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La Playa D.C.: intersecciones cartográficas de la ciudad invisible

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Una película fuera de lo común: alegoría del desplazamiento forzado y de la resiliencia de la cultura afro en medio del pavimento bogotano, donde la aguda mirada del director captura la riqueza de la música y de los recuerdos.

Teraña multidimensional

Así como emerge una ciudad visible, limpia, segura y ordenada, la ciudad de Dios, la gran Bogotá de las Bienales de arquitectura y de la renovación urbana, coexiste a su sombra otra ciudad antónima, invisible, de la cual no se habla y ni existe para muchos habitantes de la urbe.  La ciudad invisible,  la ciudad desprotegida, la suma de no lugares que se agregan en un espacio hiperreal.

 

Playa DC afro

La Playa D.C. — película del director bogotano Juan Andrés Arango — se  hace majestuosa al mostrar una faceta de la ciudad invisible, difícilmente investigable y cartografiable en las fuentes convencionales: libros, prensa y noticias.

El gran valor de la película de Arango se encuentra en la compleja cartografía de la ciudad afro.  No se ubica en un solo plano espacio–temporal, sino que llena varios intersticios cartográficos: la playa, el cabello y la música.

Paisajes urbanos remiten por ausencia, mediante proyecciones epifánicas, a las playas reales; el mapa urbano y el rural se convierten en rutas en el cuero cabelludo de los afros; rutas utópicas de regreso al origen.

El hip–hop bogotano es la intersección de dos paisajes sonoros: uno conformado por el retumbar de las olas en el litoral, tambores y marimbas, y el otro por los ruidos de la urbe más grande de Colombia. Éstas características muestran un espacio multidimensional, lugar complejo en donde habitan los afros desplazados de La Playa D.C.

Los personajes

Tres hermanos viven en esta telaraña, Tomás, Chaco y Jairo:

  • Chaco viene deportado de Estados Unidos, pero con ánimo de retornar, de huir de Bogotá hacia mejores posibilidades. Dibuja en la testa de Tomás el barco que lo llevará a cumplir el sueño americano, la epifanía en el cabello. 
  • Jairo es el menor, perdido en las drogas y el jibarato: un niño consciente de su muerte próxima a manos de un cartel local. Encuentra en las drogas el escape, el recuerdo del Pacífico que se vuelca como alucinación y le permite la estadía en la urbe. 
  • Tomás es el tejedor, el paisajista, el cartógrafo, el hermano del medio. La cámara elige a Tomás para contar la historia y se ubica casi siempre a sus espaldas: contempla su itinerario. Libra su gesta con el lápiz y la cuchilla. Encuentra en el dibujo y en el corte de cabello la forma de encarar la vida y de solucionar sus problemas inmediatos: encontrar a Jairo, sacarlo de la olla, del jibarato, y volarse con Chaco para Estados Unidos.

Busca a su hermano, pero encuentra trabajo en Galaxcentro 18, antiguo centro comercial de arquitectura moderna decadente, ahora reconvertido en templo de peluquería afro y de cultura hip–hop: este edificio es uno de los rastros de la ciudad de los años cuarenta, ahora decadente tras el Bogotazo, la explosión del Cartucho y las constantes migraciones y desplazamientos de la ciudad “elegante” hacia el Norte.

En Galaxcentro 18, Tomas aprende a cincelar cabezas, tal como lo hicieron sus antepasados esclavos en las cabezas de los niños para trenzar la ruta de escape. Este fenómeno cultural ha sido ampliamente documentado por la investigadora Nelly Mendivelso: «Las mujeres se reunían en el patio para peinar a las más pequeñas, y gracias a la observación del monte, diseñaban en su cabeza un mapa lleno de caminitos y salidas de escape, en el que ubicaban los montes, los ríos y los árboles más altos. Los hombres al verlas sabían cuáles rutas tomar. Su código desconocido para los amos le permitía a los esclavizados huir».

Una escena memorable

Con el dinero para su primera máquina, Tomás libera a su hermano menor de los primeros jíbaros: las tropas lo llevan a Jairo, en un sentido metafórico.  Jairo y Tomás en sus tránsitos por el barrio Santa Fe — ciudad de la prostitución y el lenocinio — acuerdan visitar un cementerio de carros. La mirada del cineasta frente al barrio se puede entender como un mapa superpuesto.

 

Playa DC peluquero

El cementerio de carros es tal vez una de las mejores imágenes de la película. Jairo y Tomás suben a una camioneta deshuesada en la cima de una pila de vehículos chatarrizados: imagen de la violencia del proyecto bogotano; rastro de la modernización a ultranza. Jugando al conductor, Jairo experimenta una epifanía: recuerda el momento cuando huyeron del Pacífico por un ataque paramilitar.

