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Pulsión de identidad y salud afectiva, emocional y cultural en los desastres

(Tiempo estimado: 6 - 12 minutos)

gustavo wilchesHay una relación muy honda entre el sentido de identidad personal y el territorio que uno habita. Por eso la atención de los desastres no puede limitarse a las obras físicas, sino que implica crear un nuevo sentido de la vida individual y colectiva dentro de un territorio que ya no es el mismo.

Gustavo Wilches-Chaux*

Pulsión de identidad y territorio

El concepto de “narcisismo primario” fue acuñado por Sigmund Freud para referirse a la etapa cuando el bebé no diferencia entre su yo y el mundo que lo circunda y del cual forma parte; un mundo que inicialmente se confunde con su madre. No en vano el bebé ha sido uno con la madre a lo largo de todo el periodo de gestación. 

A partir de allí, del narcisismo primario, esa “investidura libidinal originaria del yo”, surge una importante construcción sicoanalítica que incorpora lo que el mismo Freud denominó “pulsiones” o impulsos característicos de la especie humana y que se ubican entre lo somático y lo síquico. 

Las pulsiones incluyen, por ejemplo, el Eros o “pulsión de vida”, el Thanatos o “pulsión de muerte” y, en general, todos aquellos impulsos del cuerpo y del espíritu que nos relacionan afectiva, emocional, sensorial, sensual y eróticamente con nuestra propia existencia y con la manera como nos relacionamos con nosotros mismos y con el resto del cosmos. Las pulsiones constituyen el principal ingrediente de toda cosmovisión.

En situaciones de desastre se activa lo que podríamos llamar pulsión de identidad, entendida como el sentido a través del cual sabemos y sentimos que pertenecemos y que somos expresión y parte de un determinado territorio. Podríamos describir también la identidad, en este caso por defecto, con las palabras de un amigo que se vio obligado a salir de Colombia por razones de seguridad, y que me hablaba del “dolor de caminar sobre un barro del cual uno no ha sido amasado”. 

Desde siempre me ha interesado la exploración de la identidad y el carácter difuso de los límites entre el yo y el paisaje del cual formamos parte [1].

Territorio y cultura

Más allá de la pulsión individual, el narcisismo primario es también una construcción cultural, el eje central de una cosmovisión predominante en distintas épocas de la humanidad, como la Edad Media, cuando los límites entre el individuo y el mundo eran reconocidamente difusos. Esta confusión permitía, por ejemplo, la existencia de la alquimia, el arte para la transformación del espíritu del artífice, mediante la manipulación y sublimación de metales en el crisol. Porque espíritu y crisol no eran dos entidades diferentes, sino un continuum entre metáfora, sensación, conocimiento y realidad.

Esa identidad se manifiesta y defiende de manera expresa en las comunidades étnicas, que saben que su existencia y supervivencia resultan inseparables de su territorio, de la Madre Tierra. Pero no se limita a esas comunidades. Consciente o inconscientemente, la mayor parte de los seres humanos heredamos y establecemos lazos de identidad y de afecto con el territorio del cual formamos y nos sentimos parte. 

Desastres y crisis de identidad

De no ser así, el traumatismo no sería tan contundente para el alma, para nuestra seguridad afectiva, emocional y cultural, cuando ese territorio-madre que sentimos (y del cual nos sentimos) como una prolongación, se convierte en “zona de desastre” y en fuente de amenazas actuales y potenciales, que ponen en peligro la vida del territorio mismo y nuestras propias vidas, en la medida en que somos parte de él.

Pongámonos en la situación del niño cuya madre –a quien identifica como territorio de identidad y de seguridad– se enferma gravemente o por alguna razón se convierte en amenaza para él. El niño es expulsado abruptamente del territorio de la certeza, para sumirse en el de la incertidumbre y la inseguridad. Lo que antes, consciente o inconscientemente, era sinónimo de protección, se convierte en algo de lo que hay que huir, pero que no se quiere abandonar. La tensión entre Eros y Thanatos produce el desgarramiento doloroso de la unidad, de la identidad.

