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Gabriel García Márquez en París: la miseria dorada

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Mientras escribía Cien años de soledad, en París tuvo que pedir repetidos plazos a la dueña del hotel para acabar la historia que tenía entre manos.

Nicolás PernettFrancia cumplió un papel muy importante en la formación literaria de Gabriel García Márquez. Sin embargo, esta no fue una historia de besos y vino a orillas del Sena, sino un duro aprendizaje en medio de la pobreza.

Nicolás Pernett*

La grandeza de la miseria

Cuando alguien alcanza un gran éxito en algún área después de haber padecido tiempos de mucha dificultad las historias sobre su pasado suelen adquirir un matiz diferente. Ya no son más cuentos sobre el fracaso y el miedo, sino anécdotas accesorias y ligeras en la épica de los grandes personajes.

Pero esto, de alguna manera, nos desdibuja el rostro de las personas reales que hay detrás de los “ganadores” que admiramos. Todos sabemos que Simón Bolívar perdió muchas batallas antes de vencer en sus guerras definitivas, pero pocos lo recuerdan en sus momentos de derrota, algo que nos podría ayudar a entender mucho mejor sus decisiones en el poder.

Lo mismo se puede decir de algunos deportistas, políticos o artistas colombianos. Parece que no soportamos verlos en la derrota o, por lo menos, en sus momentos de debilidad. No hay sino que recordar los comentarios que se escuchaban en la calle y en las redes sociales cuando el ciclista Nairo Quintana se resistía a atacar a sus contrincantes en el Tour de Francia en 2016.

Algo similar ha ocurrido con Gabriel García Márquez. Las historias que se cuentan de él durante los duros tiempos previos a su merecido éxito como escritor han entrado hace años a hacer parte de un catálogo amplio de divertidos relatos inofensivos que esconden el tamaño real del drama que se intuye detrás de ellas.

Los que han explorado su biografía conocen bien la historia de los meses en los que tuvo que huir al pago del arriendo y al hambre en México mientras escribía Cien años de soledad. Otros tal vez hayan escuchado sobre cómo su abuelo materno murió de viejo esperando una pensión del gobierno que nunca le llegó. Y quizás unos cuantos sepan que más de una vez García Márquez tuvo que salir del país por persecución del gobierno de turno.

Si no fuera porque después el escritor llegó a ser uno de los hombres más ricos de las artes en América Latina y narró estas anécdotas como simples aventuras de juventud, sería difícil no sentir una genuina compasión por la persona que estuvo detrás de esos terribles sucesos. Mucho antes de la fama y el dinero, para García Márquez estuvo la pobreza, el hambre y la incertidumbre sobre el futuro.

Es decir, antes de publicar Cien años de soledad García Márquez no era más que otro de los muchos colombianos para quienes su deseo de vivir es la única garantía de supervivencia en un país que siempre ha parecido más eficiente para matar a sus hijos que para hacerlos vivir dignamente. 

Una temporada en el infierno

La historia de Gabo en Francia no fue de besos y vino a orillas del Sena, sino de aprendizaje en la pobreza
La historia de Gabo en Francia no fue de besos y vino a orillas del Sena, sino de aprendizaje en la pobreza
Foto: Radio Televisión Nacional de Colombia

Sin duda una de las épocas más difíciles para el futuro premio nobel de literatura fueron sus casi dos años de residencia y supervivencia en París entre 1956 y 1957. Allí había llegado después de haber cubierto algunas noticias europeas para el diario El Espectador y de haber ensayado estudiar cine en Roma. 

Su estatus de corresponsal de un diario nacional en el viejo continente le permitió durante algunas semanas costearse una buena vida en el París de posguerra, al que seguramente había llegado atraído por la leyenda de su ambiente literario.

París había sido el epicentro de algunos sucesos literarios que cambiaron la literatura del siglo XX (así como la vida del propio García Márquez). No solo Ernest Hemingway había hecho de la Ciudad Luz su lugar de residencia por casi una década en los años veinte, sino que allí también había vivido y publicado el Ulises James Joyce. Julio Cortázar, otro gigante, esta vez latinoamericano, igualmente había decidido hacer de París su morada a principios de la década de 1950.

Mucho antes de la fama y el dinero, para García Márquez estuvo la pobreza, el hambre y la incertidumbre.

Aparte del fugaz paso de algunos viajeros como José Asunción Silva o José María Vargas Vila, el hombre de letras colombiano que había hecho de París su lugar de residencia fue el filólogo Rufino José Cuervo, quien llegó a la ciudad en 1882 y allí moriría en 1911, después de haber explotado sin pausa la Biblioteca Nacional de Francia.

Pero la estadía de García Márquez en París no fue la de los rastacueros latinoamericanos que iban a Europa en el siglo XIX a presumir su riqueza de carne y cultivos de un arrabal sudamericano, ni tampoco la del maestro Cuervo, cuya fábrica de cerveza le permitió dedicarse a la investigación lingüística sin preocupaciones materiales.

El París de García Márquez fue de la privación y el desconcierto, especialmente después de que el régimen de Gustavo Rojas Pinilla ordenó el cierre de El Espectador. Entonces, el que había sido corresponsal internacional quedó convertido en un inmigrante desempleado más. A pesar de esto, García Márquez decidió quedarse en París a escribir, como habían hecho los grandes antes de él.

