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Letras desde el desierto: Estercilia Simanca, escritora wayuu

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

anama ferreria estercilia simanca cabo guajira

Foto: Ana María Ferreira
Jepirra es un lugar/espacio mítico/sagrado, a dónde van los wayuu después de morir.

Mario Barrero RazonPublica

Una escritora que despunta dentro de las letras nacionales con sus narraciones de los ritos de paso de las mujeres wayuu y las denuncias sobre las cédulas de burla que funcionarios de la Registraduría Nacional les entregan a gentes de este pueblo.

Ana Maria Ferreira*

Una mujer venida del desierto

En el extremo septentrional de Colombia se encuentra la península de la Guajira, hermosa y dura zona desértica donde vive la comunidad indígena más numerosa del país: los wayuu. Esta comunidad comparte su territorio entre Colombia y Venezuela, y si bien los dos países se enredan esporádicamente en disputas diplomáticas, los wayuu son la prueba más tangible de lo irreal de las fronteras entre ellos. 

En una ranchería de la Baja Guajira, llamada Caicemapa, nació Estercilia Simanca Pushaina o, como la llaman sus amigos, Tella. Estercilia es una escritora reconocida ya por fuera del país, también es abogada, blogger, diseñadora y empresaria. En estos momentos tiene en Riohacha una empresa de modas, llamada Julirü, que, en sus propias palabras, “es una empresa cultural colombiana dedicada al diseño y confección de ropa étnica inspirada en la cultura Wayuu”. 

Parte de la obra literaria de Estercilia puede encontrarse en su blog:http://manifiestanosaberfirmar.blogspot.com/, y está mayormente compuesta de cuentos y ensayos. 

Dos de sus relatos más importantes son: “Manifiesta no saber firmar. Nacido: 31 de diciembre” y “El encierro de una pequeña doncella”; este último fue finalista en el XI Premio de Literatura Comfamiliar del Atlántico en 2003 y también participó en la lista de honor de IBBY en 2006. 

Cuentos sobre el mundo wayuu


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Foto: Ana María Ferreira
Estercilia Simanca.

“El encierro de una pequeña doncella” narra, desde la perspectiva de una niña, el ritual del ‘encierro’, una práctica tradicional wayuu que está desapareciendo rápidamente. Este es un ritual de pasaje exclusivo para las mujeres. El ritual consiste precisamente en el encierro de las niñas cuando les llega el primer periodo, de modo que entran como niñas y salen como majayut (señorita, princesa): 

Durante todo este tiempo he visto por las rendijas de la puerta, cómo mis tíos han construido un telar en la enramada del rancho donde me encuentro y cómo han colocado sábanas alrededor de la enramada para ocultarme de las miradas de la gente”. 

Tanto en el cuento como en la práctica tradicional, las niñas aprenden los secretos de ser una mujer wayuu -historias y sabiduría que nos están vedadas al resto, por ser alijunas (no wayuu, forastero)-. Por ejemplo, aprenden la habilidad heredada de Waleket, la araña, para tejer los intrincados colores de los chinchorros y mochilas que caracterizan el arte wayuu: 

Se sentó debajo de la enramada y empezó el tejido que la doncella desconocida le había enseñado. Iiwa sonreía al ver como al combinar los hilos iban surgiendo figuras perfectas, que sorprendían a las viejas Yotchón y Jierrantá”. 

El relato “Manifiesta no saber firmar. Nacido: 31 de diciembre” es también una ficción basada en una historia real. En algunas de las comunidades indígenas de la Guajira, al igual que en otras regiones del país, se realizan campañas masivas de cedulación, sobre todo cerca de la época de elecciones. Durante las campañas electorales, relata el cuento, se presentaban muchas irregularidades –asumiendo un poco ingenuamente que estos hechos ya no ocurren-. 

Buscando que la mayor parte de la población pudiera votar, los funcionarios públicos les expedían el documento de identidad a los jóvenes y niños mayores como si todos tuvieran 18 años, es decir la edad legal para participar en las elecciones, de modo que niños de diversos rangos de edad aparecen nacidos el mismo año y, lo que es más intrigante, el mismo día: 31 de diciembre. 

Este hecho real, que da el título al cuento, se da porque algunas personas de la comunidad no conocen o no les importa el día de su nacimiento, lo que es agravado por irregularidades en la expedición del registro civil y por la desidia de algunos funcionarios. 

