facebook   twitter   youtube 

Pasión y mesura después del 2 de octubre

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Uribismo en Colombia.

Luis HoyosSería absurdo que mientras el gobierno y la insurgencia llegan a un acuerdo,  la oposición desarmada y el gobierno no lo logren. Más que dos ideologías, hoy se enfrentan en Colombia dos maneras opuestas de entender y practicar la política.  

Luis Eduardo Hoyos Jaramillo*

Dos éticas políticas

El acontecimiento político, social y mediático del pasado 2 de octubre, cuando los partidarios de no refrendar el Acuerdo de La Habana ganaron el plebiscito por menos de uno por ciento crea una situación muy peligrosa, pero que a la vez, curiosamente, contiene algunas oportunidades.

Este acontecimiento lleva a pensar en una vieja distinción entre temperamentos políticos que propuso el sociólogo Max Weber a principios del siglo XX. Hay dos tipos de políticos: el que es guiado por una “ética de la convicción” y el que actúa por una “ética de la responsabilidad”.

El político por convicción se mueve por ideales que defiende como verdades inamovibles y abraza con firmeza su concepción de lo que es el bien para la sociedad como si fuera la única. Lo que da combustible a su acción es el carisma. Por eso le queda fácil inflar el verbo y mover las pasiones más elementales. En cambio el político por responsabilidad tiende más a la búsqueda de acuerdos racionales, no se sostiene en las pasiones y se sirve del lenguaje para el intercambio de razones.

El político por convicción suele ser un mal negociador, porque no cede con facilidad y asume la confrontación como un pulso cuyo objetivo es doblegar al contrincante. El político por responsabilidad suele ser un mal conductor de masas porque su inclinación natural es oír al otro y hacerse oír para llegar a un consenso. Es bueno en el parlamento, es malo en la plaza pública.

Pero después de todo Weber concluye en su magistral El Político y el Científico (hay muchas ediciones) que “la política es una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura.”

Negociar es ceder

Presencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas en los procesos de paz.
Presencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas en los procesos de paz.
Foto: Facebook FARC-EP

El peligro inminente en el que se encuentra la sociedad colombiana en este momento reside en que la coyuntura política nos aboca forzosamente a la negociación y a que predomine, por tanto, la política como responsabilidad. Pero no hay motivos para creer que los más visibles representantes políticos del No vayan a ser capaces de deponer sus arraigadas convicciones para negociar, es decir, para ceder.

No se negocia si no se cede.

Porque no se negocia si no se cede. Para empezar, no cabe bien en la imaginación una delegación plenipotenciaria de los partidarios del No para sentarse a negociar con el gobierno, y con las FARC. Uribe nunca ha sido bueno para delegar. Pero además, el uribismo ya ha manifestado que no se sentará a la misma mesa con las FARC. No es que lo hayan invitado, pero su disposición a estar en ella sería una señal afortunada que, por supuesto, habría que considerar.

Lo más grave de todo, sin embargo, es que parece ostensible que el uribismo no tiene conceptos para una paz negociada con las guerrillas de izquierda.

Más allá de las partes en conflicto

Si algo dejaron en claro los cuatro años de negociación pública con las FARC fue la altísima complejidad del proceso. Y esa complejidad obedeció en gran medida a que mucho de lo pactado bilateralmente tenía un alcance superior a los intereses de las dos partes por cesar la confrontación armada.

Así por ejemplo, la reforma rural integral promueve incentivos institucionales para un desarrollo agrario que busca proteger y expandir los derechos de propiedad de la gente menos favorecida en el campo. No es un acuerdo para favorecer a las FARC, sino a gran parte de la población rural colombiana.

Otro tanto puede decirse del acuerdo sobre participación política que, aunque contiene cláusulas importantes para facilitar el paso de la guerrilla a la política (cosa más o menos obvia tratándose de una guerrilla con pretensiones políticas que está negociando la dejación de armas), también contempla la participación para muchos otros movimientos que, por estar en zonas afectadas por el conflicto, tradicionalmente no han podido tener oportunidades políticas.

La complejidad del proyecto de justicia transicional obedece, por su parte, a que también tiene un alcance superior al de los meros intereses bilaterales (incluye a militares y a terceros determinantes), pero también a que, como todo proyecto de justicia transicional, no se basa en principios retributivos sino restaurativos. Es decir, no está centrado tanto en castigar duramente al criminal como en reparar a la víctima, a reconstruir la verdad y a comprometerse con la no repetición.

En el mundo de hoy existe un consenso más o menos amplio en el sentido de que el principio básico de la justicia penal retributiva (castigo proporcional al delito) hace muy difícil, si no imposible, los acuerdos de paz estable. Y más si se considera que en este caso se trata de una paz negociada con actores, sí, armados, pero también políticos, que no es el resultado del sometimiento, y que los delitos fueron cometidos en medio de un conflicto altamente degradado.

La degradación del conflicto colombiano llegó a mucha gente, y no sólo a las FARC, permeó al estamento militar y a muchos sectores, especialmente rurales. Eso hay que saberlo reconocer, si es que queremos vivir en paz. Nunca sobra repetir en este contexto a Kant: “lo peor de las guerras no es la cantidad de gente mala que eliminan, sino la cantidad de gente mala que producen.”

La esencia de la política

Marchas en la ciudad de Bogotá en pro de la paz en Colombia.
Marchas en la ciudad de Bogotá en pro de la paz en Colombia. 
Foto: Facebook FARC-EP

Para llegar a algo tan complejo se necesita mucho más que convicción, se necesita ante todo responsabilidad. Y la vimos en estos cuatro años. Juan Manuel Santos es claramente un político por responsabilidad, que se sabe rodear y es capaz de trabajar en equipo. Y las FARC, hay que decirlo, fueron también capaces de deponer progresivamente el maximalismo de sus convicciones para asumir la negociación política con responsabilidad.

