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Después de la derrota, la política

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Acuerdos llegados en la habana entre gobierno y FARC.

Boris SalazarMientras Santos y el Sí hacían pedagogía, Uribe y el No ganaron con la política. Pero ahora la sociedad civil y los movimientos sociales están recuperando la política. ¿Será que vamos hacia una democracia de veras más abierta?  

Boris Salazar*

La Violencia

Hace setenta años los colombianos se mataban unos a otros siguiendo los sermones de los curas en los púlpitos, leyendo –los que podían hacerlo– los periódicos partidistas, siguiendo  las instrucciones que los directorios respectivos daban desde la comodidad de clubes y salones, o cumpliendo las órdenes de asesinato que daba desde la oscuridad de una cantina en algún pueblo el jefe de chulavitas, de pájaros o de chusmeros. 

Las voces llegaban desde arriba, casi desde el cielo, hasta los cerebros de los que mataban y eran muertos en lo que aprendimos a llamar con serena abstracción La Violencia.

Las voces casi siempre aludían a la necesidad de matar antes de dejarse matar; a la monstruosidad de los otros; al peligro que representaba para la patria, la civilización cristiana y la familia la supervivencia de los enemigos. Aludían a la inexistencia de los que debían morir: las célebres un millón y medio de cédulas falsas del liberalismo aludían al carácter sobrante, fantasmagórico, de las mayorías liberales de carne y hueso.

Los que escuchaban con extrema pasión entendieron, quizás en forma errónea, que debían desaparecer del mundo real a esos liberales sobrantes. La campaña dura y cruel se extendió por las alturas andinas, las laderas, los pueblos de pie de monte y llegó incluso a los Llanos orientales. La respuesta de los perseguidos escaló la confrontación, y el conflicto se degradó de parte y parte hasta alcanzar unos niveles de intensidad, violencia y desorden que los instigadores iniciales quizá nunca imaginaron.

El campo de la política fue monopolizado por Uribe y sus seguidores. 

Cuando todo pasó y los muertos fueron mal contados, y se firmó el Pacto de Sitges entre los representantes de los dos partidos tradicionales, la política y la sociedad habían desaparecido. Lo que quedaba de país y de sociedad civil trató de echar a andar otra vez bajo la protección de las élites que lo habían llevado al desastre.

De su mano volvimos al desastre. Esta vez desatando fuerzas de una crueldad y capacidad de amenaza que hicieron ver como principiantes a los perpetradores de la matanza de finales de los años cuarenta y cincuenta.

Hoy, después de 52 años de guerra declarada con las FARC, y de más de sesenta de confrontación con las guerrillas liberales y comunistas que intentaron sobrevivir a la matanza generalizada de La Violencia, el país que estaba a punto de confirmar un acuerdo de paz entre las FARC y el gobierno legítimo volvió a escuchar voces similares a las de esos años aciagos.

Voces que reclamaban el carácter letal de unas fuerzas armadas al servicio de los privilegiados insistían en el carácter inhumano de sus contradictores políticos y anunciaban, otra vez, la entrega de la patria al comunismo, ahora con rostro castro-chavista.

Lo que cambió

Pacto de Sitges con el mando de Laureano Gómez.
Pacto de Sitges con el mando de Laureano Gómez.  
Foto: Wikimedia Commons

Han cambiado las maneras de decir lo mismo. Las voces ya no llegan desde arriba. Llegan desde la virtualidad de los medios electrónicos, de las redes sociales y de los medios masivos aceitados para la propaganda. Lo que dicen y lo que acaba siendo creído por muchos son ahora construcciones sociales.

Juan Carlos Vélez, el máximo manipulador, ya confesó sus trucos. Pero la verdad es que millones de colombianos contribuyeron a través de la repetición, pero también de su creatividad, a la construcción de una posición política hecha de trinos, de frases cortas y efectistas, de rumores y miedos y medias verdades. Allí estuvo la fuerza de la extrema derecha y del No.

La división de las redes sociales virtuales en aglomeraciones de personas con opiniones similares llevó a que ambas partes creyeran en la contundencia de sus opiniones: todas las voces que oían y los trinos que leían decían lo mismo que ellos pensaban, lo que provocó un efecto de reforzamiento.

Las dos opiniones crecieron a través de las trayectorias de sus contactos, reproduciendo una y otra vez opiniones similares a las suyas. Con una diferencia fundamental: mientras los líderes del No jugaron desde un principio a la política siguiendo el principio amigo-enemigo y la amenaza de la catástrofe para la patria, el gobierno y los seguidores del Sí confiaron en el carácter racional de lo acordado en La Habana y en las bondades indudables del Acuerdo.

El campo de la política fue monopolizado por Uribe y sus seguidores. Fueron ellos los que se lanzaron a las calles y operaron como si estuvieran resistiendo a un Estado despótico y tramposo. Tuvieron la ventaja de aparecer como la resistencia popular a un gobierno entreguista. No lo eran, pero lograron que una parte del electorado los apoyara en su oposición cerrada al Acuerdo de paz.