El vidrio panorámico de la camioneta está agrietado por disparos. Los huecos le sirven a Jairo como mapa para explicar a Tomás la ruta de escape en el río. La cámara enfoca los agujeros y alude a los recuerdos en ráfagas. Los rastros de la violencia sobre el vidrio estallado son el único mapa en donde se puede reconocer a Jairo: mira por agujeros y es mirado por la cámara.

El objetivo, el disparador y el hueco de la bala se conectan con el iris de Jairo y sus recuerdos en tiroteo, como en un sueño de bazuco. Es su espejo: el cartograma que despliega sobre Bogotá es doloroso y entiende la ciudad como el castigo por estar lejos de Buenaventura.

La vuelta a la playa es el bazuco: lo sume en alucinaciones y lo convierte en el participante de la ciudad de Dite, el imperio de los muertos en vida de la calle del Bronx. Los tres hermanos cumplimentan su destino; Jairo muere, Chaco retorna a los Estados Unidos y Tomás, reinicia su vida peluqueando a los transeúntes.

Atmósfera sonora

Pervive otra prodigiosa intersección cartográfica: el paisaje sonoro. Los territorios sonoros se superponen violentamente en la película y en la vida afro de las grandes ciudades colombianas.

La película sugiere una música afro–originaria, raizal. La música del Pacífico colombiano es el diálogo del hombre con su paisaje, con el repiqueteo del mar: mar y marimba son el eco lejano de la armonía paradisiaca.

En una entrevista realizada por la W Radio, Juan Andrés Arango sostiene que el sonido de las calles fue registrado y grabado, creando una mezcla nueva y construyendo la música, de tendencia muy contemporánea: el ruido.

El ruido se encuentra presente en la espacialidad hostil del no–lugar. De la unión de estas dos marginalias — más algunas influencias de músicas norteamericanas — aparece el hip–hop colombiano, muy diferente del anglo–americano.

Tiene otro carácter: mientras allá es signo de frivolidad, acá es de resistencia. El contenido social y de denuncia del hip–hop colombiano se puede rastrear desde Gotas de rap, con Revolución: es la voz de la ciudad invisible.

Pero el hip–hop afro trae el mar, la marimba y el paisaje al espacio sonoro bogotano. Flaco Flow y Melanina, en la película y en la letra describen el trasegar, el transitar, el itinerar del afro en la ciudad invisible. La música es el retorno al mar.

Cartografía del fenómeno afro

La película  — lejos de tener un carácter hiperrealista o panfletario de denuncia literal y política de la violencia— refleja la mirada del cineasta: se ubica en los rastros de una memoria violenta que debe resucitar. Los rastros de la violencia se quedan en los territorios rurales y los desplazados sólo traen recuerdos: arqueología de la inmaterialidad, de las imágenes.

Es el nacimiento de nuevos símbolos qué inaugurarán relaciones entre el hombre y su paisaje, esta vez el afro desplazado y la ciudad hostil. El símbolo se hace mediador, en la posibilidad de aclimatar, colorear y respirar en la ciudad.

Los resultados culturales se manifiestan como el nacimiento simbólico, en tres espacios concretos: la peluquería y las cabezas cinceladas, la música en las discotecas y la playa, el gris deshuesadero bogotano, que gana colores y matices con los afrodescendientes.

La película de Arango es majestuosa: no una mirada etnográfica plana ni frio documental, pues se apropia de la retórica de los afro para narrar su vida en el nuevo paisaje.

La cámara ondula como el mar: a partir de la investigación visual y sonora, traza una historia que hila las imágenes a través de la itinerancia afro, materialidad tangible, pero invisible.

La playa D.C. regala al cine la primera cartografía del fenómeno afro en las ciudades colombianas. Introduce al espectador en una atmósfera, en las correspondencias culturales donde es posible sobrevivir. Un trabajo arqueológico de esos símbolos nacientes en las urbes colombianas. Una obra de arte: crea y dibuja no sólo un clima y un paisaje, también una posibilidad cultural.

Carlos Fino (1986). Profesional en Estudios Literarios. Magíster en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad; doctorando en Arte y Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia. 

 

 

Carlos Fino RazonPublica

Carlos Fino

 
 












 
 






 
 















 
 




 

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Comentarios  

Fernando
+1 # Fernando 12-02-2013 09:42
Gran, gran texto. Este es el tipo de crítica que tanta falta hace dentro del panorama actual del cine colombiano.
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marina urbach
0 # marina urbach 18-02-2013 23:25
Escelente resena. 'Una obra de arte: crea y dibuja no sólo un clima y un paisaje, también una posibilidad cultural.'...un a posibilidad cultural, este es el aspecto mas interesante. Sin duda esta pelicula deberia participar en los festivales internacionales .
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