Resulta indispensable entender los desastres como situaciones que producen una crisis contundente de la identidad, ya sean generados por dinámicas naturales, como por ejemplo cuando el camino conocido y cotidiano desaparece por un deslizamiento o por una inundación, o cuando resulta necesario evitarlo por amenaza de caída de rocas; o ya sean desastres caudados por actividades humanas: el camino conocido y cotidiano que no se puede volver a transitar, porque de pronto aparece sembrado de minas antipersonal. 

Siempre he pensado, en el caso de las minas antipersonal, que no es necesario que alguien pise una mina y quede mutilado, sino que la mera existencia de esos artefactos criminales en un territorio de por sí ya es un desastre. 

El desastre como crisis de identidad; como pérdida parcial o total del marco de referencia espacial, afectivo y emocional que le otorga estabilidad y sentido a la existencia; como período de dolorosa –o por lo menos de retadora– transición, entre el yo que éramos antes de, y el yo que nace o debe nacer en y después de. 

Consecuencias sobre la salud

Esa crisis por supuesto conlleva efectos importantes sobre la salud, no solamente sobre esa dimensión que aquí hemos denominado salud afectiva, emocional y cultural, sino sobre la salud como totalidad: lo que Antonio Gramsci definía –y hoy define la Organización Mundial de la Salud–como un estado de bienestar en nuestra relación con nosotros mismos, con nuestro ambiente y con nuestra comunidad. 

Si bien, por supuesto, como consecuencia y expresión de un desastre, una persona puede sufrir traumatismos físicos o adquirir alguna enfermedad que requiere de atención inmediata y adecuada, también estas manifestaciones de la crisis deben entenderse y manejarse dentro de un determinado contexto afectivo, emocional y cultural. Y por supuesto, ambiental. 

Ejemplos recientes y extremos de esta realidad se encuentran entre las personas afectadas por los desastres desencadenados en Haití por el terremoto de enero de 2010 (luego del cual apareció una epidemia de cólera) y en Japón por el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de marzo del presente año (como consecuencia del cual se desató la amenaza de la radiación sin control).

La atención médica, con todo lo que ello implica, resulta indispensable en todos los momentos que siguen a aquel en que se produce el desastre, pero el tema no se puede entender y manejar exclusivamente desde la medicalización.

La salud individual y la salud pública están estrechamente relacionadas, para bien y para mal, con la salud del territorio, con eso que hemos denominado la seguridad territorial, que abarca desde la capacidad del territorio para ofrecer recursos y servicios ambientales (como el agua y la capacidad de regulación del agua), hasta la seguridad, la soberanía y la autonomía alimentaria, que incluye la posibilidad de consumir, aun en condiciones de desastre, alimentos que tengan significado cultural y que permitan avanzar hacia la construcción de una nueva normalidad. 

Cabe mencionar también la seguridad jurídica e institucional, de la cual depende fundamentalmente que quienes han sido afectados por el desastre sepan y sientan que pertenecen a una sociedad y que cuentan con un Estado comprometido a ofrecerles protección y seguridad integral. 

¿Puede haber identidad sin territorio?

El sentimiento de anomia corresponde precisamente a esa pérdida de sentido de la existencia que se apodera de los seres humanos (y con seguridad de otras especies) cuando se pierde la identidad con el territorio. 

No es solamente un problema individual de depresión intensa, sino un problema cultural y, por ende, también colectivo. Hace un mes largo nos enteramos de una serie de suicidios ocurridos en Gramalote, el pueblo de Norte de Santander que desapareció como consecuencia del desastre invernal. [2]

Así como el traumatólogo es necesario cuando una persona ha sufrido fracturas como consecuencia de un deslizamiento, así mismo es necesario el acompañamiento sicológico e incluso siquiátrico para quienes están sufriendo las consecuencias de un desastre. 

Pero la sanación integral no depende solamente de la intervención profesional, ni se va a producir aisladamente de la sanación del territorio del cual forma parte la comunidad afectada.