Este caso pone en evidencia la incapacidad del Estado para reconocer las particularidades culturales e idiomáticas de sus propios ciudadanos. Del mismo modo, en este proceso también les dieron a los wayuu nombres incorrectos y muchas veces ofensivos: 

Ese día me enteré que mi tío Tanko Pushaina se llamaba Tarzán Cotes, que Shankarit se llamaba Máximo, que Jutpunachón se llamaba Priscila, que Yaya se llamaba Clara, que Castorila se llamaba Cosita Rica, que Kawalashiyú se llamaba Marquesa, que Anuwachón se llamaba Jhon F. Kennedy, que Ashaneish se llamaba Cabeza, que Arepuí se llamaba Cazón, que Warichón se llamaba Lebranche, que Cauya se llamaba Monrrinson Knudsen, que Cotiz se llamaba Raspahierro, mi primo Matto se llamaba Bolsillo, y por un momento temí que conmigo pasaba lo mismo”. 

Una vez más la pregunta que nos asalta al leer el cuento de Estercilia es por qué un funcionario de la Registraduría quisiera burlarse así de una persona o, peor aún, de una comunidad entera. Parte de la respuesta tiene que ver con una larga historia de discriminación y racismo que muchas veces los colombianos somos reacios a aceptar. Por esto, es trascendental el hecho de que sea Estercilia, una mujer wayuu, la que haya levantado la voz y denunciado este hecho a través de la literatura. 

Estercilia relata esta historia desde la voz de una jovencita, en un juego que flirtea con lo autobiográfico sin llegar a serlo del todo. El cuento de Simanca es narrado en primera persona por una joven que es testigo de la campaña electoral del “señor candidato”, un hombre encantador, siempre montado en una gran camioneta, que vuelve transfigurado en otra persona cada cierto tiempo, con las mismas palabras, la misma sonrisa y, por supuesto, las mismas mentiras. La autora, en un juego narrativo, aparentemente le resta importancia a la denuncia a través del tono humorístico del relato; sin embargo, al final, este mismo tono es el que le da a la historia su efectividad. 

En busca del nombre verdadero


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Foto: Ana María Ferreira
Jepirra, Cabo de la Vela.

En 2011, la directora Priscila Padilla realizó el documental Nacimos el 31 de diciembre, basado en el cuento y la investigación de Estercilia. 

Padilla recorrió las rancherías descritas por Simanca, visitando a los ‘personajes’ del cuento, creando un correlato a esta historia y apoyando la denuncia presentada por la autora. En agosto de este año, Padilla lanzó un nuevo documental: La eterna noche de las doce lunas, que sigue la cotidianidad de una niña wayuu a través del ritual del encierro. 

Simanca no solo escribió esta historia como cuento, sino que está adelantando, como abogada, un recurso legal de reparación contra los indígenas que fueron perjudicados en su buen nombre al ser ‘rebautizados’ por los funcionarios de la Registraduría. 

La escritura de Estercilia se puede pensar como un acto político o una declaración feminista, también como una reivindicación de los derechos indígenas, pero la autora no parece sentirse cómoda con estas categorías. 

 De hecho, hace poco escribió una suerte de manifiesto titulado Pulowi de Uuchimüin (pulowi: encanto femenino -mito wayuu-, uuchimúin: hacia el sur), donde se aparta un poco de la categoría de Abya Yala, denominación que agrupa a gran parte de los escritores indígenas contemporáneos del continente americano. 

Simanca piensa su obra más en términos de una literatura latinoamericana y argumenta que pensar la literatura suya o de otros indígenas bajo esta categoría es una forma de aislarse. Como ella misma dice, su rebeldía y autonomía no le permiten ir por el camino que todos toman: 

¿Cuál ruta? Yo nunca supe adónde iría; lo que ahora sé con certeza es que por mucho que limpiaran mis caminos, me iba con los pies descalzos, no importaba que las espinas me hincaran, pero nunca seguí el camino, solo las señales, lo prohibido…”. 

Tanto la autora, la mujer, como su literatura, desprenden mucha fuerza y energía; la escritura de Estercilia Simanca es como el viento de la Guajira: una oleada refrescante para la literatura colombiana. 

* Doctora en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown. Es profesora en la Universidad de Indianápolis, donde enseña e investiga sobre América Latina. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

twitter1-1@annwenders 

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