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Sobre la crisis, desde un restaurante típico

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Manuel Guzman HennesseNo vemos bien lo que está sucediendo, pero tampoco vemos que no vemos. Este va a ser el principal obstáculo para manejar la crisis económica que llega, según razona el Director del Centro de Pensamiento y Aplicaciones de la Teoría del Caos.

Manuel Guzmán Hennessey

Fue pensando en esto de la crisis que ahora asoma sus orejas por las hendijas del mundo, que le escuché decir -a una vecina ocasional de restaurante- que había estado en Estados Unidos.

Pertenecía ella a esa franja difusa que algunas veces puede dar la impresión de los cuarenta y dos, y otras, treinta. De uno de sus acompañantes, de quien sólo pude conocer su espalda, me llegaban en sordina sus palabras, con aquel dejo inequívoco de quienes han remontado con éxito la treintena, y por lo tanto se obstinan en hablar -vaya uno a saber por qué- como el ministro de relaciones exteriores. Lenguaje bogotano de nuevo cuño que modula las palabras con masticación forzada para escatimar sustantivos y abundar en adverbios. Sí guevón, rematan los varones cada dos por tres, y las muchachitas de menor edad se dicen entre sí, marica.

Conozco Las Vegas, decía la del restaurante y Nueva York, ese paseo hasta Búfalo, donde están las cataratas. Miami, por supuesto, y Los Angeles. El por supuesto que consideró explicativo de la palabra Miami algo me dijo. En fin, le llevaron la carta y ella no resignó su voz cantante: aquí todo es típico. El otro es foráneo, me dije, y ella, comunicativa asaz, se empecinó en narrar cada detalle. Papas, una mezcla de papas es lo que llamamos ajiaco.

¿Ya te dije que era capricornio?, me pareció escuchar.

Una palabra me llegó nítida en madrileño. Y yo, que acababa de conocer gracias a Carlos Rincón, la urbanización Barcelona de Indias, en aquello que, con menos pudor que pundonor, llaman "la nueva Cartagena", empecé a aguzar mi oído pues intuí que allí estaba la nota que debía entregar a María Victoria, para Razón Pública.

Las crónicas de viajes de mi vecina le alcanzaron hasta los postres, y Barcelona de Indias parece que toda está vendida a razón de cinco millones por metro cuadrado, a pesar de que aún está en obra. La crisis del cambio climático global, que según el concienzudo informe del IDEAM (Primera Comunicación Nacional) señala a la zona norte de Cartagena como probable blanco de las olas, parece no preocupar a las autoridades del corralito de piedra que mantienen el manguianchismo de las licencias de construcción.

A los ricos que hace unos días pernoctaron en Cartagena seguramente los llevaron a conocer "la nueva Cartagena", y no dudo que ponderaran la audacia de quienes construyen el futuro sobre la Ciénaga de la Virgen. A tan sólo unos metros, los pobres de La Boquilla aún rellenan lo que queda de la Ciénaga con escombros de lo que otros van demoliendo, para dar paso al progreso y desterrar la pobreza, dirán algunos.

El futuro de la nueva Cartagena no es el único que se construye sobre arenas vulnerables, también el futuro del mundo se proyecta sobre realidades movedizas, inciertas, veleidosas. Así lo impone ese conjunto difuso que hoy conforman dos crisis de tipo complejo: la del cambio climático y la de las finanzas del mundo globalizado.

Quizás por ello me pareció que algo tenía que ver el nombre de Barcelona de Indias con el contertulio madrileño de mi vecina de restaurante. Algo no exento de aquella triste ironía que suele enrostrarnos nuestro drama entre los algodones de azúcar que nosotros mismos fabricamos y comemos. El contertulio madrileño muy seguramente hace parte de la poderosa legión extranjera que representa el segundo avance de la Corona sobre los territorios de indias. El neoliberalismo empuja su cabeza de playa en casi todos los sectores, Aguas de Barcelona fue primero, las comunicaciones y los bancos después, hoy Barcelona de Indias.

Pero esto último es distinto, pues no representa ya la conquista de España, sino la genuflexión de quien hinca su rodilla en la arena, con el mismo talante del liberto mestizo de las capellanías de Guarguautí y Therán, para poner un ejemplo, de un poco más acá. Y no tener necesariamente que decir Chambacú.

Especie de autoconquista, la misma que, de alguna manera, se reflejaba en el rostro de mi vecina, cuando necesitaba abundar en la mención de sus viajes, como si con ello justificara ante el extranjero su derecho de estar ahí, comiendo ajiaco con él, en el Centro internacional de Bogotá.

Las crisis siempre comienzan como un aluvión teórico, que sacude la mente de los entendidos pero roza, de muy sutil soslayo, la atención de sus víctimas. Ellos no se dan cuenta de los signos que las crisis van presentando poco a poco, para que se tomen previsiones, porque las víctimas, que somos el común de los mortales, no prevén, apenas ven. No prevemos, apenas vemos.

Debe ser por esto, me digo, que el ministro de hacienda, y también el canciller, y también el presidente de la ANDI, y también muchos otros, apologistas de los primeros y/o de los segundos, han dicho que este país está blindado contra la crisis. Blindada estará nuestra manera de ver la evolución de los hechos de la realidad, más no el impacto que la realidad ejercerá, indefectiblemente, sobre nuestras economías, en un mundo cada vez más global.

No por no ver la crisis la crisis no tocará nuestra puerta.

