facebook   twitter   youtube 

Los ecos del Mundial de Rusia 2018

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Selección francesa.

David QuitianEste Mundial pasará a la historia como ejemplo de buena organización, de grandes sorpresas y, sobre todo, como un recordatorio de que el deporte y la política no son temas aparte.

David Quitián*

De Moscú para el mundo

Hoy Francia es el centro del mundo. Su himno lo cantan millones de personas que festejan el bicampeonato mundial logrado en el Mundial de Rusia 2018, obtenido en medio de las celebraciones de la Fiesta Nacional del 14 de julio y del desarrollo de la otra pasión nacional: el Tour de Francia.

Además, la faena futbolera tiene efectos políticos y sociales porque encarna, a través de la selección francesa, la integración multicultural entre la nación europea y los inmigrantes africanos que nutren su mosaico demográfico.

La postal de la victoria que muestra al equipo galo levantando el trofeo de campeón en suelo moscovita entraña múltiples aspectos relativos al deporte, la economía y la historia.

Para empezar, Rusia siempre ha sido un vecino sospechoso para la comunidad europea: la majestad de su territorio, su cultura ancestral y el orgullo de su pueblo hacen que oscile entre ser una nación amiga y un país rival.

La actual coyuntura política –que mezcla episodios de espías, tensión diplomática y conflictos bélicos de baja intensidad en las volátiles fronteras de la antigua Unión Soviética– no es más que la reedición del rumor de sables, bayonetas y fusiles de épocas anteriores, cuando reinaba la preocupación por tres conceptos: zarismo, bolcheviques y ejército rojo. Fueron tiempos de efervescencia que se manifestaron en eventos trascendentales de los siglos XIX y XX, como la invasión napoleónica, las guerras mundiales y la Guerra Fría.

Así, la elección de Rusia como anfitriona de la vigésimoprimera edición del Mundial de la FIFA desató una andanada de críticas de las potencias centrales que perciben a este país como un gigante caprichoso e inasible, gobernado con mano dura por un antiguo director del Servicio Federal de Seguridad (sucesor de la legendaria KGB): el presidente Vladimir Putin.

En lo económico esta percepción implica la disputa de mercados, en lo militar refiere a la carrera armamentista y en lo político significa la prevalencia o desaparición del dominio sobre naciones de menor tamaño –y con una posición estratégica– que están en el medio de ambos bandos, como Siria y Ucrania.

Estas tensiones se trasladan al deporte en situaciones como la prohibición al equipo de atletismo ruso de competir en los Juegos Olímpicos de Rio 2016 y la suspensión de toda la delegación en los Juegos de Invierno de PyeongChang 2018 por comprobadas prácticas de dopaje auspiciadas por el gobierno de Rusia.

El mundo del fútbol

Selección croata.
Selección croata.
Foto: @FIFAWorldCoup - Twitter

Rusia es tan próxima a Europa como la glamorosa Plaza Roja de Moscú, pero puede quedar tan distante como la Siberia asiática. Esta ambigüedad se manifiesta, por ejemplo, en la relación ambivalente con el gobierno británico, que en los últimos meses ha sido distante a causa del presunto envenenamiento del agente Serguéi Viktorovich, del que Londres acusa a Moscú.

Esta dinámica de la relación entre gobiernos se expresa también en las dos grandes multinacionales del deporte: el Comité Olímpico Internacional (COI) y la FIFA. No obstante, estas entidades actúan con diferente rasero frente a Rusia:

  • Para el COI dicho país es prácticamente un paria por la corrupción que permitió la sistematización del dopaje entre sus deportistas de alto rendimiento;
  • Para la FIFA, presidida por Gianni Infantino, lo ruso es señal de calidad, como puede deducirse de su valoración de este Mundial como “el mejor de la historia”.

A diferencia de lo ocurrido en Brasil hace cuatro años, queda un balance positivo en lo organizacional y en lo deportivo. Las opiniones favorables de la prensa en general, de las delegaciones deportivas y de los hinchas hablan de una realización impecable del programa del evento. Hubo una infraestructura adecuada, disposición de equipos humanos de atención para los miles de personas que llegaron a Rusia y una coordinación eficiente que gestionó el mega-evento de principio a fin.

La faena futbolera tiene efectos políticos y sociales porque encarna, a través de la selección francesa, la integración multicultural entre la nación europea y los inmigrantes.

Este éxito gerencial se sumó al buen desempeño, inesperado por demás, de la selección anfitriona, que logró llegar a cuartos de final con un equipo de futbolistas de la liga local. Este resultado produjo entusiasmo en el pueblo ruso –escéptico y poco involucrado en el evento en las primeras fechas–, que erigió como héroes al director técnico Stanislav Cherchésov, al arquero Ígor Akinféev y al goleador Artiom Dziuba, quienes ahora podrán poner en su currículo que eliminaron a España.

La diferencia entre esta experiencia y la de Brasil 2014 –marcada por el atraso de las obras, el desorden administrativo, la crisis política y económica y la tristeza por el 7-1 ante Alemania– invita a repensar la lógica económica que anima este tipo de certámenes.

Se trata de eventos con evidente espíritu capitalista, donde se entregan utilidades a las multinacionales del deporte a cambio de buena imagen para la nación anfitriona. Esto lleva una vez más a preguntar si estos mega-eventos deportivos son aptos para economías menores o emergentes; ¿es su legado suficiente compensación por su alto costo social?

¿Y los fanáticos?

