una alegoría de la batalla final entre el bien y el mal, tal como se describe en el Apocalipsis. Por otro lado, como hemos visto, Jorge Serrano Elías ha propuesto que la retórica moral y la agresividad militar de Ríos Montt estaban básicamente desvinculadas la una de la otra, y que el entrenamiento militar del general simplemente estaba por encima de su agenda evangélica. Otros han sugerido una explicación utilitaria: que Ríos Montt creía que la derrota de las guerrillas simplemente representaba un beneficio o un “bien moral” más alto que la pérdida masiva de vidas y la catástrofe humana que ocasionó. En último análisis, la evaluación final puede ser mejor dejado para los filósofos que para los historiadores.

Aún así, ninguna de estas explicaciones sugiere el por qué Ríos Montt continua gozando de tanto poder y de una posición tan favorable dentro de la memoria popular del Guatemala de hoy. El comentarista político Gustavo Anzueto Vielman ha tratado de explicar esta paradoja sugiriendo que, "inconscientemente, el pueblo ve [a Ríos Montt] como una figura paterna," el arquetipo clásico del caudillo como la figura paterna rígida. Aunque este puede ser en verdad el caso, este estudio sugiere que Ríos Montt es único en la historia contemporánea de Guatemala por la singularidad de su visión de una Nueva Guatemala. Su imagen idiosincrática de Guatemala como se describe en sus Discursos del Domingo es tan precisa y comprensible como las enseñanzas de su iglesia evangélica: arrepentimiento, vivir en justicia, y ser salvado—pero para aquellos que rehúsan el camino de la corrección, las consecuencias son tan sin tregua como los Jinetes del Apocalipsis. Aunque tal fórmula se encuentra totalmente fuera del discurso político de una sociedad liberal, democrática—donde criterios tales como la libertad civil, la igual representación y los derechos humanos continúan siendo las unidades de medida –esto de todos modos tenía un gran atractivo para muchos guatemaltecos, donde la simplicidad, la claridad y la fría certidumbre de las palabras y acciones de Ríos Montt prometían orden y disciplina a una sociedad de otros modos anárquica.

Últimamente, el atractivo más fundamental de Ríos Montt puede encontrarse en que, despiadado y excéntrico como indudablemente era, él parecía sin embargo ser capaz de ofrecer una promesa idiosincrática, de esperanza y autorespeto a una nación que había visto muy poco de ambas por cerca de 40 años. Este aspecto es conjugado en sus palabras, con las cuales cerraremos aquí:

“. . . la paz cuya fuente perfecta es su propio corazón. . . Guatemala será tan grande, tan fuerte y tan noble como el amor con que usted besa a su hijo. Hagamos Guatemala, renuncie a sus pasiones, sea hombre, sea mujer, sea hijo, pero sea usted, que no lo halen, que no lo manipulen, sea usted, porque siendo usted tendremos patria, Guatemala es usted, su fortaleza, su interés, su decisión. Buenas noches.”

* Instituto de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Texas

** Artículo publicado en la página de la Universidad de Costa Rica. Historia Centroamericana. Escuela de Historia. Facultad de Ciencias Sociales. Centro de Investigaciones Históricas. En: www.hcentroamerica.fcs.ucr.ac.cr


 

 

Virginia-Garrard

Virginia Garrard-Burnett*
Foto: Revista amiga.com
 

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