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La novela social en Colombia: el caso de César Uribe Piedrahita

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Nicolas_PernettLa literatura de denuncia es un complemento de los estudios históricos, pues aporta datos que no aparecen en los documentos: lo humano, lo profundo y lo imperecedero de los conflictos sociales, desde una posición ética y estética. 

Nicolás Pernett*

Otra narración de la historia

La historia de Colombia ha sido reconstruida por la historiografía, pero también por la  literatura, cuyo poder sintetizador y emotivo — alejado de los métodos propios de la academia o de la ciencia — la convierten en una forma de conocimiento disponible al investigador, que no puede ignorar si busca comprender mejor al país.

 

Nicolas Pernett novela social realismo

 

La novela del realismo social en el que sobresalieron novelas como Huasipungo, de Jorge Icaza, El Tungsteno, de César Vallejo, o El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría.
Foto: escritoresclasicos.com

Los narradores literarios han dejado un riquísimo acervo de impresiones y testimonios sobre el pasado de nuestro país, donde se pone de manifiesto no tanto “qué fue lo que pasó exactamente”, sino más bien una valoración ética y estética de los fenómenos sociales, una descripción de las impresiones emotivas que estos dejan en las personas que los padecen y, cuando se trata de un gran escritor, la mirada sobre lo humano, lo profundo y lo imperecedero, que subyace en los conflictos y dilemas que la espuma de los días saca a flote.

Por esto no resulta sorprendente que la literatura de ficción haya sido nuestro primer laboratorio de sociología, de antropología y, en muchos casos, de historia, y que aún hoy siga siendo parte de nuestras fuentes investigativas; no tanto para reemplazar otras fuentes documentales, estadísticas o testimoniales, sino para complementarlas como otro discurso más que también da cuenta de la realidad, muchas veces de un modo mucho más iluminador de lo que nuestras ciencias sociales nos permiten.

 

Entre verdad y panfleto

Sin embargo, la literatura comprometida con temas sociales e históricos ha debido afrontar duras críticas. Desde una forma de crítica que podríamos llamar política, se la ha juzgado con un rasero positivista para determinar qué tanto se parece o no a la realidad real, cuál es su compromiso con la “verdad” y cuáles son las intenciones del autor al deformar lo histórico de una u otra manera.

El caso de Gabriel García Márquez y las bananeras es el ejemplo más claro: algunos le reprochan que haya contado demasiados muertos en la famosa masacre de la plaza de Macondo, mientras otros le critican que se haya quedado corto.

Otro extremo de la crítica le ha tocado a la llamada novela del realismo social, género especialmente prolijo en América Latina en las décadas de 1930 y 1940, y en el que sobresalieron novelas como Huasipungo, de Jorge Icaza, El Tungsteno, de César Vallejo, o El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría.

La crítica literaria posterior tomó esta literatura de denuncia social — marcada por la influencia del naturalismo francés del siglo XIX y del realismo socialista instaurado como credo por el congreso de escritores soviéticos de 1934 — y al compararla con la experimentación formal de escritores posteriores, la encontró simple y sin gracia, destinada más a reemplazar al periódico que a ofrecer una propuesta estética interesante. Y aún se sigue desestimando esta corriente como literatura panfletaria, como si el panfleto no tuviera también una estética.

Pero una relectura más atenta de este conjunto de obras nos revela su importante papel como los primeros intentos por organizar el mundo caótico y brutal que propició el crecimiento acelerado del capitalismo en América Latina.

Si nuestra novela no podía ser el dilema burgués o el arribismo social que mostraban los escritores de París o de Londres, tenía que ser una crónica dura y directa de lo que había detrás del fetiche de la mercancía, es decir, una especie de exploración del inconsciente del consumo, ese lugar donde tierra, hombres, mujeres y niños eran explotados inmisericordemente para satisfacer las ansias de una industria naciente, sedienta de energía, de minerales y de mano de obra.

Denuncia y conflicto social

Es en este contexto en donde aparece la obra del medellinense César Uribe Piedrahíta (1897-1951) , uno de los más importantes representantes de la forma de novela de denuncia social que germinó durante la década de los treinta del siglo XX en Colombia.

César Uribe Piedrahíta fue médico, catedrático e investigador en parasitología con varios trabajos publicados en ese campo y pintor. Esta formación de “hombre sabio” se hace evidente en la construcción del héroe central de sus novelas, un médico interesado en estudiar con rigor científico las formas de vida de la “periferia económica” con una sensibilidad social que le permite ponerse del lado de los explotados.