Esto que hoy asoma sus narices y se mete en el desayuno en forma de noticias, ya ocurrió en otras partes, y en otros tiempos, algunos no muy lejanos. La crisis siempre anuncia, y la sociedad casi nunca escucha, y casi nunca ve. Ocurrió por ejemplo en la Argentina, en diciembre del 2001, y fue algo bastante simple de explicar, el 20 de diciembre amanecieron con el dólar a algo más de cinco pesos argentinos, y el 19 se habían acostado con el peso argentino a un dólar norteamericano. Algunos habían pasado ese verano en Estados Unidos o en Europa, como había sido su costumbre desde una época de vacas gordas que tuvieron a principios del siglo XX, cuando los más ricos llevaban a sus propias vacas en los barcos. Por eso se sorprendieron a su regreso, en 2001, cuando vieron los avisos que algunos habían puesto en el aeropuerto internacional de Ezeiza, y que decían "La única salida es Ezeiza". Los argentinos, acostumbrados a la buena vida, tuvieron que enfrentarse de súbito a una realidad que hoy se explica de una manera aún más simple: no eran un país del primer del mundo. Nunca lo habían sido, y aunque un dólar, en el delirium tremens de la era Menem, costaba efectivamente un peso argentino en la avenida Corrientes, jamás un peso argentino llegó a costar un dólar en Wall Street. Lo cual explica que aquel 20 de diciembre se desesperaran todos, y muchos saquearan los supermercados, vociferando "la puta que te parió", cuando una sucesión de varios presidentes en menos de una semana, le notificó que ellos, en realidad, eran pobres. Entonces a las mujeres les tocó sacar la cara por sus hombres (cosa que suele ocurrir en las crisis) quienes en medio de la depresión, se suicidaban o enterraban sus cabezas en la Tierra. Esta mañana escuché que un hombre se tiró del cerro de Pan de Azúcar, en Río de Janeiro, desesperado por la crisis económica y financiera actual, que, aunque apenas comienza, ya ha cobrado otros suicidios.

Lo mismo ocurrió en la crisis de los años treintas. Porque lo que suele ocurrir en las crisis es que la gente se suicida porque no pudo anticipar lo que la propia crisis le avisó poco a poco, y el efecto sorpresa acaba siendo el detonante de la desesperanza.

Fue en Buenos Aires, en los años 2002 y 2003, que fui entendiendo (o quizás aprendiendo) que el principal problema a que nos enfrentamos para manejar las crisis consiste en nuestra poca habilidad para ver lo que está pasando, lo que ya pasó y lo que puede pasar.

Una ceguera cognitiva crónica sobre la cual se hace necesario profundizar nuestros modelos de análisis sobre la realidad. La dificultad predictiva que arrastramos y que empobrece nuestra habilidad de adaptación a los escenarios inciertos de las crisis, forma parte de nuestro aparato perceptivo cultural y no podemos hacer mucho por modificarla. No vemos bien lo que está sucediendo, pero tampoco vemos que no vemos.

Y sobre esto de no ver la realidad, sobre ceguera cognitiva encarnada en la opinión pública de un país, pero sobre todo, sobre el hecho de no ver que no vemos, voy a poner un ejemplo argentino, -ya que estamos allí- para que otros hagan la analogía sobre lo que nos puede pasar en Colombia en el año 2010.

Y más tarde, si el espacio tiempo de esta página me lo permite, volveré al restaurante del Centro Internacional, donde mi vecina liquidaba su ajiaco, y a Barcelona de Indias, donde la semana pasada anduvieron los ricos de Latinoamérica, muy tiesos y muy majos.

El ejemplo tiene que ver con ese peligroso coctel que se suele formar cuando se juntan la ceguera cognitiva con la ambición de poder de un gobernante que decide hacerse reelegir una y otra vez, con el argumento superior de que él y sólo él, tiene las llaves para salir de las crisis.

En el año 2003 los argentinos - que son inteligentes, cultos y buenavidas- no habían visto lo que les estaba pasando desde aquella navidad de 2001. Eligieron a Menem, quien había sido en buena parte el responsable del espejismo que había guiado la crisis hasta aquella nefasta navidad[1], porque, evidentemente, tampoco vieron lo que les había pasado.

Y aunque lo que acabo de escribir puede parecer una excesiva simplificación de un problema complejo, me sirve para ilustrar lo paradójico que resulta que en un pueblo culto como el argentino, inteligencia y buena visión no van siempre de la mano. Y no voy a escribir que en Colombia, que también somos cultos e inteligentes, nos puede pasar lo mismo, puesto que deseo que no nos pase. Y quiera Zeus que así sea.

Y ya no pude volver a mi vecina, ni tampoco a Barcelona de Indias: sabrán entender los lectores que también las columnas de opinión, como las crisis, las ciudades y las conversaciones que ocurren en los postres, acaban organizándose ellas solas, de una manera que poco atiende los rigores de la planeación.

 

* Profesor, investigador y columnista de varios diarios;  otros escritos suyos pueden consultarse en  manuelguzmanhennessey.blogspot.com

twitter1-1@guzmanhennessey

Nota de pie de página


[1] En las elecciones de 2003 los argentinos votaron mayoritariamente por Menem, escogiéndolo de un curioso abanico de tres candidatos peronistas. Este se retiró de la contienda y ello dio pie a una nueva paradoja argentina, el ascenso de Nestor Kirchner con el menor número de votos de la historia, y la consolidación del "poder K", que se empezó a consolidar en 2007 con la elección de Cristina Fernández de Kirchner.

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