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Foto: Eric Baxter

Benjamin BarneyLos Planes de Ordenamiento Territorial (POT) se han agotado en su inutilidad.  En Cali, por ejemplo, urge ordenar toda la conurbación que va de Yumbo a Jamundí, a los dos lados del río Cauca, pero la división político administrativa vigente no lo permite.  La solución sería un área metropolitana.

Benjamin Barney Caldas*

POT inútiles

En el análisis de los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) suele pasarse por alto un hecho elemental: ante todo, se trata de organizar una ciudad. Lo que importa, al parecer, es la coherencia, legalismo o redacción del Plan, y no el complejo artefacto de cuatro dimensiones que constituye una ciudad.

Por otro lado, tampoco parece importar si el propio POT es aplicable o no, cuando no se tiene autoridad sobre el territorio que pretende ordenar, como ocurre en Cali. Tanto porque se ignora la división político–administrativa del país, como porque se deja de lado este detalle: la mayor parte del suelo es de propiedad privada.  

Los ciudadanos casi siempre desconocen el POT… tanto como sus concejales y alcaldes.

Los ciudadanos casi siempre desconocen el POT… tanto como sus concejales y alcaldes.

Plan de diseño urbano en vez de POT

 


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Foto: Taco Witte
 

Más que un plan de ordenamiento territorial centrado en los usos del suelo — y por lo tanto de carácter puramente geográfico y reducido a permitir o prohibir actividades— las ciudades necesitan un plan de diseño urbano, que incorpore también su historia y su patrimonio.  Planes que partan de sus edificaciones reales — que cobijan sus diferentes actividades, privadas y algunas públicas — y que definan sus espacios, tanto privados como públicos, en donde tiene lugar la actividad urbana por excelencia: el encuentro de los ciudadanos, asunto básico para que una ciudad progrese, como dice Edward Glaeser[1].

Edificios y espacios, especialmente públicos, son la ciudad en esencia. Junto con el lenguaje, constituyen la mayor invención del hombre, a juicio de Lewis Mumford[2].  Un artefacto de volúmenes y de espacios — es decir, de tres dimensiones — que se recorre en el tiempo.  Que se transforma del día a la noche y de una estación a otra a lo largo del año, incluso si éstas no se marcan mucho, como es el caso de las ciudades en el trópico.

Confundir un plan urbano con un plan vial y unos usos permitidos resulta torpe e incompleto.  Un verdadero plan de ordenamiento urbano debe definir los usos — no del suelo, sino de los edificios — y su sistema de intercomunicación (el plan vial), pero también la volumetría de esas construcciones (alturas, retrocesos y paramentos) y los espacios necesarios para su iluminación, su ventilación y para garantizar las diferentes perspectivas (patios y aislamientos).

Se deben configurar espacios urbanos (calles, avenidas, plazas, parques, vías y zonas verdes) que encaucen la movilidad de los ciudadanos, además de adoptar normas de seguridad adecuadas (sismo–resistencia, incendios y uso para personas con discapacidad), funcionalidad (estándares y costumbres), uso (inicial, remodelaciones y reciclaje final),  confort (clima, acústica, iluminación, paisaje urbano y paisaje natural)… y belleza.

Las ciudades necesitan un plan de diseño urbano, que incorpore también su historia y su patrimonio.

Precisamente esta cualidad  — que en nuestro medio se considera un lujo y no una necesidad — y que se encuentra precisamente en el paisaje, aquí muy notorio, pues nuestras ciudades suelen estar recostadas a las cordilleras.  El cielo y la ciudad misma se proyectan desde las laderas adyacentes y no apenas desde sus calles, como ocurre con frecuencia en otras latitudes.

Se trata de una belleza histórica —  como lo recuerda el historiador y crítico de arte Giulio Carlo Argan[3] — conformada por los sucesos, los edificios y los espacios urbanos.  Pero "belleza, poesía, embrujo, magia, encantamiento, sortilegio... serenidad, silencio, misterio, asombro, hechizo",  son palabras que poco se usan, como lo reclamó en 1980 el  mexicano Luis Barragán en su discurso de aceptación del Premio Prizker, equivalente al Premio Nobel de Arquitectura.

Estos planes de diseño urbano  — y no apenas de ordenamiento territorial — deben depender por supuesto de un plan del territorio en donde las ciudades respectivas están asentadas, y de las interrelaciones entre ellas y sus áreas rurales: es decir, un plan territorial de cada departamento o de cada una de las diferentes subregiones que lo conforman.  Esta planificación de las subregiones debería estar enmarcada a su vez por un plan macro de ordenamiento de todo el territorio nacional. 

En el marco de la Constitución de 1991, se intentó modificar la división física del país para ajustarla a realidades históricas y culturales, pero finalmente se mantuvo intacta la división político-administrativa: los departamentos siguieron siendo los mismos entes territoriales de antes, se conservó la miope preeminencia de la capital y la economía siguió predominando sobre una planeación territorial y urbana racional. 

