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Humor político universal y dos décadas de política colombiana

(Tiempo estimado: 6 - 12 minutos)

El actual ambiente preelectoral en Colombia va tomando rasgos de farsa política.  Tal vez convenga leer una novela reciente, vagamente premonitoria, para asumir como caricatura lo que simplemente es reflejo de la tragedia nacional. 

1 autor libro

Foto- http://www.fantasticplasticmag.com/ 

Lanzamiento oportuno

Luis Noriega —  nacido en Cali en 1972 y residente en Barcelona desde 1998 — lanzó en la reciente Feria Internacional del Libro de Bogotá su novela Donde mueren los payasos — Farsa electoral en sesenta y nueve capítulos y un epílogo, editada por Blackie Books de Barcelona

El libro empezó a circular desde febrero en España, con buenos comentarios de la crítica y buena recepción de los lectores de ese país. Considero que los lectores colombianos podrían extraer de su lectura un gran placer y algunas lecciones, por lo que me permito reseñar esta novela.

El hilo político

Por una parte, la historia que el subtítulo llama una farsa electoral, es descrita en la contraportada como si fuera una historia en abstracto, una novela de payasos y de políticos: personajes imaginarios, hombres y mujeres con solo nombre y apellido, sin figura física.

Su descripción no se aleja mucho de los óvalos y las líneas que aprendimos a dibujar de niños para representar a los seres humanos. El éxito entre los lectores españoles indica que esos personajes de caricatura también los hacen sonreír, porque encajan con lo que sucede en Europa.

Quizás descubren rasgos de los italianos Berlusconi y Grillo o de su propia zoopolítica local, que los ha hundido en una profunda crisis económica, bajo el signo de la corrupción. Para lectores no colombianos, elecciones en medio de asesinatos, de secuestros y de autosecuestros parecen delirantes, así como partidos políticos de mentiras que se crean y se deshacen al vaivén de las necesidades de los candidatos.

Pero esta farsa electoral se leerá en Colombia de otra manera. ¿Qué pensarían los lectores españoles si descubren que esos políticos imaginarios son un collage de personajes — caricaturizados, cierto, pero bastante reales — de un país cualquiera, Colombia?  Aquí en nuestro país el libro resulta más retador, más irónico, más arriesgado.

El presidente innombrado — a quien la novela se refiere como el Líder (sin nombre) —pretende perpetuarse en el poder gracias a sus éxitos en materia de seguridad: “la obra del gran líder, tan inepto en tantos otros terrenos”.  Bajo su orientación, el país inexistente donde discurre la novela ha entrado en la democracia del siglo XXI.

Ha conseguido constitucionalizar la gran fusión entre la sabiduría de las masas  — yo agrego: el paraíso de Rousseau — y la inteligencia artificial,  porque la natural es peligrosa, agrego también.

Con el Barómetro Permanente de Opinión — un artificio gratuito que todos bajan a sus dispositivos TICs —  se vive ahora sí en un régimen de opresión: oprimiendo botoncitos, los ciudadanos contribuyen a un indicador que genera, minuto a minuto, ante cada acontecimiento, “la opinión del Estado de Opinión”.  No habrá elecciones mientras el barómetro sea favorable al Líder.

Pero un payaso surge como candidato inesperado, debido a un desliz suyo que es captado y hecho público por periodistas necesitados de noticias: el barómetro se pone a oscilar. Habrá elecciones, y la trama de la novela es la historia del proceso electoral que desata el payaso.

Marcela Reyes Renault, una candidata ambiciosa — pleonasmo mío: no puede haber candidatos no ambiciosos, ni siquiera si son candidatas — regresa tras un periplo por varias embajadas y compite contra otros candidatos no a punta de ideas y de programas, sino con actos histriónicos dirigidos a ganar el favor del Barómetro de Opinión.

Lo propio hacen los hermanos Gabilondo, y el mismo maestro Valentín Fujit-Zu, jefe único del partido del Aura, quien espera dar un golpe de opinión mediante el rescate “lúdico–democrático” de un secuestrado.  El maestro — imposible de entender sin un traductor al español de los mortales — vive “demasiado ocupado exhibiendo su integridad moral” y realizando “ejercicios de autoconciencia a través del elogio ajeno”.

La candidata Marcela Reyes Renault nos hace pensar en la dulce Cristina viuda del tuerto Kirchner (como le dice cariñosamente su amigo Mujica). Marcela parece una mezcla de algunas mujeres de nuestra política local, incluyendo a Regina XI: concejal ilustre, senadora ilustre, candidata presidencial ilustre, secuestrada ilustre (como Marcela), personaje sui generis que los colombianos ya olvidamos y hoy en día, según ella misma, profesora de saurismo (Sabiduría Universal Reginista).

El autor nos regala una bella pieza sobre igualdad de género en el ejercicio de la política, tan bien descrito por ese sexista de Maquiavelo, que imagina príncipes, pero no princesas. Se trata de una conversación telefónica de Marcela Reyes Renault con su amante–en–conserva–motivo–carrera–política, columnista de El Tiempo, perdón, de La razón.

Cito fragmentos: “Cómo te odio, hijueputa. Voy a hundirte. Tus putas fans van a enterarse de que eres un impotente y de que tus novelas de mierda te las reescriben en la editorial, y los cinco pelagatos que leen tus columnas con algo de respeto van a saber de una vez por todas que no eres más que un lagarto,… un lameculos que no tiene ni una puta idea original…”

Otro candidato es J.J. Escobar, apodado “el Mugre”, a quien su familia no tiene en gran consideración. Fundador de un think tank que no es ni think ni tank. Su familia es propietaria o expropietaria del periódico La Razón, cuyo editorialista, Hermes, “no recordaba la última vez que tuvo que redactar un editorial en desacuerdo con el gobierno”.

