Silencio de los fusiles: por fin lo estamos oyendo

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Película de Natalia Orozco, El Silencio de los Fusiles, sobre el fin de la guerra con las FARC.

Pablo Roldan El documental de Natalia Orozco hace un recuento detallado de la negociación de paz entre el gobierno y las FARC sin temor  a hacer críticas o preguntas incómodas, pero también sin miedo a mostrar el lado más humano de sus protagonistas.

Pablo Roldán*

“Detuvieron los corceles, bajaron de los carros, y dejando las armaduras en el fértil suelo, se pararon muy cerca los unos de los otros”

La Iliada, Canto III

El estreno

Al documental de Natalia Orozco –destacada periodista (convertida en cineasta) dos veces ganadora del premio Simón Bolívar– debe dársele la importancia que merece. En medio de disputas interminables por el cambio que como país hemos vivido, esta película hace un intenso recuento de los pormenores de cuatro años de una compleja negociación que contra todo pronóstico finalizó con éxito para después, irónicamente, ser rechazada por la mayoría de los votantes colombianos.

El silencio de los fusiles fue la película encargada de abrir el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias –el evento cinematográfico más importante del país–, y lo hizo en un momento de debate álgido, cuando la herida abierta del plebiscito aún no cerraba. Su estreno también coincidió con un hecho sin precedentes: la entrega del primer lote de armas de las FARC a la ONU.

La espera para ver el estreno fue intranquila y llena de dudas. El documental fue auspiciado por RCN Televisión y por ARTE, un canal de televisión europeo con predominancia en Francia y Alemania. Al evento asistieron figuras importantes de la negociación de paz que luego fueron mostradas y puestas en entredicho en el documental. Tal fue el caso de Humberto de la Calle, jefe de las negociaciones; Pastor Alape, ex-guerrillero, y de un equipo de funcionarios del gobierno encabezados por el presidente Santos.

Después de estimulantes y sentidos discursos donde se hacía hincapié en la importancia histórica del momento, comenzó la proyección de la película que dejó al público en completo silencio, aunque a veces provocó también rechiflas y aplausos que inundaron la sala. El documental fue una exposición del esfuerzo titánico de los negociadores que resumía, en sus dos horas de duración, las visiones de los dos bandos que se sentaron con toda la disposición para lograr el fin de una guerra que parecía eterna. El registro de la última batalla, la batalla de la paz.

Un testimonio cuidadoso

Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias
Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias
Foto: Señal Colombia 

El documental hizo un seguimiento de los momentos claves de la negociación que definirán el rumbo del país; es un testimonio frentero y prudente, pero sobre todo demuestra conciencia acerca de la gran importancia de lo filmado. El inmenso valor de sus imágenes no solo está en que documentan un hecho y en que, por eso mismo, son un antídoto para el olvido. También está en que al narrar y confrontar las dos posiciones que se enfrentaron en la negociación abre la posibilidad de abordar de nuevas maneras las preguntas que la guerra ha dejado sin respuesta.

Además, acá nuestro único intermediario es la cámara. A los protagonistas de estos hechos los seguimos con la confianza que la imagen otorga. Asistimos a un valiente testimonio de la aventura emprendida en busca de lo que en un principio podría calificarse como una locura: la paz en Colombia.

Orozco no parece tener una postura tomada, sino que se compromete a seguir con la misma sinceridad y simpatía a ambos bandos: la guerrilla de las FARC y los representantes del gobierno. En esa confrontación en torno a la cual gira la película van apareciendo las distancias y cambios que le dan vida a este documental.

La historia no miente, y eso es precisamente lo que indica la película cuando compara, por ejemplo, el discurso de posesión del primer período de Santos –donde además de elogiar a Uribe hace un llamado a continuar con el combate y sometimiento militar de las FARC– con una declaración pública donde manifiesta la voluntad de paz de su gobierno para iniciar los diálogos. “Yo sabía que esa conversación tenía que darse si queríamos terminar el conflicto”, le dice el presidente Santos a la cámara de Orozco. La película, con estas técnicas de expresión clásicas en el documental, se esforzó por descubrir esos cambios que marcaron el viraje definitivo del país hacia la paz.

La directora afirma que al hacer esta película ella se preguntaba dónde íbamos a guardar como país todo lo que nos dejan cincuenta años de guerra, dónde íbamos a poner los sentimientos de las víctimas de ambos bandos, dónde iba a quedar la memoria de esos años. El documental parece responder de manera cabal a esas preguntas.

En un momento, se muestra a Pablo Catatumbo hablándole a la cámara mientas cuenta: “nosotros siempre que nos levantamos de la mesa de conversaciones les hemos dicho: nos vemos dentro de cinco mil muertos”.

