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Anatomía de la crisis

(Tiempo estimado: 6 - 12 minutos)

Juan Manuel Santos junto a Timochenko en los procesos de paz en la Habana, cuba.

Hernando Gomez BuendiaUn examen del No, de las fuerzas subyacentes, de los varios actores y de las disyuntivas que acabaron por llevar el proceso de La Habana al fracaso total o al impase más grave de su historia.     

Hernando Gómez Buendía*

El escenario    

Lo peor sería que el gobierno y las FARC no logren modificar el “Acuerdo Final” y volvamos a una guerra degradada y escalada.

Lo mejor sería que las partes lleguen a un acuerdo que corrija los defectos del que fue rechazado por el pueblo. Este sería el mejor de los mundos, y hoy es menos imposible que el domingo 2 de octubre.   

En este momento nuestros dirigentes están fluctuando entre esos dos escenarios, y en poco tiempo deberán decidir (i) si es posible o imposible mantener el proceso de negociación, (ii) entre cuáles interlocutores, (iii) bajo cuáles condiciones, y (iv) con cuál metodología. Pocas veces este pequeño grupo de colombianos había tenido tanta responsabilidad, y pocas veces sus equivocaciones habían sido más temibles.

Hasta ahora la noticia principal es excelente: pese al triunfo del No, ni Santos ni Londoño  han regresado a la guerra, y los voceros del No siguen diciendo que desean la salida negociada. Pero subsiste el riesgo de volver a la violencia y estamos en el medio de una puja de fuerzas muy intensa y muy compleja.

Las fuerzas que están en juego

Oscar Iván Zuluaga, representante del Centro Democrático, y partidario de las ideas Uribistas.
Oscar Iván Zuluaga, representante del Centro Democrático, y partidario de las ideas Uribistas.     
Foto: Wikimedia Commons

El 2 de octubre no hubo una votación entre los partidarios del Sí y los del No, sino entre los resignados y los no resignados con las concesiones a las FARC para que dejen de disparar y secuestrar.

La inmensa mayoría de los colombianos simplemente queremos que las guerrillas se desmovilicen con el mínimo de impunidad y de ventajas políticas o personales. Los que logramos tragarnos “los sapos” en aras del desarme de las FARC votamos Sí y los que se sintieron incapaces de tragárselos votaron No.

No hubo una votación entre los partidarios del Sí y los del No, sino entre los resignados y los no resignados con las concesiones a las FARC.

Sin duda la derecha no aceptó ningún sapo, la izquierda aceptó todos, y las campañas consistieron en exagerarlos (la del No) o en esconderlos (la del Sí). Pero el grueso de los ciudadanos (del 37,43 por ciento que votó) no estaba “polarizado” sino pensando en si alcanzaba a tragarse los sapos que había o que les pintaron. Por eso, así como el No ganó por el 0,04 por ciento de los votos, el Sí hubiera podido ganar por un margen similar. Fueron los vacilantes quienes sumaron al No (o restaron al Sí) los pocos votos que acabaron decidiendo por todos.

Hablando pues con seriedad, la decisión del domingo pasado fue obra de los indecisos, o más rigurosamente, fue producto del azar.

Pero al forzarnos a votar Si o No el plebiscito nos metía en dos cajones y creó o reforzó una polarización (acentuada además por las campañas), que tenía que ser y fue capitalizada por los “representantes” del Sí y del No. Los 53.894 indecisos acabaron por entregarle a Uribe la voz de “la mitad más uno” de los colombianos.                                                                                                        

El mandato del pueblo al presidente es que queremos la paz pero no así, y el mensaje  a las FARC es que entreguen las armas con menos pretensiones. Pero el encajonarnos y el empate numérico dejaron a Santos exactamente con un pie en la paz y otro pie en la guerra, a tiempo que permiten que las FARC digan que tienen muchos “amigos” y que Uribe asuma la representación de muchos no uribistas.

Un presidente que puede y se prepara para ir en una u otra dirección, y dos interlocutores que lo jalan muy duro. Angustioso.

Pero menos angustioso. Cierto que Santos, Uribe y Timochenko han hecho la guerra (“si nos toca volveremos a hacerla”), pero también que han vivido los horrores morales de la guerra. Los tres aman a Colombia y los tres quieren la paz a sus maneras. Y hay algo más seguro que las buenas intenciones: el interés propio de cada jugador.

  • Si fracasa el proceso de La Habana, el gobierno de Santos, con todo y Nobel,  habrá sido un fracaso.
  • Las FARC ya saben que a las malas no se toman el poder, saben que una nueva  guerra sería a muerte, y saben que nunca habían tenido ni podrán tener una oportunidad para ingresar tan exitosamente a la política.  Londoño necesita de la paz más que Santos (“el presidente que acató el No del pueblo y procedió a aniquilar la guerrilla”): esta es la razón crucial para esperar que cedan en sus pretensiones y es hoy la base más sólida para ser optimista.            
  • Uribe ya le ganó a Santos la pelea de su vida. Ahora puede ser razonable porque no le conviene cargar con el desangre, y porque ya arrancó la próxima campaña por la Presidencia.     

Las disyuntivas

Partidarios del No frente a los acuerdos por la paz.
Partidarios del No frente a los acuerdos por la paz.
Foto: Facebook Centro Democrático

A esta dura encrucijada entre la guerra y la paz hemos llegado en virtud de otras tres  disyuntivas subyacentes.