El mundial de fútbol es un evento de gigantescas proporciones que atrae a masas consumidoras que muestran sin pudor el hedonismo que las impulsa a participar en la experiencia colectiva más amplia del mundo contemporáneo. Este certamen reúne a más países que ningún otro y pone en disputa elementos del orgullo personal y del prestigio colectivo, como las habilidades de los futbolistas –modernos soldados de la patria–, quienes además de su juego llevan a la competencia valores como el coraje, la resistencia y la valentía.

Los seguidores de este evento depositan su capital social en el exceso emocional, en el desgarramiento por los símbolos nacionales tradicionales –como el himno y la bandera– mezclados con los nuevos descubiertos por el fútbol –el escudo de la federación y la camiseta de la selección–, y en el histrionismo ante las cámaras de otros aficionados y de las televisiones del mundo. Esto los legitima, los convierte en fanáticos auténticos y en actores indispensables del globalizado espectáculo mediático.

No obstante, esta entrega al nacionalismo banal no impidió que hubiera otras actitudes y formas de relacionarse. Estas produjeron aprendizajes e intercambios culturales festivos en las calles de Rusia y del mundo entero, lo cual es testimonio vivo de la diversidad humana y de la riqueza de los pueblos.

¿Crisis sudamericana?

Trofeo.
Trofeo.
Foto: @FIFAWorldCoup - Twitter

En este Mundial hubo expresiones sociales susceptibles de ser dramatizadas por los futbolistas en campo. Las canchas de este torneo vieron desfilar a 32 selecciones con metas distintas:

  • Panamá e Islandia tenían como objetivo vivir la experiencia y marcar al menos un gol;
  • Perú quería reencontrarse con su pasado mundialista puesto en pausa desde el Mundial de España 1982;
  • México se planteó el mismo desafío de siempre: jugar el quinto partido;
  • Costa Rica y Colombia se propusieron, como mínimo, repetir la actuación de hace cuatro años;
  • Uruguay, Brasil y Argentina saltaron al campo con la consigna de siempre, impuesta por su historia y por el peso social del fútbol en sus sociedades: ser protagonistas y disputarle la supremacía a Europa, que, con el triunfo francés, amplió su diferencia de títulos.

Ahora las cuentas muestran doce estrellas para el viejo continente y nueve para Suramérica. Con la eliminación de Perú en primera ronda, la de Argentina y Colombia en octavos y la de Brasil y Uruguay en cuartos de final, el balance para la región es desolador.

La elección de Rusia como anfitriona de la vigésimoprimera edición del Mundial de la FIFA desató una andanada de críticas de las potencias centrales.

Ni Messi ni Neymar, llamados a figurar, lograron brillar como merecían. Neymar, además, fue objeto de burla mundial por su manera exagerada de quejarse de las faltas. Seguramente aprenderá la lección: le quedan más mundiales para demostrar madurez personal y futbolística. Así mismo, la garra de la dupla de Luis Suárez y Edinson Cavani no fue suficiente para repetir lo que logró la selección uruguaya en Sudáfrica 2010.

Nota aparte merece Argentina. El caos de su fútbol es la punta del iceberg de un sistema corrupto que no logró acomodarse luego de la muerte del dirigente Julio Grondona. La autogestión de los jugadores –liderados por Javier Mascherano, Messi y el Kun Agüero–, quienes en pleno Mundial prescindieron de su director técnico, es consecuencia y no causa de ese estado de cosas.

Con Brasil la decepción es más auténtica: había equipo y condiciones para conseguir la sexta copa, pero tuvo la mala suerte de enfrentar prematuramente a un buen equipo en una noche inspirada. Bélgica le ganó en franca lid y acabó con las aspiraciones sudamericanas de traer la copa al subcontinente.

Protagonistas excepcionales

Se acaba así una copa que deja grandes revelaciones, como el grupo de futbolistas de origen africano de la selección campeona (Mbappé, Umtiti, Pogba, Dembélé, Kanté, Matuidi, entre otros), y equipos que perdurarán en el recuerdo de los hinchas, como Croacia y Bélgica. La primera por su asombrosa voluntad y los chispazos de buen fútbol –liderados por Modrić, Rakitic y Mandzikic– en los agónicos partidos que disputó; la segunda por su talento en todas las líneas del campo, especialmente gracias a hombres como De Bruyne, Hazard y Lukaku.

Finalmente, esta será también la copa en la que debutó el VAR y alcanzó fama global la carismática presidenta croata, Kolinda Grabar. Estos personajes, sumados a Yerry Mina, fueron los grandes protagonistas de la fiesta del gol que acaba de bajar el telón.

 

* Doctor en Antropología. Profesor e investigador de la Corporación Universitaria del Meta (Unimeta).

Escribir un comentario

Agradecemos a los investigadores, académicos y profesionales que contribuyen con sus artículos, declaraciones y caricaturas inéditos para ser publicados en la Revista Razón Pública. Los autores son responsables de sus ideas y de la presentación de los hechos en este documento.

“Los comentarios en Razón Pública están sujetos a moderación, (de 8 am a 6pm hora de Colombia) con el fin de garantizar un intercambio de opiniones en tono respetuoso - serán bienvenidas la crítica aguda y la ironía - que enriquezcan el debate y resulten interesantes para lectores y autores.
En consecuencia, no se aceptarán comentarios del siguiente perfil:
1. Que constituyan descalificaciones, ataques o insultos contra los autores o contra otros participantes del foro de comentarios.
2. Que incluyan contenidos, enlaces o nombres de usuarios que razonablemente puedan considerarse insultantes, difamatorios o contrarios a las leyes colombianas.
3. Comentarios sin sentido o repetidos, que serán eliminados sin piedad.

Los comentarios no reflejan necesariamente la opinión de Razón Pública, sino la de los usuarios, únicos responsables de sus propias opiniones.”


Código de seguridad
Refescar

Esta semana en Razonpublica