Matías, otro miembro de la familia, “tuvo que explicar a los verdaderos dueños del periódico por qué había aceptado publicar un artículo que a todas luces indispondría a La Razón con la futura presidenta del país… Apeló al principio, consagrado por el devenir del tiempo y el aplauso del espectador, de que plegarse a los deseos del gerifalte de turno no menoscaba la capacidad de un medio para atender los deseos del próximo”.

La entrada del libro es una pieza costumbrista bogotana: un payaso que atenta contra la gramática de Nebrija y contra las arterias coronarias, quien trabaja de animador para invitar a los transeúntes a almorzar en un bandejeadero del centro de Bogotá. Yo me desanimé: ¡Blah! el manido cuento: un payaso que se presenta y gana elecciones… o casi gana elecciones. — Para esa gracia, pensé, me leo el bodrio de Saramago contra la democracia.

El hilo editorial

¡Pero falso! Porque en el segundo capítulo — que después se descubre no es capítulo, pues no hace parte de la numeración, como tampoco el primero —  el autor como personaje de la novela lleva el manuscrito al editor, y comienza el otro hilo de la historia: la farsa editorial.

El editor sentencia al Líder que pretende hacerse vitalicio: “Eso del caudillo que se perpetúa en el poder ya está muy manido”. También hay sentencia contra el payaso. “Necesitas un perdedor que te permita librarte del payaso”, agrega.

Continúa la lección: la plebe no compra libros. La aristocracia tampoco. “La novela, ya lo dijo Aristóteles, es ante todo un género clasemediero, arribista, la epopeya de los mediocres para los mediocres. El mercado natural de la novela son los perdedores con ínfulas…”.

A partir de este primer encuentro del autor con el editor, ya no se sabe quién escribe esta historia, no se puede vaticinar qué va a pasar, no se sabe quién manda: si los personajes que se le salen de las manos a su creador, si el editor cuyos diálogos con el autor cambian el sentido de la novela y desatan hilaridad peligrosa en el lector, si el autor, si Luis Noriega, que es doble: un Luis Noriega está en la novela — profesor del curso sobre democracia del Colegio San Rafael — y el otro Luis Noriega, quien escribió la novela según la carátula, que no es el mismo autor que aparece en la novela.

El editor reclama repetidamente al autor en sus diálogos distribuidos a lo largo de este segundo hilo de la novela, que la novela no vale nada sin polvos. “A duras penas logro sacarte un muerto, te niegas a darme un polvo”. Al fin, el autor, no Luis Noriega ni el que escribió el libro, lleva a una mujer de la novela a hacer el amor… ¡pero con el autor mismo! Y bajo la mirada escrutadora del editor, quien aprueba con un guiño.

Para leer sin envidia

En el epílogo, el coronel (r) Gustavo Monroy, exjefe (destituido) de la División P — policía secreta que persigue payasos acusados por el Líder de ser terroristas — advierte que habrá una segunda parte (de la novela) pues tiene varios sospechosos de alguno de los magnicidios: uno de los sospechosos, y con razón, es el editor.

Así duda uno de quién escribe de veras esta novela, y termina también dudando de quién escribe la Historia, la grande. ¿Realmente la Historia la escriben sus protagonistas? ¿O más bien los autores?  No, quizás los editores, quienes según parece, atienden al mercado.

Luego, el que en últimas escribe la novela es el lector. Nada menos que la democracia radical, la del mercado, la del barómetro de opinión… la soberanía del pueblo, del pueblo consumidor, del pueblo–consumidor–lector, interpretada por los editores.

El verdadero autor de este libro — el colombiano que vive en Barcelona — ¿tendría en mente a Macbeth?  “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.  Al parecer, Shakespeare no tuvo editor, por lo menos no es visible en sus dramas.

Se lo podríamos preguntar al Luis Noriega real, pero es inútil. No le creeremos lo que diga. Puede negar incluso que sus personajes estén inspirados en políticos reales: al fin y al cabo, como el editor, él también tiene que comer. La política es una farsa y es una farsa la novela de la farsa.

Recomiendo vivamente esta inteligente farsa política y editorial. Incluyo un consejo: léanlo generosamente, sin envidia: uno se muere de la risa. Pero no una risa angustiosa, a pesar de que el editor advierte al autor que “los chistes son un contentillo, hasta que se ponen serios”.

Sin envidia, porque uno no debe molestarse por la sensación que queda al terminar el libro de que quizás el autor disfrutó más aún escribiéndolo.

*   Discípulo del maestro Valentín Fugit-Zu.

 

Paul-Bromberg

 Paul Bromberg *


























 
 Para lectores no colombianos, elecciones en medio de asesinatos, de secuestros y de autosecuestros parecen delirantes, así como partidos políticos de mentiras que se crean y se deshacen al vaivén de las necesidades de los candidatos.















































 
 El presidente innombrado — a quien la novela se refiere como el Líder (sin nombre) —pretende perpetuarse en el poder gracias a sus éxitos en materia de seguridad: “la obra del gran líder, tan inepto en tantos otros terrenos”.  










































 
 Otro candidato es J.J. Escobar, apodado “el Mugre”, a quien su familia no tiene en gran consideración. Fundador de un think tank que no es ni think ni tank. Su familia es propietaria o expropietaria del periódico La Razón, cuyo editorialista, Hermes, “no recordaba la última vez que tuvo que redactar un editorial en desacuerdo con el gobierno”. 








































 

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Comentarios  

Samuel _Celis
0 # Samuel _Celis 15-05-2013 16:11
Felicidades y éxitos también premonitorios a un muy buen libro...
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