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Camino de Rusia 2018: del “perder es ganar un poco” al “tú, tranquilo” de la era Pékerman

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Algunos de los miembros de la Selección Colombia de Fútbol.

David QuitainUn recorrido por las transformaciones del fútbol colombiano y su relación con nuestra historia nos da esperanzas sobre el mundial en Rusia.

David Quitián*

Un país que no pensaba en grande

Cuando el presidente Belisario Betancur renunció a que Colombia fuera la sede del mundial de fútbol de 1986, el dirigente deportivo Alfonso Senior declaró que “el problema del país es que nos falta mentalidad para pensar en grande”.

Esa decisión sigue siendo un hecho inédito en la historia de los mundiales organizados por la FIFA y la triste conclusión del célebre directivo futbolero es el rótulo que define aquellos tiempos del balompié colombiano y, en buena medida, es una caracterización del proyecto nacional de entonces.

Belisario Betancur renunció a que Colombia fuera el epicentro deportivo internacional de 1986. En ese momento, para decirlo en términos futbolísticos, el país atravesaba un “doloroso empate”, porque ni el gobierno, ni los grupos armados al margen de la ley conseguían un triunfo rotundo y se prolongaba la guerra.

Nuestro país futbolero no superaba todavía el bancazo del inicio del campeonato profesional, inaugurado meses después del Bogotazo. Ese fue un tiempo de escasa presencia de colombianos en las nóminas titulares de los equipos que compitieron en esos primeros años del rentado futbolero.

Las prácticas deportivas no se desarrollan de igual manera en todos los grupos humanos y varían de una época a otra de acuerdo a factores económicos, políticos y culturales

La nación seguía absorta en sus propios enfrentamientos bipartidistas, hasta el punto de reproducir ese maniqueísmo sectario en los colores de los dos equipos surgidos en la capital. Esa configuración hizo posible el oropel del primer campeonato futbolero genuinamente internacional del mundo, bautizado desde Argentina como El Dorado.

La nutrida presencia de extranjeros  en ese campeonato reflejaba la imposibilidad de un torneo disputado por colombianos. La desconfianza partidista y la posibilidad de una victoria del enemigo político (así fuera en el plano simbólico del deporte) impidió una liga con jugadores criollos.         

Esa operación simbólica de efectos prácticos se puede sintetizar parafraseando la teoría del proceso civilizador de Norbert Elias y empleando una idea del sociólogo colombiano Rafael Jaramillo: pasamos de los apasionamientos políticos a los deportivos. Es decir, pasamos del interés por los partidos políticos a los partidos de fútbol.

La transición a un fútbol profesional

Mundial de fútbol: Rusia 2018.
Mundial de fútbol: Rusia 2018. 
Foto: Deportv

Una huelga del fútbol argentino en 1949 animó la numerosa llegada de jugadores rioplatenses a los equipos colombianos.

El potente balompié bonaerense se recreó en los estadios de Colombia y entusiasmó a los de otras latitudes (incluidos ingleses, rumanos e italianos) a desafiar el miedo a la agreste geografía andina, que implicaba viajar todo el tiempo en avioneta para cumplir los partidos, dada la ausencia de carreteras y la precocidad de la aviación de pasajeros en Colombia. Desde entonces, la presencia argentina se consolidó y produjo fenómenos como la nacionalización de decenas de futbolistas que militaron en los clubes, la selección patria y su banquillo técnico.

Esa fue la materialización de la “escuela gaucha”. Un proceso similar ocurrió en el resto de la región latinoamericana, con notables excepciones como Brasil, que brillaba con luz propia. Los argentinos llegaron legitimados por una “mentalidad ganadora”, cuyo estilo combinaba la habilidad con la marrulla y que se resume en la capacidad de compensar (y desequilibrar) poniendo en el campo algo más que fútbol.

El fútbol, el ciclismo y el boxeo son vistos por las ciencias sociales como complejas dramatizaciones del sentir, pensar y obrar de la Colombia profunda

En ese contexto, la victoria del 5 a 0 de Colombia frente a Argentina fue un parricidio simbólico y una emancipación futbolística. La goleada significó la superación del padre mediante su derrota incuestionable. Allí se produjo el tránsito de la pubertad futbolística a la mayoría de edad. Operación que no garantizó inmunidad ante otros obstáculos necesarios para lograr la madurez, como lo fue la dolorosa eliminación ante Estados Unidos y el asesinato de Andrés Escobar en la Copa Mundo USA 1994. 

El 5 a 0 fue el grito de independencia futbolística de Colombia y trascendió los orgullos vanos de “ser los campeones morales” o del “perder con dignidad” propio de los seleccionados patrios dirigidos por los argentinos Paternoster, Taioli, Orlandini y Pedernera. La victoria es histórica porque permitió superar la resignación ante la derrota expresada en la letanía de “nos faltaron 5 centavitos para el peso” de los tiempos del médico Gabriel Ochoa Uribe.