Nadie puede decir que aquí las partes no se oyeron mutuamente, que no forcejearon, que no tuvieron tensiones muy duras. Pero lo lograron. Lograron lo que en Colombia era hasta hace poco tiempo impensable. Algo así no se puede lograr sin reconocimiento mutuo y sin la aceptación de algunas de las razones del otro.

Tal reconocimiento y tal aceptación no significan la finalización del conflicto, sino su desarme. El fin del conflicto armado no es el fin del conflicto. Y eso también lo supieron ver aquí las partes. Esa idea simple: conflicto sí, pero no armado, es una de las claves de una democracia madura. Y es el núcleo esencial de la política.

El peligro

La sospecha, no del todo infundada, de muchos colombianos en este momento es que un político como Uribe no es capaz de deponer la convicción para adoptar la responsabilidad. Uribe, reconocido por muchos como un “zorro” de la política, podría pasar a la historia como uno de los peores políticos de la historia colombiana. Y esto porque no supo entender que este no era el momento de la política por convicción sino el de la política por responsabilidad. Ésta empieza por reconocer al otro como interlocutor político esto es, como el que pasará de ser enemigo (la paz no se negocia con los amigos, suele repetirse con razón) a ser contrincante.

Curiosamente, lo que ocurre en Colombia desde hace más de tres años es que los contrincantes políticos encarnados en el uribismo y el gobierno de Santos han llegado ya a un punto en que pueden convertirse en enemigos irreconciliables. Sería imperdonable que mientras un acuerdo con las FARC se ha logrado, no se pueda impedir una confrontación violenta entre las llamadas élites.

Las democracias parlamentarias, con todos sus defectos, contribuyen muchísimo a fomentar la cultura de la negociación política. Ante la ausencia de mayorías absolutas, a menudo  difíciles de obtener, los partidos, que han sido contendores en el debate público electoral, están obligados a conformar gobiernos a través de coaliciones programáticas.

No pretendo insinuar que deberíamos tener algo así acá. Mi punto es que esa necesidad permanente de armar coaliciones, antes de armar gobierno, contribuye a generar una cultura de la negociación política. Claro, también se pueden dar estancamientos, como el que vive España desde hace varios meses. Es un riesgo.

En Colombia, en cambio, prevalece una cultura electoral que consiste en obtener mayorías para aplastar al contrincante. Las coaliciones se suelen hacer después de ganadas las elecciones, y no tanto para conformar gobierno, sino para repartir botines y cuotas burocráticas. No es del todo descabellado sugerir que la violencia partidista de los años 50 tuvo que ver en mucho con esto.

El fin del conflicto armado no es el fin del conflicto. 

El asunto es que el resultado del plebiscito del 2 de octubre no da para aplastar a nadie. El apretadísimo resultado (repito, con una diferencia del 0, 04 por ciento), después de una campaña mendaz y abiertamente irresponsable, da, ciertamente, para bloquear un acuerdo de paz construido con mucho cuidado y tiempo. (Que no es perfecto, todos lo sabemos, todos lo hemos repetido, pero que es bastante acabado).

Pero así como ese resultado no da para aplastar a los defensores del Sí, tampoco da para imponerles con prepotencia términos no negociables que provienen de la convicción y no de la responsabilidad. La precaria mayoría en el plebiscito obliga a los representantes de ambas partes a negociar. Lo que no se puede permitir es una perpetuación del bloqueo basada en convicciones que sólo comparte una de las partes.

Se necesitará aquí, vuelvo a Weber, “pasión y mesura”. Pero también la determinación de decir “no más”, si se diera el caso, y tramitar la legitimación política del acuerdo por otras vías, como la legislativa. Eso sí, sin perder nunca el contacto con la gente, que ya ha mostrado estar dispuesta a ir a la calle.
 

* Profesor Titular del Departamento de  Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia.

 

Escribir un comentario

Agradecemos a los investigadores, académicos y profesionales que contribuyen con sus artículos, declaraciones y caricaturas inéditos para ser publicados en la Revista Razón Pública. Los autores son responsables de sus ideas y de la presentación de los hechos en este documento.

“Los comentarios en Razón Pública están sujetos a moderación, (de 8 am a 6pm hora de Colombia) con el fin de garantizar un intercambio de opiniones en tono respetuoso - serán bienvenidas la crítica aguda y la ironía - que enriquezcan el debate y resulten interesantes para lectores y autores.
En consecuencia, no se aceptarán comentarios del siguiente perfil:
1. Que constituyan descalificaciones, ataques o insultos contra los autores o contra otros participantes del foro de comentarios.
2. Que incluyan contenidos, enlaces o nombres de usuarios que razonablemente puedan considerarse insultantes, difamatorios o contrarios a las leyes colombianas.
3. Comentarios sin sentido o repetidos, que serán eliminados sin piedad.

Los comentarios no reflejan necesariamente la opinión de Razón Pública, sino la de los usuarios, únicos responsables de sus propias opiniones.”


Código de seguridad
Refescar

Comentarios  

Amira Armenta
0 # TraductoraAmira Armenta 11-10-2016 05:52
Excelente análisis.
Responder | Responder con una citación | Citar | Reportar al moderador
Rocío Giraldo
0 # Ciencias de la EducaciónRocío Giraldo 11-10-2016 07:00
Excelente artículo. Profundo, claro y verdadero.
Eso es lo que estamos viviendo!
Responder | Responder con una citación | Citar | Reportar al moderador

Esta semana en Razonpublica