1. Paz y sapos. El proceso de La Habana comenzó con ventaja del gobierno (gracias a la golpiza militar de Uribe), pero las FARC fueron ganando de mano porque a Santos se le fue acabando el tiempo. Por eso este proceso tuvo tres etapas definidas:

  • La de reformas sociales. Se negocia dentro de la Constitución (por eso De la Calle) y en presencia de la ANDI (Villegas). Las reformas, por tanto, son modestas.
  • La de impunidad. Atollado el proceso en este punto, el presidente se salta a De la Calle (que había debido renunciar entonces) y envía a su hermano a decirle a Timochenko que se saldrán de la Constitución es decir, (i) que no habrá cárcel, (ii) que acordarán de igual a igual un nuevo código penal para evitar que las cortes internacionales los castiguen, y (iii) que de paso esta Justicia Transicional se extienda a todos los criminales “de este lado”.
  • La de desmovilización, blindaje y plebiscito. Después del pacto Enrique-Timochenko el proceso fluyó con rapidez pero con nuevos sapos. Los del blindaje jurídico del Acuerdo (tratado internacional, constitucionalización y “vía express”) y los del “referendo” que las FARC no querían aceptar (y que en efecto no debieron aceptar), pero aceptaron a cambio de curules, ventajas políticas y subsidios en dinero.            

Demasiados sapos para los 53.894 votantes que acabaron decidiendo.

2. Desacierto final. El pueblo es soberano, la participación ciudadana es hermosa, y Santos metió la cabeza porque lo había prometido para que lo reeligiera el pueblo, porque quería darle la estocada final a Uribe, y porque no quería cargar solo con los sapos del Acuerdo. Pero su plebiscito:

  • Era inútil porque no podía aumentar la “legitimidad” del Acuerdo. De entrada, una pregunta bipolar nos obligaba a polarizarnos – o sea que con cualquier resultado, quedábamos divididos-. Si hubiera ganado el Sí, los de No estarían denunciando el fraude – que no hubo- y la manipulación – que sí hubo – y que fue de carácter legal (rebaja del umbral) simbólico (la ONU y Cartagena) y moral (amenaza de la guerra).
  • El plebiscito era innecesario porque el Presidente puede hacer acuerdos de paz, porque ni Uribe ni Pastrana (ni ningún presidente) había consultado algún acuerdo con el pueblo (lo de 1957 es caso aparte), porque  el pueblo ya había decidido al reelegir a Santos con la única bandera de seguir negociando con las FARC, y porque Santos tiene el apoyo arrollador del Congreso que representa a ese pueblo soberano.                                                                                                
  • Y el plebiscito era absurdo porque el voto no es libre cuando el No podía –y todavía puede- implicar una espiral de violencia, y porque con un simple Sí o No no se puede negociar (¿O cuáles precisamente son los puntos que el pueblo ordenó renegociar? ¿O será que nos consultan el próximo borrador? ¿O que tendremos borradores sucesivos?).                 

Para peor: a Santos le salió el tiro por la culata.

3. Matrimonio entre varios. Del Acuerdo Final entre dos pasamos a una pelea entre tres, que corre el riesgo de acabar en una mesa redonda.

-Entre tres: ¿Será que Santos logra la proeza de meter a Uribe sin sacar a Timochenko y de meter a Timochenko sin sacar a Uribe? ¿Será que al hacer esto restablece la Constitución -o que la hace reventar del todo-?  ¿Será que el presidente representa a Colombia, o que es un árbitro entre las FARC y Uribe? ¿Será que el tiempo alcanza para tamañas decisiones?

La decisión del domingo pasado fue obra de los indecisos, o más rigurosamente, fue producto del azar.

-En mesa redonda: Uribe y sus dos socios aparentes (Ramírez y Jiménez), Pastrana y las iglesias cristianas acabaron por “representar” al No ante el gobierno. Y por supuesto todos los demás partidos quieren estar en la negociación. Es la idea de un “acuerdo nacional”.

  • La idea inverosímil de un consenso general precisamente en el momento de despegar la batalla por la sucesión de Santos:
  • Vargas Lleras no puso los votos en la Costa, hace reparos públicos a la justicia transicional, y desde el Sí apoya el No.
  • Zuluaga, Holmes y Duque son los tres precandidatos uribistas, y por lo mismo tienen que diferenciarse uno de otro en esta gran oportunidad para el “pantallazo”.   
  • El ex procurador quedó impulsado y Martha Lucía revivió sus esperanzas, pero los dos no caben en un solo partido pequeñito.
  • De la Calle está muerto por ahora y quién sabe si tenga el carácter para los  bandazos tan duros que se vienen.
  • Petro y la izquierda quedaron amarrados a Santos y a su Acuerdo.
  • O es la idea de un “acuerdo nacional” de todos contra las FARC –como fue en todos los tiempos desde el Frente Nacional-, pero ¿qué hacemos con el Acuerdo entre Santos y Londoño? Y si es para proponerles a las FARC otro acuerdo “aceptable”, ¿qué diablos es lo aceptable?

Ante la gran dificultad de negociar en coro (o aun en trío) con las FARC, habría el atajo de acordar un solo punto, que consiste en reemplazar la mesa de La Habana por una constituyente donde se vuelva a conversar de todo. Esta vía les suena a las FARC, le suena a Uribe y les suena a cuantos redentores, ilusos o descontentos  hay en Colombia. Pero con esta falta de claridad y representatividad, esta salida sería otro desastre.

La crisis -de verdad- que hoy estamos viviendo es producto de la debilidad política de Santos, de la falta  de partidos y de un sistema político tan descuadernado como el de Colombia.

 

*Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

  

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Comentarios  

José Manuel González
0 # ANATOMIA DE LA CRISISJosé Manuel González 12-10-2016 17:52
DOCUMENTO análisis de la crisis del Plebiscito de 2 de octubre de 2016
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