Revista Mito: anotaciones sobre una empresa de cultura

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Mauricio RamirezUna revista pionera en la cultura colombiana recibe homenaje de la Biblioteca Nacional, y un experto nos cuenta cuál fue la revolución que hizo Mito en el mundo de las letras y en el de las ideas.

Mauricio Ramírez Gómez*

Un proyecto arriesgado

Desde el pasado mes de octubre la Biblioteca Nacional está presentando la exposición Mito o el resplandor de las ideas, para hacer un homenaje y reconocer el aporte de esta publicación a la historia cultural del país. Es un homenaje más que merecido.

La creación de la revista Mito se decidió durante un viaje de Jorge Gaitán Durán a Madrid, en el verano de 1952, para reunirse con Hernando Valencia Goelkel y Eduardo Cote Lamus. Los tres decidieron que seguirían el rumbo trazado por Jean Paul Sartre en Les Temps Modernes: la cultura y la crítica en permanente relación dialéctica.

Decidieron que seguirían el rumbo trazado por Jean Paul Sartre en Les Temps Modernes

Y acordaron comentar su idea a otros posibles colaboradores. Hacía falta un grupo porque la empresa requería dinero, compromiso e identidad. Por eso Gaitán Durán viajó a Londres para invitar a Pedro Gómez Valderrama, y lo propio hizo Cote con Rafael Gutiérrez Girardot en Alemania.

El primer número de Mito circuló en mayo de 1955, dirigido por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel. En su comité patrocinador figuraban algunos de los intelectuales y escritores más importantes de su tiempo: Vicente Aleixandre, Alfonso Reyes, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Drummond de Andrade, León de Greiff y Octavio Paz.

El poeta, crítico y fundador de la revista Mito Eduardo Gaitán Durán.
El poeta, crítico y fundador de la revista Mito
Eduardo Gaitán Durán.
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

Un país rezagado

En ese momento, Colombia permanecía culturalmente rezagada en relación con otros países latinoamericanos y cualquier tendencia estética renovadora era tomada como una expresión política revolucionaria y, en consecuencia, combatida con la ferocidad de los dogmas.

A los rebeldes se les solía silenciar colgándoles del cuello “la pesada piedra” de un cargo público, de modo que sus “arrebatos estéticos” quedaban convertidos en inofensivas extravagancias juveniles. Quienes se resistieron optaron por el exilio.

Los sectores más liberales tenían a sus maestros entre los escritores franceses de fin de siglo y miraban de soslayo a los ingleses y a los alemanes; el interés por la literatura de otro país era considerado excéntrico.  Por su parte los sectores más conservadores seguían defendiendo la idea de que la cultura colombiana era un vástago de la española y que debía permanecer aferrada a su corteza evitando contaminarse de corrientes foráneas, so pena de desaparecer.

El mayor triunfo de un escritor era imitar bien a los maestros europeos, contribuir a afianzar “las verdades universales” de la religión y recibir la bendición de la Iglesia y el Estado para que sus obras entraran en los planes de estudio de los colegios y las universidades.

Esta era la concepción de la cultura imperante cuando apareció Mito, agravada por el papel político que jugaba la Iglesia y por la censura impuesta por el gobierno de Rojas Pinilla a periódicos como El Espectador, El Tiempo, el Diario Gráfico y La Tribuna, por comentar hechos de violencia que involucraban a la Fuerza Pública.

Para hacerse una idea sobre la censura vigente en aquellos años, cabe recordar los dos primeros artículos del Decreto 2535 de 1955:

ARTÍCULO 1: “Queda prohibido publicar informaciones, noticias, comentarios, caricaturas, dibujos o fotografías que, directa o indirectamente, impliquen falta de respeto para el Presidente de la República o para el Jefe del Estado de una Nación amiga, o comprometan seriamente el normal desarrollo de las relaciones internacionales de Colombia.

ARTÍCULO 2: Queda también prohibida toda publicación en la cual se dé cuenta de hechos que afecten el orden público, o que directa o indirectamente configuren o traten de configurar sucesos de violencia como producto del sectarismo o de la pasión política, o de provocar o estimular la perturbación del orden público o la violencia política”.

Por la libertad de expresión

Pocos meses antes de expedirse ese decreto, y a raíz de la publicación en el primer número de Mito del “Diálogo entre un Sacerdote y un Moribundo”, del Marqués de Sade (traducido por primera vez al castellano por Jorge Gaitán Durán), el gobierno le impuso a la revista una multa de dos mil pesos. Esto porque integrantes de la Iglesia Católica protestaron ante el ministro de Gobierno, Lucio Pabón Núñez, debido a que “Mito hizo publicaciones lesivas del sentimiento católico”.  

