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Reseña: Ensayos para la Historia de la Política de Tierras en Colombia. De la colonia a la creación

(Tiempo estimado: 8 - 16 minutos)

Este libro presenta un panorama comprensivo sobre la evolución de la tenencia de la tierra, los conflictos rurales y el desarrollo agropecuario, tres asuntos cruciales para entender a Colombia.

 

Inicia este libro su travesía por el mundo de los lectores bajo signos auspiciosos. Cualquiera con una mínima atención a los fenómenos de la opinión pública encontrará que resulta muy oportuna su aparición. Sumergidos en la controversia suscitada por el desarrollo del programa Agro Ingreso Seguro nos vemos favorecidos por una exposición que nos permite trascender lo circunstancial y encuadrar los hechos del día en un marco varias veces secular.

Pero más allá de esta anotación obvia en el momento resulta plausible pensar que la reflexión y la discusión sobre la cuestión agraria y sobre las políticas con respecto a la tierra, cobraría siempre esta condición de oportunidad. Hubiera lucido oportuno en 1819 o 1821, en 1848 o 1862, en 1929, en 1936 en 1961 o 64, en 1972 para hablar sólo de la era republicana. Y no se olvide que una parte de la obra se refiere a la colonia. En la historia del país los temas de la tierra no ceden en centralidad a ningún otro. Mucha gente debió experimentar una suerte de modesta revancha espiritual el 27 de octubre de 2009, al seguir la intervención del senador Jorge Enrique Robledo que acosaba con hechos, cifras y argumentos la política agraria del uribismo. En las hondas mismas del escándalo actual se advierten ya los signos de los nuevos desarrollos de la política agraria del uribismo. A finales del año pasado, por iniciativa del Centro de Pensamiento Primero Colombia, "se reunieron en Melgar, sesenta líderes agrarios de 10 departamentos y dos sindicatos agrícolas de Antioquia y el Valle para dar los primeros pasos hacia la constitución de la Federación Nuevo Liderazgo Campesino, una organización que busca edificar una alianza entre empresarios, industriales y el Estado para orientar a las comunidades campesinas" [1]

Una y otra vez en la historia contemporánea de Colombia se puede ver la reedición de esas iniciativas en las cuales, envueltos en los lazos de su voracidad, se reúnen terratenientes, ganaderos, caballistas, agroindustriales con apoyo de sus socios que están en esos momentos en el Gobierno y con la figuración en el tinglado de la farsa de un par de líderes campesinos colaboradores, para emprender la redención de los pobres del campo. ¡Gobiernos dignos y timoratos donde haya queso no pongáis gatos!  advertía con sencilla sabiduría el poeta. La meta del Frente en marcha es la creación del gran pacto social agrario

Al tiempo se anuncia otra iniciativa de política agraria del uribismo. En la Comisión Quinta del Senado se ha planteado por parte de Jorge Enrique Vélez, senador de Cambio Radical, un proyecto de ley, que busca restablecer los contratos de aparcería. Lo previsto es que los terratenientes puedan dar parcelas en comodato o en arriendo a los campesinos para uso productivo y que los propietarios puedan recuperarlas por decisión unilateral en cualquier momento. El proyecto descarta el pago de las mejoras introducidas por el campesino. Esto último no tiene precedente aún en el caso de Colombia que ostenta una tradición de políticas agrarias regresivas. Se trata de consagrar el despojo sin atenuantes del trabajo acumulado de los campesinos. Se menciona sólo la posibilidad de una indemnización sujeta a la demostración por parte del trabajador de que le está  dando pleno cumplimiento a la explotación pactada.[2] Los dueños de tierra que participen en tales programas serán eximidos del pago del impuesto predial. Definitivamente los terratenientes y sus representantes políticos no conocen contención alguna ni dan señales de vergüenza. ¡Por eso sin empacho ofrecen tan procaces exhibiciones  de apetito!

Vuelvo entonces a la idea inicial, el tema agrario gravita y seguirá gravitando sobre la economía, la sociedad, la política y la seguridad del país mientras una corriente significativa de la opinión nacional no imponga un cambio fundamental. Venturosamente podemos registrar una vigorosa tradición de investigación y de publicaciones sobre este campo. Una de las virtudes del libro de Absalón Machado es la de brindarle al lector un panorama comprehensivo de ese proceso de investigación que guiándonos por las referencias del libro se inició con empeño en los años cuarenta del siglo XX, se fortaleció de manera notable en la década de 1960 y ha mantenido un ritmo creciente hasta ahora. Sólo los estudios sobre la Violencia muestran una continuidad semejante. Ambos campos de la investigación como sus objetos de estudio se retroalimentan de forma permanente.  El recorrido de Machado nos deja en las puertas del Frente Nacional pero lo más extenso del itinerario está cubierto y la metodología seguida facilita para quien quiera hacerlo cubrir el trecho de los cinco decenios posteriores. La cuerda que jalona el trabajo lo constituye el examen de las políticas agrarias, pero la exposición da cuenta documentada de la evolución de la tenencia de la tierra, de las alternativas de los conflictos rurales y del desarrollo muy contradictorio de las tecnologías de medidas y registro de la propiedad territorial. Tarde muy tarde, sólo hasta los años cincuenta del siglo veinte, constata el autor, Colombia pudo contar con un catastro nacional centralizado. Los procesos de extinción de dominio y los tanteos en materia de reconciliación ponen en evidencia las precariedades de los sistemas de registro y catastro.

