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Sudar la camiseta: los uniformes y el deporte

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

jarron panathenaicos

David QuitiánNacieron para marcar las diferencias entre clases sociales y hoy son prendas para uso masivo – y enriquecimiento de las multinacionales-. ¿Cómo se construyó la costumbre del uniforme deportivo y qué significa en el presente?

David Quitián*

Una larga historia

Es imposible concebir el deporte moderno sin uniformes, pues hasta los atletas de modalidades acuáticas llevan gorros distintivos de sus equipos cuando compiten.

Pero no siempre fue así. Gracias a los cantos de Homero y a los relatos de Heródoto sabemos que los campeones antiguos vestían pequeñas túnicas y que los atenienses preferían la desnudez del cuerpo al hacer deporte porque ella evitaba el estorbo de taparse las zonas pudendas.

A comienzos del Medioevo, los herederos de Hércules (el pionero de los atletas), Corebos (primer velocista) y del gran Aquiles empezaron a distinguirse de sus rivales no solo por el anuncio a viva voz de sus heraldos y sus toques de cuerno particulares, sino también por las banderas y escudos.

Los atenienses preferían la desnudez del cuerpo al hacer deporte porque ella evitaba el estorbo de taparse.

La era de la Inquisición fue el período del fundamentalismo de la forma; el filósofo francés Michel Foucault describe bien este proceso al decir que el poder se manifestaba controlando los cuerpos y estos debían estar siempre cubiertos y vestidos de acuerdo con el oficio y la clase social.

Los clérigos iban con sotanas, los criados con libreas, los verdugos con capirote negro, y las cortesanas con corsé y enaguas alambradas. Por su parte, los aristócratas usaban capas y los reyes corona.

Esos distintivos externos se consolidaron con las cruzadas (campañas militares y religiosas que dieron origen a una orden que marcó época: los Templarios). Los códigos de honor de este grupo de soldados sintetizaron los valores del estamento aristócrata que precisaba de ese heroísmo en el campo de batalla para instituirse como ley social.

De esta época de mosqueteros y caballeros, que usaban los pomposos trajes típicos de su oficio y clase social, podemos saltar a los orígenes del deporte actual a finales del siglo XIX, pues los primeros sportsmen también fueron aristócratas que a duras penas se despojaban de sus capas y sombreros de copa.

Estos primeros pasatiempos atléticos implicaban participantes alfabetizados que entendieran los refinados reglamentos que empezaban a redactarse y demostraran ser “auténticos caballeros” al profesar un inquebrantable respeto por el establishment, encarnado en el buen vestir y en las figuras del contrincante y el árbitro.

El sport (anglicismo original de deporte) era vedado para las mujeres, pues al fin y al cabo era asunto de caballeros, así como para el vulgo, que no podía aspirar a manejar esas técnicas corporales ni mucho menos a obedecer el código ético que lo sustentaba. En este código se ordenaba “vestir prendas de sportsmen”, es decir, ropas de caballeros modificadas para la ocasión.

Como ha mostrado el sociólogo Pierre Bourdieu, el deporte surge como rasgo distintivo de nacimiento en noble cuna (eugenesia) y como elemento diacrítico de clase social. Un colega de Bourdieu, Norbert Elias, avanza más en esa dirección y dibuja una línea recta que comienza por la moral hidalga con el origen ético del deporte, pasa por el fair play (juego límpio), y termina con la aparición del Parlamento.

Para Elias, la institución del Congreso en las repúblicas modernas (Senado y Cámara en Colombia) es un momento culmen del proceso de civilización, pues pasamos de la eliminación física del adversario a la violencia simbólica del deporte y de ahí a la disputa sofisticada de la política.

Sobre este tema se había adelantado un siglo atrás el prusiano Carl von Clausewitz cuando en su ensayo De la guerra había sentenciado “que la guerra es la política por otros medios”. Por transposición, nosotros podríamos decir que el deporte es “una guerra simulada”. 

El centrocampista colombiano James Rodríguez en un partido del Real Madrid.
El centrocampista colombiano James Rodríguez en un partido del
Real Madrid.
Foto: Castellón Confidencial - Gabriel Boia

Moral, ciencia y estética deportiva

El deporte nace en los clubes sociales y es practicado primero por aristócratas y luego por burgueses, los cuales son la clave de su popularización. Con la industrialización, la urbanización y la masificación, el deporte se propagó a ritmo de locomotora e Inglaterra lo exportó al mundo a través de sus navíos encallados en sus colonias de ultramar.

Así como de las armaduras y los escudos de armas medievales al primer match de la modernidad hubo una lenta mudanza en la vestimenta de los practicantes, de igual manera, de esos pioneros a los equipos de la actualidad hay un conjunto de cambios que se explican a partir de dos categorías: la moral y la ciencia.

La moral se entiende como el código consensuado pero no escrito de una sociedad, y la ciencia como el campo que indaga, experimenta y crea nuevas interpretaciones y artefactos que procuran un mejor vivir.

