El humor en Juan Rulfo: risa frente a lo solemne

(Tiempo estimado: 4 - 8 minutos)

Muestra de cine mexicano en honor a Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Santiago Andrés GómezEl centenario del nacimiento del escritor mexicano puede ser una buena ocasión para valorar aspectos de su obra que no han sido tomados en cuenta hasta ahora. El humor es uno de ellos, a pesar de que nunca haya sido reconocido como uno de sus fuertes.

Santiago Andrés Gómez*

Un guiño a la risa

Es obvio que el humor no es algo característico en Juan Rulfo, al punto que ha sido un aspecto casi completamente ignorado en su obra por la crítica. Pero me atrevería a afirmar que, si de humor en literatura se va a hablar, no se debería pasar por alto a Rulfo.

Podemos encontrar momentos de su obra que muestran otro semblante de su escritura. Los cuentos de Rulfo ofrecen algunas de las características que Aristóteles le dio a la comedia (el humorismo, más allá de lo risible) en su discriminación de géneros. Esta se ocupa, según el filósofo, de las gentes plebeyas, porque estas serían grotescas y sus asuntos ligeros y dables a la mofa de las costumbres, a la burla de las dignidades individuales. 

La comedia se conseguiría entonces solo con mostrar seres humanos en situación primaria, tosca, y sin necesidad de contraponer o satirizar directa o decididamente a los seres más elevados en las gradas de clase. Al contrario, la pérdida individual de los valores, la caída en desgracia, el destierro, serían los motivos trágicos por excelencia, y tales peripecias serían más propias y más intensas en seres ilustres: hijas de reyes, grandes guerreros o semidioses mortales.

Sin embargo, en la tragedia también se ven rasgos de humorismo mucho más complejos. Tal genio absorbente es lo que define al humorismo extrañado de Pedro Páramo, la única novela publicada por Rulfo.

El humor de Rulfo no se aparta de su visión derrotista de la vida, pese a que al mismo tiempo la llega a redimir en una especie de fruición vital, igual de maligna que benévola. Su humor ni se aparta ni se llega a diferenciar mucho de otras capas o niveles descriptivos y narrativos. Antes bien, desde cierto punto de vista, los corona. Se trata de una espiral irregular de anillos entreverados entre el extremismo, lo intolerable, lo absurdo y lo escandaloso.

Echando cuentos

Juan Rulfo.
Juan Rulfo.
Foto:  Gobierno de México 

Cuando el visitante foráneo del cuento “Luvina” dice a los habitantes del pueblo que se unan en busca de un futuro mejor, pidiendo ayuda al gobierno, ellos le preguntan si él conoce al gobierno. El profesor responde que sí, y entonces ellos dicen:

Si de humor en literatura se va a hablar, no se debería pasar por alto a Rulfo.

“También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno”. El profesor acaba diciendo: “Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina”.

En su novela, Susana San Juan, el gran amor de Pedro Páramo, se entera de que su papá murió. Recuerda entonces cómo un día, siendo niña, él la descolgó por unas ruinas para que sacara oro, y ella, vacilante, le fue pasando lo que encontró: un esqueleto, hueso por hueso. “Entonces ella no supo de ella, sino muchos días después entre el hielo, entre las miradas llenas de hielo de su padre. Por eso reía ahora”.

Susana ríe a carcajadas después de que su padre ha muerto, pues recuerda las miradas de hielo con que él la congelara luego de hacerla descender por una cuerda, siendo ella apenas una niña, hasta un recinto tenebroso para que sacara oro (“ruedas redondas de oro. Búscalas, Susana”), sin que ella encontrara más que huesos.

Pero las cosas llegan al confín de lo extremo, de lo intolerable, de lo absurdo y de lo inaceptable, cuando Susana, belleza frágil, locura divina, sueño inalcanzable dentro de sueños arrobadores, agoniza. Ella ha confesado sin problema que está loca. Los reta a todos con lúcida y ofendida histeria, suda frío y se revuelve desnuda en el lecho de su delirio, a la vista del que sea. Sufre de una fiebre que se la va llevando, y el padre Rentería llega a darle la comunión.

“–Te voy a dar la comunión, hija mía.

Esperó a que Pedro Páramo la levantara recostándola contra el respaldo de la cama. Susana San Juan, semidormida, estiró la lengua y se tragó la hostia. Después dijo: “Hemos pasado un rato muy feliz, Florencio”. Y se volvió a hundir entre la sepultura de las sábanas”.

No sé si parezca una tontería, pero esa rancia chiquillada parece una perfecta muestra de la capacidad humorística de Rulfo.   

Otros cuentos, como “El día del derrumbe” o “Anacleto Morones”, están llenos de sablazos mortíferos contra la palabra de los gobernantes o contra el sentimiento religioso del pueblo, para matizar con risa todo lo que de insufrible y de inaceptable hay en nuestra sociedad.

A veces en Rulfo el extremismo comprueba lo intolerable, como si una descripción agreste y demacrada dijera todo sobre la magnitud insoportable de las circunstancias. Este es el caso de las reflexiones del perseguido en “El hombre”, cuando se excusa a sí mismo de la masacre que ha hecho con una familia entera, en vez de haber matado solo al padre, diciendo: “Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz”.

A veces es al contrario: algo intolerable comprueba o explica el sentido preciso de una situación que uno no imagina que pudiera dar para tanto, como se ve en todo el relato de las indecibles desgracias que provoca a Juvencio Nava el acoso que sufre en “¡Diles que no me maten!”.

Las estrategias humorísticas

El Llano en Llamas de Juan Rulfo.
El Llano en Llamas de Juan Rulfo.  
Foto: Notimex

Mucho se ha hablado de un recurso notable en la escritura de Rulfo: la reiteración de algunos términos que insisten en un hecho o en una percepción. Esta cadencia, según algunos, tendría funciones emparentadas con un tiempo circular o incluso estancado en el relato, afín al interior inmutable de los personajes.

Pero tal vez esas redundancias hagan más eficaz lo que de otro modo parece un simple recuento de contingencias, y esa precisión es literariamente feliz, un hallazgo doble. En “Nos han dado la tierra”, por ejemplo, uno sonríe luego de que el narrador dice: “Se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado”, porque añade, simplemente: “Se me ocurre eso”.

Este humor termina por expresar una sabiduría popular tan dulcemente capturada que te deja boquiabierto.

En otras ocasiones ese énfasis o extremismo no precisa de una repetición literal. En “La cuesta de las comadres” el narrador describe así la macabra muerte que ha provocado: “Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo”.

Estas estrategias están siempre más cerca de un humor del absurdo que del típico humor político. En Pedro Páramo este absurdo llega incluso a transparentarse, a disolverse, ofreciendo un aspecto tan ambiguo, que uno a veces no sabe sino reírse justamente porque todo es irreal. Cuando el personaje Dorotea llega al cielo buscando a su hijo, un ángel saca de su vientre “algo así como una cáscara de nuez” y le dice: “Esto prueba lo que te demuestra”. A lo que ella apenas comenta, con sabiduría incontestable: “Tú sabes cómo hablan raro allá arriba; pero se les entiende”.

Lo esencial, al fin, en este humor molesto, indescifrable, es que termina por expresar una sabiduría popular tan dulcemente capturada que te deja boquiabierto.


* Crítico de cine, realizador audiovisual y escritor, ha publicado varios libros de crítica de cine, novela y cuento. Premio Nacional de Video Documental - Colcultura 1996.

 

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