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Hermanos y rivales: apuntes sociopolíticos sobre el partido de Venezuela frente a Colombia

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Encuentro deportivo entre las Selecciones de fútbol de Colombia y Venezuela.

David QuitianKaren ArisaLas pasiones que despierta cada partido entre las selecciones de Colombia y Venezuela permiten ver en el fútbol un elemento integrador, que promueve las identidades nacionales y, a la vez, la rivalidad entre países.

David Quitián* - Karen Ariza**

Fútbol y nacionalismo

El partido entre las selecciones de Venezuela y Colombia despertó viejas disputas por el prestigio nacional y renovó tensiones en medio de la situación delicada que atraviesa el vecino país en materia política y económica. Hubo un empate rodeado por un temor: perder, pero hacerlo ante el único adversario capaz de explotar la propia vergüenza: el vecino, que es también el rival de eterna medición y comparación.

A pesar de que ambas selecciones viven momentos completamente dispares, las estadísticas no mienten: hace dieciséis años Colombia como visitante no le marca un gol a Venezuela. Enfrentar al rival fronterizo, que desafía más que solo los puntos obtenidos en los noventa minutos de juego, es incómodo. Por eso este partido, como los clásicos entre contrincantes de la misma ciudad, es y será especial: allí se decide “quien es el dueño” del honor, el prestigio y la supremacía deportiva y, a través de ella, de todo lo demás.

Identidades y la diferencia con el otro

La constitución de las identidades nacionales es, según Benedict Anderson, un proceso de “imaginación” colectiva: las naciones son comunidades de sentido que comparten símbolos, historias y proyectos comunes en un territorio y época determinados. Sin embargo, ese corpus identitario se erige frente a otros. Es aquí donde surgen los imaginarios sobre el otro concebido como “diferente”, respecto al cual se afirma la singularidad y se valida la existencia de la entidad nacional a partir del contraste y la alteridad.

Así, los nacionalismos son, antes que nada, expresión de la diferencia, más que de la homogeneidad de un grupo social. Estas diferencias se exacerban en ciertos momentos, por ejemplo, en las guerras y las competencias deportivas, dos ámbitos que ponen en máxima tensión las esencias y los otros.

Hace dieciséis años Colombia como visitante no le marca un gol a Venezuela.

Los juegos olímpicos como los mundiales de fútbol han sido escenarios donde se reproducen integrismos políticos de diversa especie, con el fin de potenciar los discursos esencialistas y nacionalistas de la época.

Al respecto, se recuerdan las olimpiadas organizadas en 1936 por el nacionalsocialismo en Berlín, el “septiembre negro” en las justas de Múnich 1972 y las ediciones del mutuo boicot en tiempos de Guerra Fría: Moscú 1980 y Los Ángeles 1984, escenarios que perfilaron la bipolaridad geopolítica de aquella época. Así mismo, las ediciones de los mundiales de fútbol Italia 1934 y Francia 1938 fueron empleadas por Benito Mussolini para promover el fascismo.

La importancia de las rivalidades

Expresdiente Hugo Chávez junto al futbolista argentino, Diego Maradona.
Expresdiente Hugo Chávez junto al futbolista argentino, Diego Maradona. 
Foto: Correo del Orinoco

Las identidades solo son posibles, así suene contradictorio, ante la existencia de semejantes diferentes. Por ello, la activación de la tensión “nos-otros” es fundamental en este proceso. Sobre este asunto, el fútbol es uno de los mejores ejemplos, ya que construye “otros” que le dan sentido al fragor deportivo, por medio de las rivalidades.

De esa forma, Millonarios, Boca Juniors y Real Madrid consolidan su identidad a partir de sus rivalidades con Santa Fe, River Plate y Barcelona, respectivamente. La construcción de opuestos entre los clubes tienen la capacidad de crear fanatismos que, en varios casos, superan las rivalidades entre seleccionados patrios: por ello, con alguna frecuencia y no sin razón, el periodismo deportivo se refiere a los hinchas como la “nación albiazul”, la “nación de Boca” o la “nación madridista”, por citar ejemplos.

Sin embargo, en el campo de las selecciones, el equipo nacional de fútbol suele ser considerado como el depositario simbólico de los valores esenciales del país: los alemanes juegan como máquinas, los brasileros practican el jogo bonito, los ingleses circulan la bola por el segundo piso y los argentinos emplean siempre la marrulla. Estas son algunas de las representaciones sociales más frecuentes al relacionar el balompié y las sociedades.

Europa frente a Sudamérica

Sudamérica es una región de fútbol fértil: es la zona que le disputa la supremacía a Europa, de hecho, las grandes ligas del mundo (todas del Viejo Mundo) se lo deben, en buena medida, a que cuentan con futbolistas nacidos en suelo sudamericano entre sus estrellas.

Reforzando el argumento, Europa y Sudamérica son grandes rivales. El choque entre los dos continentes se encarna en la disputa entre Inglaterra y Argentina, especialmente por lo que en la cancha está en juego: el memorable episodio político de la Guerra de las Malvinas.