La llegada del odontólogo Francisco Maturana resignificó la derrota al presentarla en clave de aprendizaje al introducir el “proceso” como concepto y al precisar los principios identitarios del balompié nacional en torno del “toque- toque”. Su pensamiento allanó el camino para el “sí se puede” de Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez.

Todas esas etapas y aprendizajes motivaron y reflejaron cambios estructurales. El fútbol colombiano pasó de la generación espontánea y de los futbolistas “de potrero” (como Willington, Valderrama, Asprilla, etc.) a atletas de escuela de formación deportiva como Ospina, James y Falcao. El arribo de la clase media al fútbol tiene mucho que ver con el triunfo histórico de remontada (2 x 3), de Colombia contra Francia, del pasado 23 de marzo en París.    

Se juega como se vive

Director del equipo masculino de fútbol colombiano, José Pekerman.
Director del equipo masculino de fútbol colombiano, José Pekerman.  
Foto: Wikimedia Commons

Esa asociación del deporte con la sociedad que lo produce no es caprichosa: las prácticas deportivas no se desarrollan de igual manera en todos los grupos humanos y varían de una época a otra de acuerdo con factores económicos, políticos y culturales.

Un ejemplo cercano ilustra este argumento: tres de nuestros deportes más boyantes, el ciclismo de ruta, el boxeo y el patinaje sobre ruedas, no prosperaron en la vecina Brasil. En contraste, el voleibol, las artes marciales mixtas y el surf (tres pasiones brasileras), apenas alcanzan el nivel aficionado en Colombia.

Las razones que convierten al béisbol en el deporte nacional venezolano; los motivos por los que Uruguay deposita todo su capital deportivo en el fútbol o por los que Argentina es imbatible en el polo pasan por elementos singulares en las historias de esos países, elementos asociados con su idiosincrasia, su moral pública, su proceso de modernización-masificación, la constitución de su sistema nacional urbano y sus flujos migratorios. Así, en Colombia pelechó el boxeo en el Caribe, el ciclismo en la región andina y el fútbol no conoció fronteras a través del territorio nacional.

Por eso, disciplinas como la sociología, la antropología y los estudios culturales han mostrado interés en el deporte, al verlo como un escenario de relativo privilegio para investigar y comprender distintas dimensiones socioculturales.

La lupa se ha puesto en fenómenos como las identidades/alteridades, los nacionalismos, las violencias en el deporte y los análisis mediáticos, temas que ya cuentan con alguna tradición en ese campo de estudios. El fútbol, el ciclismo y el boxeo, por citar los deportes más emblemáticos del país, más que un reflejo mecánico de la sociedad, son vistos por las ciencias sociales como complejas dramatizaciones del sentir, pensar y obrar de la Colombia profunda y al mismo tiempo local.  

La generación del “tú, tranquilo”

Tales miradas de las ciencias sociales integran la perspectiva histórica con la hermenéutica.

De esa forma se entiende que el deporte jugó un papel importante en la pacificación política de los Andes colombianos desde mediados del siglo pasado y que contribuyó al desplazamiento de la violencia hacia las llamadas “repúblicas independientes”. El fútbol consolidó las plazas liberadas y el ciclismo trazó el croquis pacificado mediante las etapas de la Vuelta a Colombia.

Ese análisis describe el fútbol colombiano como un fenómeno urbano, masificado a través de la radio, que progresivamente contribuyó a integrar las regiones y, particularmente, a la población afrodescendiente.

Nuestro proceso deportivo se ha basado en un cambio social: aprender a competir, aprender a ganar.

Hasta el 5-0, Colombia solo sabía perder. Los partidos se consideraban épicos por la memoria colectiva, aunque no se ganaran: así se monumentalizó el 4-4 ante la URSS en la Copa Chile 62 o el 1-1 ante Alemania en Italia 90.

Desde esa victoria, el fútbol colombiano entró plenamente al balompié globalizado, con una veintena de futbolistas en los mejores clubes del mundo. A pesar de que nuestro fútbol se valió de una escala en Argentina (aún tenemos director técnico de ese país en el comando de la selección), Colombia ha demostrado vigor de muchas formas. Es la séptima nación exportadora de “pies de obra”; tuvo madurez en eventos decisivos como el Mundial Brasil 2014, en el que ocupó el quinto lugar y tuvo la satisfacción de una eliminación con sabor a injusticia encarnada en la máxima “era gol de Yepes”.

Todo lo anterior pone a la Selección de Pékerman ante la oportunidad de rubricar en la Copa Rusia 2018. Nuestro proceso deportivo se ha basado en un cambio social: aprender a competir, aprender a ganar. Nuestro aprendizaje lleva el sello de la confianza y “cheveridad” del pueblo colombiano, sintetizado en el grito de la era Pékerman: “tú, tranquilo”.            

* Sociólogo y magister en antropología de la Universidad Nacional de Colombia, doctor en antropología de la Universidad Federal Fluminense (Brasil), miembro de ACORD-Meta, profesor e investigador de la Corporación Universitaria del Meta. Twitter: @quitiman

 

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