Sin embargo, en una actitud consecuente con los planteamientos de Jean Paul Sartre, los directores de Mito expresaron con claridad su convicción de que la libertad de expresión debía ser total en su revista, o que ésta no sería de ninguna manera. Por eso decían: “la cultura y la libertad son indivisibles. Vano resulta reivindicarlas en el campo político, y olvidarlas o negarlas en el social o el económico o el religioso o el literario”.

Los directores de Mito expresaron con claridad su convicción de que la libertad de expresión debía ser total.

Esta actitud exigía expandir la crítica al ámbito político y social. Por eso, al lado de valiosas obras literarias y notas sobre cine, pintura y literatura, en Mito se publicaron también “Documentos” y “Testimonios” acerca del entorno social colombiano.

Ejemplos memorables de esa faceta son la “Historia de un matrimonio campesino”, presentada por André Breton en una exposición surrealista sobre el erotismo; una encuesta acerca del papel de los intelectuales colombianos ante la violencia; los diálogos sobre este mismo tema con Camilo Torres y Eduardo Franco Isaza; y documentos sobre la situación en las cárceles y sobre las relaciones del Estado y la Iglesia Católica en Colombia.

“Sin esas otras proyecciones de índole política y social (afirmó después Hernando Valencia Goelkel), quizás Mito nunca habría asumido la personalidad, la fisonomía que logró en un momento y que ha logrado retrospectivamente en la medida en que las generaciones posteriores curiosa y generosamente se interesan por este capítulo de la vida cultural del país”.

El General Gustavo Rojas Pinilla acompañado de su esposa y su hija.
El General Gustavo Rojas Pinilla acompañado de
su esposa y su hija. 
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

La anhelada transformación cultural

Dialogar con gentes de todas las opiniones y todas las creencias fue un imperativo ético puesto a prueba cuando los gestores de Mito debieron enfrentar las críticas de sus detractores, centradas casi todas en el interés particular que la revista mostraba por el erotismo, para muchos un tema gratuito que solo le concernía a Jorge Gaitán Durán.

Dialogar suponía pensar y debatir con libertad, superar la tentación de consagrarse a costa del sacrificio de otras figuras, trascender la concepción de la obra literaria o de arte como un medio para la propaganda política o religiosa, o como un simple instrumento para la enseñanza.

Exigía poner las palabras en situación, llevar el lenguaje a su máxima tensión, medir su capacidad para comunicar con eficacia el drama de una época. Había que superar la retórica y el discurso o el poema simplemente bellos, para comunicarse con eficacia, y alcanzar la plena correspondencia entre lo que se dice, lo que se escribe y lo que se hace.

Este fue el principal empeño de Jorge Gaitán Durán y de quienes lo acompañaron en Mito. Al convertir su revista en un medio para la crítica, sembraban la semilla para crear un ambiente cultural propicio para sus propias ideas.

Para aportar a esa “vasta tarea cultural”, en 1956 los directores de Mito decidieron crear Ediciones Mito, una colección de libros en su mayoría de autores colombianos, y a partir de marzo de 1957 salió al aire en la emisora HJCK, de Bogotá, la Radiorevista Mito, un programa emitido los viernes entre las ocho y media y las nueve de la noche, para difundir textos e informaciones sobre música, teatro, cine, literatura y actualidad.

Se complementaba así la labor crítica y de propuestas para la transformación cultural del país, usando todos los medios disponibles para transmitir ideas “con el máximum de responsabilidad ética y cultural”.

Una identidad hispanoamericana

Para sus propósitos, Mito supo asimilar las experiencias de publicaciones similares, como la Revista de las Indias y Crítica, en Colombia, y Sur, Orígenes e Hijo Pródigo, entre otras de América Latina.

La revista contribuyó a formar una conciencia americana, mediante la divulgación de obras que reflejaban la realidad continental en un lenguaje propio y tomaban distancia de la literatura europea. Amplió el panorama de la literatura colombiana, sometida a las perspectivas que le planteaban los suplementos literarios de los periódicos capitalinos.

Había en esa época otras publicaciones con orientaciones similares, pero solo Mito consiguió conservarse y hacerse oír con fuerza en Hispanoamérica, llegando a convertirse en objeto de estudio obligado para quienes seguían la evolución de la literatura de esta parte del continente.

El final de la revista sobrevino en 1962, tras la muerte de Jorge Gaitán Durán. Dos años después, Fernando Arbeláez, uno de los colaboradores, precisaría el valor de este empeño: “Descubrimos que teníamos que comprender de nuevo todas las cosas, para que ellas se mantuvieran vivas, y que no podíamos hacerlo, sino intentando una aventura en la que se excluyeran las experiencias anteriores; o que éstas se vivieran nuevamente, pero de otra manera”.

 

* Escritor y periodista de la Universidad de Antioquia, compilador y prologuista del libro Un solo incendio por la noche (Obra crítica, literaria y periodística recuperada de Jorge Gaitán Durán); en 2013, publicó Jorge Gaitán Durán, un mar que se ignora.

 

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