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Rafael Reyes: un proyecto colonizador premonitorio

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Felipe Martinez RazonPublicaHace más de cien años, un aventurero progresista y ambicioso— llegó a ser presidente— encarnó el sueño agroexportador y extractivista de la élite actual: su sueño consistía en arrasar la Amazonia para civilizarla. Hoy se hace realidad. 

Felipe Martínez Pinzón*

Al servicio del capital internacional

El historiador Eduardo Lemaitre llamó al presidente Rafael Reyes (1904-1909) un “ave rara”. Sin duda lo fue: explorador y exportador de quina y caucho, general conservador en las guerras de 1885 y 1895, hombre de poca educación formal, un auténtico self-made man.

Felipe Martinez Rafael Reyes

El General Reyes fue un “perro a cuadros” en la Bogotá de la Regeneración (1885-1899), esa República Andina Independiente de latinistas, gramáticos y traductores en medio de un inmenso país llevado y traído por las guerras civiles, la inflación monetaria y la fiebre amarilla.

Reyes fue el primer hombre blanco andino —  depositario de la misión civilizadora desde los escritos de Francisco José de Caldas — en recorrer buena parte de la tierra caliente del suroccidente colombiano y en vivir allá: un país completamente desconocido para sus dirigentes.

Durante la década de 1875 a 1885 — habiéndose hecho rico gracias a los recursos obtenidos con la exportación de la quina — Reyes exploró el Putumayo, fundó puertos e implementó la navegación a vapor por el Amazonas.  Hoy Reyes sería un cacao.

En un momento histórico — cuando el territorio colombiano ocupado por el Estado eran tan solo fragmentos de las cuencas del Magdalena, del Cauca y del litoral caribe — Reyes abrió otro inmenso espacio para el capital internacional y para la agroexportación de productos tropicales: la cuenca del Amazonas.

Precursor de la élite actual

Celebrado por sus contemporáneos —y todavía por cierta historiografía tradicional— como un “hombre de acción”, “un profesor de energía”, un “Teodoro Roosevelt colombiano”, Reyes se me antoja, sin embargo, como el precursor del actual modelo de desarrollo, ciego frente a las particularidades históricas y ambientales de los territorios a explorar y explotar.

Pienso que el modelo reyista de nación sigue hoy en plena vigencia, porque el momento histórico y político actual se parece al de la guerra de los Mil Días y su posguerra a comienzos del siglo XX en Colombia.

Me parece necesario recordar esa coyuntura de bonanza exportadora y especulativa en medio del conflicto para no repetir los errores del pasado. En efecto, Reyes nos debe servir para calibrar la principal fuente de tensión política para Colombia en este momento: el proceso de paz y el modelo de desarrollo agrario.

Ya presidente, en 1904, la consigna de su gobierno fue: menos política, más administración.  Con esta frase pretendió, a todo trance, despolitizar el ambicioso proyecto modernizador de su administración: construcción de ferrocarriles, profesionalización del ejército, introducción de la industria bananera...

Tras la desastrosa guerra de los Mil Días (1899-1902), esta fue sin duda una inteligente táctica política: Reyes se consideraba a sí mismo como el “reconstructor de la patria” y como tal fue considerado inicialmente por sus conciudadanos exhaustos y agradecidos.

Pero siempre conviene sospechar de quien sugiere que para administrar la cosa pública es preciso despolitizarla.  En eso han sido maestros los tecnócratas neoliberales. Como no soy historiador, sino profesor de literatura, quiero imaginar cómo Reyes narró a Colombia para concebirla como una plataforma agraoexportadora de productos tropicales y fuente inagotable de minerales que debían salir sin la menor transformación.

El mapa de Reyes

Reyes fue quien primero concibió claramente a Colombia como un lugar de tránsito de mercancías hacia el norte global y no como un espacio de habitación, donde muchos afincamos nuestros afectos e historias personales.

En diciembre de 1901, Reyes dio una charla en el marco de la Segunda Conferencia Internacional Americana, celebrada en México. Reyes expuso la idea alucinada de construir un ferrocarril intercontinental, ni más ni menos, que conectara a Nueva York con Buenos Aires, justo cuando cuando ya se había consumado el fracaso de Ferdinand de Lesseps en el Istmo de Panamá, debido, en parte, a enfermedades tropicales y a operaciones bursátiles fraudulentas.

Al año siguiente, Reyes editó su conferencia en cuatro idiomas y con el mayor lujo editorial: columnas que corrían paralelas en español, francés, inglés y alemán, junto con un detallado mapa donde señala el trazado del futuro ferrocarril, al mismo tiempo que indica cuáles son los productos a exportar — cobre, hierro, caucho, cacao, hulla…—, cuáles son los ríos navegables, y qué tribus “antropófagas” podría encontrar el empresario en su camino civilizador, es decir, qué tribus podrían oponer alguna resistencia (ver gráfica siguiente).

Mapa del Ferrocarril Intercontinental fantaseado por Rafael Reyes (1902)

Felipe Martines Rafael Reyes Mapa

Aparte de confirmar el fino olfato agroexportador de Reyes — capaz de desagregar la naturaleza de la cultura y de detectar cargamentos donde hay árboles y hasta personas, este mapa es evidencia de un gran silencio y también de una gran elocuencia, ambas desfasadas de la historia.

Silencio e historia

Por una parte, el silencio radica en no mencionar la guerra civil que se libraba encarnizadamente en Colombia, mientras Reyes exponía su fantasía agroexportadora en México. Este silencio es elocuente.

