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Por Hernando Gómez Buendía

¿Qué nos pueden decir los premios nobel de paz para el futuro?

(Tiempo estimado: 4 - 7 minutos)

Premio Nobel de Paz al presidente Juan Manuel Santos.

Sandra Patiño Ivan HernandezAunque no vinieron todos los invitados a la Cumbre de esta semana en Bogotá, algunos de ellos nos han dado, desde la distancia, valiosas lecciones que se pueden aplicar a Colombia en los próximos años.

Sandra Carolina Patiño* - Iván Darío Hernández**

Universidad de Ibagué

Un Premio Nobel a la paz

Cuando el pasado 10 de diciembre le fue otorgado el Premio Nobel de Paz al presidente Juan Manuel Santos, el Comité Noruego dijo que este reconocimiento se debía a “sus decididos esfuerzos en poner fin a la guerra civil de más de 50 años de duración, una guerra que ha costado la vida a al menos 220.000 colombianos y desplazado a cerca de seis millones de personas”.

El Comité también dijo que el Premio buscaba alentar a todas las personas en Colombia que “se esfuerzan por lograr la paz, la reconciliación y la justicia”. Por eso esperamos que este premio nos dé fuerza a los colombianos en los próximos años para enfrentar desafíos como la pobreza, la injusticia social y la delincuencia relacionada con las drogas.

Con el Premio Nobel de Paz sin duda el Comité Noruego nos dio un valioso impulso para abordar el largo camino de la reconciliación y la paz con justicia social. De igual manera, la reciente Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz, que se celebró entre el 2 y el 5 de febrero en Bogotá, fue un gran aliciente para la paz de Colombia, no solo por su pertinencia sino por el estímulo que implica para las fuerzas sociales comprometidas con esta gran tarea nacional.   

Con el ánimo de alimentar el debate sobre los retos inmediatos y mediatos de la paz, compartimos aquí las enseñanzas de otros premios nobel de paz, así como una propuesta para la memoria que hacemos desde una universidad regional.

La enseñanza de los nobeles

Memoria histórica visual del conflicto.
Memoria histórica visual del conflicto.  
Foto: Centro de Memoria Histórica

El Dalai Lama y el arzobispo Desmond Tutu, ganadores del Premio Nobel de Paz en 1989 y 1984 respectivamente, nos dieron una lección de vida en su recientemente publicada obra El libro de la Alegría. De allí tomaremos una enseñanza que nos sirve para afrontar los retos del desarrollo y la paz sostenibles.

A menudo se considera que cuando alguien se identifica con la frase “yo perdono, pero no olvido” esto significa la existencia de un sentimiento de rencor que impide perdonar a su agresor. Quizá para ayudar a erradicar este sentimiento se han popularizado otras frases como “olvidar no es un acto voluntario, pero perdonar sí”.

Tenemos que hacer conscientes las emociones que nos producen las personas que nos ofenden. 

La poderosa lección del Dalai Lama y de Desmond Tutu nos muestra lo contrario: tenemos que hacer conscientes las emociones que nos producen las personas que nos ofenden. En pocas palabras, estos premios nobel de paz nos invitan a desarrollar la compasión por otros de manera cotidiana, especialmente por quienes nos lastiman o han lastimado.

Imaginemos una escena estresante de tantas a las que nos somete el tráfico vehicular. Imaginemos a un conductor imprudente que no se detiene en la intersección de una calle y por este motivo está a punto de estrellarse con un carro de familia o con una ruta escolar. Imaginemos que en esta situación el conductor, además, responde a los reclamos con recriminación y no acepta su responsabilidad. Es decir, “salimos a deberle”.

¿Logran imaginarse la indignación que nos hace sentir este conductor? ¿Qué lección nos dan estos dos premios nobel para enfrentar esta situación en una sociedad que se encuentra ante el gran reto de la reconciliación?

Lo que podemos hacer es darnos cuenta de la indignación, ira o cualquier emoción fuerte que nos despierte esta actitud, para así darle nuestra atención plena. Esto nos permite hacer una pausa, así sea de microsegundos, antes de reaccionar igual o peor que el agresor. Esta brevísima pausa puede cambiarnos la vida porque significa una respuesta civilizada que se resiste a reaccionar de al manera impulsiva que puede desencadenar una espiral de dolor.

Para estos premios nobel la compasión y el perdón no se tratan de dejar de sentir esas emociones fuertes, ni de hacernos los de la vista gorda, sino de hacer consciencia sobre los sentimientos que nos ocasionan el maltrato o el daño. Para ello es crucial recordar lo que nos hicieron: recordarlo, no olvidarlo.

De esta manera lograremos no “pagar con la misma moneda” ni cobrar un ojo por otro ojo, y tendremos las condiciones necesarias para la reconciliación, la reparación y la no repetición.

Una propuesta desde el Tolima

Dalái Lama, dirigente de la Administración Central Tibetana, y maestro de símbolos de paz.
Dalái Lama, dirigente de la Administración Central Tibetana, y maestro de símbolos de paz.  
Foto: Wikimedia Commons

Quienes directa o indirectamente han sido afectados por la violencia a menudo reconocen que es fácil confundir el fin del dolor con el olvido. Erróneamente se piensa que cuando se va el dolor es porque se ha olvidado. En realidad, la condición necesaria para recordar sin que duela es que el malestar se exprese; por ejemplo, a través de la memoria individual o colectiva. A partir de la narración de los recuerdos se socializa el dolor. Y a medida que se van expresando los sentimientos, el rencor se va superando y los dolores del alma se van sanando.

Es fácil confundir el fin del dolor con el olvido.

Para que los procesos de paz, perdón y reconciliación sean efectivos y duraderos en el actual escenario de posconflicto en Colombia es urgente entender que, para perdonarnos, primero debemos recordar, apelar a nuestra memoria para exteriorizar el dolor y así irlo superando y sanando.

Estos desafíos exigen proyectos que incluyan el desarrollo de la memoria individual y colectiva. Varios años de estudio, investigación y reflexión acerca de cómo enfrentar los retos descritos sugieren que es el momento de concretar proyectos como estos en las diversas regiones de Colombia.

Por ejemplo el Centro de Memoria Audiovisual para La Paz del Tolima, basado en la producción y distribución de documentales, así como en la exploración de la llamada “docuterapia”, puede ser un importante aporte para el país si se tiene en cuenta que allí se involucrarán personas y comunidades del departamento donde surgió la guerrilla de las FARC y que ahora necesitan cerrar las heridas de la violencia.

Este Centro de Memoria Audiovisual será un laboratorio que involucrará ejercicios individuales y colectivos de reconstrucción de memoria y de resiliencia. El Centro puede ser efectivo como un modelo de participación ciudadana para la construcción de escenarios de paz a partir de la recuperación y la difusión pública de las historias de individuos y comunidades colectivos que reconozcan la importancia de contar, develar y no olvidar sus tragedias.

Proyectos como este son necesarios en tiempos de posconflicto. Esta iniciativa aportará al reconocimiento del Tolima como un territorio que está en la búsqueda de formas y mecanismos que ayuden a recordar para perdonar. Esperamos que esto ayude a construir  situaciones de bienestar y de convivencia pacífica.

 

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad de Ibagué. Las opiniones expresadas son responsabilidad de los autores.

**Profesora de la Universidad de Ibagué; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

*** Profesor de la Universidad de Ibagué; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

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