Estiró lo más que pudo sus ahorros y el pasaje de vuelta que se hizo reembolsar. Recogió botellas y periódicos en la madrugada para venderlos al reciclaje. Y se ganó algunos francos cantando (un arte en el que también fue diestro por venir de familia de músicos) en el café L´Escale. En este y otros rincones de la noche conoció a otros latinoamericanos, como él, varados en París por exilio impuesto o voluntario, que le dieron una visión de conjunto de su continente de origen que no había tenido desde Colombia.

Allí también se dio cuenta de las realidades del otro lado del mundo, cuando sufrió en carne propia la discriminación, pero no por ser latinoamericano sino por parecer árabe en una Francia que, igual que hoy, veía con sospecha el crecimiento de la población musulmana en su territorio (especialmente en momentos en que Argelia luchaba una guerra para liberarse del dominio colonial francés). Más de una vez fue perseguido y acosado por la policía y una noche terminó preso con otros argelinos en una comisaría de París. Se puede decir que García Márquez sufrió entonces casi todas las exclusiones posibles: ser latinoamericano, ser árabe, ser pobre y ser poeta.

Caos y creación en París

Gabriel García Márquez en 1957. Foto: Guillermo Angulo Pérez
Gabriel García Márquez en 1957. Foto: Guillermo Angulo Pérez 
Foto: Ciudad Viva

Es cierto que París no fue una fiesta para García Márquez, pero sí un retiro literario. Durante el tiempo que allí estuvo lo más común fue que estuviera en su buhardilla del Hotel de Flandre en el Barrio Latino, donde escribía durante toda la noche la que sería su primera obra maestra: El coronel no tiene quien le escriba.

París no fue una fiesta para García Márquez, pero sí un retiro literario. 

Como si se tratara de un anticipo de los plazos que tendría que pedir a su arrendador mientras escribía Cien años de soledad, en París también tuvo que pedir repetidos plazos a la comprensiva dueña del hotel para acabar la historia que tenía entre manos. Inspirado por la economía verbal de su maestro Hemingway y recordando las historias de su propio abuelo, García Márquez fue entretejiendo, mientras las estaciones se sucedían afuera, la historia del coronel que espera una pensión mientras entrena un gallo de pelea que será la esperanza de todo un pueblo.

En esta novela terminó también apareciendo un personaje que no tenía que ver con el pasado de García Márquez sino con su presente mientras la escribía: la esposa del coronel, una mujer huesuda y fuerte que había perdido un hijo e intentaba desesperadamente que su hombre asegurara la supervivencia de los dos. Después se sabría que este personaje tenía mucho de la española Tachia Quintana, una actriz española con quien García Márquez tuvo una breve pero intensa relación amorosa durante sus años en París.

Es posible que Quintana también haya sido la inspiración para el personaje Nena Daconte, la hermosa cartagenera que se desangra en París mientras su asustado y lento esposo no sabe qué hacer en el magnífico cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”, uno de los logros más altos del realismo mágico garciamarqueano. 

A comienzos de este siglo el inglés Gerald Martin entrevistó largamente a Quintana para su biografía de García Márquez y la española terminó por confesarle un secreto bien guardado: ella había quedado en cinta del colombiano pero había decidido abortar (contra la opinión del propio García Márquez) en un hospital de París unos meses antes de la partida definitiva del escritor.

Cuando esta revelación apareció en el libro de Martin, algunos críticos colombianos (más ordoñistas que Ordóñez) pusieron el grito en el cielo por la incursión del investigador en la vida privada de su investigado, como si se hubiera descubierto un acto verdaderamente horroroso. Algunos años después, la misma guardia petroriana de gabólatras saltó de rabia cuando el hermano del escritor, Jaime García Márquez, reconoció públicamente que el autor (y él mismo) sufrían una enfermedad hereditaria que hacía que los recuerdos se desvanecieran sin remedio de sus mentes con el paso de los años.

Para muchos fue difícil entender que se armara semejante escándalo porque alguien había dicho que un hombre de más de 80 años tenía problemas de la memoria. Este fue un ejemplo más de cómo no soportamos pensar en que nuestros héroes han cometido errores o han tenido momentos de debilidad. Afortunadamente, los perfectos existen solo en la mente de los fundamentalistas y los grandes hombres y mujeres de la realidad han pasado por algunas miserias doradas que no han hecho más que engrandecer sus vidas.   

 

Historiador. 

@NicoPernett

 

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Comentarios  

Sixto
0 # SueñosSixto 03-05-2017 12:46
Magnífico escrito. Muchos dicen "le di", "le ayudé", "lo acompañé". ¡Vaya uno a saber si fue cierto! A cuento de qué le iban a ayudar si no era nadie. Ahora sí todos se proclaman sus amigos. Como los de antes del Nobel que lo trataban de izquierdista y comunista. Pero después se convirtieron a la gabolatría, sin ningún dejo de vergüenza, sobre todo miembros de esa oligarquía (o en su representación) oportunista y conservadora de sus bolsillos.
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