No todo fue discursivo y virtual: en zonas campesinas bajo el dominio paramilitar, los pocos que votaron por el Sí fueron expulsados y el resto votó por la posición de sus patrones armados.

Los seguidores del gobierno y del Acuerdo, en cambio, prefirieron una pedagogía suave concentrada en universidades y gremios, sin política, convenciendo a quienes ya estaban convencidos y sin ir a las grandes mayorías nacionales que se mantuvieron indiferentes a la confrontación de minorías que ocurría en las ciudades y en el campo.

Aunque Santos sabía que su decisión de luchar por la paz era política en esencia, nunca actuó en consecuencia. Distante y poco elocuente, se mantuvo lejos de la lucha política dejando el peso de la campaña en viejos políticos liberales que no parecían saber lo que estaban defendiendo. Ni el Partido de la U, ni el liberalismo, ni la izquierda en todas sus vertientes jugaron la carta de ir a las masas populares para ganar el plebiscito y para convencer al país de la bondad del Acuerdo.

Sin embargo, el triunfo estrecho del No y el premio Nobel de Paz para Santos le dieron un giro radical a la situación política. Cuando la pelota quedó del lado de quienes aparecían como los líderes del No el país comenzó a comprender que no tenían mucho que decir, y que no sabían qué hacer con el triunfo obtenido, y mucho menos cómo conducir una renegociación del acuerdo de paz con las FARC.

Los lugares comunes, los grandes miedos ideológicos y hasta la “ideología de género” se convirtieron en los grandes “aportes” de los líderes del No al nuevo acuerdo de paz. En las primeras horas de confusión llegaron a proponer como grandes medidas audaces puntos que ya estaban en el Acuerdo, como la amnistía general para la tropa de las FARC.

Después entraron en una reedición de los acuerdos del Frente Nacional: los dos grandes bandos de las élites se reunieron otra vez para formar una nueva alianza que renegociaría el acuerdo de paz con las FARC. Aparecieron, claro, los perritos de toda boda, como Martha Lucía Ramírez, el destituido Ordóñez y el excandidato Zuluaga, además de un número variado de pastores y otros personajes queriendo hacer pasar la mezquina agenda de cada uno como la gran preocupación de la patria.

En términos políticos, el uribismo y sus aliados están apostando a una carta de doble filo. De un lado apuestan a posponer el Acuerdo hasta el final del gobierno de Santos para que todo quede después en manos del nuevo presidente salido de sus huestes. Del otro, sin embargo, están dejando al descubierto su juego político y su incapacidad para lograr el nuevo Acuerdo que tanto prometieron. Dejaron la calle para volver a los grandes salones.

Un giro inesperado

Representantes de la campaña por el no a los acuerdos establecidos en la Habana, Óscar Iván Zuluaga y Álvaro Uribe.
Representantes de la campaña por el no a los acuerdos establecidos en la Habana, Óscar Iván Zuluaga y Álvaro Uribe. 
Foto: Facebook Óscar Iván Zuluaga

Los derrotados de la jornada del 2 de octubre recibieron, en cambio, un nuevo aire. Entendieron que la movilización política era decisiva y ganaron la calle en marchas multitudinarias en las ciudades más grandes del país. Al entrar en el terreno de la política mostraron incluso que no todos los votantes del No estaban con la extrema derecha y que podían tejerse alianzas con ellos para avanzar hacia un acuerdo de paz.

La disputa política que hoy tensiona al país no pertenece al campo de la política tradicional. 

Es cierto que están marchando los jóvenes, las víctimas y sus representantes. Pero también lo es que la iniciativa política está hoy de su lado y no de la extrema derecha, como había ocurrido hasta el 2 de octubre.

La disputa política que hoy tensiona al país no pertenece al campo de la política tradicional. La extrema derecha la llevó, sin proponérselo, al terreno de lo fundamental. Lo que separa a quienes defienden la posibilidad de construir una paz duradera de los que defienden sus estrechos intereses privados no pertenece al registro de la política tradicional.

Les corresponde ahora a la izquierda, a los demócratas y a los que creen en la posibilidad de una sociedad menos injusta y con más oportunidades para todos entrar de lleno al campo de la política para conquistar el apoyo de la mayoría de compatriotas que decidió no participar en el plebiscito.

La movilización política y social por la paz que debería haber empezado con el triunfo del Sí ya comenzó. ¿Podrá convertirse en un movimiento político que transforme el reducido campo de la política electoral colombiana? Es la apuesta crucial que se definirá en los próximos años.

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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Comentarios  

Leticia Naranjo
0 # De la derrota a la políticaLeticia Naranjo 19-10-2016 18:47
Excelente texto. :-)
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