La guerra como obstáculo al progreso fue parte de un discurso legitimador sobre el que nuestros civilizadores del siglo XIX — sobre todo Rafael Núñez — insistieron muchas veces, mientras daban golpes de estado o se pronunciaban.

Nunca pensaron (o si lo supieron lo callaron de una manera atroz), porque este es el punto ciego del proyecto civilizatorio, que la civilización se hace mediante la guerra (ver mi artículo  “José Asunción Silva: profeta para tiempos de euforia minera” publicado en Razón Pública el pasado 2 de diciembre de 2012).

Este silencio atronador de Reyes frente a la guerra civil que se libraba en su país, revela que su modelo de desarrollo — simbolizado por ese ferrocarril interamericano para la exportación de productos tropicales— solamente podía existir haciendo abstracción de la historia.

Silenciar las particularidades de estos territorios o desagregarlos bajo convenciones — como las que expone el mapa — es la única manera como ese proyecto modernizador podía trasladarse del papel a la geografía. Y ese silencio, ese no prestar oídos a la historia, cuesta vidas: si lo sabremos bien en Colombia.

La elocuencia del progreso colonizador

Por otra parte, para compensar ese silencio – esa ausencia de historia en el relato de su fantasía agroexportadora – Reyes narra profusamente una utopía cosmopolita en el Amazonas, donde personas de todas las razas harían fortuna en ese territorio:

“Cuando el oleaje humano penetre en el Amazonas y sus afluentes, a la sombra del derecho, de la paz y de la justicia,  se establezcan en la cordillera, en los buenos climas, en las fuentes de los ríos afluentes del Amazonas, hará allí el cultivo de todos los productos de la zona templada y en la parte plana del río Amazonas el de los productos de la zona tórrida; entonces la fiebre palúdica habrá sido vencida como lo ha sido en Cuba y en Panamá y la masa humana que en muchos países está ya congestionada, encontrará allí extensísimos y ricos territorios en donde establecerse y ser feliz”.

La utopía de Reyes en el Amazonas se consumaría, precisamente, cuando la Amazonia como tal dejara de existir: cuando sus particularidades ambientales – su climas, sus enfermedades– fueran saneadas, pero, sobre todo cuando sus bosques fueran convertidos en dehesas y sus aborígenes fueran reemplazados por los nuevos colonizadores de las tierras calientes: “la colonización [se hará, dice Reyes] con la raza amarilla del Asia, hindúes o japoneses, que son las únicas [razas] que soportan bien los climas tropicales y a las que seguramente pertenecen los aborígenes de las dos Américas, que los conquistadores encontraron”.

Los delirios de la pasión colonizadora

Con más sutileza — han pasado cien años, el discurso civilizatorio se ha refinado, pero básicamente es el mismo —la Amazonía sigue siendo hoy representada de igual manera: inmensos proyectos agroexportadores, cifras de cabezas de ganado, de siembras de sorgo y de cereales, junto con mucha publicidad pagada por compañías extractivas, acompañan las fotos de estos territorios.

“Fronteras que deben ser conquistadas” al decir de la antropóloga Margarita Serje, territorios de una belleza tropical extraordinaria, que debe ser sacrificada para que de ella surja el progreso.

Por más absurdo que nos parezca hoy, el proyecto de Reyes avanza en la actualidad. Hace poco más de un año, la revista Semana publicó una serie de artículos, profusamente ilustrados y publicitados, sobre las diferentes “regiones” del país.  El que corresponde a la Amazonía y a la Orinoquía  — ya es elocuente que ambas inmensas regiones aparezcan aglutinadas en un solo número — llamado “La nueva Colombia” refleja el grado de actualidad del modelo reyista.

Anticipando la violencia en el discurso, el subtítulo de la revista pone el futuro de Colombia en riesgo: “Entre la Orinoquía y la Amazonía el país se juega el futuro de sus próximo 50 años. ¿Estaremos a la altura de este desafío?”.

 

Revista Semana
Portada de la edición especial
Felipe Martines Rafael Reyes Semana

Como tantos otros proyectos modernizadores — antes y después del suyo — el proyecto agroexportador de Reyes concebía la civilización como un evento post–selvático: para civilizar el trópico es preciso eliminar el trópico de raíz, nos dice Reyes en pocas palabras.

El sueño de la razón produce monstruos, escribió Goya. He aquí uno. La civilización tiene mucho de delirio. Identificar ese delirio no es difícil. Se trata simplemente de reencontrar el entramado de la historia.

 

*Ph.D. en literatura latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU), profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) en el College of Staten Island;

twitter1-1 @martinezpinzon 

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Comentarios  

Luis Enrique Nieto A
0 # Luis Enrique Nieto A 31-01-2013 11:40
Lo de la antropofagia era en serio,pues según se dijo los dos hermanos de Reyes terminaron en una olla de los caníbales.Otros dijeron que los había vendido a la Casa Arana.Vaya uno a saber cul fue la vaedad.
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Paola Murcia
0 # Lo paradojicoPaola Murcia 15-08-2016 19:10
Personajes como éstos, que no han de ser olvidados, su vivo recuerdo lo guardan los oligarcas del pais que promueven sus ideas de "progreso". Mientras que el pueblo si quiera reconoce su apellido, pasando desapercibido sus ideas neoliberales que tanto nos han atacado al pais. Paradojico, no? esta historia no me la contaron en el colegio.
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