Pero lo que le interesa al film es captar el cambio, el giro que se produjo en la historia. Vemos a Timoleón Jiménez declarando sin ningún titubeo, en lo que parece un VHS muy viejo, la importancia de la lucha armada; momentos después, ante otra cámara, lo vemos hablando del temor que le producía iniciar los diálogos con el enemigo de siempre. De alguna manera el documental da voz a aquellos que nunca tuvieron la oportunidad de hablar.

Asomarnos a eso “otro” que también hace parte de la vida de personajes que conocemos por medio de folletines, artículos y videos difundidos por los medios ha sido posible después de que escuchamos por fin el silencio de los fusiles.

Además, la mirada privilegiada del documental a la negociación y su desarrollo le otorga un inmenso poder reflexivo gracias al cual nos devuelve a nosotros la imagen de un país resignado a proseguir la guerra. Un país que no deja de sorprendernos como lo hizo con el resultado del plebiscito del 2 de octubre de 2016. El documental, de manera algo acelerada, indaga por ese crudo resultado. No obstante, este acelere del final acabó por hacer que se abandonaran otras preguntas importantes. Tal vez es necesario dejar que el tiempo pase para realizar un análisis más profundo.

Cine, forma y contenido

Firma de los Acuerdos de Paz con las FARC.
Firma de los Acuerdos de Paz con las FARC. 
Foto: Presidencia de la República 

La película también pone sobre la mesa el eterno debate de la forma y el contenido. ¿El poder de esta película radica en que tiene como tema central un acontecimiento fundamental para el país o en que gracias al lenguaje cinematográfico pueden cuestionarse los hechos registrados mientras se muestra la gran gesta política que fue la negociación?

La discusión nos puede llevar días, pero la evidencia es indiscutible: el documental hace poco alarde de las capacidades poéticas y narrativas del lenguaje cinematográfico y se concentra en la negociación, sus alcances y, sobre todo, en sus protagonistas, que son la columna vertebral del relato. En una conferencia de prensa la directora dijo de estos últimos: “son hombres y mujeres hablando de cosas muy profundas, muy importantes, por eso cualquier movimiento de cámara o cualquier aumento de la musicalidad le podía quitar realidad, verdad. Había planos hermosos o situaciones que le daban más drama a la narración, pero no eran reales, así que decidimos dejarlos por fuera”.

Quedará como tarea fundamental para otra generación de cineastas el devolver con la imagen lo que el conflicto armado le arrebató al imaginario colectivo. El clamor por un cine que ponga en el centro la tolerancia y el respeto por el otro resuena cada vez más. Y este clamor se intensifica al encontrarnos con trabajos como El silencio de los fusiles, que guía la mirada a través de la turbulencia del tiempo para alejar al olvido y que deja en un segundo plano la búsqueda de las heridas y las zonas oscuras para concentrarse (y con razón) en la importancia histórica y política de los sucesos.

Las FARC, ahora en tránsito hacia la legalidad, se sientan con ansias de demostrar su intención de diálogo. Insisten en hablarle a la opinión pública ya no desde la ilegalidad y la confrontación armada, sino desde la propuesta de conformación de un nuevo ideal de país y de acción política. Vemos el compromiso de los protagonistas con una Colombia distinta. El documental nos regala momentos cuando, reunidos en los campamentos, los miembros de la guerrilla nos hacen saber que la alegría del futuro desarme también se comparte.

La película no duda en hacer preguntas difíciles y confronta a los protagonistas del conflicto con su turbulento pasado, pero también admite la posibilidad de hablar de los aspectos de su vida que han sacrificado y de representarlos con ternura, como lo merece cualquier sr humano. En este sentido, suscitan especial atención las palabras que cruzan Timoleón Jiménez y su madre en la intimidad del hogar.  

Las facetas de los protagonistas aparecen como en un caleidoscopio y, como señal de que estamos ante una cineasta firme y llena de coraje, Orozco recibe todos esos reflejos con interés y pasión. Los personajes claves de la negociación son vistos desde diversas perspectivas.

El silencio de los fusiles es, en cualquier caso, una película esencial para nuestro tiempo. Quizá se vio afectada por la premura que fue necesaria para que pudiera verse aún en medio de las tensiones políticas del momento, pero esa no debe ser una excusa para desestimar el enorme valor de sus ciento veinte minutos.

 

* Estudió cine y televisión en Bogotá y es crítico de cine, dirige el Festival universitario de cine EUREKA, participante en el Talents Buenos Aires 2017.

 

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