Es por ello que la leyenda, que todavía circula de voz a voz entre los argentinos, dice que los compañeros de Maradona, en aquel partido entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de México 86 en que el seleccionado albiceleste ganó por un gol hecho con la mano,  le reclamaron -“Diego, estamos robando”, a lo que el diez argentino respondió -“cállense, que si es contra los ingleses, así sea con la mano”. Las imágenes muestran que el árbitro titubeó al validar el tanto. Después declaró a la prensa: “cualquiera pitaría el gol después de verlo celebrar de esa manera”. Más allá de la credibilidad de esta popular anécdota, lo relevante es que consuma una identidad de juego articulada en la rivalidad con un “otro” político, militar y deportivo.

Vecindades y clásicos sudamericanos

Argentina es el gran rival sudamericano: todos los países lo tienen como el “otro”, al que todos le quieren ganar. La explicación de esa alteridad se fundamenta en un hecho y un imaginario: la escuela argentina de fútbol exportó legiones de entrenadores, directores técnicos y futbolistas desde la segunda década del siglo pasado a todos los países de la actual Conmebol, con lo que se constituyó como la auténtica forjadora del balompié sudamericano (con la excepción de su influencia en Brasil).

Las principales rivalidades de la zona son entre países vecinos y alteridades culturales: Brasil con Argentina (como lo revela el cántico que se hizo global de “Brasil, decime qué se siente/ tener en casa a tu papá…”, en la Copa de Brasil 2014), Chile con Argentina y Argentina con Uruguay.

Ninguno quiere perder, por eso se hacen tan reñidos los partidos. 

Otras rivalidades rememoran eventos deportivos inolvidables como “El Maracanazo” de 1950, en el que Uruguay venció al equipo local en Rio de Janeiro. Otros invocan antiguos litigios militares fronterizos: Perú con Chile y Bolivia frente a Chile (Guerra del Pacífico); Paraguay con Brasil, Argentina y Uruguay (Guerra de la Triple Alianza).

Como se puede ver, estas rivalidades expresadas en el cono sur dejan por fuera a Ecuador, Venezuela y Colombia, que son los últimos países en crear sus campeonatos profesionales nacionales y en integrarse a la región futbolística través de torneos internacionales como la Copa América y la Copa Libertadores.

Colombia frente a Venezuela

Juegos olímpicos de la Alemania Nazi.
Juegos olímpicos de la Alemania Nazi. 
Foto: Wikimedia Commons

Si las rivalidades brotan entre pares, sería difícil considerar el duelo futbolístico Colombia- Venezuela como una rivalidad seria: los hermanos bolivarianos tienen una tradición futbolera menor que la colombiana y son considerados “la cenicienta” del continente, debido a que frecuentemente ocupa el último lugar de la tabla de posiciones, tal como sucede en las actuales eliminatorias mundialistas.

“Los chamos” siguen prefiriendo el beisbol, su deporte nacional, a diferencia de los otros nueve participantes de las eliminatorias sudamericanas al mundial, que han optado por el fútbol para despertar sus más grandes pasiones deportivas. Pero cuando se trata de jugar contra Colombia, los venezolanos se han encargado de convertirlo en un partido “a muerte”, donde el prestigio es el mayor condicionante.

Como dijera Pablo Alabarces, este asunto no es menor, al fin y al cabo, el lugar que le queda a la patria para existir son las copas mundo y la publicidad (el mercado); entonces, el hecho de ser una nación pasa por la competencia en los torneos de fútbol.

Este contexto explica la exaltación discursiva y simbólica cada vez que se encuentran las dos selecciones: la tricolor y la vinotinto. Tal situación es magnificada desde siempre por los amores y odios de sus gobernantes, por los más de 2000 kilómetros de frontera que comparten y por la conversión de la crisis del “socialismo del siglo XXI” de Venezuela en noticia predilecta para las audiencias colombianas.

Es por estas discrepancias políticas y económicas que los partidos de fútbol entre ambas selecciones se viven con un ritmo distinto. Los hinchas en las gradas se desesperan por más gallardía y amor propio, y las tensiones en la banca aumentan a medida que se acerca el minuto noventa. Ninguno quiere perder, por eso se hacen tan reñidos los partidos. Nos hemos encargado de llevar la presión externa de ambos países a una cancha de fútbol durante un partido cada cierto tiempo. Así nos liberamos de tantas situaciones intimidantes, como la reciente retirada de dos canales colombianos de la parrilla de la televisión satelital venezolana, que desató un revuelo por la suposición de que no se transmitiría el juego.

Al final, este entorno pleno de diferencias ha causado estragos para quien más tiene que perder en este duelo: Colombia, que ha visto despedir tres directores técnicos luego de marcadores adversos en tierras venezolanas, en las que hace veintiún años no vence, y que nuevamente ve la mejor cara de Venezuela cuando enfrenta a su selección, a pesar de ser última y debutar con varias jóvenes promesas.

*Doctor en Antropología de la Universidad Federal Fluminense (Brasil), profesor de sociología de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y miembro de la Asociación Colombiana de Periodistas Deportivos (Acord).

**Periodista deportiva; en espera de grado de la Universidad Tecnológica de Bolívar como Politóloga.

 

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