El libro de Absalón Machado está integrado por siete capítulos que cubren las políticas agrarias, desde la reseña sobre los tres siglos del período colonial hasta las tendencias que se manifiestan a comienzos de los años sesenta del siglo XX. En síntesis, bien logradas se presentan  el desarrollo de la legislación y la gestión de la Corona española en lo tocante a la tierra y a la mano de obra. Los repartimientos, la encomienda, el concierto agrario, los resguardos, la política y los procedimientos de las composiciones son puestas en movimiento para mostrar la larga gestación de la cuestión agraria en Colombia con su inexorable tendencia hacia la concentración de la propiedad y la articulación del poder político de los señores de la tierra. La visión sumaria no descuida una periodización que permite señalar momentos diferenciados de la dominación colonial en torno a la tierra, ni elude el contrapunto entre las leyes, cédulas reales, disposiciones de la Audiencia o la autoridad virreinal y la práctica de los conquistadores primero, encomenderos y hacendados luego. Tiene interés el  enfoque sobre la exigencia de morada y labor que la Corona mantiene invariablemente sobre las mercedes de tierras, las adjudicaciones y beneficio de composiciones y que al menos conceptualmente se mantendrá después de la Independencia y que va a retomarse en 1936 en la Reforma de la Constitución en el enunciado sobre la función social de la propiedad.

El sintomático título de la feria de los baldíos cubre la política agraria del siglo XIX. Es así porque, si bien el tema de los baldíos no monopoliza los temas agrarios del XIX, sí sirve como eje articulador de comprensión y análisis. Concesión de baldíos que debe resolver las penurias fiscales, la construcción de vías, el pago a los militares, comenzando desde los que vienen de la Independencia, amortización de la enorme deuda para un país pobre y con bajo potencial demográfico, deuda externa e interna. Machado presta atención al intento jurídicamente reiterado de usar los baldíos para auspiciar la conformación de un sector de pequeños y medianos propietarios y al tiempo constata su no menos reiterado fracaso en el que se conjugan el endémico acoso fiscal de los gobiernos republicanos y el poder político de los latifundistas.

El capítulo correspondiente a la República Conservadora que el autor acota entre 1900 y 1930, presenta la utilidad de abordar un período para el cual salvo, investigaciones muy recientes como la de Rocío Londoño, se ha descuidado. Es interesante seguir la profusa actividad legislativa durante el Quinquenio de Rafael Reyes. Se amplió el espectro de los temas. Con fuerza aparecieron los parques nacionales como objeto de los desvelos del caudillo. Por supuesto no se sugiere que Reyes deba tomarse como ícono por los ambientalistas. La preocupación del ejecutivo tenía que ver con el uso de los baldíos para la explotación de recursos como el caucho o la madera por compañías privadas, entre las cuales las pertenecientes al capital extranjero ocupaban lugar destacado. También se trataba de los baldíos, asientos de fuentes de petróleo. Culturalmente algo iba del gobernante gramático envuelto en aromas de sacristías como era Don Miguel Antonio Caro empresario que había ensayado sus empresas en regiones con climas más deletéreos que los de la gélida sabana de Bogotá como lo fue Reyes. Después volvió la atonía y la modorra desde Concha hasta Abadía Méndez. Pero la exposición traza los componentes y alcances de la política de colonizaciones en sus modalidades tan gratas a los gobernantes de la hegemonía conservadora, de las colonias penales agrícolas y de las colonias agrícolas no compulsivas. Se identifican los principales tipos de conflictos agrarios que se expandieron durante los quince años anteriores a la Revolución en Marcha.    

La exposición de Absalón Machado se diversifica y anima particularmente a partir del capítulo cuarto de la Ley 200 de 1936 y el ordenamiento de los derechos, frente a cierta contención jurídica de los capítulos anteriores. Resulta atractiva la presentación del debate historiográfico sobre la Revolución en Marcha en lo tocante a la tierra. El análisis de la Ley 200 de 1936 logra recoger y devolver con economía del lenguaje un capítulo que ha sido objeto de tratamiento por historiadores, economistas y sociólogos. Con precisión Machado establece los logros de la política agraria de López Pumarejo en materia de consagración de premisas para el desarrollo de la propiedad privada y, en general, de las relaciones capitalistas pero al tiempo, esclarece  que López no estuvo en condiciones de romper un modelo agrario aherrojado por la concentración de la propiedad y por el incremento de una ganadería extensiva y atrasada. Me parece que Absalón no rinde tributo al mito lopista.

