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La tierra y la sombra: la tristeza de la despedida

(Tiempo estimado: 4 - 7 minutos)

El director caleño César Augusto Acevedo.

Nicolas PernettLa esperada película colombiana La tierra y la sombra cumple con creces las expectativas surgidas a su alrededor después de su triunfo en el Festival de Cannes, y presenta un retrato descorazonador pero hermosamente construido de nuestro derrotero histórico.

Nicolás Pernett*

El éxito y la taquilla

Una semana lleva en las carteleras de Colombia la película La tierra y la sombra, del director vallecaucano César Acevedo, y ha contado con una respetable asistencia de público. Sin embargo, como suele pasar con el cine arte colombiano, su permanencia durante una segunda o una eventual tercera semana aparece como una cima difícil de alcanzar.

En este caso, la película vino precedida por un impulso envidiable: fue la ganadora del premio Cámara de Oro en la última edición del Festival de Cine de Cannes. Por eso, su productora aprovechó el espaldarazo de haber recibido el trofeo internacional más importante que haya ganado un largometraje colombiano para animar a la gente a pasar por las salas.

Sin duda La tierra y la sombra tiene méritos suficientes para haber ganado el galardón francés y para permanecer por muchos años como una obra cumbre del cine nacional. Sin embargo, es probable que si no fuera por qué al ganar el Cannes la película se convirtió en un símbolo de orgullo nacional, La tierra y la sombra hubiera pasado casi desapercibida en los cines del país, más allá del selecto público cinéfilo.        

La película tuvo la buena suerte de consagrarse primero afuera que en su propio país y esto sin duda llevó a muchas bienintencionadas personas a “ver la película colombiana triunfadora en Cannes”. Pero es probable que muchas de ellas se sintieran desconcertadas ante una obra tan triste y tan lejana de la festividad de otras expresiones artísticas nacionales que han tenido éxito en el exterior.

Un espectador promedio que haya ido a ver La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, o La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria, después de recibir noticias de su buena acogida en festivales internacionales, se encontró con producciones que por lo menos expresaban la misma rimbombancia caótica, el mismo escándalo folclórico, que se encuentra en nuestras calles y plazas y que son tan apreciados por los colombianos.

Esta película, por el contrario, está llena de una expresión del corazón colombiano que subyace en todas las producciones nacionales pero que no suele mostrarse con la contundencia absoluta de esta película: la tristeza. La tierra y la sombra lleva al cine la melancolía sin atenuantes que habita en el alma colombiana y que se encuentra en cada mujer que mira por la ventana de las casas de pueblo con miedo y nostalgia, y en cada hombre que bebe circunspecto en las cantinas de carretera donde dejan de doler por un rato los malos recuerdos.

Tal vez, en este caso, sea posible que el público colombiano se reconcilie con la idea de que las mejores producciones artísticas de su país no tienen que ser divertidas representaciones carnavalescas que canten sus maravillas y se reconcilie con su propia tristeza expresada en la pantalla. 

La despedida final

El equipo de La Sombra y la Tierra, en el Museo La Tertulia de Cali.
El equipo de La Sombra y la Tierra, en el Museo La Tertulia de Cali.
Foto: Wikimedia Commons

La tierra y la sombra cuenta la historia de un hombre mayor, Iván, que vuelve a su tierra en el Valle del Cauca a hacerse cargo de su hijo, que tiene una grave afección pulmonar producida por las continuas quemas que se hacen en los cañaduzales cercanos a su pequeña parcela. La casa donde vive el hijo con su madre y su familia, vieja y amenazada por los cultivos de caña de azúcar que se extienden a su alrededor como un mar, zozobra como una balsa de náufrago en la que viajaran los últimos reductos de un pasado familiar en el que la felicidad y la esperanza fueron posibles.

El punto de partida es entonces la conocida escena del desplazado que retorna a su tierra, del viajero que después de una larga temporada en el exterior vuelve a la casa de su infancia, del citadino que busca en el campo las raíces de su identidad, o, en este caso, del padre ausente que vuelve a hacer las paces con su familia.  

Pero en La tierra y la sombra no hay caminos posibles de regreso al pasado idílico. Solo se puede ver la marcha inevitable y dolorosa hacia la extinción definitiva. Por eso el espectador sabe desde un comienzo que poco podrá hacer Iván para reconstruir una casa en la que una familia se ha quedado anquilosada por la instancia de su madre en permanecer hasta el final; poco podrá hacer por su hijo enfermo y tampoco alcanzará a compartir su mundo de otrora con su nieto, un niño que ya no conocerá los pájaros que antes bajaban a comer junto a los samanes.

En este sentido, La tierra y la sombra se sale del lugar común de muchas obras colombianas que ven en la figura de la madre la posibilidad de una reconciliación con la tierra y con el pasado (a la manera que intentó Johnny Hendrix en su película Chocó). En este caso es precisamente el apego de la madre al rencor y al terruño lo que produce la tragedia familiar, mientras que todos los demás personajes quieren irse de la región.

Por el contrario es la figura del padre, del abuelo, la que aparece como la posibilidad de puente de despedida con amor de un pasado irrecuperable y como la fuerza necesaria para emprender nuevos caminos.

La belleza de la muerte

Imagen oficial del 68vo Festival de Cannes.
Imagen oficial del 68vo Festival de Cannes.
Foto: Pierre Le Bigot

Pero, como ya se dijo, en La tierra y la sombra la tragedia está escrita sin remedio. Finalmente ha ganado la fuerza arrasadora del progreso que destruye los antiguos vínculos de los hombres con la tierra y solo queda el éxodo hacia un futuro incierto en los nuevos escenarios de la prosperidad.

En este caso solo queda la poesía, el arte, para hacerle la despedida final a un mundo que se desvanece. Es allí donde la película tiene sus aciertos más grandes: como no le da (no le puede dar) al espectador ninguna esperanza, crea entonces una gran pintura de los momentos finales de una forma de vida agonizante.

Es en este aspecto que la fotografía de Mateo Guzmán y la dirección de arte de Marcela Gómez hacen de cada escena una construcción plástica llena de una belleza sutil que perdura en la memoria por mucho más tiempo que la trama.

Si bien algunos personajes presentan inconsistencias en su construcción y algunas actuaciones desentonan, especialmente cuando se salen de la parquedad y el silencio que tan bien le caen a la película, la fotografía hace que todo el tiempo la película hable con una fuerza inusitada.

Es así que La tierra y la sombra adquiere la dimensión de un canto de cisne que celebra lo más bello de una vida que se escurre entre las manos mientras avanzan sin misericordia los bulldozers del futuro.

*Historiador.   

@HistoricaMente

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