Hablábamos algunos renglones atrás de ese periodo de dolorosa –o por lo menos de retadora– transición, entre el yo que éramos antes de comenzar el desastre, y el yo que surge o debe nacer del desastre y después de ocurrido el desastre. Ese es el periodo conocido como de duelo y que si bien puede requerir de acompañamiento profesional, tiene una única artífice y oficiante: la persona que está experimentando la crisis en carne y en espíritu propio y que debe asumir el protagonismo de su propia transformación. 

El nacimiento de ese nuevo yo es la construcción de una nueva relación de identidad con ese territorio también sumido en la crisis, lo cual implica la construcción de un discurso que le otorgue un sentido culturalmente significativo a la situación. Ese discurso se construye individual y colectivamente, con el cerebro y con las manos, a través del descubrimiento que cada cual va haciendo de su nuevo yo a medida que con el trabajo cotidiano, se va transformando la realidad. 

La participación, camino hacia la sanación 

Por eso hay que afirmar de manera contundente que no existe verdadera sanación, sin verdadera participación. 

Participar es ser parte, es reafirmación de los sentidos de identidad, de pertenencia, de propósito común, de capacidad efectiva de decisión y de transformación. Participar es correr los riesgos inherentes a cada decisión. 

Recordemos que el desastre no es el fenómeno que lo desencadena, sino el impacto que se deriva de él. En una situación de desastre sanamos en y con el territorio, no de manera paralela, sino trenzada, como partes que somos de un proceso común.

Hoy se sabe que uno de los factores que contribuyen a la aparición de algunas formas de cáncer y de otras enfermedades, es el bloqueo del sistema inmunológico es decir, del control de calidad encargado de evitar la multiplicación de células con información genética errónea y de activar las defensas del organismo –su capacidad de resistencia y de resiliencia– para protegerse o recuperarse del ataque de algún agente patógeno. 

Y se sabe también que ese bloqueo puede tener como causa la anomia y en general situaciones que generan un estrés que supera los límites dentro de los cuales esa estrategia de supervivencia deja de ser saludable para el organismo y se convierte en vulnerabilidad.

Crear sentido, construir significado, descubrir un yo desconocido a través de la transformación de la realidad –con la propia mente y con las propias manos–, puede contribuir, incluso, a reducir las posibilidades de que la persona sufra en el futuro de cáncer o de cualquier otra enfermedad.

Dejaré para un nuevo artículo el tema de los reasentamientos o reubicación de comunidades que se encuentran en condiciones de riesgo, procesos altamente traumáticos y que inciden, como pocos, en esa crisis de identidad con el territorio de la que venimos hablando. 

Por experiencia propia sé que es un trauma, que asumido de manera adecuada, se puede superar. Y que incluso ese nuevo yo puede llegar a alcanzar una mejor calidad de vida que la que se tenía antes del desastre. Pero que asumido de manera inadecuada, puede resultar más dañino que el desastre que lo causó o que el que se pretende evitar. 

* Especialista en gestión del riesgo y gestión ambiental, "ex alumno del terremoto de Popayán (1983) y el de Tierradentro (1994), con un postgrado en el del Eje Cafetero (1999)". Fue director del SENA del Cauca, de la Corporación Ecofondo y de la Corporación NASA KIWE, autor de más de 20 libros y consultor nacional e internacional sobre la materia. http://enosaquiwilches.blogspot.com

 

twitter1-1@wilcheschaux

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Comentarios  

ana lucía rodríguez
+1 # ana lucía rodríguez 21-06-2011 08:28
Gustavo, maestro y amigo: De nuevo, mil gracias por este excelente artículo, que profundiza en palabras sencillas y profundas sobre el sentido de ser uno con el todo y sus implicaciones a todo nivel del ser humano. Estos conceptos son indispensables para quienes trabajan con poblaciones vulneradas y vulnerables a fin de evitar que el "remedio sea pero que la enfermedad" como hemos comprendido en la Acción sin Daño.
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