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Ahora  los europeos no solo quieren salir de la guasca, sino de todos los guascas. Están cada día más irritados con los visitantes del tercer mundo, y en varios países se están aprobando leyes para que los inmigrantes se vuelvan a sus países de origen.
Ahora  los europeos no solo quieren salir de la guasca, sino de todos los guascas. Están cada día más irritados con los visitantes del tercer mundo, y en varios países se están aprobando leyes para que los inmigrantes se vuelvan a sus países de origen. 

En 1794 los científicos españoles Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón, que estaban haciendo en el Perú una expedición botánica parecida a la de José Celestino Mutis en Colombia, describieron una modesta planta, de pequeñas flores y sabor penetrante. Como homenaje al director del Jardín Botánico de Madrid, Mariano Martínez de Galinsoga, Ruiz y Pabón le pusieron su nombre. En esos mismos años varias especies de “galinsoga” llegaron a los jardines botánicos de Londres y París  y de allí se escaparon para regarse subrepticiamente por toda Europa. En Inglaterra el nombre se transformó en galant soldier, por pura afinidad sonora, y en España abandonó su nombre indígena para tratar de hacerse pasar por “soldado galante”.

La guasca americana resultó muy apta para el difícil ambiente europeo. Prolífica y escurridiza, podía producir varias generaciones de descendientes en un año, regarse con el viento o pegada a la ropa de la gente y los animales, y se aprovechó de la expansión de los ferrocarriles y del urbanismo para llegar, como buen polizón, a toda la región. Hoy es una de las plagas más odiadas de Europa y desde 1977 figura en lugar destacado en la lista de “Las peores malezas del mundo”. Son varios los programas para tratar de erradicarla, algunos de ellos usando, tanto en Europa como en los Estados Unidos, el temible glifosato randa o “roundup”.

Nosotros, por supuesto, solo la conocemos por el sabor que le da al ajiaco. Ahora  los europeos no solo quieren salir de la guasca, sino de todos los guascas. Están cada día más irritados con los visitantes del tercer mundo, y en varios países se están aprobando leyes para que los inmigrantes se vuelvan a sus países de origen. Pero la maleza ilegal, la sencilla guasca, está derrotando a sus enemigos, y ya se reconoce que es imposible acabar con ella: no hay más remedio que controlarla un poco, pero resignándose a tenerla siempre en los campos, en  los taludes de las carreteras de Europa y hasta en los ladrillos de las aceras de París y Ámsterdam.

Pero en vez de exterminar la pobre guasca a punta de fungicidas, podemos sugerir un método ecológico y efectivo para acabar con ella: comérsela con ajiaco y ensayarla con toda clase de sopas. Así, cuando la gente del tercer mundo se queje por las restricciones a la llegada de inmigrantes, los europeos podrán al menos contestar que acabaron tragándose la sabrosa yerba.

  jorge_orlando_melo

Jorge Orlando Melo

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Comentarios  

LEÓN AGUILAR TASCÓN
0 # Algo de reacciónLEÓN AGUILAR TASCÓN 23-04-2016 13:43
Excelente artículo. Pero asi como importamos café, supongo que bananos y, seguramente esmeraldas, sugirámosles que, a buen precio, nos la vendan. Pronto estarán cultivándola para cubrir la creciente demanda.
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