La moral condicionó la vestimenta de los deportistas: basta ver los vestidos de baño de las primeras nadadoras y lo largo de las primeras pantalonetas de futbolistas para darnos cuenta de que en estos vestuarios existían vestigios del puritanismo religioso.

La ciencia fue el contrapeso: con los progresos de las industrias textiles, de calzado y de otros campos como la ingeniería, la medicina y la aeronáutica, los implementos deportivos de hoy han recibido aportes de laboratorio y de misiones espaciales. Las zapatillas de Michael Jordan, el basquetbolista más famoso de la historia, hechas con la tecnología que la NASA empleó para las botas de astronautas es quizá el ejemplo más recordado de esta relación entre ciencia y deporte.

Una tercera categoría atraviesa esta transformación de las vestimentas atléticas: la estética, asumida como un patrón de belleza que cambia en sintonía con los valores, tradiciones y creencias dominantes.

Este punto gana importancia después de leer la obra de Hans Gunbrecht, quien nos dice que el ideal estético del deporte es el que seduce a las mayorías. Es decir, el deporte es un lugar privilegiado de la belleza: de ahí que el salto de las pistas, piletas y campos deportivos a las pasarelas sea fácil. Los deportistas como modelos y maniquíes: ayer Beckham, Kournikova e Isinbáyeva, hoy CR7, James Rodríguez y Ana Sharápova. 

La equitación ha sido una práctica deportiva tradicionalmente elitista.
La equitación ha sido una práctica deportiva tradicionalmente elitista.
​Foto: Wikimedia Commons

Los uniformes en el fútbol colombiano

Para el caso del fútbol colombiano, los cambios saltan a la vista. A finales del siglo XIX y comienzos del XX había equipos con atavíos que no eran exactamente uniformes, pues su confección era responsabilidad de cada practicante y era realizada por madres, esposas o empleadas domésticas (las máquinas Singer llegaron al país a principios del siglo pasado).

Un poco más adelante, pasamos a los uniformes importados que hicieron que los primeros equipos de la era amateur copiaran los nombres de clubes del exterior (hubo equipos criollos llamados Colo-Colo, Boca Juniors e Independiente).

Para entonces, el criterio estamental aristocrático había decrecido y había aumentado el de la razón práctica deportiva: la comodidad de los deportistas y su diferenciación frente a los rivales.

Un elemento que se destacó fue la identificación con un color que permitiera aglutinar a las cada vez más crecidas masas de espectadores. Esta identidad cromática, acompañada con las insignias del club (razón social, escudo, sigla), facilitaba su tímida promoción y divulgación por la prensa nacional de la primera mitad del siglo anterior.  

Con todo y eso, es posible ver postales de equipos de esa época posando para las cámaras con camisas desiguales en confección y color, de cuello almidonado, bolsillo en pecho y botones. Ya en la era profesional, después de 1948, se pueden ver parches de los primeros patrocinadores cosidos en el frente de los uniformes.

La moral condicionó la vestimenta de los deportistas: basta ver los vestidos de baño de las primeras nadadoras.

Ese proceso de cambio en los uniformes se puede apreciar mejor con el equipo nacional de fútbol masculino: la Selección Colombia. La primera selección data de 1938 (Juegos Bolivarianos de Bogotá), y esta usó una camiseta parecida a la oficial del Milán de Italia: fondo rojo con franjas negras. Desde entonces más de treinta diseños, con variedad cromática, han coloreado las franelas de nuestros seleccionados.

Entre los más recordados están la camiseta blanca con franja tricolor horizontal en el pecho (Sudamericano de 1945); la camisa azul con el escudo nacional cosido en pecho izquierdo (Panamericanos de 1951) y la franja tricolor diagonal (fondo blanco y naranjado) que campeó en los años 70 y 80.

Los escudos también han cambiado: desde su ausencia hasta la presencia del escudo nacional o la costura de los blasones de las entidades que se disputaron el control del balompié colombiano: la Adefútbol (creada en 1924) y la Dimayor (1948), que fue reemplazada por la Federación Colombiana de Fútbol (1936).

Alta costura en el campo

Esta breve historia de los uniformes deportivos termina con la llegada de las empresas especializadas en la confección y fabricación de implementos y prendas deportivas, las cuales supieron advertir el potencial mercadotécnico del deporte y lo optimizaron, apoyados por la industria mediática y apalancados por dos premisas: la explotación de trabajadores en países en vías de desarrollo (Nike, Adidas y Puma afrontan con frecuencia demandas laborales) y la omnipresencia del deporte en la vida cotidiana de la gente. 

Por ello es común que hoy día nos vistamos como si fuéramos deportistas: usamos la camiseta de Falcao para ir a la oficina, la gorra de Nairo para ir de paseo y el short de baño de Michael Phelps para la tarde de piscina. Pero, ¿somos una sociedad deportivizada o de consumo? ¿Nos vestimos como queremos o actuamos de forma condicionada?
 

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). ​

@quitiman

 

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