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¿De qué depende que se salve la paz?

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Ideas de modificación entregadas al presidente Santos por los procesos de paz por parte de la oposición.

Carlo NasiNo es imposible renegociar el Acuerdo de La Habana, pero el gobierno, las FARC, los promotores del No y la sociedad colombiana tendrán que actuar con realismo y con mesura. Este texto examina las cinco condiciones que serían decisivas.    

Carlo Nasi*

En la cuerda floja

Al iniciar la renegociación de los acuerdos de La Habana, el presidente Santos solicitó a los promotores del No que demuestren realismo, que no hagan propuestas imposibles y que no dilaten los tiempos.

A esto se sumaron distintas manifestaciones en favor de la paz, como las marchas estudiantiles y los pronunciamientos de las FARC y de políticos de todos los partidos diciendo que hay que perseverar hasta cerrar el capítulo de la guerra. Después de la derrota del Sí, parece que la paz negociada tiene más dolientes que antes.

Después de la derrota del Sí, parece que la paz negociada tiene más dolientes que antes. 

¿Bastará esto para alcanzar la paz? No creo. Las solicitudes de Santos a los promotores del No equivalen a un llamado a la sensatez. Puede que este llamado cale en algunos, pero encontrará oídos sordos en muchos otros. Llamar a la sensatez a personas que han dado poca muestra de ella (y que han sacado réditos políticos de la polarización creada por sus discursos populistas y llenos de falsedades) probablemente sirva de poco.

Y aunque positiva, la convergencia de voluntades a favor de la paz negociada es insuficiente para producir un buen resultado. Si todos afirmamos “querer la paz” pero permanecemos irremediablemente divididos sobre cómo alcanzarla, acabaremos matándonos igual que antes, a pesar de agitar banderas blancas.

¿De qué depende que se salve o no la paz? Quizás de más factores de los que puedo abordar en este artículo, pero quisiera destacar las siguientes condiciones necesarias:     

  1. Hay que comprender el verdadero sentido de “corregir” los acuerdos de paz. Los promotores del No han insistido en la necesidad de “corregir” lo pactado, lo que da a entender que en la negociación se cometieron “errores” que impedían llegar al propósito de la paz.

No obstante, los acuerdos de paz no contienen “errores para corregir” en ese sentido. Tendrán aspectos criticables, pero eso es otra cosa. Con los acuerdos de paz, tal y como están, habríamos alcanzado el fin del conflicto armado con la guerrilla. Las FARC ya los había firmado y, de haber ganado el Sí en el plebiscito, ya estarían en proceso de desmovilización y desarme.

Tampoco es cierto el argumento de que necesitamos “correcciones” para alcanzar “la verdadera paz”. A menos que los uribistas tengan una bola de cristal que les permita predecir el futuro, no tiene ningún sustento la afirmación de que los acuerdos de Santos nos llevaban a una “falsa paz,” mientras que las “correcciones” propuestas por ellos nos llevarían a la “verdadera paz.” Eso es especulación.

De ahí que el verdadero significado de “corregir” los acuerdos se limite a una cuestión de poder. Hay que cambiar ciertas concesiones de los acuerdos porque algunos líderes políticos (capaces de torpedear la paz negociada) las consideran inaceptables. Eso presenta las “correcciones” en sus verdaderas proporciones y descarta otras justificaciones que se han dado.

Lo anterior no implica que sea “malo” debatir nuevamente algunos puntos de los acuerdos de paz y considerar alternativas. El Acuerdo no es inmune a las críticas y se le pueden introducir cambios, pero no cualquier cambio.

Procesos por el acuerdo de paz entre el gobierno Santos, y las FARC.
Procesos por el acuerdo de paz entre el gobierno Santos, y las FARC. 
Foto: Facebook Juan Manuel Santos
  1. Se debe entender que un acuerdo de paz es un pacto, y un pacto es algo distinto de la democracia. Un pacto es un acuerdo entre un número limitado de actores políticos poderosos destinado a proteger sus intereses vitales. Por eso los pactos no son democráticos y suelen ser impopulares.

¿Por qué se firman pactos? Porque a veces son la única salida que hay para producir un resultado deseado. Sin algunos pactos varios países de América Latina seguirían bajo el yugo de dictaduras militares o en guerra. Pese a su naturaleza antidemocrática, los pactos suelen ser un paso intermedio indispensable para hacer una transición a la democracia (o para profundizarla).

La negociación entre el gobierno y las FARC tuvo algunos “momentos democráticos” con los que se buscó dar legitimidad a lo acordado (como recibir a los representantes de las víctimas, de movimientos sociales y de ciudadanos, o llevar a cabo el plebiscito). No obstante, eso no cambia el hecho de que el acuerdo de paz es un pacto.  

Los representantes del No deben tener muy claro que el Acuerdo de paz es un pacto que tiene como fin último (y único) acabar con el conflicto armado. Para lograr ese propósito, cualquier cambio que quieran introducir debe sopesar cuáles son los intereses vitales de las FARC.