Las dos novelas publicadas por César Uribe Piedrahíta: Toá en 1933 y Mancha de Aceite en 1935, demuestran su condición de hijo literario de La vorágine de José Eustasio Rivera, ya que la primera desarrolla el tema de las caucherías y el mundo indígena del sur del país ya trabajado en La vorágine, y la segunda cumple un proyecto nunca realizado por Rivera: escribir una novela sobre las compañía petroleras.   En la primera novela, Toá, un médico viaja a las selvas del Caquetá y del Amazonas, enviado por el gobierno central con la misión de redactar un informe sobre el estado de la zona, como si fuera una respuesta al informe que escribió y nunca pudo entregar Arturo Cova en La vorágine; y cae enamorado de una indígena llamada Toá, a la cual intenta infructuosamente salvar del paludismo que la aqueja, y por cuya muerte enloquece en medio de la selva.

Una vez más el proyecto civilizador del hombre ilustrado del interior se muestra como la panacea de los pueblos subalternos, aunque tal proyecto siempre se encuentre a un paso de sucumbir ante la seducción de la barbarie. En Toá las dinámicas sociales y todos los conflictos y privaciones que las marcan desempeñan un papel central. Ellas son el verdadero infierno, y no simplemente la selva, lo que no pudo ver la crítica que cataloga a Rivera y a Uribe como novelistas de la “tierra”, cuando es la gente que habita esa tierra la verdadera protagonista.

En su segunda novela, Mancha de Aceite, de 1935, la intención de denuncia  y esperanza de cambio se va a hacer más explícita y poderosa en la narrativa de Uribe Piedrahita.

Ambientada en los campos petroleros del Zulia venezolano, en la novela se rememoran los días cuando el autor trabajó como médico para la compañía petrolera norteamericana Sun Oil Co.

Se considera esta novela una obra mejor lograda que la anterior, porque en ella Uribe Piedrahita experimenta con novedosas técnicas narrativas en su desarrollo. En ella, el autor utiliza, además de la voz en primera persona del protagonista, diversos elementos para presentar la trama, como la interpolación de telegramas, textos oficiales y grafitis en medio o aún al margen de la prosa escrita, creando así el efecto narrativo de la prensa o de un libro de texto, lo que no la aleja mucho de los experimentos formales posteriores.

 

Nicolas Pernett novela social denuncia

César Uribe Piedrahíta (1897-1951) , uno de los más importantes representantes de la forma de novela de denuncia social que germinó durante la década de los treinta del siglo XX

Foto: colarte.com

En esta segunda novela se toca otro de los temas que ganaba cada vez más atención de parte de los escritores de denuncia en las primeras décadas del siglo XX: la inexorable penetración imperialista de las compañías norteamericanas y su batalla por el control sobre las posesiones británicas, especialmente las petroleras, en los territorios latinoamericanos.

La lucha de los trabajadores por su supervivencia física y su reivindicación moral en medio de la invasión económica vivió sin duda un auge durante la década de los treinta en Colombia; con el recuerdo de la masacre de las bananeras aún vivo y las reformas laborales que el gobierno de Alfonso López Pumarejo había introducido, los trabajadores de toda Colombia se alistaron para hacerse actores cada vez más importantes ante la penetración del capital extranjero y el servilismo de los gobiernos locales.

El proceso de formación de sindicatos y su lucha por hacerse respetar por los dueños del poder, que sin duda estaba en un agitado momento para 1935 en Colombia, es uno de las líneas narrativas más importantes de Mancha de aceite. En la novela, el protagonista se dedica, poco después de llegar al hospital de la compañía e identificarse rápidamente con las peticiones de los empleados locales, a impulsar la formación de un sindicato que haga valer los derechos de los trabajadores, por lo cual será objeto de persecuciones y represalias.

Al final de la novela — en una escena directamente relacionable con el Germinal de Zola — el sindicato entra en huelga, que es reprimida de inmediato por las autoridades, quienes al momento de abrir fuego contra la manifestación vuelan también los pozos petroleros, provocando un incendio que el autor denomina de “venganza, muerte y purificación", y que acaba con las propiedades de la compañía, comotriunfo simbólico de los trabajadores.

En ambas novelas el desenlace de las tensiones sociales en muerte o destrucción de lo ganado ejemplifican una visión negativa de las esperanzas cifradas en la protesta social, como si las únicas salidas dejadas por el contexto fueran el fracaso total o la inmolación heroica.

Tal vez es por esto que ante esta perspectiva los protagonistas de sus obras constantemente se pregunten por la posible conveniencia de asumir también ellos una posición destructora y violenta, es decir, combatir el fuego con fuego.

El protagonista de las novelas de Uribe Piedrahita, Antonio, el soñador que quiso traer civilización y medicina a la selva, pero que acabó loco y solo, parece encontrar su desahogo final en el fuego de venganza, muerte y purificación que cierra Mancha de Aceite, simbolizando así la historia de la represión y de la resistencia en Colombia.

* Historiador de la Universidad Nacional, docente universitario y candidato a la Maestría en Literatura y Cultura del Seminario Andrés Bello. Director de la revista www.detihablalahistoria.com

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Comentarios  

Maria
0 # Maria 18-01-2013 18:01
excelente artículo, rescata la historia de historias... gracias por esta información ahora entiendo mejor porque nuestro SXXI es ahora lo que es.
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