El caso del área metropolitana de Cali

 


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Foto: Ben Bowes 
 

Ante la ausencia de un marco normativo de planes territoriales que se articulen a diferentes escalas, resulta inútil el intento de “ordenar” una ciudad como Cali, por ejemplo: sencillamente, su área metropolitana de facto  — que los “políticos” locales no consideran necesario legalizar y reglamentar — abarca toda la subregión suroccidental del valle geográfico del río Cauca.  Muy  diferente de la subregión central — alrededor de Buga — y de la subregión del norte, hasta Cartago, ya muy lejos de Cali y en el área de influencia de Pereira.

Este magnífico valle interandino, por lo demás, es completamente distinto de la subregión de la costa pacífica, con la cual apenas comparte algo de la ladera occidental de la cordillera —  en torno a Dagua —  y, por supuesto, el puerto de Buenaventura.

Entonces, cómo ordenar un área metropolitana  — constituida o de hecho — cuando, como es evidente en el caso de Cali, está asentada sobre tres cabeceras municipales  — Cali, Yumbo y Jamundí — y sobre áreas que pertenecen a otros cinco municipios: Palmira, Candelaria, Florida, Puerto Tejada y Santander de Quilichao.  Estos dos últimos pertenecen al departamento del Cauca.

Aunque la ciudad de Cali no tenga jurisdicción sobre todos estos municipios, su área de influencia configura en realidad una misma ciudad extendida: no se trata de un perímetro adyacente o de una región inmediata.

De otro lado, cómo pretender controlar el uso del suelo urbano y suburbano — en su gran mayoría de propiedad privada —  si no se aplica decididamente el impuesto de plusvalía, ignorando el mandato constitucional sobre la función social de la propiedad privada. 

Lamentablemente, los POT actuales no pasan de ser normas incompletas o reiterativas.

La anomia urbana

Si esta herramienta se aplicara correctamente, se impediría que los procesos de  urbanización y de construcción tengan un carácter puramente especulativo con respecto a la tierra que rodea a las ciudades — sea o no sea urbanizable — cuando ciertas zonas se ponen de moda, casi siempre artificialmente, llevándose por delante cualquier intento de ordenarlas.

Cuando las ciudades crecen mucho — como Bogotá — o crecen muy rápidamente — como Barranquilla, Medellín y muy especialmente Cali —  se configuran conurbaciones amorfas, caóticas e incontroladas con los municipios vecinos.

Se suman desordenadamente todas las formas de urbanización imaginables, en lugar de conservar la sabia cuadrícula ortogonal de nuestras ciudades coloniales y de tradición colonial, y la arquitectura particular que se deriva de ella, como puede comprobarse en el  libro de Silvia Arango[4].

Lamentablemente, los POT actuales no pasan de ser normas incompletas o reiterativas, contradictorias o ambiguas, copiadas o mal adaptadas, que se modifican al tenor de los intereses de los propietarios del suelo y de los negociantes inmobiliarios.

Las curadurías urbanas deberían vigilar su cumplimiento,  pero con frecuencia las normas se acomodan a la realidad: unos planos son para “aprobar” las licencias de construcción y otros para construir de veras. Construcciones que rara vez se verificarán después. Para completar la anomia, las multas son irrisorias y casi nunca se demuele una construcción ilegal: siempre queda como un monumento a la inutilidad de las normas urbanas… y pronto cae en el olvido.  

Improbable, pero necesario

Finalmente, es imprescindible crear más áreas metropolitanas.  El caso de Cali es emblemático: sin el área metropolitana, no hay POT que valga. Y también se va haciendo necesario dividir algunos departamentos, como el Valle, que debería separarse en  dos: la costa pacífica, y el valle geográfico del río Cauca, con sus laderas hasta la división de aguas de las dos cordilleras que lo enmarcan.

Esta propuesta improbable podría convertirse algún día en un “cisne negro”, pues tendría el impacto de lo hasta ahora altamente improbable: un nuevo departamento próspero, el del Pacifico, y una ciudad extendida — el área metropolitana del suroccidente del valle geográfico del río Cauca, por fin dotada de un plan de diseño urbano, que tanta falta le hace.

De los debates estériles y pseudotécnicos en torno a un POT inaplicable — que solo sirven para ocultar los intereses económicos de constructores y propietarios — los ciudadanos bien informados pasarían a participar activamente — junto con concejales y alcaldes — en un debate serio y pertinente sobre el futuro de su hábitat.

 

* Arquitecto de la Universidad de los Andes, magíster en Historia de la Universidad del Valle, de la que fue Profesor Titular y Decano de Arquitectura, u actualmente profesor de la Escuela Internacional de Arquitectura y Diseño, Isthmus (Panamá y Chihuahua) y de las universidades Javeriana y San Buenaventura en Cali, y columnista de El País de Cali. 

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[1] Glaeser,  Edward: “Triumph of the City”, 2011. 

How Our Greates Invention Makes Us Richer, Smarter, GreenerHealthier, and Happiier
El triunfo de las ciudades
Madrid, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2011.

[2] Mumford, Lewis: “The Culture of Cities”  ,1938.
La cultura de las ciudades
Buenos Aires, Emecé Editores, 1959.

[3]  Argan, Giulio Carlo: “Storia dell'arte come storia della città”, 1983.
Historia del Arte como Historia de la Ciudad, Barcelona, Laia, 1984. 

[4] Arango, Silvia: “Historia de la arquitectura en Colombia”, 1989.
Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1989.

 

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