Si los cambios propuestos toman en cuenta únicamente lo que quieren algunos sectores políticos (es decir, si confunden un pacto con la democracia), las FARC los van a rechazar y con eso nunca alcanzaremos la paz (aunque los cambios propuestos gocen de amplio respaldo en la población).

¿Se pueden entonces introducir modificaciones al Acuerdo? Por supuesto, porque hay diferentes formas de proteger los intereses que están en juego. Pero hay que ser muy prudentes. Si los del No pretenden cambiarlo todo con una larga lista de reformas que desconozca los intereses de las FARC, volveremos a la guerra.   

  1. Las FARC deben ceder y proyectarse hacia el futuro. Por cuenta del resultado del plebiscito y de la Sentencia C-379/2016 de la Corte Constitucional, tal y como están, los acuerdos no se pueden implementar. Hay que introducirles cambios.

A su vez, que yo sepa en ningún lado se ha definido qué tanto se deben modificar los acuerdos para que sean considerados “distintos” y puedan ser implementados por el gobierno. En teoría, eso permitiría a las FARC ser intransigentes en la renegociación y aceptar únicamente cambios mínimos y cosméticos a lo pactado en La Habana.

No obstante, eso sería un grave error. A las FARC les conviene mostrarse dispuestas a ceder en algunos puntos sustanciales. De otra manera, nunca van a reducir las resistencias que generan en gran parte de los colombianos.

Si se mantiene la percepción generalizada de que los acuerdos de paz contienen ante todo “sapos que nos debemos tragar” (bajo la amenaza de las FARC de volver a la guerra), en vez de cosas buenas para el país, lo pactado no tiene futuro, pues sería torpedeado sistemáticamente.

Activistas del No en los procesos llevados por la paz.
Activistas del No en los procesos llevados por la paz.  
Foto: Facebook Álvaro Uribe
  1. El gobierno debe actuar estratégicamente y tomar decisiones difíciles. Aunque el gobierno ha escuchado los distintos reclamos y propuestas de los representantes del No, esto no quiere decir que su papel de ahora en adelante se limite a volverse vocero de esas posturas ante las FARC. Hacer un simple compendio de las propuestas y tratar de imponerlas a las FARC sería la receta del fracaso. 

El papel del gobierno es mucho más complejo. El gobierno tiene que empezar por filtrar las propuestas y persuadir (con argumentos) a los del No para que desistan de las que son inviables. 

Luego vendrá el nuevo y duro pulso con las FARC, donde el gobierno caminará en la cuerda floja. En ese momento tendrá que decidir si la prioridad es atender a la democracia como piden los del No (algo que legitimaría los acuerdos pero que también puede llevarlos al traste), o privilegiar lo ya pactado en aras del bien supremo de la paz (que es lo que quieren las FARC y lo que nos llevaría al fin del conflicto armado, aunque con serios problemas de legitimidad).

Los pactos no son democráticos y suelen ser impopulares.

En cualquier caso, el gobierno tendrá que tomar decisiones difíciles que no dejarán a todo el mundo contento. ¿Podrá el gobierno cambiar los acuerdos de La Habana lo suficiente como para ampliar la coalición de apoyo a las negociaciones, sin que las FARC los rechacen y todo colapse? Esa es la pregunta.      

  1. Los colombianos deben evitar las cuentas falsas. Cuando recientemente las FARC revelaron cuántos hombres tienen (5.765 sin contar las milicias), más de uno pensó: “son solo seis mil bandidos: ¿para qué hacerles concesiones? Si se cae el proceso de paz, los doblegaremos con nuestra fuerza pública”.   

Pero esas son cuentas alegres y descontextualizadas, que no dimensionan lo que está en juego. Nótese que hace tan solo quince años las FARC tenían cerca de 20 mil combatientes, y cualquier manual de contrainsurgencia estima que por cada guerrillero hay diez personas que lo apoyan.

Aunque Santos negoció con las FARC después de haberlas golpeado militarmente, eso no garantiza nada. Ya el gobierno “raspó el fondo de la olla” del Plan Colombia (que en todo caso no bastó para derrotar a las FARC). ¿Qué nos asegura que a la vuelta de una década no solo no derrotemos a las FARC, sino que tengamos que volver a negociar con la guerrilla, esta vez fortalecida y con muchas más exigencias en la mesa de negociación?

El problema con las FARC no se limita al número de guerrilleros, sino a su capacidad para reproducirse, algo que han hecho durante 52 años a pesar de las miles de bajas y capturas. Eso lo tenemos que reconocer incluso los detractores de las FARC.

Además, hay que recordar que por ese “puñado de guerrilleros” se formaron los grupos paramilitares que masacraron y despojaron a miles de campesinos, y se desarrolló la perversa interacción entre insurgencia y contrainsurgencia que ha causado cerca de 260.000 muertos y más de seis millones de desplazados, en su mayoría civiles.

El asunto no es tan simple. Las cuentas alegres nos pueden hacer perder una oportunidad única, lo que sería muestra de poca inteligencia. En este momento la paz pende de un hilo.

 

Profesor asociado del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

 

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