En el capítulo quinto Política de tierras durante el retroceso político: los años  cuarenta, se acude en la historiografía moderna a la categoría restauración para denominar el curso político que en algunos casos sigue a un período revolucionario y, que corresponde a los esfuerzos y movimientos políticos que emprenden sectores de las viejas clases dominantes para volver hacia atrás la rueda de la historia. En parte, coinciden con corrientes que habiendo participado en la revolución, estiman luego que se fue muy lejos y que es preciso mermarle fuerza al cambio. Es ese el sentido del período político que en el capitulo mencionado analiza Machado sólo que desde el prisma de observación de las políticas agrarias. Me parece que estos años no habían sido objeto de un tratamiento sistemático como el que encontramos en el libro.

Los capítulos VI y VII están concebidos en una exposición menos asociada a un modelo narrativo y que corresponden más al género del ensayo que se destaca en el título del libro. Con fluidez se aborda la relación entre la violencia. La comprendida entre 1946 y 1964 y los problemas de la tenencia de la tierra, los campesinos y colonos y el régimen político. Con acierto se presentan las tendencias del desarrollo agrario y de las políticas en esos años de la guerra civil no declarada y se perfilan las tendencias para los años sesenta e incluso inicios de los setenta.    

Creo que con el libro Ensayos para la Historia de la Política de Tierras en Colombia contamos con una obra que dota de un panorama de conjunto a quienes adelantan investigaciones más circunscritas en el tiempo, pero que quieran disponer de contextos confiables. En la labor docente, es un texto que se convertirá en un valioso auxiliar para quienes tengan que entenderse con la larga duración. Justamente el trance de bicentenario de la Independencia pone en la mesa la palabra balance. Son doscientos años sobre los cuales cabe ensayar la construcción de narrativas densas, ya sea de conjunto o mediante la selección de variables estratégicas como la escogida por Absalón Machado, no ya para 200 años sino para quinientos. Recientemente en Cartagena en un seminario organizado por Malcolm Deas el Presidente Uribe presentó un conjunto de coordenadas para el análisis de la historia del País. Creo que el libro que he presentado no responde al modelo metodológico concebido por el pensamiento de la Seguridad Democrática pero representa una manera de recoger el guante a la invitación presidencial.

Algunas anotaciones críticas: si bien el esfuerzo de abordar el conocimiento hasta ahora elaborado sobre el tema de la tierra resulta en el libro de Absalón Machado admirable, se pueden advertir vacíos. Uno de ellos es el de la omisión de la obra de Francisco Posada Díaz uno de los pioneros de la investigación social en Colombia y quien presentó una hipótesis atendible sobre la relación histórica de la violencia y frustración del reformismo agrario en Colombia. Lo anterior contrasta con una tensión desmedida a ciertos textos que son simplemente obras de divulgación

Me parece que el cuadro de las luchas agrarias y de los acuerdos y oposiciones a la Ley 200 de 1936, hubiera resultado algo más matizado si se hubieran consultado trabajos sobre la historia del partido comunista que no se mencionan, al menos para justificar su descarte. La alusión me resulta incómoda pero en honor al rigor historiográfico siento que debo hacerla. Se hubiera podido recoger de manera menos volandera la lucha de los campesinos del sur del Tolima de finales de los años cuarenta. La matriz de acción que allí se configuró sigue gravitando hasta hoy, y de qué manera en la etapa que estamos viviendo.

Creo que este libro tan importante hubiera demandado un trabajo más esmerado de edición. En homenaje al lector los espacios interiores hubieran podido manejarse con mayor generosidad. Son por ejemplo utilísimos los 12 cuadros que sistematizan la presentación de la legislación agraria bajo la República. Probablemente hay maneras más atractivas para su diagramación.

La publicación de un libro es un acto de celebración de una etapa ardua de trabajo, de agudización del pensamiento. El autor ha mostrado como pocos una consecuencia con el trabajo intelectual una continuidad en una senda de construcción de un corpus teórico y empírico sobre la historia agraria en Colombia que resultan maravillosas. El periodista Juan Lozano Lozano escribió por allá a finales de los años treinta, que el intelectual veía su campo de realización exaltante y natural en la carrera política. Quizá hay intelectuales que hoy siguen pensando así. Creo yo, que la pasión del conocimiento tiene sus propios mecanismos y formas de gratificación y que la academia debe consagrarlos y devolverlos a la sociedad y a la opinión pública, con seguridad e incluso con orgullo. Así los intelectuales podrán paradójicamente alcanzar mayor posibilidad de influencia política que haciendo profesión de obediencia frente al poder.

* Colaboración de Julián Vivas

Notas de pie de página


[1] El Espectador, "¿Un nuevo Pacto de Chicoral? " , Redacción Política, 25 de octubre de 2009, p.2

[2] Ibid.

  medofilo medina

Medófilo Medina*

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Comentarios   

Claudia Yaneth Alfon
0 # Claudia Yaneth Alfon 03-09-2010 20:23
Deseo saber dónde puedo comprar este libro.... es urgente adquirirlo.
Mil gracias
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